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Non Dubito

Volver a abrir el Zhuangzi · Ensayo 3 · El señor del Río ante el mar

Vio el mar y volvió a preguntar

El señor del Río mira el mar: una historia para preguntar qué hacemos cuando descubrimos el límite de lo que vemos.

Han Qin ·

Así empieza Las crecidas de otoño, en el Zhuangzi:

Llegaron a su tiempo las aguas de otoño y cien corrientes desembocaron en el Río. Era tan ancha la corriente que, entre una orilla y otra, no se distinguía un buey de un caballo. El señor del Río, complacido consigo mismo, creyó que toda la belleza del mundo se encontraba en él. Siguió la corriente hacia el este hasta llegar al mar del Norte. Miró al este y no vio el fin del agua. Entonces se volvió hacia Ruo, el dios del mar, y suspiró: «El dicho sobre quien ha oído cien enseñanzas y piensa que nadie lo iguala habla de mí. […] Durante mucho tiempo se reirán de mí quienes conocen de verdad estas cosas».

Las aguas otoñales llegan cuando les corresponde y los ríos desembocan en el Amarillo. La anchura es tal que no se distingue si en la otra orilla hay bueyes o caballos. El señor del Río se alegra de sí mismo: piensa que posee toda la belleza del mundo. Viaja aguas abajo hacia el este, llega al mar del Norte y no encuentra el extremo del agua. Se vuelve entonces hacia Ruo y suspira. Aquel dicho sobre el hombre que oye cien enseñanzas y ya se cree incomparable habla de él. Mucho tiempo habrán de reírse de mí, admite, quienes saben de verdad.

1. La lectura habitual y el punto en que se detiene

La frase más conocida viene después, cuando Ruo dice que no se puede hablar del mar con una rana de pozo. Se usa para insultar y también para consolar. Quiero devolverla primero al momento en que el señor del Río acaba de ver el mar. Como insulto, llamar a alguien rana de pozo significa que tiene poca experiencia y que no vale. Como consuelo, significa: no eres tonto, solo te falta verlo. Eso puede ayudar, desde luego. Pero si nos detenemos ahí, perdemos lo que hace el relato después. Hay una pregunta pendiente: ¿hemos convertido la situación provisional de alguien en una sentencia sobre su persona entera, o en una razón para que no tenga que avanzar?

El insulto puede convertir una posición en acusación; el consuelo, en una razón para no seguir. Pero una posición no es ni culpa ni mérito. Y hay otra diferencia decisiva. Esos dos usos aplican la frase a otro. En el texto se le dice a la cara a alguien que acaba de quedar en evidencia. Es el destinatario, no un tercero del que se esté hablando.

2. El señor del Río no es la rana

Veamos por qué estaba satisfecho. No miraba una acequia diminuta mientras se proclamaba el primero del mundo. Llegaron las aguas de otoño, cien corrientes alimentaron el Río y desde una orilla no podía distinguirse si en la otra pasaba un buey o un caballo. Era grande de verdad. El espectáculo era real. Deducir de él que toda la belleza del mundo estaba allí excedía, en cambio, las pruebas que tenía. Su problema no era solo una actitud orgullosa: había tomado la parte vista por el todo.

Si solo dijéramos que le faltaba modestia, la historia podría convertirse en una clase de buenos modales. Hay algo más difícil: la complacencia puede nacer de logros verdaderos. Hablar con humildad tampoco abre necesariamente los límites de lo que uno maneja.

3. Quedar en evidencia es una puerta, no una herida

Lo primero que hace al ver el mar es quedar en evidencia allí mismo. Mira hacia Ruo, suspira y reconoce que quienes entienden se reirán de él durante mucho tiempo. La frase que Ruo pronuncia a continuación es el mecanismo del pasaje:

Ahora has salido de tus orillas, has contemplado el gran mar y has reconocido tu propio desatino. Ahora podremos hablar contigo de las grandes razones.

Has dejado atrás las orillas y visto el mar; reconoces ahora tu propio desatino. Entonces se puede conversar. Primero reconoce el límite; después viene el diálogo. No significa que alguien tenga que sufrir una humillación para merecer aprender. El señor del Río ya lo ha visto y reconocido por sí mismo. Ruo no ha preparado una humillación para él. Lo que deja entrar las palabras posteriores es ese paso: no lo había visto todo.

