Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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002 / 108 · Llegar a ser uno mismo

Confucio: transmitir sin crear

¿Qué permite seguir caminando cuando el mundo esperado no llega?

I. El perro sin hogar

En las Memorias históricas de Sima Qian, Confucio llega al estado de Zheng, se separa de sus discípulos y queda solo junto a la puerta oriental de la ciudad. La escena no empieza con un sabio rodeado de admiradores. Empieza con un hombre que espera.

Un vecino le habla a Zigong de aquel desconocido. Tiene la frente de Yao, el cuello de Gaotao, los hombros de Zichan. Las comparaciones son ilustres. Sin embargo, su aspecto cansado recuerda sobre todo a un perro que se ha quedado sin casa.

Zigong repite el comentario a su maestro. Confucio se ríe de buena gana. Las semejanzas físicas, dice, son secundarias. Pero lo del perro sin hogar, sí. Exactamente. Eso está bien visto.

La historia permite hablar de ironía consigo mismo, de generosidad o de humillación. Antes de escoger una explicación, quisiera detenerme en ese gesto. Se está riendo.

Este hombre recorre los estados porque desea que el camino en el que cree llegue a ser una forma de vivir y gobernar. Los viajes que la tradición recuerda como catorce años incluyeron acogidas y honores, además de dificultades. El orden político esperado no llegó a hacerse realidad. En la puerta de una ciudad extraña, alguien lo compara con un perro perdido. Él no exige primero que se le restituya su dignidad de maestro.

Esa risa me lleva al Sócrates del Fedón, todavía capaz de sonreír cuando la muerte está cerca. Son situaciones distintas. No necesito hacerlas idénticas para oír cómo una cierta serenidad responde de una a otra.

II. La tarea de transmitir

A Confucio y a Sócrates los encontramos, ante todo, conversando. No se presentan como autores que despliegan ante nosotros un tratado filosófico escrito de su propia mano. Entramos en su mundo por una pregunta, una respuesta, alguien que escucha.

Sócrates nos llega a través de Platón, Jenofonte y otras voces. Confucio, a través de las Analectas, reunidas progresivamente, y de relatos posteriores. Entre la voz del maestro y la nuestra hay personas que recibieron sus palabras y las transmitieron. Esa distancia forma parte del encuentro.

Confucio dejó una frase sobre su tarea: «Transmito y no creo; confío en lo antiguo y lo amo. En mi fuero interno me comparo con nuestro viejo Peng».

La identidad de ese viejo Peng se ha explicado de distintas maneras. El movimiento de la frase resulta más claro: antes de avanzar, Confucio mira hacia atrás. No necesita situarse en el punto donde todo comenzó.

Hay también una dimensión política. El Libro de los ritos llama sabio a quien instituye y esclarecido a quien transmite. Crear ritos y música no era simplemente tener una idea novedosa. Se trataba de establecer un orden para la comunidad, y eso planteaba la cuestión de quién tenía autoridad para hacerlo. Confucio admiraba a Yao, a Shun y al duque de Zhou; él no era un soberano. En su frase puede oírse esa conciencia de su lugar.

Pero me interesa, sobre todo, que no tenga prisa por poner su firma sobre el mundo. El camino no necesita empezar conmigo. Los poemas antiguos, las ceremonias y la música ya guardan rastros. Puedo volver a acercarme a ellos hasta que unos gestos vacíos recuperen su relación con la vida.

«¡Qué espléndida es la cultura de Zhou! Yo sigo a Zhou». Podemos imaginar esta tarea como una excavación. Hay que retirar el polvo para que el camino vuelva a quedar a la vista y sea posible andarlo.

La tradición atribuyó a Confucio la selección y ordenación de los Poemas y los Documentos, trabajos sobre los ritos, la música y las Mutaciones, y la composición de los Anales de primavera y otoño. No todas esas atribuciones equivalen a una autoría personal demostrada. Juntas, sin embargo, dibujan una figura reconocible: alguien escoge, dispone, reorganiza, y llama a eso transmitir.

