Original chino · Los diálogos se ofrecen en una traducción propia.
Aviso de spoilers: Este ensayo trata principalmente del arco de la Tierra Dorada del manga.
Macht se puso una pulsera.
Era la condición que le habían impuesto los humanos. La pulsera llevaba un hechizo muy sencillo: si albergaba malicia hacia los habitantes de aquella ciudad, moriría. El hechizo no mentía ni admitía excepciones. En cuanto se cumpliera la condición, la consecuencia sería inmediata.
Los habitantes de la ciudad fortificada de Weise aceptaron el acuerdo. Acoger a un demonio con una pulsera así era seguro desde cualquier punto de vista.
Macht se instaló en la ciudad. Se hizo amigo de su señor, Glück, entró al servicio de su casa como mago y pasó treinta años a su lado.
Después convirtió en oro la ciudad entera, con todos sus habitantes.
La pulsera no sonó. Él no murió.
No es que la pulsera estuviera estropeada. Funcionaba perfectamente. Había seguido comprobando en todo momento si se cumplía la condición.
Lo que buscaba sencillamente no existía en Macht.
Una bestia que ha aprendido a hablar
Para entender esta escena, primero hay que ver con claridad qué son los demonios de esta obra.
No son ángeles caídos, ni humanos malditos, ni la encarnación de una voluntad maligna. La definición que propone la obra es bastante más fría: los demonios son bestias que han aprendido el lenguaje humano.
Saben decir «mamá». Saben gritar «socorro». Cuando se ven rodeados, adoptan una expresión de miedo y prometen que no volverán a hacerlo.
Pero esas palabras no remiten a nada para ellos. Los demonios no tienen familia: desde que nacen son individuos aislados. En su mundo, la palabra «mamá» apunta al vacío. La utilizan porque han observado que, al oírla, los humanos vacilan unas décimas de segundo.
Eso no es mentir. Para mentir, primero hay que comprender la verdad.
Emplean una herramienta que no comprenden y que, casualmente, funciona muy bien.
Frieren nunca vacila cuando los mata. El nombre de «Frieren la Sepulturera» se lo pusieron los demonios.
Los movimientos de Linie
Hay una secuencia de combate que lo muestra con más claridad que cualquier diálogo.
La demonio Linie es capaz de leer los movimientos de otras personas en los rastros de su poder mágico y reproducirlos.
Había leído los de Eisen. Por eso, cuando se enfrenta a su discípulo Stark, reproduce la manera de combatir de Eisen: tanto los ángulos como los tiempos se parecen muchísimo. Pero no posee su fuerza física.
Pierde.
Porque ha copiado los movimientos, y aquello no se reduce a los movimientos.
La imitación puede reproducir una forma a la perfección. Y, aun siendo idéntica la forma, el interior puede seguir vacío. Desde fuera no se nota: solo queda al descubierto en el momento de medirse de verdad.
Todo lo que los demonios comprenden de los humanos responde a ese modelo. Llevan miles de años observándolos, con más minuciosidad que nadie. Saben qué los hace dudar, qué los hace actuar por impulso y en qué momento bajarán las armas.
Conocen cada reacción. No conocen ninguna de sus razones.
Una máquina de tasar
Aura, una de los Siete Sabios de la Destrucción, utiliza un hechizo llamado «Balanza de la Obediencia».
El principio es sencillo: coloca su poder mágico en un platillo y el de su adversario en el otro. Quien pesa más puede dominar por completo a quien pesa menos. El perdedor se convierte en uno de sus soldados muertos y se incorpora al ejército que lleva siglos reuniendo.
Es el mecanismo más descarnado de toda la obra. Dentro de las reglas del mundo, lo que compara es el poder mágico. En la lectura que propone este ensayo, convierte directamente la pregunta de quién vale más en una ley física. En esa balanza, todo el significado de una existencia se reduce a una cifra. Quien obtiene la menor deja de tener voluntad propia y se convierte en una prolongación de quien obtiene la mayor.
Frieren gana. Y gana así:
Lleva más de mil años ocultando su poder mágico. Se lo enseñó Flamme, su maestra, al principio para mantenerla con vida: los demonios debían subestimarla. Al cabo de mil años, aquello hacía mucho que había dejado de ser una táctica. Era su forma de vivir.
La cifra que Aura había leído era falsa.
En cuanto la balanza entra en funcionamiento, Frieren libera su poder. El platillo cae de golpe. El hechizo de Aura se vuelve contra ella, la somete y la obliga a obedecer la orden de quitarse la vida.
Una máquina de tasar queda destrozada por alguien que lleva mil años negándose a mostrar su precio.
