Original chino · Los diálogos se ofrecen en una traducción propia.
Aviso de spoilers: Este ensayo aborda acontecimientos del manga y del anime.
Frieren está ante una tumba cuando, de pronto, descubre que está llorando.
Se lleva una mano a la cara con cierta vacilación, como si no acabara de reconocer aquello que toca. Dice que apenas sabía nada de ese hombre.
Y entonces pronuncia aquella frase: solo habíamos viajado juntos diez años.
Pero es lo que viene después lo que de verdad golpea:
¿Por qué nunca se me ocurrió intentar conocerlo un poco mejor?
Después de que el grupo se disperse
Frieren: Tras finalizar el viaje comienza donde terminan otras historias.
Un grupo de cuatro aventureros ha derrotado al Rey Demonio: Himmel, el héroe; Heiter, el sacerdote; Eisen, el guerrero, y Frieren, la maga. Han pasado diez años de viaje, han cumplido su misión y regresan a la capital del reino, donde los reciben como héroes.
Esa noche contemplan juntos una lluvia de estrellas que solo se produce una vez cada medio siglo.
Frieren dice que volverá dentro de cincuenta años. Entonces los llevará a un lugar desde el que se vean mejor.
Para una elfa, cincuenta años deben de equivaler a unos meses humanos. No lo dice por cortesía: está haciendo planes de verdad.
Cincuenta años después, vuelve. Himmel es ya un anciano, camina con bastón y no ve demasiado bien. Aun así, contemplan juntos aquella lluvia de estrellas.
Poco después, él muere.
En el funeral, Heiter y Eisen están a su lado. Frieren llora, y descubrirlo la asusta.
Ha vivido más de mil años. Aquellos diez no representan ni una centésima parte de su vida.
Sus cálculos son exactos
La lectura habitual dice que una vida tan larga la ha vuelto insensible al paso del tiempo y que, poco a poco, aprende a valorar lo que tiene.
No es una lectura equivocada, pero es tan blanda que apenas llega a decir nada.
El problema no es que Frieren haya hecho mal las cuentas. Las ha hecho perfectamente. Diez años son, en efecto, una fracción insignificante de su vida; cualquier calculadora confirmaría el resultado. Que alguien que ha vivido más de mil años distribuya su atención de manera proporcional es del todo racional. Tampoco nosotros reservamos un lugar para toda la vida a alguien con quien coincidimos una tarde por casualidad.
El error no está en haber calculado mal. Está en creer que esto se puede calcular.
Es el planteamiento más incisivo de la obra, y se esconde en una escena de una ligereza extraordinaria.
En cuanto te preguntas «¿cuánto tiempo vale la pena dedicarle a esta persona?», ya no te estás preguntando por ella. Te preguntas qué proporción ocupa dentro del tiempo total del que dispones. Y las personas no pertenecen a ese sistema de coordenadas.
Frieren no ignoraba a Himmel, ni era indiferente a él. Siempre le había tenido cariño; quería viajar a su lado y estaba dispuesta a detenerse por él. Sencillamente, lo había sometido a una equivalencia: si ocupaba un uno por ciento de su vida, le correspondía un uno por ciento de su atención.
Todo el error estaba ahí, en esa equivalencia.
Por qué llora en realidad
Hay una frase muy repetida: solo valoramos las cosas cuando las perdemos.
Si eso fuera lo que esta obra quiere decir, sería una obra de lo más corriente.
Pero al mirar con atención aquella escena, vemos que Frieren no llora porque «Himmel ha muerto». Llora por algo que acaba de descubrir: ha perdido algo que nunca había llegado a tener de verdad.
Aquellos diez años siempre habían estado ahí. Himmel siempre había sido el mismo Himmel: entrometido, aficionado a las palabras bonitas, dispuesto a detenerse una y otra vez para ayudar a personas sin importancia. Ella había estado presente en todas esas ocasiones. Lo había visto todo.
No han cambiado aquellos diez años. Lo que ha cambiado es que, por fin, ella ve qué fueron.
La distinción importa. Decir que la muerte dio valor a aquel tiempo equivaldría a decir que su valor lo decide el desenlace. No es así. El valor siempre estuvo ahí; lo que llegó tarde fue su reconocimiento. Y no llegó tarde porque la muerte aún no hubiera ocurrido, sino porque Frieren seguía mirándolo todo en términos de proporciones.
