Estética · Belleza · Dirección 12
Yo no lo tocaría así, pero no tienes que hacerlo a mi manera
El profesor sigue sin estar de acuerdo. Aun así, empieza a ayudar al alumno a dar forma a esa frase tal como quiere tocarla. Dejarle elegir no significa retirarle la ayuda.
El alumno llega a la parte central de la pieza. En la clase anterior, el profesor le había pedido que fuera más despacio en ese punto. Esta vez vuelve a tocarlo todo de un tirón.
Cuando termina, el profesor dice: «Yo aquí no lo tocaría así».
A continuación explica por qué. Hay una frase anterior que vuelve como un eco; si se precipita enseguida hacia lo siguiente, se pierde ese instante de mirar atrás. Toca las dos versiones para que el alumno las escuche.
Al cabo de un rato, el alumno pregunta: «¿Lo cambio, entonces?».
«Vuelve a escucharlo. Si sigues pensando que está bien así, de momento tócalo así».
En la clase siguiente, el alumno no lo ha cambiado. Al llegar a ese pasaje, los dedos del profesor se mueven sobre su rodilla, como si fuera a interrumpirlo otra vez. Al final deja que termine la pieza.
Después examinan juntos la digitación de ese pasaje. Ya que quiere tocarlo en un solo impulso, ¿cómo puede cambiar de dedos sin que se corte precisamente allí donde más desea enlazarlo?
Al profesor sigue sin gustarle esa interpretación. Ha empezado a ayudar al alumno a expresarla con mayor claridad.
El desacuerdo sigue ahí
Es fácil leer esta escena como el momento en que el profesor aprende por fin a «respetar las opiniones distintas». No es falso, pero podemos acercarnos un poco más.
No ha retirado su juicio para sustituirlo por «en realidad, tu versión también está muy bien». Si no la oye así, no tiene por qué decirlo. Tampoco el alumno ha tenido que obedecer en la siguiente clase para demostrar que el profesor había enseñado bien.
El «yo no lo tocaría así» no pierde automáticamente su validez porque el alumno no lo acepte.
Pero tampoco queda a salvo de las preguntas. El alumno puede volver a preguntar por qué esa frase tiene que ser una mirada atrás y si no hay otra manera de enlazarla. El profesor puede explicarse, volver a tocar e incluso descubrir algo que el alumno ha oído y a él se le había escapado.
Poder juzgar sin necesitar primero tu asentimiento está muy lejos de prohibirte que cuestiones mi juicio.
En el primer caso, alguien puede decir desde dónde habla y escuchar desde dónde vienes tú. En el segundo, solo puede exigir una y otra vez que empieces por reconocerle el derecho a hablar.
El profesor tiene experiencia, y esa experiencia debe formar parte de la conversación. No hace falta fingir que no existe. Pero tener experiencia no significa que el oído del alumno sea un hueco vacío al que solo le falta recibir la respuesta correcta.
No es lo mismo que decir «haz lo que quieras»
Un profesor que ni siquiera se molestara en escuchar podría decir exactamente lo mismo: «Tócalo como te guste».
Por eso no basta con comprobar si ha intervenido o no. A veces, no intervenir es simplemente no prestar atención.
Aquí sí ha escuchado con cuidado. Ha señalado un problema, ha dado razones y ahora trabaja una versión que no comparte. Le importa qué intenta hacer el alumno y está dispuesto a poner su destreza al servicio de que este oiga con más claridad las consecuencias de su elección.
Lo que deja abierto no es un terreno abandonado. Es ese último paso en el que no puede decir por el alumno: «Yo lo oigo así».
Ese paso incluso puede incomodar al alumno. ¡Qué fácil sería cambiarlo tal como dice el profesor! Si perdiera un concurso, al menos podría alegar que había seguido todas las indicaciones. Ahora el profesor no le retira la ayuda, pero tampoco se hace cargo de elegir por él. Al alumno le toca seguir escuchando.
Esto no significa, por supuesto, que no haya errores técnicos en una clase ni que el profesor ya no pueda exigir práctica. Equivocarse de nota o perder el control del ritmo no es lo mismo que explorar distintas interpretaciones de una melodía. El profesor también tiene un ámbito de enseñanza y unas condiciones de trabajo. El ejemplo se detiene allí donde todavía se pueden discutir seriamente dos maneras de tocar; no pretende dictar una regla universal para todas las clases.
Dentro de ese ámbito, el alumno deja por fin de ser solo una obra lograda de su profesor. La voz que vaya a desarrollar no puede estar enteramente oída de antemano por quien le enseña.
No tienes que devolverme primero la misma actitud
Hay algo más, escondido en lo que no ha sucedido durante la clase.
El profesor no ha dicho: primero demuéstrame suficiente respeto y entonces te dejaré decidir ese pasaje. Tampoco ha dicho: la libertad que te dejo hoy solo habrá merecido la pena cuando algún día comprendas que yo tenía razón.
