Sobre esta edición
Nota de esta edición: Reescritura independiente en español a partir del original chino, cuya página permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales. Las formulaciones de los diálogos son propias de esta edición.
Una mujer ve a un joven caído junto a la calle.
Lo ayuda a levantarse, lo lleva a casa, le da algo caliente de beber y deja que duerma. Al día siguiente le prepara comida.
Se llama Akari Kawamoto. En aquel momento no sabe quién es ese muchacho. No sabe que juega al shogi profesionalmente, ni que tiene dinero, ni que tiene talento.
Este ensayo trata de su familia.
Las cuentas de esa casa
Empecemos por su situación material. Si la dejamos fuera, todo lo que sigue se convertirá en un elogio fácil.
La madre ha muerto. El padre se ha ido con otra mujer.
Quedan el abuelo, Someji, y tres hermanas: Akari, Hinata y Momo. Momo todavía va a la guardería.
El abuelo tiene una tienda de dulces tradicionales japoneses, Mikazukidō. Akari lo ayuda durante el día.
Pero no alcanza. Dos noches por semana, Akari trabaja como anfitriona en el bar que su tía tiene en Ginza, acompañando a los clientes mientras beben. Tiene veintitrés años y con ese sueldo ayuda a mantener la casa.
Para acoger a Rei, una familia que ya vivía con estrecheces tiene que hacerle sitio en su presupuesto.
Dar de comer a alguien más cuesta dinero. Y, por entonces, Rei también da trabajo: no sabe qué decir ni cómo estar allí, a cada momento quiere marcharse y alguien tiene que convencerlo de que se quede.
La obra muestra todo esto de manera muy concreta. Los Kawamoto no son una abstracción llamada «calor de hogar». Hay arroz, verduras, facturas de luz y agua, poco dinero y una joven de veintitrés años que por la noche sale a trabajar en un segundo empleo.
Qué piden
Llegamos al centro de este ensayo.
Cuando los Kawamoto acogen a Rei, no piden nada.
No le piden talento. Al principio ni siquiera saben a qué se dedica.
No esperan que llegue a ser alguien. No saben nada de shogi ni tienen intención de aprender.
No piden que les devuelva el favor. Más adelante, Rei intenta darles dinero y no lo aceptan.
No le piden que se convierta en una clase determinada de persona.
Esto último es lo esencial. En esa casa no hay un eje único de valoración.
No hay un rumbo señalado como «hacia ahí debe ir la gente de nuestra familia». El abuelo hace dulces; Akari se plantea si algún día se hará cargo de la tienda; a Hinata le gusta preparar repostería; Momo sigue en la guardería. Esas actividades no trazan una dirección común. Cada cual hace lo suyo.
Sin un eje, no hay una puntuación que leer en él. Y sin esa puntuación, tampoco hay un puesto que diga: «Para quedarte, tienes que valer algo en esta dirección».
Lo que dan tiene esa naturaleza porque no esperan un resultado, no porque sean personas moralmente superiores.
Las dos familias frente a frente
Poner las dos casas una junto a la otra deja ver algo incómodo.
Kōda le dio a Rei muchísimo más.
Un hogar, una condición reconocida, un oficio, una carrera profesional, ingresos, un rumbo que podía seguir toda la vida. También le administró el dinero hasta la mayoría de edad. Se hagan como se hagan las cuentas, lo que le dio Kōda supera en varios órdenes de magnitud lo que le dan los Kawamoto.
Y todo lo que Kōda le dio llevaba consigo aquel eje.
Los Kawamoto ofrecen mucho menos: unas comidas, una habitación donde quedarse, un poco de conversación, alguien que se acuerda de preguntar si ha comido.
Nada de eso marca una dirección. No apunta a ningún «en el futuro deberías». Después de comer, Rei puede ir a jugar al shogi o puede no hacerlo. Esa familia no lo tratará de otra manera por ello.
Todo lo que recibió de Kōda, en cambio, apuntaba al mismo lugar.
La cantidad que alguien te da y las expectativas que deposita en lo que deberías llegar a ser son dos cuestiones independientes.
Aquí no hay un elogio ni una condena, ni estoy diciendo que Kōda se equivocara. No tenía otra cosa que dar: eso era lo que sabía hacer, ese era el único eje del que disponía. Y, si los Kawamoto no tienen uno, se debe en parte a que sus propias vidas les dejan tan poco respiro que no están para planificar la de nadie más.
La obra deja ambas cosas a la vista. No establece una clasificación.
No se convierten en una cura
Hay una manera de contar esto que conviene evitar.
La lectura más inmediata sería: Rei encuentra una familia acogedora y se cura.
Los propios materiales de la obra no sostienen esa lectura.
Akari lleva su carga, y no se ha aligerado ni un solo día. Mantiene la casa, cuida de sus dos hermanas y del abuelo, y tiene que decidir si algún día se hará cargo de la tienda. Durante esos años, su vida no mejora.
A Hinata le ocurre algo en la escuela. Algo muy grave. Le dedicaremos el próximo ensayo.
Momo es pequeña y no se entera de nada.
Lo que Rei recibe de esta familia es real. Pero la vida de la familia no se vuelve más fácil por tenerlo a él. No es una historia en la que todos se curen mutuamente. Es una casa que ya va muy justa y se hace cargo de algo más.
La obra es honesta al respecto. Muestra a Akari cansada, trabajando en el bar, y a la familia haciendo cuentas. La llegada de Rei no trae una mejora económica, ni se prepara una trama para que él acabe resolviendo los problemas de la casa.
Los problemas siguen ahí.
Tampoco convierte a Rei en quien devuelve todos los favores recibidos. Intenta ayudar, con torpeza, y a menudo complica las cosas. No puede darle a Akari lo que de verdad necesita: dinero y tiempo. Ninguna de las dos cosas está a su alcance como ayuda directa.
Las comidas
Si preguntamos qué le da en concreto esta familia a Rei, la respuesta de la obra es muy precisa:
Comida.
Mucha comida. Caliente, con sopa, servida en la mesa, preparada para que coman tres o cuatro personas juntas.
La obra dedica una cantidad enorme de tiempo a las comidas. No son un descanso entre escenas importantes ni un simple recurso de ambientación. Son la forma enteramente concreta que adopta aquí el hecho de que unas personas sostengan a otra.
Alguien que desde los diez años calcula qué justifica que lo dejen quedarse se sienta, por primera vez, a una mesa donde no necesita hacer cuentas.
Nadie lo explica en voz alta. En ninguno de los cuarenta y cuatro episodios alguien le dice a Rei: «No tienes que ser útil para poder quedarte aquí».
La cámara se limita a seguir mostrando comidas.
Vapor, cuencos, palillos. Cuatro o cinco personas alrededor de una mesa pequeña, hablando de cosas sin mucha sustancia. A lo largo de esos cuarenta y cuatro episodios, la escena se repite decenas de veces.
De tanto verla, el espectador puede pensar que es simplemente el estilo de la serie. Pero pongámosla junto al niño de diez años que, en el primer ensayo, estaba ante la puerta de Kōda. Entonces vemos otra cosa: a alguien comiendo en un lugar donde no tiene que demostrar nada. Y eso, en su vida, es nuevo.
A la segunda hermana de esa familia le ha ocurrido algo en la escuela.
De eso trata el próximo ensayo.
Fuente: Original chino en Non Dubito.