Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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003 / 108 · Llegar a ser uno mismo

Sócrates, el hombre en el claro

Cuando una respuesta deja de sostenerse, alguien permanece a la intemperie y vuelve a preguntar.

I. La pregunta que una explicación no contesta

El Sócrates del Fedón recuerda que de joven deseaba comprender la naturaleza. En su último día, rodeado de amigos, habla de aquella curiosidad por el nacimiento y la desaparición de las cosas, por la vida, por cuanto ocurre en el cielo. Antes de detener a los hombres para preguntarles cómo debían vivir, había querido saber cómo funcionaba el mundo.

Era una de las grandes aventuras del pensamiento de su tiempo. Tales había buscado el principio en el agua; Heráclito había concedido al fuego un lugar decisivo; los atomistas explicaban los cambios mediante átomos y vacío. No todo aquello equivale a lo que hoy llamamos ciencia, pero se reconoce el movimiento: mirar las cosas, buscar sus componentes, intentar comprender por qué llegan a ser y dejan de ser.

Entonces aparece Anaxágoras. Sócrates oye que el nous, la inteligencia, ordena todas las cosas. Cree haber encontrado por fin lo que buscaba. Si la inteligencia ordena, tendrá que ordenar del mejor modo. Espera que el libro le diga no solo dónde está la Tierra, sino por qué esa posición es la mejor; no solo cómo se mueve el Sol, sino por qué conviene que se mueva así y no de otra manera.

Sigue leyendo. Lo que encuentra son el aire, el éter, el agua, las causas materiales que hacen el trabajo concreto de la explicación. La inteligencia anunciada al principio parece haberse quedado en el umbral. Sócrates no recibe aquello que esperaba de ella.

Los huesos y los tendones permiten explicar cómo un hombre puede estar sentado en una cárcel. No explican todavía por qué ha juzgado mejor quedarse allí. La descripción del cuerpo puede ser verdadera y no alcanzar la razón de la decisión. Una respuesta exacta a otra pregunta no deja de ser otra respuesta.

El Fedón llama segunda navegación al camino que pasa por los razonamientos, las hipótesis y lo que se sigue de ellas. Ese camino conduce también a las Formas de Platón. No es un sencillo abandono de la naturaleza para dedicarse a conversar. Pero antes del nuevo edificio hay un instante que quisiera retener: alguien reconoce que la explicación recibida no responde a lo que estaba preguntando.

Podría conformarse. Podría decir que eso era, desde el principio, lo que había querido saber. No lo hace. Vuelve a empezar.

II. Poner a prueba a un dios

Lo encontramos en el ágora, junto al gimnasio, en un banquete, a un lado del camino. Se acerca a alguien que dice entender de política: ¿qué es la justicia? Habla con un hombre que conoce la guerra: ¿qué es el valor? Escucha a quienes educan a los jóvenes: ¿qué es la virtud que quieren enseñar? Las preguntas parecen pequeñas hasta que hay que contestarlas.

En la Apología, Sócrates explica esa vida mediante una historia de Delfos. Su amigo Querefonte había preguntado a la Pitia si existía alguien más sabio que Sócrates. La respuesta había sido que no. Sócrates, al enterarse, no se reconoció en aquel elogio. No tenía conciencia de poseer una sabiduría extraordinaria. Pero un dios no podía mentir. ¿Qué quería decir entonces?

Decidió buscar a alguien que permitiera refutar la respuesta. Fue primero a los políticos, hombres a quienes la ciudad escuchaba y entregaba decisiones importantes. Hablaban con seguridad. Sin embargo, al seguir las preguntas, sus afirmaciones comenzaban a contradecirse. La autoridad pública no les daba automáticamente un conocimiento equivalente de lo justo o de lo bueno.

