Sobre esta edición
Nota sobre la edición de origen: esta reescritura parte del original chino, cuya página permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales. La nota de esa edición informa de revisiones de datos y formulaciones relativas al orden de llegada al hospital, la naturaleza de la violencia en el orfanato 511, los recuerdos de los gemelos y el lugar de la operación en Ruhenheim. Contiene spoilers de toda la obra.
- Düsseldorf, Alemania Occidental.
Esa noche ingresa un niño en el Hospital Memorial Eisler. Tiene una herida de bala en la cabeza y se encuentra en estado crítico. Se llama Johan Liebert. Lo acompaña su hermana gemela, una niña tan aterrorizada que no puede hablar. Acaban de asesinar a sus padres, que habían huido de Alemania Oriental.
Ya está decidido quién lo operará: Kenzo Tenma, un neurocirujano japonés de veintiocho años. Las mejores manos del hospital.
Está a punto de empezar cuando llega una orden.
El alcalde de Düsseldorf ha sufrido un colapso. Lo están trasladando al hospital; llegará de un momento a otro. El director Heinemann exige que Tenma deje al niño y opere al alcalde.
Tenma se niega. Respeta el orden de llegada y termina la operación de Johan.
Johan sobrevive. El alcalde muere.
Este ensayo se ocupa de aquella noche y de lo que ocurrió después, sin intervención de Tenma.
La jerarquía del hospital no era ningún secreto
Hay que exponer a fondo las razones de Heinemann. Sin eso, este ensayo no se sostiene.
El Hospital Memorial Eisler tiene un orden de prioridades público, explicable y aplicado a diario. Los pacientes conocidos van antes que los anónimos; los poderosos, antes que quienes carecen de poder; quienes pueden aportar algo al hospital, antes que quienes no pueden aportar nada.
Y su funcionamiento no depende de favores personales ni de la corrupción. Es una jerarquía institucional, defendida con esmero por la dirección y respaldada por razones explícitas.
Tiene una justificación completa. Y esa justificación no es absurda.
Para funcionar, un hospital necesita dinero, equipamiento, fondos de investigación, contactos políticos y alguien que hable en su favor en la siguiente reunión presupuestaria. Si el alcalde sobrevive, todo eso seguirá llegando. Si muere allí, esas mismas fuerzas pueden volverse contra el hospital. ¿En qué acaba convirtiéndose todo ello? En mejores equipos, más camas, más personas a las que se puede salvar.
Las cuentas de Heinemann, por tanto, se pueden desarrollar hasta el final. Y arrojan un saldo positivo.
La jerarquía del hospital no era ningún secreto. Estaba inscrita en su funcionamiento cotidiano y todos la respetaban. Hasta entonces, también Tenma.
Conviene dejarlo claro: Tenma no acaba de llegar de fuera. Su carrera en el hospital ha avanzado sin tropiezos, está prometido con la hija del director y tiene ante sí la jefatura de cirugía y, más adelante, la dirección. Siempre ha formado parte de ese orden. Se ha beneficiado de él y lo ha aplicado.
A veces ha sentido cierta incomodidad, pero no se ha detenido a examinarla. Así lo presenta la obra: como médico, percibe vagamente un conflicto; no profundiza en él, encadena una operación con otra y se sumerge en la investigación.
Este detalle importa. Antes de aquella noche, Tenma no era un disidente. Se dejaba llevar, y la corriente lo llevaba más lejos que a casi todos.
Hay además otro vínculo: su compromiso con Eva, la hija del director. El puesto más alto de aquella jerarquía es el que un día está llamado a ocupar. Tenma no mira el sistema desde fuera. Es su heredero.
Recurrió a otra regla del propio hospital
Lo que hizo aquella noche suele resumirse así: «Desobedeció al director».
El resumen deja algo fuera.
Tenma no se levanta a proclamar que el orden de prioridades del hospital sea injusto. No presenta un manifiesto, no exige abolir nada ni propone un principio nuevo.
Se limita a aplicar, por una vez, otra regla que ya figuraba en las normas de ese mismo hospital: atender primero a quien había llegado primero.
Dentro del procedimiento oficial de aquella noche, el orden de llegada y el hecho de que un paciente ya estuviera recibiendo atención formaban parte de la práctica habitual del centro. Esa regla solía pasar inadvertida porque rara vez chocaba de frente con la jerarquía del poder. El triaje clínico real también debe considerar la gravedad: no puede reducirse a una cola mecánica. Pero aquí los dos pacientes necesitan cirugía urgente, y Johan ha llegado antes y ya está dentro del proceso quirúrgico a cargo de Tenma.
