Estética · Belleza · Dirección 13
Después de hablar, seguimos caminos distintos
Uno siguió yendo a clase; el otro no. Las preguntas llegaron a importarles sin conducir al otro al lugar que cada uno pudiera haberle reservado.
Llevaban dos meses asistiendo juntos a un curso de cerámica. Un día, mientras tomaban té, uno dijo que el jueves no volvería.
«Ve unas cuantas veces más. La taza del otro día te salió mucho mejor que la primera».
«No es porque me salga mal».
Giró la taza entre las manos y tardó un poco en seguir. Cada vez que terminaba algo tenía que enseñárselo primero al profesor. Si este no asentía, él no sabía si podía continuar. Después empezó a pedir permiso incluso para dejar el borde un poco torcido. Ya no quería seguir yendo de esa manera.
Su amigo estuvo a punto de decirle que el profesor nunca le había exigido consultar cada paso. Pero cambió de frase antes de pronunciarla.
«¿Lo que quieres dejar es la cerámica o esa espera?».
«Esa espera. Todavía no sé si quiero seguir haciendo cerámica».
Su amigo no terminó por él lo que faltaba por decir.
Al cabo de un rato, añadió: «Pero a mí me alegró de verdad que el profesor me felicitara el otro día».
«¿Entonces sigues pensando que debería volver?».
«No. Estoy hablando de mí. Él entendió por qué había dejado aquel pliegue y no me pidió que lo alisara. Yo quiero seguir yendo».
Esta vez, quien quería dejar las clases también se detuvo un momento.
«¿Te alegró que dijera que estaba bien o que viera qué querías conservar?».
«Las dos cosas. Tampoco quiero fingir que no me alegró el elogio».
Siguieron tomando té. El jueves, uno fue a clase y el otro no.
Sin una respuesta común, la conversación sí dejó algo
Si contamos aquello como un caso de comunicación lograda, resulta tentador añadirle un desenlace: por fin descubrieron que los dos debían quedarse, o por fin comprendieron que ambos debían irse.
Pero no ocurrió ninguna de las dos cosas.
Tampoco sería cierto que no pasó nada. Al principio se superponían el no querer hacer cerámica y el no querer seguir esperando la aprobación del profesor. Después de la pregunta, quien quería dejar las clases distinguió por sí mismo las dos cosas. No prometió por ello volver, pero tampoco devolvió la pregunta a su amigo con un «no me entiendes en absoluto».
Quien siguió asistiendo tampoco tuvo que escoger entre las dos alegrías. Reconoció la de sentirse comprendido y la de recibir un elogio. La distinción que proponía su amigo le servía, pero no decidía en su lugar qué parte tenía derecho a contar como un sentimiento suyo.
Ambos habían preguntado algo que importaba al otro. Ninguno había dado el asunto por resuelto en su nombre.
Y, algo menos frecuente todavía, no convirtieron lo que iban a decir después en un examen encubierto: te he hecho una pregunta tan buena, ¿por qué no me das las gracias? Si de verdad me has escuchado, ¿por qué tu conclusión no es la mía?
Una pregunta puede llegar de verdad a alguien sin devolverlo al lugar que le había reservado quien pregunta.
Cambiar no exige parecerse al otro
Más adelante, quien había dejado el curso modeló una taza en casa. El borde quedó algo torcido. La puso sobre la mesa y la miró primero por su cuenta, sin llevársela de inmediato a nadie para que la juzgara.
El que seguía yendo a clase terminó un cuenco. Antes de que se acercara el profesor, también se detuvo a mirarlo: ¿qué quería conservar en aquella pieza?
Podemos relacionar ambas cosas con la conversación, pero no responden a un mismo proyecto de transformación. Uno no aprendió del otro a seguir yendo a clase; el otro tampoco tomó el abandono del curso como una prueba de independencia.
La pregunta del amigo abrió un poco de espacio. Qué pudiera crecer después allí correspondía a cada uno.
Además, el cambio no es el boletín de resultados que una conversación así tenga que presentar. Es posible haber pensado con cuidado y no cambiar. Si después de hablar siempre hubiera que exhibir algún progreso para demostrarle al otro que no nos ha enseñado en vano, en el puesto de aquel profesor cuyo asentimiento esperábamos solo se habría sentado otra persona.
Al mirar atrás sí podemos preguntarnos: si este amigo no estuviera a mi lado, ¿seguiría reconociendo como mía la decisión que tomé después? Si veo algo distinto, ¿puedo modificarla?
No es un método para examinar a las personas. Podemos entender mal nuestros propios motivos y hablar de nuestra complacencia como si fuera autonomía. Pero esas dos preguntas al menos recuerdan que no todo lo que permanece en alguien es algo que de verdad haya hecho suyo.
Discutir más no significa comprenderse mejor
Hay amigos que se dan la razón en todo y están muy a gusto juntos. Otros discuten con enorme animación, rebaten cada detalle y, sin embargo, nunca rozan aquello en lo que ambos creen.
En ninguna de esas dos relaciones basta el ambiente para dar por hecho el cuestionamiento mutuo del que hablamos aquí.
Podemos fijarnos en algo más concreto: cuando una pregunta alcanza una convicción muy querida por ambos, ¿todavía cabe decir «quizá aquí estemos equivocados»? ¿O solo se permite criticar a los de fuera y, en cuanto se vuelve al «nosotros», ya no se puede preguntar?