Transmitir puede transformar una tradición. No significa estar condenado a repetirla. Lo decisivo es que el valor de la tarea no dependa de poder decir: antes de mí no existía.

III. Cinco preguntas sobre el ren

El Sócrates de Platón suele salir en busca de conversación. Crees saber qué es el valor: él pregunta un poco más. No tenías intención de dudar de ti mismo: la pregunta ya está delante. Es el gesto del tábano.

En Confucio aparece también una espera. No quiere abrir el camino a quien todavía no se esfuerza por comprender, ni proporcionar las palabras a quien aún no intenta encontrarlas. Muestra una esquina; si el alumno no descubre las otras tres, no sigue del mismo modo.

Algo tiene que haberse puesto en marcha antes de que hable el maestro. Una pregunta inesperada puede despertar a alguien, pero también hacerlo huir. La indagación socrática tiene ese filo. En esta frase, Confucio atiende al punto al que ha llegado el estudiante. Tú alcanzas la puerta; entonces él la abre. No se dispone a recorrer por ti el resto del camino.

Esto se oye especialmente en las respuestas acerca del ren, esa humanidad en el trato con otros que ocupa el centro de su enseñanza. No hay una sola frase que pueda separarse de toda conversación y entregarse intacta a cualquiera. Cuando ponemos las respuestas una junto a otra, también empezamos a escuchar a quienes preguntan.

Yan Hui pregunta por el ren. Confucio le habla de dominarse y volver a los ritos. Practicarlo depende de uno mismo, no de otro. Yan Hui quiere saber cómo. Entonces el maestro pasa a mirar, escuchar, hablar, actuar: todo ello sin apartarse de la justeza ritual. La frase alcanza el mundo entero, pero vuelve a los movimientos más próximos. Nadie podrá hacer ese trabajo en tu lugar.

Zhonggong pregunta por el ren. Sal como si fueras a recibir a un huésped distinguido. Cuando requieras los servicios del pueblo, hazlo con el respeto de quien participa en un gran sacrificio. No impongas a otros lo que no deseas para ti. En otro pasaje, Confucio considera a Zhonggong capaz de gobernar. Aquí la humanidad toca, precisamente, su manera de tratar a las personas que habrán de obedecer sus órdenes.

Sima Niu pregunta por el ren. Quien lo practica, responde Confucio, es cauteloso al hablar. ¿Basta con eso?, quiere saber el discípulo. La respuesta parece demasiado pequeña para una palabra tan grande. Confucio le pregunta a su vez: si actuar resulta difícil, ¿cómo no va a exigir cautela hablar de ello?

Sima Qian describe a Sima Niu como locuaz e impetuoso. Junto a ese retrato, la advertencia adquiere una voz concreta: no dejes que la boca corra más deprisa que los actos. No se trata de pronunciar lentamente. Se trata de sentir, antes de prometer, el peso de lo que habrá que hacer.

Fan Chi pregunta por el ren. Confucio responde: «Amar a las personas». Dos caracteres chinos. No hace falta ver ahí una lección rebajada para una inteligencia menor. La respuesta vuelve los ojos directamente hacia alguien. Si tu explicación de la humanidad no cambia nada en cómo lo ves y cómo lo tratas, aún no ha tocado tierra.

Zigong empieza más lejos. Si alguien pudiera repartir beneficios entre el pueblo y socorrer a todos, ¿sería una persona de ren? Eso iría todavía más allá, responde el maestro, hacia la sabiduría plena. Incluso Yao y Shun habrían encontrado difícil semejante empresa.

Luego acerca a Zigong a lo que tiene al alcance. Quieres sostenerte: ayuda a otros a sostenerse. Quieres abrirte camino: ayúdalos a abrirse camino. Parte de la necesidad que conoces en ti para comprender la de otra persona. No es preciso esperar a poder salvar al mundo antes de empezar.

