Original chino · Los diálogos se ofrecen en una traducción propia.
Aviso de spoilers: Este ensayo aborda acontecimientos del manga y del anime.
Fern se ha quejado más de una vez.
Frieren colecciona hechizos durante todo el viaje. Es capaz de desviarse durante medio año por un grimorio. ¿Y qué consigue? Un hechizo que elimina al instante el óxido de las estatuas de bronce. Otro que vuelve agrias las uvas dulces.
Fern dice que son aburridos y no sirven para nada.
Frieren responde: es mi afición.
Un registro que no parece un registro
Con el tiempo, esos hechizos van encontrando su utilidad, uno tras otro.
El que elimina el óxido lo usa en una estatua de Himmel. Le han encargado que la limpie, y deja como nueva aquella figura de bronce que llevaba décadas oxidándose.
El que vuelve agrias las uvas dulces lo tiene porque a Eisen le gustan las uvas agrias.
Es la manera más discreta en que la obra recupera algo que había dejado sembrado. Para entender su peso, hay que volver al primer ensayo.
En el funeral, ella dijo: no sabía nada de este hombre.
Y, sin embargo, había coleccionado un hechizo para limpiar estatuas de bronce.
Creía que no se fijaba. Llevaba todo el tiempo fijándose. Recordaba qué clase de uvas le gustaban al enano, recordaba que aquellas estatuas se oxidaban y que al héroe, tan preocupado por su aspecto, no le habría gustado ver las suyas tan sucias. Solo había guardado lo que veía en un lugar donde ni ella misma reconocía que estaba guardando recuerdos.
La obra no deja que nadie lo explique. Fern no lo sabe y Frieren nunca ha sido consciente de ello. Está ahí, sin más, esperando a que un día saque uno de esos hechizos y sea el lector quien lo vea.
Una sola condición: no servir para nada
Ahora hace falta plantear una pregunta más exigente: ¿por qué precisamente esos hechizos?
Frieren ha vivido más de mil años y posee demasiadas cosas útiles. Su poder mágico no tiene fondo. Su técnica de combate hace que hasta los Siete Sabios de la Destrucción prefieran evitarla. Los métodos que ha desarrollado para matar demonios son una de las razones por las que el continente ha logrado resistir hasta hoy.
Y ninguna de esas cosas es suya.
«Frieren la Sepulturera» es un nombre que le pusieron los demonios: una etiqueta que el enemigo le adjudicó según su capacidad de matar. Los humanos la recuerdan porque fue la maga del grupo que derrotó al Rey Demonio. Su fuerza pertenece a todos los que necesitan que sea fuerte.
Todo cuanto hay de útil en una persona pertenece también al uso que se le da y a quien lo utiliza.
Solo esos hechizos inútiles no le pertenecen a nadie.
No existen para cumplir un fin, no pueden cambiarse por nada, no la vuelven más fuerte ni hacen que nadie esté más a salvo. Los colecciona por una sola razón: porque los quiere.
En esos largos mil años, es la muestra más clara que nos da la obra de algo que Frieren hace solo porque quiere hacerlo.
Por eso aquel «es mi afición» es, en realidad, una de las frases de mayor peso de toda la obra. Lo que ocurre es que la dice como si no pesara nada.
Himmel siempre lo supo
Y aquí volvemos a aquel héroe tan preocupado por su aspecto.
Nunca se ríe de los hechizos inútiles. Otros creen que Frieren pierde el tiempo; él no lo ve así. La acompaña a buscar grimorios, se desvía con ella y se toma aquello en serio.
También dejó preparado algo para un futuro todavía más lejano.
Durante el viaje conocieron a Gehen, un artesano enano que quería construir un puente sobre un desfiladero. Se había quedado sin dinero y la obra estaba suspendida por tiempo indefinido. Himmel le entregó íntegra una recompensa que había recibido y le encargó que construyera un puente capaz de mantenerse en pie mil años. Y le dijo que, cuando llegara el momento, le entregara ese puente a Frieren como recompensa.
Más de ochenta años después, Frieren volvió a pasar por allí. Tras doscientos años de obras, el puente estaba terminado.
Mil años no era una forma de hablar. Himmel había hecho el encargo a la medida de la vida de Frieren.
La flor que no pudo darle
Hubo también algo que no consiguió hacer.
