016 / 108 · Construir un mundo
Darwin: la vida empuña su propio cincel
Escarabajos, un viaje, la carta de Wallace y un libro sobre lombrices: la vida cambia sin un plano previo, y el valor de una persona no depende de su éxito adaptativo.
I. El clérigo
De joven, Charles Darwin quería ser clérigo.
No es una broma. Su padre era médico y quería que estudiara medicina. Darwin fue a Edimburgo, pero no soportaba el sufrimiento que veía en el quirófano, antes de que se generalizara la anestesia moderna. Más tarde recordaría dos operaciones que le resultaron espantosas; uno de los pacientes era un niño. La medicina no fue su camino. Su padre propuso otro: ir a Cambridge, obtener un título y prepararse para ser párroco en la campiña inglesa.
Tampoco era alguien que hubiera apartado la teología sin leerla. Estudió con atención los argumentos religiosos de Paley y admiró el razonamiento de su Teología natural. A la vez, se apasionó por los escarabajos. Según su autobiografía, en cierta ocasión tenía uno en cada mano y vio un tercero. Se metió uno en la boca para liberar una mano. El insecto soltó un líquido irritante; tuvo que escupirlo y perdió también el tercero.
Un aspirante a clérigo con un escarabajo en la boca. Leía argumentos y se agachaba en el campo. Por ahí empezó el hombre que iba a cambiar nuestra manera de entender la vida.
II. El barco
1831. Darwin tenía veintidós años. Se presentó una oportunidad.
El Beagle, un buque de la Marina británica dedicado a trabajos de reconocimiento, iba a partir hacia Sudamérica. Su capitán, FitzRoy, buscaba un compañero de viaje que fuera un caballero instruido. El botánico Henslow recomendó a Darwin. Embarcó como naturalista que financiaba sus propias investigaciones y como compañero del capitán. Observar, recoger y registrar se irían convirtiendo en el centro del viaje.
Su padre se opuso. Su tío materno, Josiah Wedgwood, ayudó a convencerlo. Darwin decidió aprovechar la ocasión y subió al barco.
Estuvo fuera casi cinco años, de diciembre de 1831 a octubre de 1836. El Beagle recorrió y estudió costas sudamericanas, pasó por Tierra del Fuego y navegó frente a Chile y Perú. Después llegó a las Galápagos, antes de cruzar el Pacífico. Siguieron Tahití, Nueva Zelanda y Australia; luego el Índico, el cabo de Buena Esperanza y, finalmente, el regreso a Inglaterra.
Casi cinco años. Alguien que pensaba hacerse párroco había dado la vuelta al mundo. No pasó todo ese tiempo a bordo: las largas expediciones por tierra marcaron tanto el viaje como las travesías.
¿Qué vio?
En Sudamérica excavó y reunió fósiles de enormes mamíferos extinguidos. Las identificaciones posteriores de Richard Owen y otros permitieron reconocer semejanzas entre antiguos animales acorazados y los armadillos vivos. Los restos planteaban una pregunta: ¿por qué las criaturas desaparecidas y las actuales de un mismo continente mostraban un aire de familia?
En las Galápagos llamaron primero su atención las diferencias entre los sinsontes de unas islas y otras. Recogió también los pinzones que se harían famosos, pero no reconoció allí mismo su estrecho parentesco; a algunos ejemplares les faltaba una indicación clara de la isla de origen. Ya en Inglaterra, las identificaciones de John Gould y las colecciones de sus compañeros ayudaron a ordenar el panorama: unos picos servían para comer insectos; otros, semillas. Investigadores posteriores observaron a los pinzones carpinteros extraer presas de las grietas con ramitas o espinas de cactus. No era una escena que Darwin hubiera comprendido ya en las islas.
Antepasados comunes. Ambientes distintos. Formas distintas. La explicación fue tomando cuerpo después.
No lo resolvió todo en el barco. El viaje aportó materiales y preguntas; las identificaciones, los estudios de cría y las cartas posteriores seguirían cambiando lo que veía en ellos. El aspirante a clérigo regresó con fósiles, pieles de aves, cuadernos y un número creciente de preguntas.
