Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Se dejaba ganar y ellos no se daban cuenta

Han Qin (秦汉) · Reescritura en español · 2026-10-09

Sobre esta edición

Nota de esta edición: Reescritura independiente en español a partir del original chino, cuya página permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales. Las formulaciones de los diálogos son propias de esta edición.

Kōda tiene dos hijos biológicos.

Kyōko, la hija mayor, y Ayumu, el hijo.

Cuando acoge a Rei como discípulo residente, también está formando a sus propios hijos. Tres niños bajo el mismo techo, aprendiendo lo mismo, con el mismo maestro y medidos con la misma vara.

A primera vista, el reparto es justo. Los tres tienen las mismas oportunidades, el maestro no hace distinciones y quien juega mejor, juega mejor.

Pero Rei tiene mucho más talento que ellos.

Hay que añadir algo: a Kyōko y Ayumu los miden así en su propia casa. No tienen otro lugar al que ir ni unas horas en las que se suspenda la medición. Aquello no es una sala de entrenamiento de la que uno pueda salir al acabar la jornada. Es donde comen y duermen.

De lo que sucede después trata este ensayo.

Se deja ganar

Rei se da cuenta muy pronto.

Comprende que su presencia está relegando a Kyōko y Ayumu. La atención del padre, sus expectativas, el lugar de cada uno en la casa: todo se desplaza hacia él.

Entonces hace algo. Cuando juega contra ellos, se deja ganar.

Pierde a propósito. No les concede una ventaja declarada, como retirar una o dos piezas propias antes de empezar. Convierte con disimulo en derrotas las partidas que debería ganar.

La obra no presenta ese gesto como una elección noble. Es el arreglo torpe y directo que se le ocurre a un niño: os he quitado vuestro sitio, así que perderé contra vosotros.

Pero el arreglo tiene una condición: nadie debe descubrirlo.

Detengámonos aquí. Dejarse ganar solo funciona si el otro no lo sabe, si cree de verdad que ha ganado. Desde el primer momento, la solución de Rei depende de que sus rivales no perciban lo que hace.

Es una buena intención que necesita permanecer oculta.

Kōda sí se da cuenta

Kōda lo advierte.

Pero lo decisivo para él no es que Rei esté perdiendo a propósito.

Lo decisivo es que sus dos hijos ni siquiera se han dado cuenta.

Alguien juega contigo, se deja ganar y tú no percibes nada: crees de principio a fin que la victoria es tuya. Para Kōda, eso revela algo aún más fundamental que el nivel de juego.

De ahí concluye que Kyōko y Ayumu carecen de las aptitudes necesarias para sobrevivir en el mundo de la competición.

Y toma una decisión: los obliga a abandonar la Shōreikai, la escuela de aspirantes a jugadores profesionales.

Lo que Rei había hecho para ayudarlos se convierte en la prueba que los condena.

Es la frase más importante de toda esta serie de ensayos. Hay que mirarla por partes.

Rei quiere protegerlos. Para ello, oculta su propia capacidad y deja que ellos parezcan mejores.

En la práctica, ese método proporciona a Kōda una prueba decisiva para juzgarlos. No una prueba de su habilidad para jugar, sino de su capacidad para percibir lo que está pasando.

Rei se esconde para que la comparación no los hunda. Y es precisamente ese intento de esconderse lo que lleva a que los descarten.

La obra no hace que Rei llegue a conocer toda la cadena causal. Tampoco pone una explicación en boca de Kōda. Sucede así; después, cada uno carga con su parte.

Conviene reparar también en la forma del proceso. Un gesto protector que necesita pasar inadvertido se vuelve, cuando un tercero lo descubre, una prueba en contra de las personas protegidas. Esa transformación no exige mala intención por parte de nadie. Basta con que ese tercero tenga un único eje de valoración y lo use constantemente para medir a todos.

Qué fue de los otros dos niños

Cuando su sueño queda truncado, Kyōko empieza a trabajar a través de una agencia de empleo temporal.

