Aviso de spoilers: Este ensayo aborda el manga completo y revela el pasado de los personajes, combates decisivos y el desenlace.
La historia empieza con un muchacho que regresa a su casa en la montaña y encuentra a su familia asesinada.
La nieve está cubierta de sangre. Su madre y sus hermanos pequeños yacen por el suelo. Solo Nezuko, la mayor de sus hermanas, conserva algo de calor en el cuerpo. Pero ya no es humana. Sus ojos han cambiado, le han crecido colmillos: se ha convertido en un demonio.
El muchacho se llama Tanjiro Kamado. Tiene trece años y vende carbón para mantener a una familia numerosa. No ha recibido entrenamiento de combate ni domina técnicas sobrenaturales. Es, sencillamente, el hijo mayor de una familia corriente de las montañas en la era Taishō.
Mientras corre desesperadamente por la nieve llevando a su hermana, aparece Giyu Tomioka, Pilar del Agua del Cuerpo de Exterminio de Demonios. Giyu desenvaina para matar a Nezuko. Así lo dictan las reglas del Cuerpo: a los demonios hay que matarlos. Sin excepciones.
Tanjiro se arrodilla y le suplica. Giyu lo reprende con una dureza que viene a decirle que un débil ni siquiera tiene derecho a pedir clemencia.
Entonces ocurre algo que cambia el rumbo de toda la historia. Nezuko, recién convertida en demonio, un ser que supuestamente ha perdido la razón y solo ansía sangre, se interpone entre la espada de Giyu y su hermano. Protege a Tanjiro con su cuerpo.
Un demonio protege a un humano.
Giyu guarda la espada.
Todo Demon Slayer nace en ese instante.
Una existencia que el sistema no sabe dónde colocar
La lógica del Cuerpo de Exterminio es clara: los demonios son enemigos y hay que matarlos. En la inmensa mayoría de los casos tiene razón. Los demonios comen personas y amenazan a la humanidad; la organización existe para eliminar esa amenaza.
Pero Nezuko rompe esa lógica. Es un demonio y no come seres humanos. Lleva un trozo de bambú entre los dientes, el que Giyu le puso al principio para impedir que mordiera. Poco a poco, el bambú se convierte más en un símbolo que en una restricción efectiva. Ella sigue sin devorar a nadie y recupera fuerzas durmiendo, en lugar de alimentarse de personas.
Un demonio que no come humanos no debería existir dentro de las categorías del Cuerpo de Exterminio. Por eso, cuando Tanjiro se presenta con Nezuko ante la reunión de los Pilares, la primera reacción de la mayoría es de furia: hay que matarla. Sanemi Shinazugawa, Pilar del Viento, llega a hacerse un corte en el brazo allí mismo. Su sangre rara resulta especialmente tentadora para los demonios, y quiere demostrar que Nezuko acabará perdiendo el control.
Nezuko no lo pierde. Con esa sangre a un palmo de distancia, vuelve la cabeza hacia otro lado.
La escena significa mucho más que demostrar que Nezuko es «un demonio bueno». Muestra la reacción de un sistema cuando se encuentra con alguien vivo que no cabe en sus categorías.
La mayoría de los Pilares defiende la clasificación: un demonio es un demonio y las reglas son las reglas. Eso no los convierte en seres despiadados. Durante siglos de lucha, identificar «demonio» con «enemigo» ha salvado innumerables vidas. Abandonar esa certeza supone admitir la incertidumbre, y en un campo de batalla la incertidumbre puede significar la muerte.
Ubuyashiki, sin embargo, decide aceptar a Nezuko. Les da a ella y a Tanjiro una oportunidad, aunque bajo una condición severísima: si Nezuko hace daño a un humano, Tanjiro, Sakonji Urokodaki y Giyu Tomioka responderán con sus vidas.
Se subestima el valor que exige esa decisión. Ubuyashiki no está haciendo una obra de caridad. Abre una grieta en la manera en que todo el Cuerpo entiende el mundo: quizá la frontera entre «demonio» y «humano» no sea inamovible; quizá un demonio pueda volver a ser humano. Si eso es cierto, el sentido de la guerra deja de ser «exterminar demonios» y pasa a ser «devolverles su humanidad». El objetivo cambia por completo.
El principio de Tanjiro
Tanjiro es un protagonista poco habitual en el manga shōnen.
No es un genio: ni siquiera destaca como el más dotado de su generación. Tampoco es el más poderoso: incluso al final de la historia no ha superado en fuerza a la mayoría de los Pilares. Ni despierta de pronto un linaje secreto. Su familia conserva la Hinokami Kagura, la danza del dios del fuego que transmite la Respiración Solar, pero aquello no nace de su poder individual. Lo han mantenido vivo muchas generaciones a lo largo de siglos.