Hay un detalle importante: Frieren no ocultaba su poder para engañar a Aura. Ni siquiera sabía que fuera a encontrarse con ella. Gana porque nunca había vivido conforme a aquella escala.
Macht lo intentó de verdad
Volvamos a la pulsera.
Macht es una rareza entre los Siete Sabios de la Destrucción. No le gusta combatir y tampoco presta demasiada atención a las órdenes del Rey Demonio. Lo que desea de verdad es convivir con los humanos.
No está fingiendo. En su caso, esa pregunta se convierte en un intento serio de convivir con los humanos.
Para lograr esa convivencia, considera que primero debe comprender dos cosas que solo poseen los humanos: la malicia y el sentimiento de culpa.
No consigue entenderlas. Conoce esas dos expresiones y sabe utilizarlas en una frase, pero detrás de ellas no hay nada. Igual que detrás de «mamá».
Así que se pone a investigar.
Se hace amigo de Glück. Son amigos durante treinta años. Vive en una ciudad humana, lleva una vida humana y aprende magia humana. Observa durante treinta años.
Después convierte la ciudad en oro.
Y lo hace precisamente para comprender esos dos sentimientos.
Es el momento más doloroso de toda la obra. Macht no es un hipócrita. No ha engañado a nadie. No fracasa por falta de sinceridad ni por falta de inteligencia; probablemente sea uno de los seres más inteligentes de ese mundo.
Fracasa porque el único método que se le ocurre consiste en experimentar con personas.
Para aprender a no tratar a las personas como herramientas, las trata como herramientas.
La pulsera no suena porque, en efecto, no hay malicia en él. Cuando actúa, lo que tiene en la cabeza es un problema académico.
El oro no vale nada
Hay un detalle del hechizo que convierte todo en oro que puede pasar fácilmente inadvertido, como si fuera una mera explicación técnica para los combates.
El oro que produce Macht no se puede destruir ni trabajar para fabricar nada. No sirve para hacer recipientes, ni joyas, ni monedas.
Es decir, aunque tiene el aspecto del oro, para los usos habituales no vale prácticamente nada.
Ha convertido a las personas en la sustancia que más se parece al «valor» en ese mundo. Y esa sustancia carece de todo valor.
Los habitantes de una ciudad entera acaban reducidos a un montón de metal que no le sirve a nadie. Ahí quedan, inmóviles durante décadas, sin que nadie los toque.
Cuando una persona se convierte por completo en un objeto de valor, lo que queda es cero.
Es la metáfora más fría de la obra, escondida entre las reglas de un combate y presentada sin explicación alguna.
Comprender no es una capacidad
Si reunimos todas estas escenas, podemos formular la tesis de este ensayo.
Los demonios han dedicado al estudio de los humanos un esfuerzo muy superior al que cualquier humano ha dedicado al estudio de los demonios. Llevan miles de años observando. Dominan el lenguaje, las expresiones y los gestos; saben qué palabras hacen vacilar a los humanos. Conocen mejor que los propios humanos el momento en que estos mostrarán un punto débil.
Y, aun así, no aprenden.
Porque comprender a otra persona no es una capacidad. Es una relación.
No se obtiene siendo más inteligente, ni esforzándose más, ni acumulando más horas de observación. Quien toma al ser que tiene delante como objeto de estudio jamás podrá alcanzarla. No porque el método sea incorrecto, sino porque las propias palabras «objeto de estudio» ya han excluido aquello que busca.
En el ensayo anterior, al hablar de Himmel, decíamos que en sus actos no había cálculo. Ahora podemos completar la idea:
No es que resulte más noble no calcular. Es que el cálculo, por el mero hecho de hacerse, transforma en otra cosa aquello que calcula.
Los treinta años de Macht superan con mucho los diez de Himmel: en duración, en rigor, en dedicación. Quería comprender de verdad.
Desde el primer día se situó en el lugar equivocado. Por eso no obtuvo nada a cambio de esos treinta años.
En el próximo ensayo
¿Y Frieren?
También ha vivido más de mil años. También entiende poco a los demás. También sometió una vez a Himmel a una equivalencia. ¿En qué se diferencia de Macht?
La respuesta está en lo que menos llama la atención de toda la obra: un montón de hechizos que no sirven absolutamente para nada.
De eso trata el próximo ensayo.
Frieren: Tras finalizar el viaje. Obra original de Kanehito Yamada, dibujos de Tsukasa Abe. Adaptación al anime producida por MADHOUSE. El original emplea los nombres de las versiones chinas de uso común.