Reconocerse mutuamente no es guardar los prejuicios comunes en una caja fuerte.
Tampoco obliga a fabricar desacuerdos sin descanso. Tomar té puede ser simplemente tomar té; si alguien está cansado, puede decir que hoy no quiere seguir hablando. La franqueza no autoriza a sobrepasar lo que el otro puede soportar. Acorralarlo hasta que calle y añadir después «confío en que puedes sostenerte por ti mismo» no transforma el daño en otra cosa.
Se puede preguntar, rechazar esa manera de preguntar y también marcharse. Que alguien deje de hablar no significa necesariamente que haya comprendido; quien no ha cambiado de opinión en voz alta puede estar pensando ya solo en cómo satisfacer al otro.
Por eso, oír dos frases hermosas no autoriza a un observador a certificar una relación. Podemos ver cómo sucede una ocasión concreta, y aun entonces debemos dejar abierta la posibilidad de estar interpretándola mal.
Después de esta vez, habrá otra
Que aquel día los dos salieran de la tetería por su propio camino no significa que desde entonces vayan a tratarse, en todos los asuntos, como personas con una dirección propia.
La próxima vez, uno puede empezar a exigir algo a cambio. O puede querer decidir por el otro en cuanto se toque algo que le duele de verdad. Haberse dejado espacio una vez no demuestra que ambos lo hayan conseguido ya en todo.
No hace falta empequeñecer esta ocasión. Tampoco hace falta cargarla con la garantía de toda una vida.
Si ese trato se vuelve familiar poco a poco, puede aparecer otra tranquilidad. Uno dice que va a presentar una obra a una exposición; el otro pregunta qué quiere que vean esta vez. Quien recibe la pregunta puede responder con seriedad o decir que aún no lo tiene claro. No necesita asegurarse primero de que la respuesta gustará a su amigo para atreverse a seguir hablando.
Pero llevar mucho tiempo juntos tampoco concede una exención de examen. Lo que de verdad permite relajarse no es haber pactado que nunca se cuestionarán: es que puedan llegar las preguntas y se puedan decir las negativas; y que, si alguien cambia, todavía le corresponda hacerlo después de verlo con claridad por sí mismo.
Aquí nadie ha reemplazado al otro en la tarea de ser quien es.
La última dirección no es el peldaño más alto
Si un día llega otro amigo, todo vuelve a cambiar.
La complicidad que han creado entre los dos puede dejar al recién llegado sin modo de intervenir. Creen haber dado siempre cabida al desacuerdo, pero quizá solo han acogido las diferencias que ya conocían entre ellos. Cuando llega una voz extraña, ¿sigue disponible el espacio que dejaban a su amigo?
Más allá están los compañeros de trabajo, las personas que vemos de vez en cuando y aquellas con las que nunca tendremos intimidad. Hay una dirección en la que podemos seguir preguntando: no colocar a ninguna de ellas únicamente en un puesto destinado a realizar lo que otros quieren.
Una conversación a la hora del té no ha respondido a la pregunta de cómo organizar así la vida en común. Tampoco se puede tratar primero como material a la persona que tenemos delante y aplazar su reconocimiento como persona hasta después de construir un mundo hermoso.
Aquí terminan los trece ensayos. Pero no necesitamos decir que todos los colores, los anillos de los árboles, las demostraciones y las perseverancias personales solo existían para conducirnos al final hasta esta taza de té.
El azul del jardín no vale menos por ello. Lo que alguien realiza a solas con cuidado tampoco necesita esperar el reconocimiento de otra persona para merecer nuestra atención.
Esta es, simplemente, la última dirección: después de hablar, seguimos caminos distintos. Y, en la conversación que acabamos de tener, ninguno de los dos había desaparecido de la vista del otro.
Nota de escritura y referencias
Reescrituras independientes para lectores de español a partir de los ensayos chinos íntegros publicados. Las versiones inglesas existentes también se escribieron de forma independiente; el chino simplificado y el tradicional ofrecen el texto completo. Cada ensayo conserva su propia nota de escritura y sus referencias precisas. Las escenas ilustrativas no se presentan como recuerdos del autor ni como reportajes; los episodios históricos y las explicaciones científicas mantienen las atribuciones y los límites indicados. Las propuestas filosóficas no se hacen pasar por resultados experimentales. La introducción se apoya en la segunda edición de Juicio y estética y en las trece líneas de investigación; cada ensayo remite además a su trabajo correspondiente. Esos originales están en inglés y chino, no se anuncian aquí como traducciones españolas de las investigaciones.
Sobre esta edición
Escrito a partir de «La belleza del non dubito mutuo», desarrollando la clase de cerámica y la conversación durante el té del ensayo teórico. Los personajes y lo que sucede después se han creado para la discusión. Un reconocimiento recíproco en una ocasión no certifica una relación entera ni demuestra que ambos hayan llegado a no dudar, en todos los asuntos, de que el otro es también un fin. El consenso, una tercera solución o una convivencia fluida tampoco demuestran automáticamente ese reconocimiento. Las preguntas se dirigen a los juicios: no autorizan a dañar a una persona ni exigen al lector discutir sin descanso o entrar en una relación determinada. Los trece ensayos exploran direcciones distintas, no una escalera de lo inferior a lo superior.