Cinco personas, cinco conversaciones. No cinco virtudes inconexas, sino una misma preocupación atravesando cinco vidas. En el Laques, las preguntas de Sócrates sobre el valor no llegan a una definición que resista el examen. La seguridad inicial ha cedido: un claro. Estas respuestas de Confucio devuelven a cada uno al suelo que pisa. No una casa terminada por el maestro, sino una tierra que habrá que cultivar.

IV. Quisiera no hablar

Sin embargo, también este hombre que enseña se vuelve una vez hacia el silencio. «Quisiera no hablar», dice.

Zigong se inquieta. Si el maestro deja de hablar, ¿qué transmitirán los discípulos? Escuchan, recuerdan, cuentan a otros. Su tarea parece depender de esa voz. ¿Qué quedará cuando se calle?

Confucio responde: «¿Acaso habla el Cielo? Las cuatro estaciones siguen su curso, los seres crecen. ¿Acaso habla el Cielo?»

El Cielo no da una nueva instrucción a cada brote y a cada lluvia. Para alguien que pasa los días enseñando y contestando preguntas, esa imagen quita de pronto un gran peso a sus propias palabras.

Yo escucho en ella un deseo: he hablado toda la vida, he enseñado, he transmitido ritos y música, pero quiero algo más que la memoria de mis frases. Si entran en vuestra vida, no necesitaréis otro recordatorio antes de cada paso. Hablo para que un día, cuando las palabras se detengan, algo pueda seguir sucediendo.

Sócrates hace visibles los límites de lo que creemos saber. Confucio mira aquí los límites de lo que puede decirse. Una pregunta sin responder, una respuesta todavía no vivida: ninguna quedará resuelta porque el maestro añada unas frases. Uno te deja por un tiempo donde aún no sabes. El otro pregunta: si guardo silencio, ¿podrás continuar?

V. Yan Hui

Entre los discípulos, Yan Hui estaba particularmente cerca de Confucio.

Su corazón, dice el maestro, podía permanecer tres meses sin apartarse del ren. Los demás llegaban a él por un día o por un mes, de vez en cuando. No me conmueve la contabilidad de las jornadas virtuosas. Me conmueve esa forma de quedarse: donde otros llegaban a ratos, Yan Hui podía habitar.

Todavía aprendía. Era él quien había preguntado cómo practicar el retorno a los ritos. Pero las palabras del maestro parecían haber pasado de la repetición a los gestos cotidianos. Al cesar la voz, el ren no cesaba con ella.

«Hui no me ayuda», dice Confucio: todo lo que oye de él lo alegra. En otro pasaje recuerda haber hablado con Yan Hui un día entero sin encontrar una objeción, como si el joven fuera poco inteligente. Después observa su conducta y descubre que sabe desarrollar lo aprendido. Comprender no es sólo asentir. Empieza a notarse en la vida que alguien lleva cuando el maestro ya no está a su lado.

Yan Hui muere.

Confucio llora de tal manera que sus acompañantes se lo señalan: está deshecho de pena. ¿Lo estoy?, responde. ¿Por quién habría de sentirla, si no fuera por este hombre? Otro pasaje conserva su grito: «¡El Cielo me destruye! ¡El Cielo me destruye!»

No hace falta apresurarse a dar a esas lágrimas una función en la historia de las ideas. Quien ha muerto es Yan Hui. No el sucesor más útil, ni el recipiente por fin capaz de contener una doctrina entera. Un hombre en quien el maestro veía que la comprensión se convertía en vida. Otro buen alumno no podrá ocupar exactamente esa ausencia.

Pienso en los amigos que lloran alrededor de Sócrates en el Fedón. Las soledades se acercan: uno está a punto de dejar a quienes lo quieren; el otro permanece después de que una persona querida se haya marchado. Confucio seguirá enseñando. Seguirá hablando. Pero ese oyente no volverá.

VI. Quizá el Cielo

Leídas junto a ese llanto, otras palabras de las Analectas dejan oír una soledad más lejana. «El fénix no viene; el río no entrega su diagrama. ¡Todo ha terminado para mí!»