4. Un mismo hecho, tres respuestas

Cuando algo inesperado ilumina un límite, todavía hay un paso siguiente. El Zhuangzi muestra en tres lugares un mismo encuentro —algo pequeño se encuentra con algo grande— y tres respuestas distintas. La pequeña codorniz de El andar libre se ríe. Ante el ave Kun-Peng que se eleva a noventa mil li de altura, dice que ella se eleva unos pocos ren y vuelve a bajar: ese es el límite de volar. Proclama que su propio límite es el último. Gongsun Long, en la segunda mitad de Las crecidas de otoño, huye. Tras oír cómo procede Zhuangzi, queda con la boca abierta y la lengua levantada, sin poder cerrarla ni bajarla; luego se vuelve y se marcha.

El señor del Río suspira y pregunta. Después del suspiro formula siete preguntas, cada una más honda. Los tres han encontrado lo mismo: existe algo que no alcanzo. Quien se ríe cierra la puerta; quien huye la rodea; quien sigue preguntando después de suspirar entra. No hace falta convertir esas respuestas en una tabla para clasificar personas. Uno mismo puede reír, marcharse o preguntar en momentos distintos. El relato nos muestra el paso siguiente, no una categoría para toda la vida.

5. Ni despreciarse ni engrandecerse

Volvamos a los tres casos en los que Ruo dice que no se puede conversar:

No se puede hablar del mar con una rana de pozo, limitada por su lugar; ni del hielo con un insecto de verano, limitado por su estación; ni del dao con un estudioso estrecho, atado a lo que le han enseñado.

La rana está limitada por el espacio; el insecto, por la estación; el hombre de miras estrechas, por lo que aprendió. Lo primero no es una diferencia de inteligencia, sino el modo en que el lugar, el tiempo y las explicaciones aprendidas limitan la vista. La rana no es tonta. En el pozo no hay un mar que se le pueda señalar. Puede entender cada palabra con la que se lo describimos y no tener dónde situar lo que forman juntas. El corte tiene, por tanto, dos filos:

Engrandecerse es leer una posición como mérito: veo más lejos, así que soy mejor. Pero quizá ves más lejos porque estás más alto, y estar ahí no es por sí mismo una hazaña tuya. Despreciarse es leer una posición como culpa: no lo veo, así que no valgo. Pero en el pozo no hay mar; eso tampoco es una falta tuya. Es el mismo error en ambas direcciones: convertir un juicio sobre una estructura en una valoración de la persona.

6. El error siguiente, después del golpe

En el diálogo que sigue, el señor del Río vuelve a preguntar:

Entonces, ¿puedo considerar grandes el cielo y la tierra y pequeña la punta de un pelo?

¿Bastará con decir que el cielo y la tierra son lo más grande y un pelo lo más pequeño? Acaba de descubrir que su antigua medida no basta y ya busca otra que nunca vuelva a fallar. Ruo responde que no. Habla de cómo tamaño, tiempo y límites cambian con la comparación. No ofrece una demostración sobre las dimensiones físicas del universo: frena el impulso de convertir inmediatamente un juicio nuevo en respuesta definitiva. Ya había rozado ese problema al hablar de Boyi y Confucio:

Boyi obtuvo renombre mediante su renuncia y Zhongni mostró su amplitud de saber hablando de estas cosas. ¿No se complacen en ello como tú te complacías antes en tus aguas?

Boyi gana fama al renunciar; Confucio muestra su erudición al hablar del mundo. Ruo coloca esas reputaciones dentro de la misma pregunta: ¿pueden convertirse, como las aguas ante el señor del Río, en motivo de complacencia? No está denigrando a Boyi y Confucio. Dice que incluso sus logros, cuando se poseen como cosas de las que presumir o a las que rendir culto, caen en el mismo hoyo que aquellas aguas. Aprender el dao no es adorar algo más grande: es atravesar un cambio en el lugar desde el que miramos. Hoy esto adopta una forma muy habitual: apenas se derrumba una certeza, salimos a buscar otro repertorio de respuestas correctas.

Una metodología nueva, un ídolo nuevo, una nueva lista de cómo lo hacen ellos. Parece aprendizaje. Puede ser solo cambiar de pozo.

7. El éxito sin tropiezos también puede limitar

En Silicon Valley valoro mucho saber aprender de un fracaso sin convertirlo en una negación de la persona entera. Pero la dificultad más honda no está en quien ya fracasó, sino en quien nunca se ha visto empujado hasta esa puerta. Alguien consigue algo, y lo consigue de verdad. Su método funcionó; hay pruebas. Poco a poco, algo que funcionó una vez bajo condiciones concretas se convierte en la explicación de cómo son las cosas. Es el tercer caso: el estudioso atado a lo que aprendió.