Después visitó a los poetas. Sus obras eran capaces de conmover: algo debían saber quienes las habían compuesto. Pero no siempre podían explicar sus propios versos. Sócrates atribuyó su creación a algo más próximo a la inspiración que a un saber disponible. Eso no volvía malo el poema. Separaba la grandeza de una obra de la comprensión que su autor podía dar de ella.

Los artesanos ofrecían un caso diferente. Sabían de verdad cosas que él ignoraba. Construir una nave, levantar una casa: preguntar no borraba esas capacidades. El problema surgía cuando la confianza adquirida en el oficio se extendía a todos los asuntos importantes. De saber hacer una cosa pasaban, sin advertirlo, a sentirse autorizados para resolver cómo debía vivirse.

Tres recorridos, tres confusiones: poder con sabiduría, inspiración con comprensión, competencia con conocimiento universal. Sócrates terminó reconociendo una ventaja muy pequeña. Cuando no sabía, no creía saber. La frase «Solo sé que no sé nada» es la abreviatura que se ha hecho célebre; no aparece así, literalmente, en la Apología.

Tampoco significa que ninguna persona sepa nada. El carpintero sigue sabiendo construir. Lo que hay que vigilar es el paso entre un conocimiento verdadero y la seguridad de ser una persona que conoce. Sócrates no puede reservar esa vigilancia para los demás. También él tiene que preguntarse dónde acaba lo que sabe y dónde empieza su deseo de no parecer ignorante.

El oráculo lo había enviado a hablar con otros. Al final de cada conversación, la pregunta regresaba con él.

III. Cuatro palabras pierden su refugio

Piedad, valor, templanza, amistad. Son palabras que una persona puede emplear durante años sin detenerse a definirlas. El Eutifrón, el Laques, el Cármides y el Lisis se detienen. Al acabar, no entregan cuatro definiciones definitivas, como si cada conversación hubiera servido para limpiar una pieza y devolverla a su sitio.

Al principio nadie espera tanta dificultad. Eutifrón se considera un experto en asuntos divinos. Laques es general. ¿Quién va a saber qué es el valor mejor que alguien que manda soldados? Pero la pregunta no se satisface con las credenciales del que responde. Necesita que la respuesta aguante.

Lo piadoso es lo que aman los dioses. Pero los dioses discrepan. ¿Una misma cosa sería entonces piadosa para unos e impía para otros? Se corrige: lo que aman todos los dioses. Sócrates pregunta ahora si la aman porque es piadosa o si es piadosa porque ellos la aman. La unanimidad ha eliminado una dificultad y ha dejado a la vista otra.

El valor consiste en permanecer en el puesto y no huir del combate. ¿Qué ocurre con la caballería que pelea mientras retrocede? ¿Y con quienes se retiran para volverse después y vencer, como los espartanos en Platea que Sócrates menciona? Un paso atrás no permite decidir por sí solo si un hombre ha sido cobarde. Además, el valor no vive únicamente en las batallas: también puede estar en la enfermedad, en la pobreza, ante los placeres o ante el miedo.

Cármides propone una conducta tranquila, pausada. Pero leer con rapidez, aprender con rapidez, moverse con agilidad en la lucha son cosas que también elogiamos. No basta medir la velocidad de un gesto para reconocer la templanza. En el Lisis se ensaya la afinidad: lo semejante sería amigo de lo semejante. Los malos, sin embargo, ni siquiera son estables consigo mismos. Y si el hombre perfectamente bueno se bastara por completo, ¿para qué necesitaría amigos?

No son monstruos lógicos traídos de otro mundo. Una retirada, un aprendizaje veloz, un amigo necesario: esas cosas ya estaban en la vida de los interlocutores. Lo nuevo es que no caben en la frase con que creían haberlas explicado. La palabra deja de protegerlos de aquello que nombraba.

La refutación socrática, el elenchos, hace visible esa grieta. No consiste simplemente en afirmar lo contrario. Sócrates sigue las razones que el otro ha aceptado hasta mostrar que unas no pueden convivir con otras. El desconcierto nace dentro del propio pensamiento. Deshacerse del hombre que pregunta no repara la contradicción.