Puede que el alumno sea muy joven. Puede que esté tan ocupado defendiendo su versión que todavía no vea lo que aporta el profesor. Eso no autoriza a tomar el mando sobre él sin más.
Reconocer que tiene oídos propios no es un intercambio que quede a la espera de saldar cuentas.
Pero tampoco exige al profesor tragarse cualquier ofensa ni ofrecer su tiempo sin límite. Si el alumno lo insulta o rompe cosas, puede interrumpir la clase y darla por terminada. Rechazar una conducta no obliga a negar también que esa persona pueda tener un juicio propio.
A veces basta una frase muy corriente para marcar el límite: «Esto no lo acepto. Hoy lo dejamos aquí».
No deberíamos firmar en nombre de otro un contrato sin fecha de salida apelando a que «deberías ser más tolerante». El profesor también tiene algo propio que preservar. No necesita cederse una y otra vez para poder reconocer al alumno.
Por qué volvió a bajar la mano
Volvamos a esa mano que casi se había levantado.
Ya lo había explicado en la clase anterior. Si vuelve a decirlo, ¿es porque ha advertido un problema nuevo o porque el alumno no ha obedecido y necesita oír otra vez que le dará la razón? Puede que el propio profesor no lo distinga de inmediato.
Ahí hay una dificultad real. No es que carezca de juicio ni que nada le moleste. Está intentando conservar su juicio de su lado, sin extenderlo hasta completar también el siguiente paso del alumno.
Alguien que lo viera dejar de interrumpir podría considerarlo muy abierto o pensar que hoy está distraído. Una mano que baja no permite leer a una persona por dentro. Hay que mirar cómo sigue la clase: si explica lo que tiene que explicar, si el alumno puede objetar y si, después del desacuerdo, la ayuda desaparece de repente.
El trabajo sobre la digitación añade algo que sí podemos observar. Al dejar de comprobar a cada momento si el alumno se somete a él, el profesor puede atender a ese impulso musical que el otro intenta hacer oír.
Algunos profesores llevan muchos años enseñando así. Escuchan una interpretación distinta, expresan su opinión y siguen escuchando; no necesitan reprimir un impulso cada vez. Esa tranquilidad sin esfuerzo no es más superficial que el primer intento de contenerse.
La belleza no necesita siempre una dramática victoria sobre uno mismo.
La música no los ha puesto de acuerdo
Tal vez el profesor cambie de opinión más adelante. Un día puede oír de verdad que la versión del alumno preserva otra línea musical y decir: «Esta vez entiendo por qué lo haces así».
O quizá no ocurra nunca. Cada uno seguirá oyendo a su manera y, cuando vuelvan a tocar la pieza años después, aún discreparán.
No hay que convertir eso en un fracaso docente. Tampoco podemos prometer lo contrario: que un profesor así forme necesariamente mejores intérpretes. El resultado depende de muchas cosas. El respeto no es una técnica encubierta para aumentar las probabilidades de ganar.
Lo que merece atención esta vez es que, después de discrepar, ambos siguen en el aula. El juicio del profesor no se ha convertido en una orden; el del alumno no ha sido tratado como si no existiera solo porque todavía no sea maduro.
Aquí solo hemos mostrado con claridad lo que hace el profesor. Para saber si el alumno también puede dejar en manos del profesor lo que es suyo, tendremos que mirar otra vez. La conducta de uno no puede demostrarlo por los dos.
La música continúa. El alumno vuelve a tocar ese pasaje que al profesor todavía le parece demasiado rápido. Cuando termina, el profesor le señala un pequeño acento que ha aparecido al cambiar de dedos.
No ha abandonado sus propios oídos. Tampoco ha exigido que, desde ahora, los de otro escuchen únicamente para él.
Nota de escritura y referencias
Reescrituras independientes para lectores de español a partir de los ensayos chinos íntegros publicados. Las versiones inglesas existentes también se escribieron de forma independiente; el chino simplificado y el tradicional ofrecen el texto completo. Cada ensayo conserva su propia nota de escritura y sus referencias precisas. Las escenas ilustrativas no se presentan como recuerdos del autor ni como reportajes; los episodios históricos y las explicaciones científicas mantienen las atribuciones y los límites indicados. Las propuestas filosóficas no se hacen pasar por resultados experimentales. La introducción se apoya en la segunda edición de Juicio y estética y en las trece líneas de investigación; cada ensayo remite además a su trabajo correspondiente. Esos originales están en inglés y chino, no se anuncian aquí como traducciones españolas de las investigaciones.
Sobre esta edición
Escrito a partir de «La belleza del non dubito». El aula, los personajes y los diálogos se han creado para examinar el problema; no se alude a ninguna obra, profesor o alumno reales. El ejemplo se limita a interpretaciones musicales que aún pueden discutirse seriamente, sin equiparar los errores técnicos a diferencias de opinión. Solo se muestra con claridad lo que hace el profesor: su conducta no demuestra que el alumno haya hecho lo mismo. Reconocer al otro no significa trabajar sin límite ni soportar daño; se conservan la posibilidad de negarse y la de salir.