III. Veinte años
A su vuelta publicó trabajos sobre el viaje y la geología. No publicó de inmediato una teoría de la transformación de las especies.
Entre su idea central de la selección natural y la presentación pública transcurrieron unos veinte años.
En 1837 dibujó en un cuaderno un árbol que se ramificaba y escribió al lado: «I think». Pienso. Aquel dibujo, hoy célebre, intentaba representar las relaciones entre especies como ramas que se separan a partir de antepasados comunes.
Las pruebas se acumulaban. Estudió cómo los criadores modificaban las palomas mediante la selección; dedicó ocho años a los cirrípedos y escribió cuatro monografías. La polinización y las lombrices entraron también en su campo de atención. Esas preguntas seguirían creciendo después de la publicación de El origen.
En 1838, la lectura de Malthus sobre la población le ayudó a pensar que, cuando las posibilidades de supervivencia y reproducción son limitadas, las variaciones hereditarias favorables pueden acumularse. Escribió un esbozo en 1842, lo amplió en 1844 y dio a conocer sus ideas a unos pocos amigos. En 1856 comenzó un libro extenso. La teoría aún no era pública, pero se escribía, se discutía y se ponía a prueba.
¿Por qué tardó tanto?
Sabía lo que estaba en juego. La descendencia común cuestionaba la creación separada de cada especie. Si se seguía ese camino, también los seres humanos entraban en el árbol de la vida, compartiendo antepasados con otros simios. Sus capacidades singulares podían seguir estudiándose, pero ya no era posible colocar a la humanidad fuera de la historia natural.
Emma, su esposa, tenía profundas convicciones cristianas. Las cartas conservan las inquietudes que sus diferencias religiosas suscitaron, y también su amor y cuidado mutuo. La frase «como confesar un asesinato», sin embargo, procede de una carta de 1844 al botánico Hooker: Darwin estaba llegando a creer que las especies no eran inmutables. Era un investigador que confiaba una idea peligrosa a un amigo, no un marido que anunciaba a su esposa la publicación de un libro.
También pesaban las pruebas. ¿Qué observaciones apoyaban la explicación y cuáles podían contradecirla? Experimentaba, leía y escribía cartas, mientras la enfermedad y otros proyectos reclamaban su tiempo. La cautela, la organización del trabajo y las presiones intelectuales se entrelazaban. Un solo miedo no explica aquellos veinte años.
Veinte años. El manuscrito del cajón no era una respuesta terminada, sino una investigación que seguía echando ramas. Lo que tardó tanto en hacerse público estuvo cambiando durante todo ese tiempo.
IV. La carta de Wallace
Junio de 1858. Darwin recibió una carta.
La enviaba Alfred Russel Wallace, un naturalista que trabajaba en el archipiélago malayo. El ensayo adjunto proponía, de manera independiente, explicar la transformación de las especies mediante la selección natural.
Dos caminos distintos habían llegado a un mismo mecanismo fundamental.
Darwin se asombró de la semejanza y temió perder la prioridad de tantos años de trabajo. Quería también tratar a Wallace con justicia. Durante aquellas semanas sus hijos estaban enfermos; el menor, Charles Waring, murió el 28 de junio. El vuelco científico llegó en medio del dolor de una familia.
Lyell y Hooker organizaron una presentación conjunta ante la Sociedad Linneana: extractos de un ensayo anterior de Darwin, su carta de 1857 a Asa Gray y el texto de Wallace. Se leyeron el 1 de julio de 1858. Ninguno de los dos autores estaba presente. Darwin acababa de perder a su hijo; Wallace seguía en el extranjero. Aquella publicación incorporó a los dos descubridores independientes a la historia pública de la teoría.
Darwin pasó entonces a escribir un «resumen» más breve y completó el cuerpo principal en unos trece meses. No partía de cero: detrás estaban el gran libro iniciado en 1856 y años de materiales. El origen de las especies apareció el 24 de noviembre de 1859, con una primera tirada de 1.250 ejemplares. Los pedidos anticipados de los libreros habían cubierto ya los disponibles para la venta. Esa rápida acogida comercial no significa que 1.250 lectores lo compraran el mismo día de su aparición.