La muerte solo hace aquí una cosa: elimina la posibilidad de decir «ya habrá tiempo».
El tiempo ilimitado es un obstáculo
Si seguimos este razonamiento, llegamos a una conclusión contraria a la intuición.
Solemos pensar que cuanto más tiempo tiene alguien, con más calma vive y más margen le queda para tratar bien a quienes lo rodean.
Frieren demuestra lo contrario.
El tiempo ilimitado no nos da más calma: vuelve aplazable cada cosa concreta.
Para alguien que dispone de mil años, «más adelante» es un lugar que siempre existe. ¿Conocer mejor a una persona? Más adelante. ¿Hacer aquella pregunta que lleva tanto tiempo queriendo hacer? Más adelante. ¿Decirle algo? Más adelante. Ese «más adelante» no es procrastinación. Es una distribución de recursos perfectamente razonable cuando el tiempo no tiene fin.
Los personajes humanos actúan justo al revés. Himmel ve un pájaro atrapado y va a rescatarlo; ve una acequia rota en un pueblo y la repara; ve a un niño llorando y se agacha junto a él. Nada de eso tiene que ver con derrotar al Rey Demonio. Todo podría dejarse para después. Él no deja nada para después.
Conviene tener cuidado aquí y no deslizarse hacia la idea de que, por tanto, una vida limitada vale más. La obra no dice eso; sería repetir la misma equivalencia en sentido inverso.
Dice algo distinto y mucho más frío: Himmel sabe que su tiempo es limitado y que el de Frieren es ilimitado, y organiza toda su vida teniendo presentes ambas cosas a la vez.
No se apresura porque vaya a vivir poco. Lo hace porque sabe que la persona que tiene delante va a vivir muchísimo tiempo.
Recorrer de nuevo el mismo camino
Después del funeral, Frieren visita a Heiter, ya anciano. Cuando él muere, se lleva consigo a Fern, la niña huérfana que había adoptado.
Más tarde, Frieren y Fern van a ver a Eisen. Gracias a las investigaciones que Heiter dejó antes de morir, encuentran los escritos auténticos de Flamme, la maestra de Frieren. En ellos se menciona Aureole, la «tierra donde descansan las almas», situada en el extremo norte del continente. Según se cuenta, allí es posible hablar con los muertos. Por eso Eisen le pide que vaya a ver a Himmel.
Así, Frieren vuelve a encaminarse hacia el norte. En apariencia, va a encontrarse con Himmel.
Y recorre exactamente la misma ruta por la que el grupo del héroe había avanzado hacia el norte tantos años atrás.
A menudo se ve en esto un ingenioso recurso narrativo. En realidad, es la forma misma de esta historia: Frieren está haciendo ahora el aprendizaje que dejó pendiente durante aquellos diez años. Y ese aprendizaje tiene un nombre: conocer a los humanos.
Avanza muy despacio. Se desvía durante medio año por un grimorio que apenas sirve para nada. Se detiene en los pueblos para ocuparse de pequeñas cosas sin importancia. Empieza a fijarse en cómo come Fern, en cómo se enfada, en cómo oculta lo que le preocupa. Más adelante se lleva también a Stark, un guerrero asustadizo.
Eso era, precisamente, lo que hacía Himmel.
Frieren vuelve a recorrer su camino y, sin darse cuenta, empieza a recorrerlo como él.
En el próximo ensayo
Llegados aquí, merece la pena hacerse una pregunta:
¿Himmel lo sabía?
¿Sabía que moriría antes que ella? ¿Que Frieren seguiría recorriendo sola aquel continente durante cientos de años? ¿Que un día estaría frente a su tumba, llorando por algo que no había sabido ver en su momento?
Lo sabía.
Y se preparó para ello. Empezó muy pronto, dedicó diez años enteros a hacerlo y, una vez hecho, no dijo una palabra.
El próximo ensayo parte de un pequeño detalle: hay estatuas suyas por todo el continente, y todos creen que es solo porque era un poco narcisista.
Frieren: Tras finalizar el viaje. Obra original de Kanehito Yamada, dibujos de Tsukasa Abe. Adaptación al anime producida por MADHOUSE.