Lo más difícil es que lo aprendió comprobándolo con sus propias manos. No lo oyó ni lo copió. Eso puede ser más duro que cualquier prejuicio. Aquí se une el segundo ensayo: alrededor de alguien que ha triunfado se amontonan personas con música y grandes banquetes. Todos le ofrecen lo mejor: recursos óptimos, caminos despejados, atenciones a su medida, aprobación unánime. Quizá cada vez menos personas le pongan otro mar delante. En el segundo ensayo una opción elogiada por todos dificultaba rechazarla; aquí, que todo marche bien reduce las oportunidades de asomarse al mar.

El valor del fracaso no está en fracasar. Está en que a veces interrumpe un juicio que ya no quería escuchar y deja ver lo que no queríamos mirar. También podemos cambiar de ambiente, escuchar objeciones o preguntar a personas de terrenos desconocidos, sin esperar a que un fracaso nos empuje. Lo que cuesta propiciar es ese instante en que reconocemos que todavía no lo hemos visto todo. Se puede haber visto el mar y seguir hablando únicamente del río.

8. A quién se lo dicen

Como otras veces, miremos al destinatario. Ruo no está comentando cómo es una rana, ni llamando rana al señor del Río. Habla a alguien que acaba de suspirar. Inmediatamente después de los tres casos viene: ahora has salido de tus orillas y has visto el gran mar. Lo distingue de la rana de pozo, del insecto estival y del estudioso estrecho. Nunca le dice que sea una rana. Le dice que ya ha salido y que ahora pueden hablar. Por eso quiero leerlo como una invitación: has reconocido el límite; podemos seguir conversando.

Usarlo para decirle a alguien que es una rana de pozo traslada unas palabras que funcionaban en aquella situación a otra en la que ya no hacen lo mismo. Y quien las traslada suele estar de pie en su propio pozo.

9. Para el lector

Tres lugares donde probar la medida:

Primero: piensa en el segundo posterior a la última vez que una experiencia te bajó los humos. ¿Te reíste, te fuiste o preguntaste? Ya habías quedado en evidencia; lo variable era aquel segundo: la codorniz, Gongsun Long o el señor del Río.

Segundo: ¿hace cuánto no quedas en evidencia? Que haya pasado mucho tiempo no demuestra que hayas mejorado. Quizá nadie vuelva a ponerte el mar delante: puedes estar atado a lo que aprendiste.

Tercero: eso que dices haber comprobado, ¿es una verdad sobre las cosas o algo que funcionó una vez en condiciones concretas? Lo comprobado por uno mismo puede ser lo más duro y lo más difícil de aflojar: una nueva ocasión de complacerse.

10. Esta estructura no tiene techo

Una última precisión: el pasaje no es una invitación a sentirse grande. Ruo se incluye de paso en lo que dice:

Entre el cielo y la tierra soy como una piedrecilla o un trocito de madera en una gran montaña.

También el mar es apenas una piedra o un trozo de madera en una montaña. Al pasar de un nivel a otro, no ves que por fin seas grande: ves otra escala mayor. La estructura no tiene techo. Esa persona que hoy no entiendes quizá traiga experiencias que todavía no conoces; también puede estar equivocada. Pregúntale primero qué ha visto, sin decidir de antemano quién está más alto. Podemos hacer lo mismo al mirar a nuestro yo de hace tres años: ¿de qué pruebas disponía y qué dejó fuera? Las dos primeras medidas miraban cómo tratas al otro. Esta te pregunta algo a ti: ¿cuándo fue la última vez que te asomaste al mar?

Si no recuerdas ninguna, puedes empezar por el desacuerdo más reciente en el que estuviste dispuesto a hacer otra pregunta.

Texto y notas de lectura

Reescritura independiente para lectores de español a partir del ensayo chino completo. El inglés existente se escribió también de forma independiente, y las versiones en chino simplificado y tradicional ofrecen el texto íntegro. Los pasajes clásicos de la serie se presentan en versión española para estos ensayos, no como traducción completa de la obra antigua. Las comparaciones contemporáneas y las interpretaciones desarrolladas son lecturas del autor, no sucesos adicionales relatados en el original. Los enlaces a la investigación remiten a las versiones existentes en inglés y chino.

Pasajes, interpretaciones y fuentes

Pasaje e interpretación: Las crecidas de otoño.

La página china conserva las citas clásicas; la narración inglesa se escribió de nuevo para esta edición. Aquí los pasajes se ofrecen en versión española independiente. Las comparaciones contemporáneas y los desarrollos interpretativos pertenecen a la lectura del autor: no son episodios adicionales que el texto antiguo relate.