Una carta cambió la velocidad a la que años de trabajo llegaban al público.
Recuerda la leyenda de Laozi al salir por el paso, cuando Yin Xi le pide que escriba. No son dos casos de un mismo «no poder decir»: la explicación de Darwin tenía que abrirse a argumentos y pruebas. Se parecen en ese instante en que la llegada de otro empuja una larga reflexión hacia la entrega. Pero Wallace no fue solo quien llamó a la puerta. Traía un descubrimiento propio.
V. Variación y selección
Una vez comprendida, la idea central de la selección natural parece asombrosamente sencilla. Huxley recordó después su primera reacción: ¿cómo no se le había ocurrido a él?
Podemos empezar por tres hechos y una inferencia.
Primer hecho: los individuos de una población presentan diferencias. Incluso entre los polluelos de una misma nidada pueden variar la longitud del pico o el color de las plumas.
Segundo: parte de esas diferencias es heredable. Si la longitud del pico tiene una base hereditaria, puede haber una relación entre la de los progenitores y la de sus descendientes. Darwin todavía no conocía los mecanismos que revelaría la genética.
Tercero: los organismos pueden producir muchos descendientes, pero el alimento, el espacio y otras condiciones son limitados. No todos sobreviven y se reproducen con igual éxito. No cuenta solo vivir más, sino dejar descendencia.
La inferencia es esta: en un ambiente determinado, algunas diferencias hereditarias hacen que sus portadores dejen, por término medio, más descendientes. Esas diferencias pueden volverse más frecuentes de una generación a otra. Al cabo de muchas generaciones cambian las características de la población. Ese es el proceso básico de la selección natural.
El mecanismo no tiene una meta fijada de antemano. Una variante no aparece siguiendo un plano porque en el futuro vaya a «necesitarse» cierto órgano. La selección, por su parte, depende de las diferencias reproductivas en las condiciones presentes: tampoco es un segundo sorteo puramente aleatorio. En períodos largos, pero finitos, pequeñas diferencias pueden acumularse en adaptaciones complejas. Esto explica cambios y adaptaciones de la vida; no resuelve cómo apareció la primera vida ni si el universo tiene un propósito último.
VI. El cincel y la construcción de la vida
Tomemos ahora prestado el lenguaje de esta serie. El cincel y la construcción que siguen son imágenes para pensar, no un nuevo teorema de la biología.
La variación se parece al trabajo del cincel. En términos de la genética moderna, el cambio de una base del ADN, una duplicación o una deleción pueden introducir diferencias; la recombinación reorganiza variantes existentes. Estos procesos no apuntan a una utilidad futura, ni todo cambio modifica el aspecto del organismo. Lo que ya tiene forma adquiere la posibilidad de ser distinto. Nadie sostiene el cincel: cambia el propio material de la vida.
La selección se parece a construir. Supongamos que, en una isla, un pico algo más largo ayuda a conseguir alimento y que la diferencia es heredable. Un mayor éxito reproductivo puede permitir que el rasgo se acumule. Pero el ambiente no dicta sentencia a cada ave: incluso una variante ventajosa puede perderse por azar. Además de la selección natural, intervienen en la evolución la deriva genética y el movimiento de genes entre poblaciones, entre otros procesos.
Vuelven las imágenes: surgen diferencias, algunas se acumulan y el resultado se convierte en punto de partida para nuevos cambios. No hay un diseño final esperando ser entregado. La estabilidad relativa durante largos períodos, la divergencia y la extinción también forman parte de esta historia.
Volvamos a Qin Shi Huang. Las prohibiciones de libros dificultaban la circulación de otros juicios; las malas noticias y las críticas podían llegar con más dificultad al centro del poder. Eso abre una pregunta institucional: ¿qué peligros aumenta un orden cuando estrecha su capacidad de corregirse? La caída de Qin implicó sucesión, guerras, trabajos forzados y problemas de gobierno. Una dinastía no es una especie extinguida por «rechazar la variación».
