Sobre esta edición
Sobre esta edición: Reescritura literaria independiente en español a partir del original chino. El texto principal de referencia es la serie de animación de veintitrés episodios; cuando procede, se recurre también a la novela de Shion Miura. En el original chino se han revisado las formulaciones relativas a la prueba clasificatoria, el club de atletismo de Kansei y las motivaciones de Haiji. Contiene destripes de toda la serie.
De madrugada, un joven corre por la calle. Acaba de robar pan en una tienda. Alguien le persigue.
Da gusto verlo correr. La cadencia es regular, lleva el centro de gravedad bajo, los brazos se mueven con precisión. No es la manera de huir de cualquiera: ese cuerpo lleva años entrenándose. Y lo que está haciendo ahora con él es sacar una bolsa de pan de una tienda.
Una bicicleta se pone a su altura. Quien pedalea mantiene su velocidad, vuelve la cabeza y le pregunta: oye, ¿te gusta correr?
El perseguido se llama Kakeru Kurahara y estudia primero de Sociología. Le cuesta expresarse, apenas habla con nadie y, en ese momento, ni siquiera tiene dónde vivir. Anda de un sitio a otro.
El de la pregunta es Haiji Kiyose, estudiante de cuarto de Letras. Pedalea y habla con una ligereza que parece la de quien pregunta cómo llegar a una calle.
Aquella noche Haiji lleva a Kakeru a un viejo edificio de apartamentos: Chikuseisō. El alquiler es anormalmente barato. Tan barato que un estudiante de primero sin techo no tiene mucho que pensarse.
Kakeru se instala allí.
Nadie le explica esa noche por qué cuesta tan poco.
Los cinco ensayos de esta serie parten de esa única condición que no se dijo en voz alta.
En aquel edificio ya vivían nueve personas
Chikuseisō no es una residencia de estudiantes cualquiera.
Es el alojamiento de entrenamiento del club de atletismo de la Universidad de Kansei. Y, en ese momento, es también el lugar que Haiji Kiyose lleva preparando para participar en el Hakone Ekiden.
El Hakone Ekiden es la mayor competición japonesa de fondo universitario: dos días, diez relevos, más de doscientos kilómetros de ida y vuelta entre Tokio y Hakone. Para participar, una universidad debe superar antes una prueba clasificatoria que ya deja fuera a la inmensa mayoría. Antes de que Haiji anuncie sus intenciones, cabe preguntarse incluso si el club de atletismo de Kansei existe de verdad.
Conviene detenerse en quienes ya viven allí. Lo que viene después recaerá sobre estas personas, y cada una tiene un nombre.
Tarō y Jirō Jō, conocidos como Jōta y Jōji, son gemelos y estudiantes de primero. Inseparables: lo hacen todo juntos y también se escaquean juntos.
Akane Kashiwazaki estudia segundo de Letras. En la residencia le llaman Príncipe. Acumula tanto manga en su habitación que empieza a ser dudoso que el suelo soporte el peso. En eso invierte todo su dinero y todo su tiempo. Es, de los diez, el menos dotado para el deporte. Y por mucha diferencia.
Musa Kamara es un estudiante de Ingeniería llegado de Tanzania. Está a diez mil kilómetros de casa; estudiar es la única razón por la que ha venido.
Yukihiko Iwakura, Yuki para los de la residencia, estudia Derecho. Ya aprobó el examen de acceso a la abogacía en tercero. Sus estudios y su futuro profesional siguen siendo asuntos propios.
Yōhei Sakaguchi, al que llaman King, está en cuarto y busca trabajo. Tiene la agenda llena de entrevistas.
Takashi Sugiyama, Shindō, cursa tercero. Saca buenas notas y es una persona cumplidora.
Akihiro Hirata, Nico-chan-senpai, fuma muchísimo. Lleva seis años en la universidad y su propia continuidad como estudiante ya es un problema.
A ellos hay que sumar al propio Haiji.
La mayoría de esos nueve no ha corrido nunca. No es que corran mal: correr, sencillamente, no forma parte de sus vidas.
Han ido a vivir allí por la misma razón que Kakeru: el alquiler es barato.
Al décimo fueron a buscarlo
Kakeru ocupa una posición distinta de la de quienes estaban antes que él.
A los otros residentes Haiji los encontró en ese edificio. Ya vivían allí o llegaron atraídos por el alquiler barato. A lo largo de sus años de preparación fue conociendo día a día a los que llevaban más tiempo; otros se incorporaron después. Elegía entre el material que tenía a mano.