A este Sócrates lo llamo el hombre que desbasta sin ponerse enseguida a construir. Una respuesta cae; no hay que instalar otra a toda prisa solo para que nadie salga de allí con las manos vacías. No es todo el Sócrates de Platón: tiene convicciones, exigencias morales y argumentos extensos. Pero cuando estas definiciones fracasan, el fracaso no se maquilla.

Él también queda dentro de la pregunta. No ha abierto un agujero para que otro caiga y él pueda mirarlo desde arriba. Están en el mismo terreno. Sin paredes, sin tejado, sin el abrigo de una fórmula. El viento llega de todas partes. Sócrates permanece en el claro.

IV. Lo que Atenas ya no soporta

En el año 399 antes de nuestra era, Sócrates tiene alrededor de setenta años. Meleto, Ánito y Licón lo acusan de no reconocer a los dioses que reconoce la ciudad, de introducir nuevas divinidades y de corromper a los jóvenes. La incomodidad de las conversaciones se convierte en un proceso.

Atenas está herida. Cinco años antes ha perdido la guerra del Peloponeso frente a Esparta. Los Treinta, respaldados por los vencedores, han impuesto una oligarquía breve y sangrienta. Uno de sus principales dirigentes, Critias, había frecuentado a Sócrates. También Alcibíades, cuyo nombre arrastra deserciones y cambios de bando, había estado cerca de él.

La democracia se restaura en 403. Una amplia amnistía, con excepciones que incluyen a los propios Treinta, intenta detener las represalias. Una ciudad no puede seguir vengándose para siempre. Pero una ley de reconciliación no borra las caras de la memoria. Bajo la acusación de corromper a la juventud puede oírse un reproche político: esos hombres te escuchaban; mira lo que hicieron con nosotros.

Bajo la acusación religiosa puede oírse otro temor: preguntas incluso por aquello que nos mantiene juntos. La ciudad quiere reconstruir; tú sigues comprobando si los cimientos resisten. Es una manera de leer el conflicto, no la explicación demostrada de lo que pensaba cada miembro del jurado.

Y hay un hecho que impide cerrar la lectura con demasiada facilidad. Sócrates había desobedecido a los Treinta cuando le ordenaron participar en la detención de León de Salamina. Haber tratado con alguien no es someterse a él. Haber sido escuchado no convierte a una persona en autora de todos los actos posteriores de sus oyentes. La herida de Atenas es real; no prueba por sí sola la culpa de Sócrates.

Queda, sin embargo, una tensión difícil de resolver. Unos necesitan algo firme a lo que agarrarse. El otro no puede llamar firme a lo que cede bajo una pregunta. Su manera de servir a la ciudad consiste en no dejarla dormirse. La ciudad está a punto de decidir que no quiere seguir siendo despertada de ese modo.

V. Defenderse sin suplicar

Sócrates se defendió. La rareza de su defensa no está en que la tomara a broma, sino en el límite que puso a los medios para salvarse. En la Apología responde a los cargos, interroga a Meleto y da razones de su vida. No lleva a sus hijos ante el jurado para que sus lágrimas inclinen la decisión. Quiere que los jueces juzguen, no que se apiaden.

Los adversarios más difíciles, explica, ni siquiera tienen un rostro al que pueda dirigirse. Desde hace mucho circula la figura de un hombre extravagante que investiga lo que hay en el cielo y bajo la tierra y enseña a hacer fuerte el argumento débil. Aristófanes la llevó al teatro. Es más fácil contestar a una acusación pronunciada hoy que a una imagen aprendida hace años y convertida en sentido común.