Lo que de verdad lo distingue es una capacidad casi imposible de explicar: puede oler las emociones.
Tanjiro tiene un olfato extraordinario. Percibe el olor de los demonios, las variaciones emocionales de una persona y hasta un peligro que está por llegar. Sin embargo, la función más importante de ese sentido no es combatir, sino sentir con el otro: puede «oler» la tristeza de su adversario.
Cuando combate contra Rui, el demonio araña, percibe su anhelo de una familia. Ante las almas que se desvanecen de Daki y Gyutaro, llora por el destino que les ha tocado. Cuando Akaza elige destruirse ante él, no lo celebra como el merecido castigo de un malvado. Siente pena.
Ante un demonio, su primera pregunta nunca es «¿qué monstruo eres?», sino «¿qué persona fuiste?».
Para la lógica de un sistema, esa cualidad es una variable letal. Todo sistema necesita categorías claras para funcionar: aliados y enemigos, humanos y demonios, nosotros y ellos. La clasificación se apoya en una premisa: «Los de enfrente no son personas». Por eso se los puede matar, por eso no hace falta sentir con ellos, por eso su dolor no debe pesar sobre mi conciencia.
Tanjiro se niega a aceptar esa premisa.
Eso no significa que se niegue a matar demonios. Como miembro del Cuerpo de Exterminio, tiene el deber de combatir a los que hacen daño, y nunca abandona la lucha porque también ellos den lástima. Pero, incluso al matarlos, sigue reconociendo que antes fueron personas. Corta el cuello del demonio con la espada y despide con lágrimas al ser humano que un día existió.
En términos de eficacia de combate, eso no aporta nada. Incluso puede considerarse una carga: un guerrero que llora por su enemigo es vulnerable en el campo de batalla. Y, aun así, Koyoharu Gotouge mantiene esa vulnerabilidad en el centro de la fuerza de Tanjiro a lo largo de toda la obra. No por romanticismo, sino porque señala una verdad más profunda: en el momento en que dejas de reconocer al otro como humano, tú también empiezas a alejarte de tu propia humanidad.
Nezuko: ¿voluntad o amor?
La historia nunca ofrece una explicación «científica» concluyente de por qué Nezuko no come personas.
Hay indicios. Mientras duerme en casa de Urokodaki recibe la sugestión de que todos los humanos son su familia y debe protegerlos. También hay conjeturas: quizá su constitución posea alguna particularidad que le permita resistir el instinto sanguinario de los demonios.
Pero puede que la historia no quiera tanto explicar cómo lo consigue como hacernos pensar en lo que significa que lo consiga.
Nezuko no habla. Con el bambú en la boca apenas puede emitir sonidos confusos. Sus facultades intelectuales han retrocedido y durante buena parte del tiempo se comporta como una niña muy pequeña. Ha perdido casi todo lo que la vinculaba a la condición humana: lenguaje, memoria, razón, capacidad para relacionarse socialmente.
Pero conserva algo: sabe quién es su hermano y lo protege.
En la reunión de los Pilares, frente a la tentación de la sangre rara, decide no hacer daño. En el monte Natagumo utiliza por primera vez su Sangre Explosiva para quemar los hilos de Rui y proteger a Tanjiro. En el Tren Infinito, su técnica de sangre demoníaca quema las ataduras que Enmu ha impuesto a los viajeros. En la Aldea de los Herreros prefiere quedar expuesta al sol y empuja a Tanjiro a salvar primero a los demás. En cada momento decisivo elige en la misma dirección: proteger.
No llega a esa elección mediante un razonamiento elaborado; ya no conserva ese grado de racionalidad. Parece actuar algo más profundo, un núcleo que permanece incluso después de que le hayan arrebatado todos los atributos humanos.
Si existe un centro de la humanidad más hondo que el lenguaje, la memoria o la razón, quizá consista en esto: proteger a quienes amas.
Para el sistema de Muzan, Nezuko constituye un contraejemplo fundamental. Ese sistema descansa sobre la suposición de que el instinto del demonio está por encima de todo y su sed de sangre es irresistible. Por tanto, todos acabarán sometiéndose a Muzan, que controla el acceso a su sangre demoníaca. Nezuko demuestra que el instinto no tiene la última palabra. Hay algo capaz de imponerse a él, algo que puede actuar sin lenguaje, sin memoria e incluso sin razón.
Zenitsu e Inosuke: dos maneras de completarse
En su viaje, Tanjiro y Nezuko tienen dos compañeros. Cada uno encarna una forma distinta de relacionarse.