A Kakeru no. A Kakeru fue a buscarlo.
Aquella noche Haiji iba en bicicleta cuando vio a un desconocido corriendo por la calle. Lo miró unos segundos, dio media vuelta y salió tras él. Mientras lo perseguía, no sabía cómo se llamaba, qué edad tenía, en qué facultad estudiaba ni por qué estaba corriendo. Solo había visto aquel cuerpo en movimiento.
Es decir: lo eligió a partir de una observación de menos de un minuto, y lo que había observado era su capacidad física.
En ese sentido, Kakeru es el único de los diez al que se busca, desde el primer momento, como una pieza de aquel proyecto. Los demás «estaban allí». Él era «justo el que hacía falta».
Sin embargo, cuando Haiji lo alcanza, lo que pregunta es: oye, ¿te gusta correr?
Esa frase tiene un lugar singular dentro de todo el dispositivo: es la única que pregunta por la persona. Las observaciones anteriores se referían al cuerpo: cómo estaban unas articulaciones, cómo caminaba alguien, cuánto tiempo podía correr. Esa pregunta, en cambio, se refiere al gusto.
Y se formula durante un reclutamiento basado en la capacidad atlética.
Las dos cosas suceden en el mismo instante. La obra no las separa.
Lo que se dijo en la fiesta de bienvenida
Cuando Kakeru se instala, sus compañeros le organizan una fiesta de bienvenida.
Después de unas copas, Haiji se levanta y anuncia algo: los diez que están allí van a participar juntos en el Hakone Ekiden.
La primera reacción de los otros nueve es la misma: nos has engañado.
Quiero recoger aquí todo lo que dicen, porque es la única vez que, en ese edificio, todos toman la palabra a la vez.
No estamos ante un debate. Hay diez personas alrededor de una mesa; nueve hablan al mismo tiempo, cada vez más alto, y la que sigue de pie espera, sonriendo, a que terminen.
Príncipe, el aficionado al manga, protesta sin rodeos: no puede correr ni cien metros, su vida son los cómics y aquello no tiene nada que ver con él. El veterano fumador lleva seis años estudiando y lo que tiene que plantearse es cómo graduarse. El estudiante de Derecho tiene sus estudios y su futuro profesional. El de cuarto busca empleo y apenas tiene huecos entre entrevistas. El estudiante extranjero ha venido a estudiar Ingeniería, está a diez mil kilómetros de casa y los estudios van antes que nada. Los gemelos acaban de empezar primero y todavía no saben qué quieren hacer con sus vidas.
Los nueve tienen algo en marcha. Algo que no tiene relación con correr ni con Haiji.
Merece la pena insistir en ello, porque es un detalle que suele pasarse por alto.
No son nueve jóvenes sin nada que hacer a los que enciende alguien con un sueño. Son nueve personas con asuntos propios, con un calendario y un siguiente paso que dar. Una noche les comunican que, durante el próximo año, su tiempo se reorganizará según el plan de otra persona. Los estudios de Derecho tendrán que compartir tiempo con los entrenamientos; las entrevistas habrán de buscarse en horarios compatibles; el problema de la matrícula deberá resolverse de otra manera. Las asignaturas de Ingeniería y dos entrenamientos diarios tendrán que caber en las mismas veinticuatro horas.
No están rechazando una invitación. Están descubriendo que ya se encuentran dentro de algo.
Una invitación puede rechazarse. Pero, cuando esto se anuncia, algunas condiciones previas llevan mucho tiempo cumpliéndose. Los residentes más antiguos viven dentro de una rutina organizada por Haiji y llevan años comiendo lo que cocina. Los gemelos se han incorporado hace poco; Kakeru acaba de llegar. No todos comparten los mismos años de convivencia, pero los recién llegados entran en una vida cotidiana que ya está organizada.
De dónde salió la lista
Solo después de aquella noche empieza a aclararse algo: esas personas no han acabado juntas por casualidad.
Haiji lleva años viviendo allí. Durante ese tiempo se ha encargado de la comida, preparando desayunos y cenas para todos; de la limpieza y de las tareas de la casa. A la vez, ha estado pendiente de la salud y el estado físico de cada uno.
En esa convivencia va conociendo los cuerpos de sus compañeros, sobre todo los de quienes llevan más tiempo allí. Sabe a qué hora se levanta cada cual, cómo camina, quién se queda sin aire al subir las escaleras, qué deporte practicaba de pequeño, si arrastra alguna lesión en las articulaciones.
