Sobre esta edición
Nota de esta edición: Reescritura independiente en español a partir del original chino, cuya página permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales. Las formulaciones de los diálogos son propias de esta edición.
Un niño de diez años está ante la puerta de una casa.
Un accidente ha matado a toda su familia: su padre, su madre, su hermana pequeña. Solo queda él.
Los parientes se han reunido para decidir quién se hará cargo. La obra muestra la escena: varios adultos sentados, hablando delante del niño sobre adónde mandarlo. Nadie le grita ni le dice nada cruel. Se limitan a resolver un asunto que hay que resolver. El asunto es él.
Aquel día, el niño permanece sentado y escucha.
Quien le abre la puerta se llama Masachika Kōda. Es jugador profesional de shogi, octavo dan. Era amigo de su padre; de jóvenes, ambos habían competido por abrirse paso en la Shōreikai, la escuela de aspirantes a profesionales.
Kōda lo acoge.
Lo hace en calidad de «discípulo residente», no de «hijo adoptivo»: un aprendiz que vive en casa de su maestro y aprende shogi con él.
En la vida cotidiana, ambas condiciones se superponen. El niño vive allí, come allí y recibe los cuidados de un hijo de la casa. Todos los que hablan de Kōda en la obra coinciden en esto: crio a Rei como si fuera suyo.
Pero las dos denominaciones no significan lo mismo. Ser hijo adoptivo no exige ninguna competencia previa: a un niño no se le pide que sepa hacer algo para adoptarlo. Ser discípulo residente sí presupone algo: un oficio que aprender, un rumbo y un futuro.
Toda esta serie de ensayos arranca de esa palabra.
Kōda es una buena persona
Conviene dejarlo bien sentado. De lo contrario, los cuatro ensayos siguientes se leerán por el lado equivocado.
Masachika Kōda es un hombre decente. Así lo describen todos en la obra: íntegro, serio, dispuesto a llevarse a casa al huérfano de su amigo y criarlo como a un hijo. Nunca maltrató a Rei, nunca le escatimó lo que le correspondía ni lo utilizó como un instrumento a su servicio.
Lo mantuvo hasta la mayoría de edad. También administró hasta entonces el dinero que Rei ganaba por sus partidas. Cuando el muchacho se fue a vivir solo, siguió llamándolo con frecuencia y preocupándose por su aislamiento en el instituto.
Todo esto es cierto y se mantiene a lo largo de la obra.
Estos ensayos no van a sostener que Masachika Kōda hiciera algo malo.
La pregunta es otra: cómo funcionaba aquella casa.
El eje de la casa
En casa de Kōda, todo gira en torno al shogi.
No lo digo como metáfora. La descripción del personaje lo señala expresamente: todo lo piensa a partir del shogi. Para juzgar a una persona, una situación o a sus propios hijos, utiliza el mismo eje de valoración.
Y, a continuación, la obra indica la consecuencia: precisamente por eso, sembró la discordia en su propia familia.
Está escrito en la presentación del personaje. El lector no tiene que deducirlo; es un dato con el que la obra nos pide trabajar.
Cuando una casa se organiza alrededor de un eje así, el lugar de quien entra a vivir en ella depende del valor que se le atribuya en esa escala.
No hace falta decirlo. No está escrito en ninguna parte ni se anuncia a la hora de comer. La casa funciona así, y todos los que viven en ella lo saben.
Rei también.
Hizo el cálculo él solo
Lo primero importante que hace Rei al llegar a casa de Kōda es jugar.
Tiene talento. Muchísimo.
Aquí hay algo decisivo: nadie lo obligó a aprender shogi.
Nadie lo sentó a la fuerza ante el tablero. Nadie le dijo: «Si no juegas, te largas». Kōda jamás habría hablado así; nadie en aquella casa lo habría hecho.
Fue el propio Rei quien calculó que esa era la razón por la que lo dejarían quedarse.
Un niño de diez años acaba de perderlo todo y va a parar a casa de unos desconocidos. Si quiere seguir viviendo allí, necesita saber qué justifica su presencia. Entiende qué sostiene la casa y entiende qué tiene él para ofrecer.
Y lo entrega.
Nadie le enseñó a hacerlo ni se lo pidió. Es una conclusión a la que llega por su cuenta, en cuestión de días, un niño sin otra salida.
Y acierta. Gracias a aquello lo acogen, lo mantienen, lo forman como jugador profesional y le dan todo un camino por recorrer.
A los diez años, en la peor situación imaginable, un niño hace un cálculo acertado. Después vive nueve años conforme a ese cálculo.
La obra no lo convierte en una tragedia ni en una historia de superación. Lo que muestra es el rostro de aquel niño durante aquellos días.
No hubo una transacción
Para ser precisos: tampoco puede llamarse a esto una transacción.
Una transacción exige que las dos partes conozcan las condiciones, las acepten y puedan negociarlas. Aquí nunca se enunció ninguna. Kōda no fijó un precio y Rei no regateó.
Lo que ocurrió fue que un niño entendió las reglas de un lugar y se buscó un sitio conforme a ellas.
Es lo mismo que hace alguien que llega a una empresa desconocida, descubre qué valora su jefe y dirige hacia ahí todos sus esfuerzos. Con una diferencia: él tenía diez años. Aquello no era un empleo, sino toda la vida que le quedaba por delante.
Nadie le exigió nada. Fue él quien lo entregó.
La distancia entre esas dos frases, entre que nadie se lo pidiera y que él lo entregara, es el asunto del que se ocupa esta obra.
Lo que vino después
Rei se hace profesional a los quince años. Al terminar la secundaria obligatoria, se marcha de casa y se instala solo en uno de los barrios populares de Tokio.
Se matricula en un instituto privado de bachillerato. El shogi le ha hecho retrasarse un curso, de modo que tiene un año más que sus compañeros. Está aislado. No porque lo excluyan, sino porque los demás no saben cómo hablar con él, y él tampoco sabe cómo hablar con ellos.
Vive solo, come solo, juega solo. Su nevera suele estar vacía.
Un profesional de diecisiete o dieciocho años, con buenos ingresos y un futuro en el que todo el mundo confía.
Y, sin embargo, su vida cotidiana durante esos años consiste en colocarse de manera que quite el menor espacio posible a los demás.
Antes de hablar, pide perdón. Si alguien lo trata bien, su primer impulso es calcular cuánto debe. Una invitación a comer lo inquieta. No son gestos de cortesía: son los reflejos de alguien que lleva mucho tiempo calculando qué le da derecho a estar presente.
Cuando uno lleva haciendo esa cuenta desde los diez años, a los diecisiete o dieciocho ya calcula como respira.
Por qué se fue de casa
Queda un punto por aclarar. Ocupará por entero el ensayo siguiente.
Rei no se marchó por afán de independencia ni porque hubiera roto con Kōda.
Se marchó porque se sentía culpable.
Durante los años que pasó en aquella casa, a los dos hijos biológicos de Kōda les ocurrieron cosas. Rei cree haberlas causado.
La obra lo dice sin rodeos: se culpaba de haber «destrozado a la familia Kōda», y por eso se fue al terminar la secundaria obligatoria.
Los dos hijos se llaman Kyōko y Ayumu.
El próximo ensayo trata de ellos.
Fuente: Original chino en Non Dubito.