En la tierra natal de Himmel crecía una flor llamada flor de luna azul. Le gustaba mucho y siempre había querido llevar a Frieren a verla.
Nunca llegaron a hacerlo. Él murió antes.
Pasaron muchos más años y la flor de luna azul estuvo a punto de desaparecer.
En algún lugar de los Países Centrales, Frieren y Fern conocieron a una herborista que conservaba semillas de una especie emparentada con aquella flor. Gracias a esas semillas y a la ayuda, más bien inoportuna, de unos ratoncillos a los que les encantaba esconder semillas y que siempre olvidaban dónde, Frieren acabó encontrando una gran extensión de flores de luna azul en lo alto de una elevada torre abandonada.
Esto fue lo que hizo:
Con magia, llenó de flores de luna azul el terreno que rodeaba la estatua de Himmel.
Después trenzó una corona con ellas y la puso sobre la cabeza de la estatua.
Aquello no servía absolutamente para nada.
La estatua de bronce no podía ver. Himmel no iba a enterarse. Fern y la herborista estaban presentes, pero su testimonio no podía convertir el gesto en una recompensa que Himmel pudiera recibir. Nadie le había pedido a Frieren que saldara una deuda con flores de luna azul, ni había remuneración alguna. Se había esforzado muchísimo por hacer algo sin ningún fin práctico para alguien que ya no estaba.
Y eso era, precisamente, lo que Himmel había hecho durante toda su vida.
Se detenía por los pequeños asuntos de un pueblo, vaciaba su bolsa para el puente de un enano y pasaba diez años pensando en unas flores que ella quizá nunca llegaría a ver. Nada de aquello dependía de que, en el futuro, alguien lo presenciara o se lo recompensara.
Frieren no lo había aprendido porque se lo enseñaran. Nadie le había dicho que debía actuar así. Sencillamente, de tanto caminar, había llegado a ser así.
Nunca fue una cuestión de tiempo
Volvamos a la pregunta que quedó abierta en el primer ensayo.
Frieren dispone de más de mil años. Se mire como se mire, su tiempo es ilimitado. Y aun así, se le escapó Himmel. Por completo. Caminó a su lado diez años y solo al encontrarse ante su tumba descubrió que no había visto nada con claridad.
Así que nunca fue una cuestión de tiempo.
Como decíamos en el primer ensayo, su error no consistía en haber calculado mal, sino en creer que aquello podía calcularse. Había sometido a Himmel a una equivalencia: diez años son un uno por ciento de mil años; por tanto, le corresponde un uno por ciento de la atención.
¿Cómo cambió después?
No porque entendiera de pronto alguna gran verdad. La obra no le concede una escena de revelación ni un discurso que resuma lo aprendido.
El signo del cambio es este: empieza a hacer cosas inútiles por alguien.
Es algo que se puede poner a prueba, y resulta más preciso que cualquier declaración. Si todo lo que haces por una persona te permite obtener algo a cambio, sea seguridad, una recompensa, su afecto o tu propia tranquilidad, esa persona sigue figurando en tu libro de cuentas. Es un proyecto.
Solo sale de ese libro cuando lo que haces por ella no puede darte absolutamente nada a cambio.
Los diez años de Himmel valían un uno por ciento en las cuentas de Frieren. Lo que hace ahora no figura en cuenta alguna.
Caminar un poco más despacio
Frieren sigue avanzando hacia el norte.
Todavía vivirá muchísimo tiempo. Sabe muy bien lo que va a ocurrir: Fern envejecerá y morirá; Stark envejecerá y morirá. Ella estará ante dos nuevas tumbas, igual que estuvo ante la de Himmel.
Lo sabe. Y esta vez lo sabe de antemano.
Aun así, sigue caminando. Cada vez más despacio. Se desvía medio año por un grimorio que apenas sirve para nada, hace pequeñas cosas sin importancia por los habitantes de un pueblo, se sienta un rato ante una estatua.
Antes iba despacio porque mil años eran mucho tiempo y todo podía dejarse para después.
Ahora va despacio porque no quiere volver a someter nada a aquella equivalencia.
La misma velocidad. Dos cosas completamente distintas.
Frieren: Tras finalizar el viaje. Obra original de Kanehito Yamada, dibujos de Tsukasa Abe. Adaptación al anime producida por MADHOUSE. El original emplea los nombres y términos de las versiones chinas de uso común.