También tiene una costumbre: cuando examina las piernas de alguien, no tiene el menor reparo en echarles mano.
Antes de ponerse de pie y anunciar su proyecto, Haiji ya tiene una valoración bastante completa de las condiciones físicas de los residentes que conoce desde hace tiempo. Ese conocimiento apenas empieza a formarse con los recién llegados; en el caso de Kakeru, se apoya primero en cómo lo ha visto correr aquella noche.
Hay otro dato que no se puede omitir: sabe exactamente cuántas personas necesita.
El Hakone Ekiden tiene diez tramos. Cada universidad presenta a diez corredores. Ni uno más ni uno menos.
En Chikuseisō ya viven nueve. Haiji espera al décimo.
Y, cuando aquella noche sale en bicicleta tras el joven de la calle, su manera de correr le permite decidir en el acto: es él. Al llegar a la residencia, Kakeru es presentado como «el décimo corredor».
Los otros residentes no saben que alguien los ha contado. Tampoco saben que esa habitación vacía responde a una cuenta.
Preparar la comida es, al mismo tiempo, una forma de observación prolongada.
No hace falta añadir un juicio sobre sus motivos. Basta con poner los hechos en orden: primero se instala, primero se hace cargo de la comida y las tareas de todos, con el tiempo aprende los horarios y los cuerpos de los residentes más antiguos, mientras apenas empieza a conocer a los nuevos. Después, una noche en que todos están presentes, han bebido un poco y sienten cierta simpatía por él, pronuncia aquella frase.
La condición llega después. Haiji lleva años preparando el proyecto antes de decirla.
Una comparación puede ayudar a ver la estructura.
Si Haiji hubiera colgado un aviso en la puerta que dijera «Residencia para quienes quieran participar en el Hakone Ekiden. Alquiler reducido», todos habrían entrado conociendo las condiciones. Habrían podido hacer sus cálculos, negarse o marcharse a medio camino al descubrir que aquello no les convenía.
El orden de la obra es otro. Primero llega el alquiler barato. Para los residentes más antiguos, también los años de convivencia: cocinar, limpiar, cuidar de la salud, conocer a fondo sus cuerpos. Los recién llegados entran después en ese día a día ya organizado.
Cuando por fin se pronuncia la condición, la posibilidad de «marcharse» ya no significa lo mismo para los residentes más antiguos. No se trata solo de cambiar de alojamiento, sino de salir de una relación de varios años. Para quienes acaban de entrar, ese vínculo todavía no tiene la misma historia.
Nadie ha producido ese cambio con un gesto concreto, en una fecha concreta. Lo ha producido el tiempo.
Sabía cómo llegar a cada uno
Las protestas de los nueve no detienen nada.
La presentación oficial describe lo que viene después así: Haiji sabe cómo influir en los demás, unas veces con habilidad y otras por las bravas, y sigue avanzando hacia Hakone.
Esa frase contiene muchas acciones concretas. Sabe a quién tratar con suavidad y con quién ponerse firme; quién teme quedar mal y quién vive pendiente de la opinión ajena; a quién basta una frase para encenderlo y con quién es mejor quedarse a solas y hablar despacio.
A quien busca empleo no le habla de sueños. Con quien tiene problemas para seguir matriculado utiliza otro registro. Sabe que no sirve de nada abordar por separado a unos gemelos que lo hacen todo juntos. Y a un estudiante extranjero que ha cruzado diez mil kilómetros para estudiar le ofrece algo completamente distinto.
Estas conversaciones aparecen dispersas por la obra, intercaladas en lo cotidiano. Muchas ocurren en la cocina, mientras se prepara la comida.
Con cada persona utiliza un método distinto.
Es la otra cara de la observación anterior: puede convencerlos uno a uno porque de verdad los ha mirado uno a uno.
El mismo conocimiento permite diseñar un plan de entrenamiento para alguien o conseguir que diga que sí. En la obra ocurren ambas cosas, y las hace la misma persona.
Conviene dejarlo sentado, porque volverá a aparecer: Haiji conoce de verdad a sus nueve compañeros. Los conoce a fondo, hasta en lo corporal. Ese conocimiento produce dos cosas: un trato preparado específicamente para cada uno y una manera específica de persuadirlo.
Las dos se fabrican con el mismo material.
La obra no las cuenta por separado ni declara cuál es el medio y cuál el fin. Sencillamente, muestra a una persona haciendo ambas cosas a la vez.
