Original chino · Los diálogos se ofrecen en una traducción propia.
Aviso de spoilers: Este ensayo aborda acontecimientos del manga y del anime.
Frieren y Fern entran en un pueblo. En medio de la plaza se alza una estatua de Himmel.
Frieren explica que, cuando vivía, se hacía erigir estatuas por todas partes porque se consideraba guapo.
Es el chiste más constante de toda la obra. Casi cada vez que Himmel aparece en un recuerdo, tiene algo que decir sobre su cara. Nadie del grupo se lo toma en serio, y el público tampoco. Un héroe un poco narcisista. Nada grave.
Pero el chiste tiene un fondo que la obra nunca termina de explicar.
Un héroe que se detiene en todas partes
Veamos primero qué hizo Himmel durante aquellos diez años.
Rescató a un pájaro atrapado. Ayudó a reparar la acequia de un pueblo. Buscó cosas que otros habían perdido. Si veía llorar a un niño, se agachaba junto a él. Interrumpía el viaje por problemas que no tenían absolutamente nada que ver con el Rey Demonio, y se quedaba allí varios días.
Nada de eso era necesario. Para un grupo que se dirige a derrotar al Rey Demonio, son precisamente las cosas que menos conviene hacer.
Frieren no lo entendía, pero tampoco se oponía. Se detenía con él. Por entonces, seguramente lo tomaba por alguna manía del héroe.
El resultado fue que aquellos pueblos lo recordaron.
No recordaban al «héroe que derrotó al Rey Demonio». Eso pronto se convierte en una línea de un libro de texto, con escasa relación con una persona concreta. Recordaban al hombre que les había arreglado la acequia, al que se había agachado para escucharlos. Pagaron las estatuas de su propio bolsillo y contaron la historia a sus hijos, que a su vez la contaron a la siguiente generación.
A Himmel no lo recuerdan por haber derrotado al Rey Demonio. Lo recuerdan por aquellas paradas innecesarias.
Para quién prepara el camino
Consideremos ahora todo esto a la luz de un hecho que él conocía perfectamente.
Sabía que Frieren era una elfa y que viviría más de mil años. Sabía que él moriría antes que ella, que Heiter moriría, que Eisen moriría y que, de todo el grupo, solo quedaría ella. Sabía que seguiría recorriendo aquel continente durante cientos de años. Sola.
Como decíamos en el ensayo anterior, no se apresuraba porque su vida fuera corta. Lo hacía porque sabía que la persona que tenía delante viviría mucho tiempo.
Por eso fue dejando algo de sí mismo a lo largo de toda la ruta.
En su viaje hacia el norte, Frieren no deja de encontrárselo. Entra en un pueblo y un anciano le cuenta que su abuelo le hablaba del señor Himmel. Llega a una ciudad y ahí está él, en la plaza. Cruza una montaña y, al otro lado, todavía recuerdan quién hizo tal o cual cosa por ellos tantos años atrás.
Himmel construyó un mundo en el que ella se encontraría con él fuera adonde fuera.
Solo una vez lo dijo abiertamente.
Fue en un pueblo, después de dedicar dieciocho horas enteras a pensar la pose de una estatua. Alguien le preguntó por qué le importaba tanto. Él contestó que quería que lo recordaran.
Luego se volvió hacia Frieren y añadió, en tono de broma, algo más: en realidad, no quería que ella se sintiera demasiado sola cuando, en el futuro, se quedara sin compañía.
Dicho esto, se volvió de nuevo. Nunca volvió a mencionarlo.
Es la única vez que pone en palabras todo aquel plan, y lo hace justo donde más fácil resulta tomarlo por un chiste. No hay últimas voluntades, ni explicaciones, ni una mano que aprieta la de ella en el lecho de muerte para confiarle algo solemne. Le entrega lo que lleva diez años haciendo envuelto en una ocurrencia sobre lo guapo que es.
Todo cuanto hace está dirigido a un futuro que no podrá ver. Y él no es el protagonista de ese futuro.
Las palabras se olvidan; la estructura permanece
Hace falta añadir un dato sobre Frieren. Sin él, es fácil subestimar el alcance de lo que le han dejado preparado.
A Frieren no le falta memoria: puede recordar la estructura de innumerables hechizos. Lo que le faltaba entonces era una atención sostenida hacia las personas. Qué les gustaba comer a sus compañeros, por qué una broma se decía de determinada manera: a menudo no les daba a esas cosas la importancia necesaria para guardarlas en su interior. Aquel «no sabía nada de él» del funeral es un reproche hacia sí misma, pero también la constatación tardía de un hecho.
Si volvemos a esa frase dicha como una broma, vemos que el experimento ya se había hecho una vez.
Himmel lo dijo. Lo dijo como de pasada, pero lo dijo. Le explicó su motivo, sin ocultarle nada.
Y, décadas después, ella seguía diciendo ante su tumba: «No sabía nada de este hombre».
Las palabras se pronunciaron, pero no llegaron a calar.
