Sobre esta edición
Nota de edición: Reescritura independiente en español a partir del original chino. El original permite alternar entre chino simplificado y tradicional e incorpora pequeños ajustes de datos, cronología y formulaciones demasiado tajantes. Los diálogos de esta edición son versiones propias, no citas de subtítulos oficiales.
Armin tiene un libro.
El libro dice que al otro lado de las murallas hay un mar: una extensión de agua salada tan grande que no se ve la otra orilla. Hay agua que arde. Hay lugares donde el suelo entero es de hielo. Hay llanuras que parecen nevadas, pero están hechas de arena.
Dos niños se esconden para leerlo, página a página. Lo había guardado el abuelo de Armin, con muchísimo cuidado, porque tener un libro así podía traerte problemas.
Dejemos aquí, de momento, una pregunta: ¿por qué está prohibido un libro que describe paisajes?
Cien años de paz
El mundo dentro de las murallas no tiene aspecto de distopía.
No hay cámaras de vigilancia, campos de concentración ni uniformes que deba llevar todo el mundo. Nadie grita consignas por la radio. Durante cien años, los titanes no han atravesado las tres murallas: María, Rose y Sina. Dentro, la gente cultiva la tierra, elabora vino, comercia, se casa, tiene hijos, discute por minucias y acaba muriendo de vieja en su cama.
Esos cien años de paz son reales. No son un invento de la propaganda: así han transcurrido las vidas.
Y, durante ese siglo, la gran mayoría de quienes viven dentro cree lo mismo: fuera solo hay titanes; ellos son cuanto queda de la humanidad; en el mundo no hay nadie más.
No han llegado a esa conclusión por un error de cálculo.
Alguien les ha borrado todo lo demás.
Las dos cosas que hizo un rey
Cien años antes, fuera de las murallas había guerra.
Era un ciclo que llevaba mucho tiempo repitiéndose. El poder de los titanes, los eldianos, siglos de dominación y siglos de represalias: ya resultaba imposible llevar la cuenta de quién había masacrado a quién y cuándo. Al final, el imperio entró en guerra civil y el rey Fritz, el centésimo cuadragésimo quinto, se retiró a esta isla con parte de su pueblo.
Con el poder del Titán Fundador hizo dos cosas.
Primero levantó tres murallas. En su interior quedaron encerrados millones de titanes que, una vez liberados, podían arrasar el mundo.
Después borró los recuerdos de quienes lo habían acompañado y podían verse afectados por su poder. La historia, la tierra de origen, el mundo exterior, quiénes eran, qué habían hecho: todo desapareció.
Entonces estableció el Voto de Renuncia a la Guerra: mientras el Titán Fundador siguiera en manos de alguien de su sangre, jamás se utilizaría para combatir.
Su idea era muy clara. Los eldianos eran culpables y aquel ciclo debía acabar allí. La gente de las murallas disfrutaría de cien años de tranquilidad; si un día las murallas caían, les correspondería morir. Sería su merecido. Quería que sus descendientes vivieran en silencio y después desaparecieran en silencio.
Un camino moralmente exigente
Antes de empezar a criticar esta decisión hay que hacer justicia al rey Fritz. De lo contrario, nada de lo que venga después tendrá valor.
No era un cobarde ni un necio.
Alguien que tenía en sus manos la mayor fuerza de aquel mundo eligió no utilizarla. Se enfrentaba a un ciclo de venganza que llevaba siglos, quizá milenios, en marcha. No eligió vencer, ni vengarse, ni atacar primero para tomar ventaja.
Eligió salir de él.
Entre las maneras de afrontar un conflicto, irse puede exigir una altura moral considerable. No se trata de huir porque no puedes ganar: él podía, tenía el arma definitiva de aquel mundo. Se trata de comprender que no debes seguir participando en aquello, darte la vuelta y retomar tu propio camino. Ese gesto requiere una lucidez enorme, no cobardía. Y requiere soportar que todos te llamen débil.
Más importante aún: había visto bien el problema. Aquel ciclo tenía que detenerse. Había visto precisamente lo que casi nadie quería mirar: si seguían luchando, el vencedor solo heredaría la siguiente ronda.
Así que este ensayo no pretende decir que eligiera el camino equivocado.
Recorrió el camino por cien generaciones
El problema no es el camino. El problema es que ese camino solo tiene sentido si lo recorre cada uno por sí mismo.
Todo el peso de «salir del conflicto» descansa en una frase que queda implícita: podía combatir y he elegido no hacerlo. Si quitamos esa frase, lo que queda ya no es una renuncia. Es otra cosa.
Quien no sabe que puede empuñar un arma no ha depuesto las armas. Quien no sabe que fuera hay otras personas no ha elegido la paz.
El rey Fritz no lo consultó con su pueblo. Eso, por sí solo, ni siquiera es lo más grave: la historia está llena de dirigentes que deciden por los suyos.
Lo más grave es que eliminó la posibilidad de volver a hablar de aquella decisión.