Después se enreda con Gotō, un jugador profesional casado, formado con el mismo maestro que su padre, aunque entró como discípulo después que él. La relación se prolonga durante mucho tiempo, de esa manera en que nadie consigue explicar qué está pasando ni ponerle fin.

La obra describe lo que siente por Rei como una mezcla de amor y odio. Él es quien le ha «robado el afecto de su padre».

Aparece de improviso en el piso donde Rei vive solo, bebe, le dice cosas hirientes, lo deja todo revuelto y se va. Sus palabras dan justo donde más le duele, porque sabe dónde golpear. Se han criado juntos.

Ni ella sabe explicar qué quiere. La obra tampoco lo explica por ella.

Ayumu se encierra en el mundo de los videojuegos y ya no sale.

Rei, por su parte, se marcha al terminar la secundaria obligatoria, culpándose de haber «destrozado a la familia Kōda».

Tres niños, tres caminos. Ninguno lleva a un buen sitio.

Las razones de Kōda

Aquí hay que darle a Kōda todo el espacio que merece. Y dejar que, por una vez, gane la discusión.

Su decisión tiene razones de peso, y encajan entre sí.

La Shōreikai es un lugar cruel. Impone límites de edad: si al llegar a cierta edad no has ascendido lo suficiente, te vas. Para entonces te has jugado allí toda la juventud. Sales sin estudios, sin otra destreza, sin nada.

En esas condiciones, advertir que tus hijos no tienen las aptitudes necesarias y hacer que lo dejen cuanto antes no es una crueldad. Es la decisión más responsable que a Kōda se le ocurre.

Esperar diez años más cuesta diez años. Y son los que van de los veinte a los treinta, el último tramo en el que todavía se puede cambiar de oficio.

Kōda conoce ese mundo. Él mismo luchó por abrirse paso en la Shōreikai cuando era joven; sabe lo que significa quedarse atascado allí. Al decidir, probablemente pensaba en personas a las que había visto pasar por eso.

La decisión también le cuesta más de lo que parece. Tiene que ser él quien les diga a sus hijos: «No tenéis lo que hace falta». Sabe qué perderá al pronunciarlo. Y lo pierde: la hija apenas vuelve a casa, el hijo no sale de su cuarto. Kōda no sabe qué hacer, y mucho después sigue atormentado por ello.

No es que no los quiera. Es que solo sabe medir sobre ese eje.

La obra también es explícita en esto: elogia el talento de Rei abierta e insistentemente delante de sus hijos biológicos; obliga a Kyōko y a Ayumu a abandonar, sin atender a lo que quieren. Lo describe como un padre «falto de consideración».

Los quiere. Le falta consideración. Ambas frases son ciertas a la vez en la obra, sin una conjunción que las una.

Una casa sin mala intención

Recapitulemos.

Kōda acogió al huérfano de su amigo, lo crio como a un hijo, le dio una formación, administró su dinero y siguió preocupándose por él hasta que llegó a la edad adulta.

Rei vio que estaba quitándoles espacio a los otros y ocultó su capacidad para dejarse ganar.

A Kyōko y Ayumu los midieron en su propia casa, sobre el mismo eje que a un niño llegado de fuera. Y perdieron.

Nadie en esta casa ha hecho nada con mala intención.

El resultado: una hija acaba de trabajadora temporal, atrapada en una relación sin salida; un hijo se encierra y deja de salir; un hijo adoptivo se marcha, cargando con la culpa de haber «destrozado esta familia».

La obra muestra con toda claridad cómo ha ocurrido. Se puede seguir cada paso.

Lo que no dice es quién tiene que responder por ello.

Tras marcharse, Rei vive solo durante más de dos años.

Una noche bebe demasiado y cae al borde de la calle.

Quien lo recoge pertenece a otra familia.

De ella hablaremos en el próximo ensayo.

Fuente: Original chino en Non Dubito.