En los relatos antiguos, esos signos acompañan a los gobernantes sabios y a los tiempos de paz. En la queja, el mundo esperado no ha llegado. Tanto hablar, tanto enseñar, y los ritos y la música no han vuelto a ser la vida compartida.

Una persona puede mantenerse fiel a su camino y advertir, al mismo tiempo, lo poco que su época ha recibido de él. La tenacidad no vuelve irreal esa experiencia. Tiene que aprender a vivir con ella.

En otra conversación, Confucio lamenta que nadie lo conozca. Zigong le pregunta por qué. El maestro responde que no guarda rencor al Cielo ni culpa a los hombres, que aprende de las cosas de abajo para alcanzar lo de arriba. Quien lo conoce, ¿será acaso el Cielo?

Desear que nos comprendan suele ser también desear que algo de nuestro trabajo pueda continuar en otra parte. Si has entendido, no tienes que quedarte a mi lado admirándome. Puedes llevarte algo y probarlo en tu propia vida.

No oigo a Confucio despedirse para siempre de la comprensión humana. Oigo a alguien intentando sacar el peso de su existencia de las manos de la recepción inmediata. Una respuesta insuficiente no vuelve inútil el camino recorrido. Puede seguir andando. Lo que no puede es ordenar a su tiempo que le devuelva un eco.

Imaginemos a Sócrates en un claro, esperando a alguien capaz de compartir su serenidad. En otro claro, Confucio levanta un poco los ojos: quien me conoce, quizá el Cielo.

VII. Ocho escuelas

Después de Confucio queda una pregunta, como después de Sócrates: cuando el maestro ya no está, ¿quién dirá qué quiso decir?

Han Feizi enumera ocho corrientes confucianas: las de Zizhang, Zisi, los Yan, los Meng, los Qidiao, los Zhongliang, los Sun y los Yuezheng. Es un paisaje de controversias de finales de los Reinos Combatientes, no ocho grupos formados el día del entierro. Algunos nombres pertenecen a líneas de transmisión posteriores.

Han Feizi reprocha a las escuelas rivales sus decisiones opuestas y su pretensión, compartida por todas, de conservar la herencia auténtica. Ocho direcciones que aseguran conducir al mismo hombre.

Volvamos a las conversaciones sobre el ren. No hay un manual filosófico escrito por Confucio que permita zanjar cualquier desacuerdo. En vida, el maestro podía volver a preguntar, cambiar el énfasis de una respuesta, devolver una frase a la persona a la que iba dirigida. Después de su muerte, la frase puede alzarse sola y convertirse en la totalidad.

Las voces de los discípulos ya eran distintas. Zizhang habla de dar cabida a muchos; Zixia, de elegir amigos; Zengzi, de examinarse a sí mismo. La descripción que hace Han Feizi de la escuela Qidiao, firme frente al poder, deja ver otro temperamento. No son explicaciones de los ocho nombres uno por uno. Son vidas diferentes que crecen en una misma cercanía.

Atender especialmente a un aspecto no equivale a traicionar al maestro. El peligro empieza cuando el lado que mejor entendemos se convierte, a nuestros ojos, en su rostro entero.

Si colocamos a Platón junto a esos pensadores confucianos, parece que empiezan a levantarse casas en el terreno abierto. Los diálogos y los escritos posteriores reorganizan las preguntas, ofrecen una entrada a quienes vienen después. Platón no fue el único sucesor de Sócrates, ni las ocho escuelas fueron simplemente setenta y dos discípulos repartidos en grupos. Ambas historias tienen ramificaciones que la imagen debe dejar respirar.

Lo que me interesa es una tentación: construir, cuando falta el maestro, algo que garantice en su lugar la respuesta correcta. Un canon, una interpretación estable, una casa donde vivir. De Platón a Kant, de Mencio y Xunzi a Zhu Xi y Wang Yangming, se vuelve sin embargo a las palabras anteriores: se desmonta, se añade, se pregunta de nuevo. El terreno no permanece vacío. A veces hay que salir de la casa para volver a escuchar la pregunta.