Pensemos después en la república que Washington ayudó a fundar. La palabra, la crítica y la reforma dejan posibilidades de rectificación. Pero la abolición de la esclavitud, el sufragio femenino y el movimiento por los derechos civiles no fueron unas «mutaciones favorables» que el ambiente seleccionó sin esfuerzo. Hubo personas que se organizaron, lucharon y asumieron riesgos durante años. Su valor no depende de que contribuyan a la supervivencia de un régimen. Sus derechos no tienen que demostrar primero su utilidad adaptativa.
Un imperio puede acallar el desacuerdo; una república también puede taparse los oídos. El nombre de una institución no garantiza su apertura. Comparamos maneras de recibir la crítica y limitar el poder, no usamos la duración de dos Estados como experimento de selección natural.
Darwin tomó de Malthus una inspiración y la contrastó con materiales biológicos. Nosotros también podemos cruzar fronteras entre disciplinas para hacer preguntas. Lo que no podemos es traer de vuelta una metáfora y hacerla pasar por prueba de legitimidad política. La evolución enriquece la imagen del cincel y la construcción. Ayuda a preguntar; las respuestas deben buscarse en las pruebas propias de cada campo.
VII. Finalidad sin fin
La «finalidad sin fin» de la Crítica del juicio de Kant suele aparecer al hablar de belleza: sentimos que una forma es adecuada sin tener que asignarle antes un uso.
Cuando examina los organismos, Kant sigue otra vía. Considera como «fines naturales» las organizaciones vivas en las que partes y todo dependen mutuamente, y pregunta cómo formulamos juicios teleológicos. Hay una relación con la fórmula estética, pero no son la misma proposición ni un simple anuncio de que la naturaleza carece de diseñador.
La Crítica del juicio apareció en 1790; El origen de las especies, en 1859. Casi setenta años los separan.
Darwin llevó a primer plano otra explicación: ¿cómo surgieron en la historia de la vida adaptaciones complejas como ojos y alas? No se limitaba a completar una intuición de Kant. La pregunta entraba ahora en mecanismos de herencia, reproducción y cambio a lo largo de generaciones.
Un ojo «para ver», un ala «para volar»: podemos describir una función por su uso presente, pero su origen exige volver a la historia. La selección natural no necesita prever un ojo para que se acumulen diferencias hereditarias que favorecen la sensibilidad a la luz. Y la función actual de una estructura puede no ser la que tuvo al aparecer.
Reducido a una fórmula literaria: diferencias sin previsión, más acumulación bajo ciertas condiciones, llegan a producir formas que parecen diseñadas para un uso.
La ballena azul, la secuoya y el cerebro humano pertenecen a esa larga historia ramificada. Explicar la adaptación no obliga a añadir un plano externo para cada órgano. Pero reunir unas cuantas palabras tampoco da una respuesta completa sobre el origen de la vida, todos los procesos evolutivos o las preguntas de la fe.
Pongamos esta imagen junto al Hundun de Zhuangzi y veremos una diferencia. En la fábula, Hundun muere al recibir los siete orificios; herir a un individuo no produce automáticamente una especie nueva. La evolución habla de poblaciones a lo largo de generaciones. Tomamos prestada una pregunta: ¿cómo aparecen las formas y adónde llevan las posibilidades anteriores? No necesitamos que Darwin reescriba el final de Zhuangzi.
Gödel preguntó por los límites de la demostración en ciertos sistemas matemáticos; Darwin, por los cambios de la vida. Ninguno demuestra al otro. Se encuentran en esta serie porque volvemos a preguntar si una construcción, una vez formada, puede encerrar todas las posibilidades que vendrán después.
La evolución incluye azar y pérdida, y también largos períodos de estabilidad relativa. El cambio puede fracasar; la estabilidad puede continuar. Ninguna especie a la que llamemos «abierta» tiene garantizada la supervivencia eterna.
VIII. Su propia variación
Durante muchos años de su vida adulta, Darwin estuvo enfermo.