Cuenta el oráculo y las visitas. Ha entendido lo ocurrido como una tarea: ser para la ciudad lo que un tábano para un caballo grande que tiende a adormecerse. No aceptará la libertad a cambio de dejar de filosofar. Una vida sin examen perdería aquello por lo que, para él, merece ser vivida. Si lo matan, no solo eliminan una molestia; también se privan de alguien que les hace falta.

La primera votación lo declara culpable. Se suele reconstruir el resultado como unos 280 votos contra 220. Platón no ofrece el recuento completo: Sócrates dice que treinta votos cambiados habrían bastado para absolverlo. Más seguro que la cifra exacta es el estrecho margen que deja entrever. Atenas no habló con una única voz.

Después hay que decidir la pena. La acusación pide la muerte y el condenado puede presentar una alternativa. Sócrates considera la prisión y el destierro. ¿Lo soportaría mejor otra ciudad? ¿Podría conservar la vida callándose y renunciando a lo que cree que debe hacer con ella?

Cuando pregunta qué merece de verdad, propone que lo mantengan en el Pritaneo a expensas públicas. Allí se honra a quienes benefician a la ciudad. Un vencedor olímpico hace que los atenienses parezcan felices; él procura que lo sean. La respuesta es audaz. Podemos imaginar que su humor no resultara gracioso para todos los que tenían que votar.

Pero no termina ahí. Ofrece una multa de una mina, a la medida de sus recursos, y después de treinta minas. Platón, Critón, Critóbulo y Apolodoro se presentan como fiadores. Esa propuesta efectiva forma parte del proceso y no debe desaparecer detrás de la ironía de la comida gratuita. El jurado escoge la muerte. Una fuente muy posterior afirma que ochenta personas más votaron contra él; no disponemos de una segunda suma tan segura como para imprimirla a modo de marcador.

Lo que Sócrates no propone es una promesa tranquilizadora: ya no volveré a hacerlo, a partir de ahora os dejaré en paz. Podría ser la frase que algunos desean escuchar. Él no puede pronunciarla sin negarse. Salir del tribunal gracias a ella sería salir al amparo de una pared que sabe falsa.

VI. La copa

Critón llega a la cárcel con un plan para sacarlo. Se puede encontrar dinero y personas dispuestas a ayudar; en Tesalia hay amigos que lo recibirán. Le aterra perder a Sócrates y le aterra también que se diga que sus amigos prefirieron ahorrar antes que salvarlo. En la petición se mezclan el amor, el miedo y la certeza urgente de que todavía se puede hacer algo.

Sócrates devuelve la conversación a una pregunta: ¿sería justo escapar así? En el Critón insiste en que no debe responderse a una injusticia con otra. Hace hablar a las Leyes: bajo ellas ha vivido, ha recibido protección, ha criado a sus hijos. ¿Puede ahora dejar sin efecto una sentencia mediante un arreglo privado porque esa sentencia cae sobre él? Critón no logra convencerlo de que esta fuga sería justa.

No queda resuelto con ello todo conflicto entre conciencia y autoridad. Ahí sigue su negativa a colaborar con los Treinta. Lo que vemos es más preciso: una vida dedicada a examinar razones ha llegado a una decisión que nadie puede tomar por él. La razón conveniente no se vuelve buena solo porque le permita seguir respirando.

Leo su negativa como un intento de conservarse a sí mismo, no como desprecio por el cuerpo. El cuerpo no es una cáscara prescindible: perderlo es perder la vida, y por eso la decisión pesa tanto. Tampoco convierte la huida en una vergüenza universal ni el miedo en una forma de dejar de ser persona. Es este hombre quien cree que, en estas circunstancias, no puede justificar el paso que sus amigos le ofrecen.

El Fedón nos lleva a la última jornada. Los amigos hablan de la inmortalidad del alma. Sócrates presenta argumentos; Simmias y Cebes ponen objeciones, y él contesta. No pasa el día retirando cada afirmación hasta quedarse sin ninguna. Cerca del final distingue, sin embargo, lo que los razonamientos sostienen de los detalles del relato que acaba de ofrecer sobre el más allá. Un hombre sensato no garantizaría que todo sucede allí exactamente de ese modo. Esa esperanza merece el riesgo.