Zenitsu Agatsuma es lo menos parecido a un guerrero que uno pueda imaginar. Es miedoso, llorón y, ante el peligro, lo primero que quiere hacer es salir corriendo. De la Respiración del Rayo, al principio solo domina una técnica: la Primera Postura, Destello del Relámpago. Eso sí, la ha practicado hasta llevarla al límite.
Posee una capacidad especial: distingue la esencia de los sonidos. Reconoce las emociones en las voces y los latidos humanos, y percibe el peligro en los sonidos de los demonios.
De hecho, el oído ya le ha revelado que hay un demonio en la caja. Aun así, como Tanjiro ha dicho que esa caja le importa más que su vida, Zenitsu la defiende a toda costa a las puertas de la Mansión del Tambor. Solo después, al conocer por fin a Nezuko, transforma rápidamente esa protección en una devoción amorosa casi desmesurada.
Su valor está en mostrar que se puede elegir en medio del miedo. No tiene la valentía espontánea de Rengoku ni lo empuja una misión como a Tanjiro. Tiembla en cada combate, siente miedo cada vez que levanta la espada. Pero actúa de todas maneras. Sigue teniendo miedo, pero hay cosas que teme perder aún más.
Inosuke Hashibira ocupa el extremo contrario. De bebé, su madre Kotoha lo arrojó desde un precipicio al río para salvarlo de Doma. Después lo criaron jabalíes en la montaña. Lleva una cabeza de jabalí como máscara y no tiene la menor idea de cómo se convive con los demás. Su reacción inicial es siempre luchar: quiere ser el primero, quiere demostrar que es el más fuerte.
Inosuke representa un yo originario, una existencia salvaje que ningún sistema ha educado. No comprende las reglas, ni las jerarquías, ni la idea de que «debería tener miedo». Su mundo es sencillo: la fuerza es buena, ganar es tener razón y cualquier desacuerdo se resuelve peleando.
Pero viajar con Tanjiro lo transforma. Empieza a entender qué es un compañero: alguien por cuya muerte sentirías dolor, además de alguien con quien puedes pelear. Cuando descubre por primera vez esa emoción, se enfurece. Dentro de sus categorías, que te importe otro significa haber adquirido una debilidad.
Con el tiempo acepta lo que siente. En la batalla del Castillo Infinito, Doma reconoce a Kotoha en el rostro de Inosuke y le cuenta él mismo cómo la mató. Aquel muchacho salvaje, que apenas guarda recuerdos de su madre, se enfrenta de lleno, por primera vez, a la realidad de haberla perdido.
Zenitsu aprende a perseverar con miedo. Inosuke aprende que querer a alguien no es una debilidad. Tanjiro se lo enseña tratándolos, a cada paso y de verdad, como personas insustituibles. No necesita darles lecciones.
El peso que lleva a la espalda
Volvamos a la imagen: Tanjiro corre por la nieve con Nezuko, convertida en demonio, a la espalda.
Ahí está el origen de toda la obra. Esa imagen importa más que cualquier combate o momento de euforia porque contiene su postura fundamental: el sistema dice que un demonio es un demonio y hay que matarlo. Pero ella es mi hermana. Ninguna clasificación puede borrar ese hecho.
Tanjiro no pretende desafiar al sistema. No proclama que las reglas del Cuerpo de Exterminio sean erróneas ni que todos los demonios sean buenos. Se limita a llevar a su hermana: una persona concreta, con un nombre, con la que ha crecido. Y con ello afirma que no acepta que una categoría abstracta anule su existencia como esa persona concreta.
Quizá el razonamiento no sea del todo riguroso. Quizá resulte peligroso para una institución. Pero, en el plano humano, es absolutamente justo.
Porque toda clasificación abstracta, «demonio», «enemigo», «alguien en quien no se puede confiar», «alguien sacrificable», termina recayendo sobre personas concretas. Si permites que la etiqueta borre a la persona, si te escudas en que no hay nada que hacer porque las reglas son así, ya estás haciendo lo mismo que Muzan. Solo cambia que él lo hace deliberadamente y tú sin darte cuenta.
Tanjiro se echa a Nezuko a la espalda y sale al camino. El gesto significa: da igual dónde te coloque el sistema; yo elijo seguir tratándote como a una persona. Y cargaré sobre mi espalda con todo el peso de esa elección.
En el próximo ensayo, el último de esta serie, hablaremos de Yoriichi Tsugikuni y Tamayo. Él es el espadachín más poderoso de la historia, marcado por la soledad; ella, una mujer convertida en demonio que consigue escapar desde dentro del sistema. Sus historias ofrecen la respuesta final a todo lo que hemos recorrido.
El manga Demon Slayer: Kimetsu no Yaiba, de Koyoharu Gotouge, está concluido y consta de 23 volúmenes. La adaptación al anime corre a cargo de ufotable.