Sus cartas y testimonios personales recogen náuseas, vómitos, palpitaciones, fatiga y otros síntomas. Se han propuesto diversas causas, pero ninguna puede presentarse aquí como diagnóstico resuelto. El sufrimiento fue real. No cabe reducirlo a una alegoría corporal del pensador que teme publicar.
Desde 1842 vivió en Down House, distribuyendo los días entre trabajo, descanso y paseos. A veces solo podía trabajar unas pocas horas. Participaba poco en reuniones públicas, pero no se había desconectado del mundo: llegaban ejemplares, cartas y visitantes. Huxley, que se llamó a sí mismo «el bulldog de Darwin», defendía públicamente la evolución y conservaba sus propios juicios. No era una herramienta que hablara en su lugar.
Darwin siguió investigando y participó en las controversias mediante libros y correspondencia. La polinización de las orquídeas, las trepadoras, las plantas insectívoras, la acción de las lombrices sobre el suelo: una pregunta llevaba a otra. Su último libro, publicado en 1881, trataba de lombrices.
Un hombre que cambió nuestra comprensión de la vida se inclinaba, en un libro tardío, a mirar lombrices. Acciones minúsculas, prolongadas durante mucho tiempo, ayudaban a formar el suelo bajo nuestros pies.
Decir que la realidad lo cinceló hasta convertirlo en científico recuerda a Du Fu escribiendo entre dificultades. Pero ser transformado por la realidad no equivale a carecer de elección. Darwin buscó el viaje, reunió materiales, revisó explicaciones y respondió a Wallace, del mismo modo que Du Fu no fue el simple producto pasivo de su sufrimiento. El aspirante a clérigo llegó a ser el Darwin que conocemos respondiendo a un encuentro tras otro.
Murió en Down House el 19 de abril de 1882, a los setenta y tres años. Había vivido allí casi cuarenta y se pensaba enterrarlo en el cementerio de la iglesia local. Finalmente, tras gestiones de amigos, familiares y otras personas, el funeral se celebró el 26 de abril en la abadía de Westminster. Su sepultura quedó cerca de Newton.
Un hombre que había cambiado la manera de entender la creación y la naturaleza fue enterrado en una iglesia. La controversia científica, la fe personal y la conmemoración pública coincidieron en un mismo edificio. La imagen es más compleja que una consigna sobre la victoria de la ciencia frente a la religión.
IX. La vida empuña su propio cincel
En esta serie, el cincel ha cambiado de forma con cada persona. El montaje que sigue es la imagen que este ensayo compone al reunirlas.
Sócrates cuestiona el saber que se da por sabido. Confucio pregunta qué es el rito sin humanidad. Laozi explora los límites del lenguaje. Las fábulas de Zhuangzi interrogan las formas impuestas. Kant traza los límites del conocimiento. Nietzsche levanta el martillo para revisar los valores. Wang Yangming devuelve el saber moral innato a la acción. El Buda ofrece una balsa e invita a soltarla después. El relato de la Pasión de Jesús muestra un dar que continúa en el sufrimiento. Gödel revela matemáticamente los límites de ciertos sistemas formales. Einstein cambia el marco de la física newtoniana. Du Fu escribe bajo la presión de lo real. La tradición homérica lleva las voces orales al texto. Qin Shi Huang impone orden sobre el desacuerdo y deja también cosas inacabadas. Washington funda instituciones y limita el poder personal. Las conquistas de Alejandro tropiezan con los límites de las personas y del mundo.
En esas imágenes hay seres humanos que responden y actúan.
Darwin y Wallace hicieron especialmente visible otra cosa: los cambios de la vida no necesitan que un ser humano les trace de antemano la ruta.
No hace falta que Sócrates pregunte primero ni que Kant dibuje antes sus fronteras. Mucho antes de que apareciera la humanidad ya había herencia, variación y diferencias en el éxito reproductivo. Mientras continúen esas condiciones, el proceso no depende de un testigo humano.
Manteniendo la metáfora: la humanidad no inventó el cincelar y construir de la vida. Ella misma procede de esa historia.