Imaginemos que hubiera hablado con mayor solemnidad: que en su lecho de muerte le hubiera tomado la mano para pedirle que viviera bien y procurara conocer mejor a los humanos. Probablemente el resultado habría sido parecido. Ella habría asentido, habría estado triste una temporada y después habría vuelto a estudiar magia. Luego habrían pasado cientos de años. Como todas las palabras que había oído, aquellas se habrían desdibujado poco a poco hasta convertirse en una impresión vaga.
Pero no puede olvidar las cosas que él dejó, porque se tropieza con ellas durante todo el camino. No necesita acordarse: el mundo se lo recuerda a cada tramo.
Lo más poderoso que una persona puede darle a otra no es una frase, sino un entorno por el que tendrá que pasar una y otra vez.
Las palabras dependen de la memoria de quien las escucha. Y la memoria se debilita, cede su sitio a asuntos más importantes o falla justo cuando más falta hace. Una estructura no necesita que nadie colabore. Está ahí: si pasas por allí, te la encuentras.
Por eso los afectos de esta obra no caen en el sentimentalismo. No los sostiene la evocación constante, sino la geografía.
Tres viejos amigos dejan un camino
En su vejez, Heiter hizo dos cosas igualmente importantes.
Adoptó y formó a Fern, huérfana de guerra, y se las arregló para que Frieren la aceptara como aprendiz. También investigó en los documentos históricos de la Ciudad Santa el paradero de los escritos de Flamme, dejando una pista para el viaje que vendría después.
Tras la muerte de Heiter, Eisen se apoyó en aquellas investigaciones para encontrar los escritos junto con Frieren y Fern. Flamme hablaba en ellos de Aureole. Fue entonces cuando Eisen le pidió a Frieren que viajara al extremo norte del continente, a la tierra donde descansan las almas, para encontrarse con Himmel.
Entre los tres le dieron una razón que la obligaba a ponerse en camino hacia el norte.
Y ese camino hacia el norte era exactamente el que los cuatro habían recorrido juntos.
Heiter le dejó, además, a Fern: alguien a quien debía cuidar. Quien viaja siempre solo puede hacer cincuenta kilómetros en un día. Con una niña no puede ir así. Tiene que detenerse a comer, esperar a que duerma y, cuando se enfada, averiguar por qué.
Más tarde, Eisen hizo exactamente lo mismo: le endosó a Stark.
Himmel, Heiter y Eisen lograron lo mismo por vías distintas: confiar a alguien que todavía no se había encontrado a sí mismo a una persona que aún disponía de tiempo; y darle a esa persona una razón que la obligara a emprender el viaje.
Ninguno lo explicó. Heiter dijo: «Cuida de esta niña por mí». Eisen dijo: «Te encargo a este muchacho».
Una oportunidad no cabe en una frase
Ya podemos formular por entero la tesis de este ensayo.
Una frase solo puede cambiar un instante. Para que una persona llegue a ser ella misma hacen falta muchos años.
Si desplegamos lo que Himmel le dio a Frieren, aparece esta lista: un camino que debe volver a recorrer; una tumba que no puede eludir; un Himmel con el que se encontrará vaya adonde vaya; una niña a la que debe cuidar; una razón por la que tiene que dirigirse al norte.
Todo ello, reunido, forma un dispositivo. Algo que la obliga a reducir la marcha, a detenerse, a mirar a los demás.
Él no le dio la respuesta. La respuesta no se puede dar. Si le hubiera dicho «tienes que conocer mejor a los humanos», habría convertido ese aprendizaje en una tarea que él le encomendaba. Y una tarea así sirve a un fin ajeno.
Lo que le dio fue un camino. Ella tiene que recorrerlo por sí misma; solo entonces podrá ser suyo lo que comprenda al terminarlo.
Es lo más grande que una persona puede hacer por otra. También es lo más difícil, porque quien lo hace no llega a ver el resultado. Las lágrimas de Frieren ante la tumba de Himmel son apenas el comienzo; él no podrá presenciar todo lo que ella tardará años en aprender a partir de ahí.
En el próximo ensayo
Ahora Frieren vuelve a encontrarse con Himmel una y otra vez en las estatuas, los pueblos y los recuerdos que va hallando durante el viaje. Quizá no le esté «rindiendo cuentas» en sentido literal, pero él se ha convertido en el interlocutor al que regresa una y otra vez para comprender lo que tiene delante.
Se dice que en el norte al que se dirige es posible hablar con los muertos. La existencia de Himmel da sentido a ese destino; las investigaciones de Heiter, los escritos de Flamme y la petición de Eisen le han dado, entre todos, una dirección concreta.
Queda entonces una pregunta: ¿qué clase de ser es incapaz de hacer lo que hizo Himmel?
La obra responde con absoluta claridad y sin la menor piedad. En este mundo hay criaturas que hablan la lengua de los humanos, emplean palabras como «mamá» y «socorro» e imitan sus expresiones y sus gestos. Nadie estudia a los humanos mejor que ellas.
Y, sin embargo, nunca aprenderán.
El próximo ensayo trata de los demonios.
Frieren: Tras finalizar el viaje. Obra original de Kanehito Yamada, dibujos de Tsukasa Abe. Adaptación al anime producida por MADHOUSE.