Además, el proyecto no se limita a los habitantes de la casa. También participa Tazaki, el casero, que representa al grupo de apoyo del equipo; hay otros adultos alrededor, cada uno con un lugar en el plan. El anuncio de aquella noche no es, por tanto, un arrebato individual. Es la presentación, ante los interesados, de algo que ya tiene una estructura exterior.
La barrera de la clasificatoria
Entre el anuncio y la carrera hay un obstáculo muy concreto.
Para correr el Hakone Ekiden primero hay que superar la clasificatoria. En ella, cada representante de una universidad recorre veinte kilómetros. Se suman los tiempos de un número determinado de sus mejores clasificados y el total establece el orden de las universidades.
La regla tiene una consecuencia: no basta con disponer de uno o dos corredores rápidos.
De nada sirve que el equipo tenga un prodigio capaz de marcar trece minutos y cincuenta segundos. Hay que sumar todos los tiempos que cuentan, y basta con que uno se descuelgue para que la universidad entera se quede fuera.
Eso obliga también a cada uno de los compañeros con menos experiencia a alcanzar un nivel real. No vale con «participar un poco» ni con «ayudar desde fuera». El cronómetro de cada uno tiene que detenerse en una cifra concreta.
La regla vuelve muy material la pregunta de este primer ensayo: para que pueda cumplirse lo que Haiji anunció aquella noche, hace falta un año de la vida de cada uno de los otros nueve.
Algo cuya forma completa desconocían
Entre el día en que Kakeru se instala y el momento en que los diez llegan a la salida suceden muchas cosas. El tiempo, el cuerpo, la organización de la vida y las relaciones familiares de cada uno quedan reescritos por el proyecto.
Pero aquella primera noche no hay un punto muerto. Después de las protestas, Haiji habla con ellos uno por uno. Al terminar, los nueve y el casero han aceptado.
Desde el día siguiente cambia el ritmo de Chikuseisō. Hay entrenamiento por la mañana y por la noche, horarios fijos para comer, raciones adaptadas a cada cual. Si alguien no se encuentra bien, se le para allí mismo. El viejo edificio deja de ser un alojamiento barato y se convierte en aquello para lo que ya estaba siendo preparado.
En el punto de partida, sin embargo, hay una certeza:
Ninguno de los nueve recibió la invitación después de conocer el conjunto.
Lo que les dijeron al invitarlos fue que el alquiler era barato.
Uno puede descubrir en qué lo han metido cuando ya está dentro.
Aquí no se trata de una pregunta abstracta. Se trata de un orden temporal muy preciso:
Primero, instalarse. Después, las condiciones. Más tarde, el consentimiento. Y la visión completa, más tarde todavía.
La obra muestra ese orden con toda claridad. No hay que deducirlo. Tampoco se trata de una mancha escondida: la presentación oficial dice que Chikuseisō es el alojamiento donde Haiji reúne a los corredores para cumplir su sueño de Hakone.
Al mismo tiempo, otra cosa está igual de clara: los nueve terminaron la carrera y ninguno dijo después que se arrepintiera.
Ambas cosas están en la obra. Esta serie de ensayos no resolverá qué relación existe entre ellas.
Dar una respuesta sería juzgar por cada persona que ha llegado hasta aquí. Y los elementos necesarios para hacerlo —en qué te han metido otros, en qué has metido tú a alguien— solo los tiene quien está leyendo.
A este primer ensayo le corresponde únicamente dejar claro el orden.
Por cierto: ninguno de los cinco intentará dictaminar qué clase de persona es Haiji Kiyose.
No se trata de eludir la cuestión. La propia obra tampoco hace eso. No lo convierte en un estafador ni en un profeta: coloca, una junto a otra, las cosas que ha hecho, incluso las que difícilmente caben en una misma frase, y luego sigue contando.
Una obra dispuesta a presentarlas así confía en que quien la recibe puede hacerse cargo de ellas. Estos cinco ensayos seguirán su camino.
Quien más protestó aquella noche fue Príncipe. No podía correr ni cien metros, tenía la habitación llena de manga y era quien más razones tenía para negarse.
Diez meses después, es él quien está en la línea de salida del primer tramo del Hakone Ekiden.
En el próximo ensayo veremos por qué está ahí.
Run with the Wind (風が強く吹いている), novela original de Shion Miura (Shinchōsha). Serie de televisión dirigida por Kazuya Nomura, con guion de Kōhei Kiyasu y animación de Production I.G; emitida entre octubre de 2018 y marzo de 2019, veintitrés episodios. Esta serie de ensayos toma como referencia el anime e indica los pasajes procedentes de la novela.