El sueño sin sueños pertenece a una escena anterior, la de la Apología, después de la condena. Allí Sócrates imagina dos posibilidades: la muerte puede ser ausencia de sensación, como una noche enteramente tranquila, o puede ser un viaje a otro lugar. Si es un viaje, encontrará a Homero, a Hesíodo, a los grandes personajes del pasado. Y podrá preguntarles.

Ha interrogado a los poetas sin negar la belleza de la poesía. La grandeza de Homero no impediría preguntarle si comprende lo que ha escrito. El otro mundo no sería únicamente descanso: sería una conversación que aún puede continuar. En el ágora de los muertos habría alguien a quien detener un momento. El hombre que pasó la vida preguntando no desea terminar.

Llega la tarde. Un servidor encargado de la prisión entra para despedirse. Elogia la amabilidad con que Sócrates lo ha tratado, aunque él pertenece al aparato que ejecuta la sentencia. Se le llenan los ojos de lágrimas y sale. Durante un instante no vemos un cargo, sino a una persona a la que le cuesta separarse de otra.

Critón pide tiempo. El sol todavía ilumina las colinas. Otros condenados han esperado hasta muy tarde, han comido y bebido antes. Sócrates responde que ellos creen ganar algo con la demora; él no ve qué ganaría aferrándose al resto simplemente porque aún queda un resto.

Mandan a un criado. Llega el hombre que ha preparado el veneno, con la copa. Sócrates le pregunta qué debe hacer. Caminar hasta que se le pongan pesadas las piernas; después, acostarse. Toma la copa sin que cambie la expresión de su rostro. ¿Puede derramarse un poco como libación? Solo se ha preparado la dosis necesaria. Entonces, al menos, puede pedir que el tránsito sea favorable. Reza, acerca la copa a los labios y bebe sin resistencia.

Los amigos ya no pueden contenerse. Fedón se tapa la cara y llora por sí mismo, por el amigo del que va a quedar privado. Critón ha salido antes porque no consigue dominar las lágrimas. Apolodoro, que llevaba tiempo llorando, rompe en un grito que arrastra casi a todos. Sócrates les pide calma. Había hecho salir a las mujeres, dice, para evitar esas lamentaciones; ha oído que se debe morir en un silencio de buen augurio. La frase trae consigo las costumbres de aquel cuarto, pero también una petición cercana: quedaos conmigo sin este tumulto.

Camina. Cuando las piernas le pesan, se tiende boca arriba. El hombre le aprieta con fuerza un pie y pregunta si siente algo. No. Va comprobando más arriba; el frío y la rigidez avanzan. Sócrates se ha cubierto el rostro. Cuando el frío alcanza la parte baja del cuerpo, se descubre y habla.

Critón, le debemos un gallo a Asclepio. Pagad la deuda. No lo olvidéis.

Critón promete hacerlo y pregunta si quiere algo más. No hay respuesta. Al poco rato, un movimiento. El hombre retira la cubierta; los ojos están fijos. Critón le cierra los ojos y la boca.

Asclepio es el dios de la curación. Se le puede ofrecer un gallo para agradecer haber sanado. Nietzsche oye en esa frase un juicio contra la vida: vivir habría sido la enfermedad y morir la cura. Su Sócrates se convierte así en un hombre que niega la vida. Es una lectura de enorme fuerza, no una explicación definitivamente establecida de las últimas palabras.

También puede escucharse algo distinto. En el momento de morir no entrega un sistema, no pronuncia una sentencia para dominar los siglos. Hay una cosa pendiente entre varias personas. Debemos. Un amigo debe recordarla. No sabemos con certeza a qué curación se refería; sí escuchamos que todavía queda un pequeño acto por hacer, una gratitud que no ha de perderse.