No borró únicamente la historia. Una historia borrada todavía puede redescubrirse. Borró la idea misma de que aquello era algo que se podía discutir. Cien años después, la gente de las murallas no sentiría que le habían quitado nada, porque ni siquiera sabría qué había tenido.
Un camino que solo tiene sentido cuando lo recorre cada uno, él lo dio por recorrido en nombre de cien generaciones.
Y no solo de cien generaciones de gente corriente.
El Voto de Renuncia a la Guerra también encadenaba a su propia sangre. A partir de entonces, la voluntad de Fritz sustituiría a la de cada miembro de la familia real que heredara el Titán Fundador: en el instante de la herencia, sus ideas pasarían a ser las del heredero. Frieda Reiss era una muchacha bondadosa. También ella quedó sometida al voto al recibir el poder; también ella tuvo que borrar recuerdos ajenos; también ella aceptó que, si las murallas caían, les correspondería morir.
No solo eligió por todos. Impidió elegir también a quienes habrían tenido la capacidad de reconsiderar aquella elección.
Si una decisión pertenece solo a una época, por lo menos puede caducar. La generación siguiente puede revocarla.
La decisión que él tomó no caducaba.
¿Es la ignorancia una forma de misericordia?
Esta organización de la vida tiene una defensa explícita y bastante bien formulada. La expone Rod Reiss.
Así se la explicó a su hija: la paz de las murallas es real; como sus habitantes desconocen su culpa, pueden vivir tranquilos. En cuanto la conozcan, solo les quedará la desesperación. Mantenerlos en la ignorancia es una forma de misericordia.
No es un argumento estúpido.
Aquellos cien años fueron, de verdad, buenos años. La gente se casó de verdad, cultivó alimentos de verdad, discutió de verdad por cosas sin importancia y murió de vieja, de verdad, en su propia cama. Esa felicidad no era falsificada. Era de la misma clase que la felicidad de cualquier otro lugar.
Pero hay algo que debemos plantear:
Dar a alguien unos años felices y dejar que decida si quiere esos años felices son dos cosas distintas.
Además, mantener esa misericordia tiene un precio, y no lo paga quien la dispensa.
El gobierno real frena el progreso técnico y prohíbe todo aquello que pueda llevar a la gente a mirar hacia fuera. A quienes sienten curiosidad por el exterior, a quienes quieren asomarse al otro lado de la muralla, se los llevan detenidos y los ejecutan. No es una anomalía: forma parte del funcionamiento normal del sistema. Basta con que una sola persona salga y vuelva con noticias para que se derrumbe lo organizado durante un siglo.
Por eso hay que hacer otra pregunta:
Una misericordia que necesita ejecutar la curiosidad para mantenerse, ¿a quién protege en realidad?
Las murallas no encierran personas
Hay un detalle que merece atención: las tres murallas tienen puertas.
El Cuerpo de Exploración sale todos los años. Se puede cruzar la muralla. Morirán muchos, pero físicamente es perfectamente posible salir.
Así que no estamos ante un encierro en el sentido habitual. La verdadera muralla no son esas tres barreras de piedra: es el fragmento de historia que ha sido borrado.
No saben que fuera hay gente. Se creen los últimos supervivientes de la humanidad. Creen que fuera solo hay monstruos y que no existe otra forma de vivir que defender ese pedazo de tierra.
Lo que las murallas encierran no son personas: es la idea de que «fuera hay otras personas».
Nadie lucha por algo cuya existencia desconoce. No hace falta mandar a nadie a vigilarlo: basta con que no lo sepa. Es más sencillo que cualquier vigilancia y más seguro que cualquier guardia.
Y así volvemos a la pregunta del principio.
El libro de Armin no contiene política ni incitación. No llama a nadie a hacer nada. Habla del mar, de llanuras de hielo, de agua que arde. Se limita a describir paisajes.
Pero, en un orden que se sostiene sobre lo que la gente no sabe, los paisajes son lo más peligroso que existe.
Porque, en cuanto alguien sabe que fuera hay algo diferente, empieza a pensar. Si piensa, pregunta. Y en cuanto pregunta, todo ese montaje deja de sostenerse.
Más adelante, aquel libro salvó muchas vidas y también provocó muchas muertes. El «quiero salir» de Eren comenzó en aquellas pocas páginas, aquella tarde.
En el próximo ensayo
Dentro de las murallas, el método es este: que no sepas nada.
Fuera, el mundo aplica exactamente el método contrario.
Allí lo saben todo. Conocen su linaje, el trato que reciben, el motivo, el año en que empezó y lo que son a ojos de los demás. Se lo han dicho una y otra vez, sin descanso.
Y tampoco pueden salir.
El próximo ensayo nos lleva fuera de las murallas. Allí, un grupo de niños compite por una plaza que los matará trece años después. Y se toman la competición muy en serio.
Esta serie de lecturas se basa en el manga y en el anime de televisión de Ataque a los titanes. No juzga el acierto o el fracaso del desenlace en términos de técnica narrativa: se ocupa únicamente de la historia misma.