Aquella noche, esa regla entra en conflicto con otra cosa.
Tenma la elige.
Hay una particularidad que merece subrayarse: la regla no mira quién es el paciente.
El orden de llegada no pregunta si eres famoso, si tienes dinero ni qué puedes ofrecerle al hospital. Solo pregunta cuándo llegaste. Es una regla completamente ciega a la identidad de cada cual.
Y es precisamente esa ceguera lo que permite enfrentarla, aquella noche, a una regla que lo ve absolutamente todo.
El gesto es pequeño. Tan pequeño que ni siquiera llega a constituir una posición: después, Tenma tampoco sabrá formular una explicación completa de lo que hizo. Estaba en un quirófano, tenía delante a un niño que había llegado primero y sostenía el instrumental en las manos.
Hay algo más: ningún otro médico podía realizar aquella operación. La obra lo establece con claridad: solo Tenma podía salvar al niño. Así que la disyuntiva de esa noche no era simplemente «a quién salvar», sino salvar a alguien o abandonarlo. Dentro de aquella habitación, la diferencia entre ambas opciones era concreta. No era un problema abstracto de ética.
Las cuentas quedaron saldadas
Las consecuencias no tardaron en llegar. Y siguieron la lógica de aquella jerarquía.
A Tenma se le cerró el camino hacia la jefatura de cirugía. Se rompió su compromiso con Eva, la hija del director. Ya no le quedaba futuro en ese hospital.
Heinemann ejecutó las represalias. Dos médicos de su círculo ocuparon el lugar de Tenma.
Fue un ajuste de cuentas completo y previsible. Nada de lo ocurrido rebasaba lo que cualquiera podía imaginar. Tampoco Tenma.
Dijo algo junto a aquella cama
Un día, después de caer en desgracia, Tenma entró en la habitación de Johan.
El niño seguía sin despertar. Yacía con la cabeza vendada: era el niño al que Tenma había arrancado de la muerte con sus propias manos.
Ante aquel niño dormido, Tenma se desahogó contra el director y los otros. Vino a decir que a gente como aquella más le valdría estar muerta.
Es una frase que se puede soltar en un momento de desesperación. Y el lugar parecía garantizar que nadie iba a oírla: en la habitación solo había un niño en coma.
Después murieron Heinemann y los otros dos médicos. Alguien había envenenado unos caramelos.
Por esas mismas fechas, Johan y su hermana desaparecieron del hospital.
La policía investigó durante mucho tiempo sin llegar a una conclusión. Tampoco aclaró la relación entre los asesinatos y la desaparición de los gemelos.
Y Tenma recuperó todo lo que había perdido.
Heinemann había muerto: quien le cerraba el paso ya no estaba. Los dos hombres que habían ocupado su lugar también habían muerto: sus puestos quedaban vacantes. Más adelante, Tenma se convirtió en jefe de cirugía del hospital.
Nadie revisó su caso para darle la razón. No hubo rehabilitación ni compensación de ninguna clase. Nadie volvió a examinar la decisión de aquella noche. Nadie dijo que hubiera hecho lo correcto.
La jerarquía tampoco cambió en una sola palabra. Solo cambiaron las personas encargadas de aplicarla.
Todo lo que había perdido volvió a sus manos. Y él no había hecho nada para que volviera.
Alguien oyó aquella frase
En este punto, la obra deja una cuestión suspendida durante mucho tiempo.
El niño estaba en coma. ¿La oyó? Durante un largo tramo, la obra no lo dice. Tres personas han muerto y los gemelos han desaparecido: los dos hechos quedan uno al lado del otro, sin una palabra que los una.
Decir una frase y que alguien la oiga son dos cosas distintas.
Cuando uno habla creyendo que nadie lo escucha, a menudo no está exponiendo una convicción. Está dando salida a una emoción. No pretende que sus palabras se ejecuten ni que se recuerden. Deberían desvanecerse en cuanto termina de pronunciarlas.
Aquella frase no se desvaneció.
La misma estructura volverá una y otra vez: alguien dice algo sin concederle importancia, sus palabras llegan a otra persona y allí se convierten en otra cosa. Lo que ocurrió con la operación de Tenma vuelve a ocurrir con su queja.
¿Cómo se reparte la responsabilidad entre «dijo aquella frase» y «murieron esas tres personas»? Johan reconocerá después que las mató. Pero esa confesión no responde por Tenma a otra pregunta: si alguien convierte en actos las palabras pronunciadas por un hombre abatido, ¿cuánto debe asumir quien las dijo? Esta serie de ensayos no hará ese juicio por el lector.