El cambio de perspectiva va más hondo que decir «venimos de los monos». La humanidad es una rama del árbol de la vida y comparte antepasados con otros simios; no es un juez situado fuera de él. Formamos parte de esa historia y seguimos siendo responsables de nuestros actos conscientes.
Sócrates cuestiona las certezas atenienses mediante razones; la selección natural transforma poblaciones mediante diferencias reproductivas. Él puede reflexionar sobre sus criterios; en ella no hay un sujeto que sepa que está «cincelando». No debemos borrar la diferencia. Los ponemos juntos para ver de qué historia viva crecen nuestras preguntas, no para confundir la crítica, la eliminación y el valor de las personas.
En la escena que imagino al comienzo del puente aparece alguien más. Abrigo negro victoriano, barba larga, un libro sobre lombrices entre las manos. Por ahora no entra en la discusión. Primero baja la mirada hacia la tierra que hay bajo el puente. Nos hace mirar más allá de los planos que sostienen sus constructores:
En esta metáfora, el puente no es solo algo que las personas construyen. El propio puente está creciendo.
Notas de lectura y fuentes
A partir de la autobiografía, las cartas y los libros de Darwin, se distingue lo observado durante el viaje de su interpretación posterior. La identificación de los pinzones de las Galápagos, la reconstrucción de sus islas de procedencia y los registros del uso de herramientas por los pinzones carpinteros corresponden a etapas distintas.
La idea de 1838, el esbozo de 1842, el ensayo de 1844, el libro extenso iniciado en 1856 y la publicación conjunta de 1858 no fueron veinte años de silencio total. La frase sobre «confesar un asesinato» aparece en la carta a Hooker del 11 de enero de 1844 y se refiere a aceptar que las especies no eran inmutables.
La presentación de 1858 reunió escritos anteriores de Darwin y su carta a Gray con el ensayo de Wallace. Wallace no participó de antemano en la organización concreta y después manifestó su agradecimiento. La primera tirada de El origen fue de 1.250 ejemplares: los pedidos de libreros y las ventas al público son medidas distintas.
La selección natural implica diferencias hereditarias y un éxito reproductivo desigual. Es un mecanismo importante de la evolución, no el único. Que las mutaciones sean aleatorias respecto a las necesidades adaptativas futuras no significa que carezcan de causas físicas; la selección tampoco es un proceso puramente aleatorio. El cincel, la construcción y las comparaciones políticas son metáforas interpretativas del autor, no fundamentos para deducir el valor humano ni los derechos políticos.
La finalidad estética de Kant debe distinguirse de los juicios teleológicos sobre organismos: véanse los §§10–17 y 64–75 de la Crítica del juicio. Hundun, Gödel y las figuras del puente forman comparaciones literarias, no demostraciones entre disciplinas ni encuentros históricos. Los resultados de Gödel conciernen a teorías efectivamente axiomatizadas con suficiente capacidad aritmética, bajo las condiciones de consistencia pertinentes; no se aplican directamente a organismos o instituciones políticas.
La enfermedad crónica de Darwin está ampliamente documentada en su correspondencia, pero su causa precisa no está resuelta. Los pasajes sobre Down House, las lombrices y Westminster no presentan la enfermedad como precio romántico del genio ni emiten un veredicto único sobre su fe.
Darwin, Autobiografía (edición de Francis Darwin, 1887) · Darwin, El origen de las especies · Carta de Darwin a Hooker, 11 de enero de 1844 · Carta de Darwin a Lyell, 18 de junio de 1858 · Darwin y Wallace: los textos presentados conjuntamente en 1858 · Proyecto de Correspondencia de Darwin, Cambridge: escritura y publicación de El origen · Museo de Historia Natural de Londres: los pinzones de las Galápagos · Ornitólogos de Stanford: el uso de herramientas por las aves · Instituto Nacional de Investigación del Genoma Humano de Estados Unidos: deriva genética · Kant, Crítica del juicio · Testimonios de Darwin sobre su salud · Abadía de Westminster: la sepultura de Charles Darwin · Recuerdos de Huxley de 1887 (texto reproducido por Joe Cain)
Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。