El hombre del mercado, de los banquetes, de la petición insolente de comer gratis, regresa a la escala de lo cotidiano. La muerte es inmensa. La deuda cabe en una frase. No se ha elevado por encima del suelo.

VII. La risa que falta

Platón no estaba allí. En el diálogo, Fedón dice que, según cree, estaba enfermo. Esa breve vacilación conserva una ausencia dentro de la obra que nos ha acercado tanto la escena. El escritor no se coloca entre los testigos para garantizar con su presencia lo que cuenta.

Durante aquel día sí hubo risas. Fedón describe la mezcla extraña de alegría y llanto. Sócrates sonríe cuando Critón le pregunta cómo quiere ser enterrado: parece que su amigo ya confunde al hombre que está hablando con el cuerpo del que luego tendrá que ocuparse. La sonrisa abre un pequeño espacio entre los dos.

Pero en el momento final los amigos lloran. Junto a ese llanto imagino una risa que el relato no nos da. No es un hecho histórico que haya que añadir a escondidas, sino una posibilidad de comprensión. No burla, no amargura, tampoco una demostración de valentía. Una risa que dijera: he entendido algo de lo que estabas haciendo; no dejaré de preguntar cuando ya no estés.

Las lágrimas no demuestran que los amigos hayan fracasado. Perder a alguien querido no equivale a perder una respuesta tranquilizadora. Se puede comprender y seguir llorando. La risa imaginada no tendría que expulsar la pena; podría encontrar un sitio a su lado. Me recuerda a Zhuangzi golpeando una vasija y cantando, aunque la cercanía que ve el lector no convierta dos vidas y dos filosofías en una sola.

Si alguien pudiera reír así. No para retener a Sócrates: ninguna risa lo retendría. Solo para permanecer un momento más en el claro, con la tristeza, sin exigir que una certeza nueva lo cubra todo inmediatamente. Eso es lo que sigo tratando de escuchar.

Platón escribió la República y desarrolló su pensamiento de las Formas. Más allá de las cosas que llamamos justas y sobre las que discrepamos, la justicia misma; más allá de las cosas hermosas, la belleza; y el Bien, que hace posibles el conocimiento y el valor. Las preguntas reciben una arquitectura. Si un ejemplo se derrumba, no tiene por qué desaparecer con él aquello que se buscaba.

Es una de las grandes construcciones del pensamiento humano. Reducirla a la incapacidad de soportar el vacío sería no escuchar lo que intenta. En el paisaje de este ensayo, sin embargo, aparece como una pared levantada en el claro. Es tentador imaginar a Platón construyendo una morada para lo que la muerte le arrebató. Esa imagen pertenece a la lectura, no a una causa psicológica que hayamos descubierto en los documentos.

El mismo Platón escribió los diálogos que dejan la definición sin resolver. Y el Sócrates del Fedón argumenta a partir de las Formas. Preguntar y construir ya habitan los mismos libros. No se pueden repartir limpiamente entre un maestro que solo derriba y un discípulo que tapa, con un sistema, el dolor que no soportó.

Después llega Aristóteles, critica las Formas y vuelve a organizar las preguntas, trabaja en las categorías. Si hacemos pasar los siglos como figuras lejanas, la escolástica construye; Descartes desmonta y vuelve a comenzar; Hume introduce dudas en las juntas; Kant levanta las tres Críticas; Hegel da al espíritu una historia en la que puede llegar a conocerse. La distancia entre esas obras es mucho mayor de lo que cabe en esta imagen.

Pero debajo permanece una posibilidad: preguntar si aquello que nos protege realmente se sostiene. Los grandes edificios no vuelven inútil la pregunta. La pregunta tampoco prohíbe edificar. Mantiene abierto un acceso al suelo, por si tenemos que reconocer de nuevo que una respuesta no responde.