VIII. Dos claros

Las vidas de esta serie toman caminos distintos. Nietzsche no se detiene en las respuestas recibidas. Kant delimita la razón y busca principios sobre los que una persona pueda sostenerse. Wang Yangming vuelve la mirada hacia su propio corazón. Los relatos de Zhuangzi nos hacen desconfiar de arreglos que parecían completos.

Entre esas vidas regreso a una pregunta: una vez apartada la respuesta antigua, ¿cómo seguir viviendo? Confucio y Sócrates me dejan dos imágenes de terreno abierto.

El trabajo de Sócrates se parece a una demolición. ¿Crees saber qué es la justicia? Veamos. Las preguntas descubren grietas bajo la respuesta que te sostenía. Ya no puedes permanecer exactamente como antes, pero todavía no hay una casa nueva esperando.

El de Confucio se parece a una excavación. ¿Quieres saber qué es el ren? Mira cómo hablas, cómo tratas a los demás, cómo te conduces. El maestro no entrega un objeto terminado para guardarlo y admirarlo. Devuelve el trabajo a tu propia vida.

Uno pide a quien cree saber que reconozca lo que ignora. El otro muestra a quien espera una respuesta dónde tiene que empezar a actuar.

Llamar vacío al claro de Sócrates no significa que careciera de convicciones. Encontrar el ren en la tierra de Confucio no significa que nazcamos con todas las respuestas resueltas. Una frase preparada de antemano se retira. Ahora tiene que entrar una persona por sus propios medios.

Dos claros. Uno en el ágora de Atenas. Otro junto a un camino de la China de las Primaveras y Otoños. En uno, la certeza hace una pausa. En otro, algo espera a ser vivido. Aquí la pregunta sigue preguntando. Allí: ¿habla el Cielo? Las estaciones pasan, los seres crecen.

No junto estas imágenes porque los dos hombres hayan llegado a la misma respuesta. Me detiene esa medida del maestro que no puede dar por otro el último paso. Sócrates aún puede sonreír ante la muerte. Confucio se ríe, junto a una puerta, al aceptar que parece un perro sin hogar. En otra página de las Analectas, su voz busca a quien pueda conocerlo.

En los claros que imagino, ambos esperan. Sócrates, a alguien que pueda mirar con él lo desconocido. Confucio, a alguien que siga andando cuando haya terminado de hablar.

Yan Hui había comprendido. Pero Yan Hui se marchó primero.

Notas de lectura y fuentes

Los dos claros son una imagen literaria, no un encuentro histórico. La comparación no identifica las doctrinas ni las historias de sus herederos. Las palabras sobre la muerte de Yan Hui, el fénix y el Cielo aparecen en pasajes diferentes: el orden de este ensayo no pretende establecer una cronología.

Las escenas y los dichos se han contrastado con las Analectas, los capítulos 47 y 67 de las Memorias históricas, el Libro de los ritos (Registro de la música) y Han Feizi (Escuelas eminentes). Las versiones de los pasajes clásicos se han preparado para este ensayo. Las Memorias históricas son una narración biográfica posterior, no una transcripción presencial; las ocho escuelas se mantienen en su contexto polémico.

Se consultó además la entrada Confucius de la Stanford Encyclopedia of Philosophy para los límites históricos de la formación de las Analectas y la atribución de obras clásicas. Se distingue la atribución tradicional de una autoría personal demostrada. La sonrisa de Sócrates y el acto de beber el veneno son momentos distintos en el Fedón; las lágrimas de sus amigos no prueban que no lo comprendieran.

Analects — complete classical text · Sima Qian — Shiji 47, The Hereditary House of Confucius · Sima Qian — Shiji 67, Biographies of Confucius’ Disciples · Book of Rites — Record of Music · Han Feizi — Prominent Schools · Stanford Encyclopedia of Philosophy — Confucius

Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。