Hubo quien hizo las cuentas por los beneficios
Una persona se fijó en Tenma desde el principio.
El inspector Lunge, de la Oficina Federal de Investigación Criminal alemana, la BKA. Su método consiste en enumerar los motivos y los beneficios, y buscar el encadenamiento que mejor encaja.
Con ese cálculo, la respuesta resulta evidente: el mayor beneficiado por las tres muertes es Tenma. Todo lo que aquellos hombres le habían quitado vuelve a él precisamente porque han muerto. Nadie gana más.
Por eso Lunge lo considera sospechoso. Y mantiene esa sospecha durante años.
Aquí hay que ser preciso: el método de Lunge no es erróneo. Es el que emplearía cualquier investigador, y él lo lleva hasta sus últimas consecuencias con más rigor que la mayoría. No se deja arrastrar por los prejuicios. Al contrario: es el personaje menos sujeto a ellos de toda la obra. No atiende a lo que la gente dice; atiende a las cuentas.
La conclusión a la que llega es falsa.
Llega a ella porque su cálculo no tiene sitio para una posibilidad: que alguien no haya hecho nada y reciba, sin embargo, todos los beneficios de lo que ha hecho otro.
Esa posibilidad resulta invisible para cualquier método que solo contabilice beneficios.
Nueve años después
En 1995, Tenma es jefe de cirugía del Hospital Memorial Eisler. Trabaja. Su vida ha vuelto a la normalidad.
Tiene un paciente llamado Junkers, experto en abrir cerraduras, relacionado con una serie de crímenes.
Las víctimas de esos crímenes comparten un perfil: matrimonios de mediana edad, acomodados y sin hijos.
Un día aparece en el hospital un joven de rostro hermoso, modales tranquilos y voz suave. De esos que pueden entrar en cualquier habitación sin poner a nadie en guardia.
Fuera del hospital, mata a Junkers de un disparo delante de Tenma.
La obra presenta el acto sin vacilación ni preparativos. No asistimos al proceso por el que un asesino se decide a matar. Vemos a alguien hacer lo que hace todos los días.
Es Johan Liebert.
Después le habla a Tenma del pasado, de aquellos tres médicos muertos y de aquella noche. Y reconoce que él los mató.
Desde ese momento, Tenma considera que lo que rescató de la mesa de operaciones en 1986 es responsabilidad suya.
Esta convicción es el punto de partida de todos sus actos a lo largo de la obra. Dejar su puesto, huir, aprender a disparar, recorrer Alemania y la República Checa, tratar con personas que nada tenían que ver con él: todo nace de ahí.
Que esa convicción se sostenga es una cuestión enorme.
Una vez que alguien toma una decisión, ¿le pertenece todo lo que después crece a partir de ella?
Si la respuesta es sí, salvar una vida es siempre una apuesta. Lo que se apuesta es todo lo que esa persona hará durante el resto de su existencia, incluso lo que ella misma todavía ignora que hará. Entonces nunca se puede responder en el presente a la pregunta «¿la salvo?». Antes habría que conocer el futuro.
Si la respuesta es no, nadie tiene que responder por las personas que murieron después de aquella noche de 1986.
Los diecisiete volúmenes restantes vuelven sobre el problema sin cesar. Lo hacen incorporando nuevos elementos, no ofreciendo una solución.
Hay todavía algo que este ensayo deja pendiente.
Aquella noche de 1986, en la mesa de operaciones había un niño de diez años. Tenma vio a un pequeño con una bala en la cabeza, a punto de morir.
Pero ese niño ya había vivido ciertas cosas antes de llegar al hospital.
Para comprender al Johan que aparece nueve años después, hay que retroceder más allá de aquella noche.
Parte de la respuesta está en un lugar que ya no existe como tal. Sus ventanas están rotas, sus paredes cubiertas de pintadas. Muchos archivos ardieron antes de la caída del Muro de Berlín. Aun así, después afloran fragmentos: grabaciones y documentos de investigación.
Se llamaba orfanato Kinderheim 511.
Seguiremos allí en el próximo ensayo.
Monster, de Naoki Urasawa, se publicó por entregas entre 1994 y 2001 en Big Comic Original, de Shogakukan, y se recopiló en dieciocho volúmenes. Esta serie de ensayos toma como referencia principal el manga original y, como apoyo, su adaptación televisiva de Madhouse, emitida entre 2004 y 2005, con setenta y cuatro episodios.