VIII. Antes de que exista el puente

Volvamos a un río imaginario. Kant y Wang Yangming están a la entrada del puente. Nietzsche avanza hacia ellos desde el otro extremo. Debajo está Zhuangzi, en el agua, con los peces. Cada uno parece haber encontrado una manera diferente de relacionarse con la travesía.

¿Dónde está Sócrates?

No está en el puente, ni debajo, ni en el agua. Está antes del puente. En el terreno abierto donde nadie ha empezado todavía a construir.

Un puente tiene que hacerse. Las Formas, las categorías, las tres Críticas, la afirmación de que la mente es principio: en este paisaje, cada pensamiento ofrece un modo de cruzar. Hace falta un apoyo, una distancia que se pueda salvar, algo a lo que confiar el peso del cuerpo. Sócrates permanece en el momento anterior. No se ha colocado aún la primera piedra.

Pregunta: ¿estáis seguros de saber qué hay al otro lado?

Nadie sabe qué contestarle.

Los siglos comparten ahora una misma orilla. Kant ve el reino de los fines. Wang Yangming ve la claridad del corazón y la mente. Nietzsche sigue andando. Zhuangzi encuentra en el agua a Hundun, lo entero que todavía no ha sido recortado. Ninguna cronología permite organizar esta reunión. Solo existe en la escena que estamos mirando.

Sócrates está antes que ellos en otro sentido: antes de la seguridad de que en este lugar debe haber un puente. No es el primer hombre de la historia autorizado a preguntar, ni el único que haya sabido vivir sin una respuesta terminada. Es el hombre que este retrato deja en el claro.

Ha retirado la respuesta que no se sostenía. En el último día que conservamos de él hay una sonrisa tranquila y una copa de veneno. Nada se levanta entre nosotros y su figura para ocultarla.

Los amigos que lo rodean lloran.

Él espera. Espera a alguien que ría.

Notas de lectura y fuentes

El claro, el lugar donde aún no se ha construido el puente y la risa esperada son imágenes literarias del ensayo. Desbastar sin edificar de inmediato ilumina una faceta de los diálogos interrogativos; no resume todas las doctrinas del Sócrates histórico ni demuestra los motivos psicológicos de Platón. La relación con Zhuangzi es una lectura del autor, no una identificación de sus filosofías.

Pasajes principales: Apología 20e–23b, 32c–d, 36a–38b y 40c–41c; Critón 43–54; Fedón 58e–59b, 96a–100b, 114d y 115c–118a. El sueño sin sueños y el encuentro con los poetas pertenecen al discurso del tribunal, no a la conversación del último día. Los recuentos de votos se reconstruyen; Diógenes Laercio 2.41–42 es una fuente muy posterior. La muerte narrada por Platón no es un informe clínico ni una transcripción literal.

Las cuatro indagaciones: Eutifrón 6–11, Laques 190–199, Cármides 159–176 y Lisis 214–223. Nietzsche interpreta el gallo en La gaya ciencia, §340, y Crepúsculo de los ídolos, «El problema de Sócrates», §1. La lectura desde la gratitud y la obligación cotidiana que aquí se propone sigue siendo una alternativa, no una certeza. Las palabras antiguas se reformulan libremente a partir de los diálogos.

Plato, Apology (20e–23b; 32c–d; 36a–38b; 40c–41c) · Plato, Phaedo (58e–59b; 96a–100b; 114d; 115c–118a) · Plato, Crito (43–54) · Plato, Euthyphro (6–11) · Plato, Laches (188–192: definitions and examples of courage) · Plato, Charmides (158–162: quietness and quickness) · Plato, Lysis (214–223) · Diogenes Laertius, Lives of Eminent Philosophers, book 2, Socrates (2.41–42) · Friedrich Nietzsche, Twilight of the Idols, The Problem of Socrates, §1 · Stanford Encyclopedia of Philosophy, Socrates: sources and political setting

Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。