NON DUBITO · Lecturas de cine · 3 / 3
El día en que Red dejó de actuar
En este ensayo
Una oficina pequeña. Una mesa larga. Varias personas sentadas detrás. Encima de la mesa hay un expediente, y en el expediente, una fotografía.
- Red lleva veinte años preso y todavía tiene el pelo negro. Se sienta muy recto, con las manos en las rodillas. Habla con sinceridad en la voz: sí, señor, estoy completamente rehabilitado; he aprendido la lección; puedo decir que soy un hombre nuevo; ya no represento ningún peligro para la sociedad; ante Dios le digo que es verdad.
Un corte nos lleva al sello sobre el expediente: DENEGADA.
- La misma habitación, la misma pregunta, casi la misma respuesta. Red tiene incluso más práctica. Las palabras le salen mejor.
DENEGADA.
- Tercera comparecencia. Esta vez no se mantiene erguido. Se recuesta y mira al joven que lo interroga. El joven le pregunta si cree estar rehabilitado. Red le devuelve la palabra: ¿rehabilitado? Dice que no sabe qué significa. Que es una palabra inventada por los políticos para que unos jóvenes puedan ponerse un traje y conseguir un empleo. Dice que se arrepiente de su crimen cada día, y no porque esté en la cárcel ni porque la junta quiera oírlo. Que cada día quisiera hablar con aquel muchacho que fue y que cometió una estupidez, hacerlo entrar en razón, explicarle cómo podrían haber sido las cosas. Pero ese muchacho ya no está. Solo queda este viejo. Que pongan el sello y no le hagan perder el tiempo: la verdad es que le importa una mierda.
Otro corte al sello sobre el expediente: CONCEDIDA.
La mayoría siente satisfacción al llegar aquí. Red ha dejado de fingir, ha dicho la verdad y el destino lo ha recompensado. Es una lectura demasiado benévola. Lo que la escena dice en realidad es mucho más frío: la institución que decide el resto de su vida nunca ha estado tratando de reconocer qué clase de persona tiene delante.
I. Las dos primeras veces entrega un producto
Antes de mirar bien la tercera audiencia, miremos qué ha hecho en las dos anteriores.
No ha hablado de sí mismo. Ha fabricado algo: una declaración de arrepentimiento que cumple todos los requisitos. Da a la junta lo que pide. La actitud de quien reconoce su culpa, el vocabulario de la rehabilitación, la garantía de no ser un peligro para la sociedad. Hasta pone a Dios por testigo.
Y lo hace muy bien. En Shawshank es «el hombre que consigue cosas». Averiguar qué necesita otro y entregárselo exactamente es su especialidad. Ahora aplica el oficio a su propia persona: se envasa como una mercancía que cumple la normativa y la presenta en ventanilla.
Se la devuelven dos veces.
Aquí hay un absurdo que se pasa por alto con facilidad. Lo que dice en las dos primeras audiencias coincide precisamente con los requisitos que el sistema escribe en sus documentos, imprime en sus folletos y exige a los presos. Red los satisface palabra por palabra. Y se lo deniegan.
La película no nos dice qué criterios emplea la junta ni por qué deniega esas dos solicitudes. Ignoramos cuánto pesa lo que Red declara frente a la duración de la condena, la evaluación del riesgo, la costumbre o el margen de decisión de quienes lo juzgan.
A lo largo de veinte años, cada diez se presenta en ventanilla y entrega su mercancía. Todo parece ajustarse a lo exigido. Se lo devuelven sin explicarle por qué.
II. A la tercera deja de fabricar
Si sus palabras de la tercera audiencia resultan tan liberadoras, es porque por fin ha dejado de entregar el pedido.
Pero escuchemos lo que dice. Reconoce su arrepentimiento, pero ya no lo empaqueta como una respuesta ajustada a los requisitos. No rechaza su responsabilidad: rechaza que toda una vida quede reducida a la palabra «rehabilitado» para rellenar una casilla. Os habéis inventado esa palabra, dice, para poder pagaros un sueldo.
No se limita a hacer una declaración de arrepentimiento más auténtica. También rechaza el propio lenguaje de la audiencia. Deja al descubierto la naturaleza del interrogatorio: nadie trata de conocerlo, están cumpliendo un trámite, y el trámite necesita la palabra correcta en la casilla correcta. Red deja la casilla sin rellenar.
Entonces le conceden la libertad condicional.
El momento en que deja de proporcionar una respuesta aceptable coincide con el momento en que se la conceden. El montaje nos invita con fuerza a leer una relación de causa y efecto. Pero la película no nos da los motivos de la junta. Quizá los conmueva su franqueza. Quizá pesen más su edad y los cuarenta años cumplidos. Quizá ambas cosas.
Lo que podemos afirmar no es que el sistema haya premiado por fin la honestidad. Es que Red ha dejado de fabricar una explicación de sí mismo ajustada a sus requisitos. El procedimiento que decide el resto de su vida sigue sin explicarle cómo funciona. Pero, antes de conocer el resultado, Red ya ha dejado de convertirse en el producto que le exigen.
El filo de la escena no está, por tanto, en la idea de que «la verdad siempre tiene premio». Está en otra cosa: los criterios de la institución siguen siendo opacos, pero Red ya ha puesto fin a la representación.
III. Pedir permiso para ir al baño
Al salir, Red va al mismo sitio.
La misma habitación. La viga sigue allí. El mismo supermercado y el mismo puesto de embolsador. El encargado es también el mismo y habla con esa misma brusquedad que no llega a ser crueldad.
Hay una escena de apenas unos segundos, de los más punzantes de toda la película. Red está en la parte de atrás del supermercado y pregunta al encargado: señor, ¿puedo ir al baño? El hombre le dice que no tiene que pedírselo, que vaya cuando quiera. Red se aleja y su voz comenta: treinta años pidiendo permiso; sin él no consigo mear ni una gota.
Han adiestrado a un hombre hasta el punto de que necesita autorización para orinar. No se trata solo del miedo a un castigo. La costumbre ha llegado hasta el cuerpo. Su cuerpo ha aceptado que un acto propio solo es válido cuando otra persona lo aprueba.
En la narración, Red admite que se pasa el día pensando cómo infringir la libertad condicional para que lo devuelvan a la cárcel. La cámara también lo hace detenerse un momento ante el escaparate de una armería.
No son las palabras exactas de la carta de Brooks, pero la lógica es casi idéntica: cometer una infracción para regresar al lugar donde todo tiene su sitio.
El mismo sistema ha utilizado a ambos durante la mayor parte de sus vidas. Cuando salen, se les ocurre la misma idea. No es una coincidencia. Son dos lotes de un mismo producto.
En aquella habitación hay una frase grabada en la viga: BROOKS WAS HERE. Red duerme debajo cada noche. La ve cada día.
IV. Lo que lo sostiene no es la esperanza
Llegados aquí, toca dar la vuelta a la interpretación más popular.
Se suele decir que a Red lo salva la esperanza. Aquella frase de Andy: «La esperanza es algo bueno, quizá lo mejor que hay en el mundo». La frase está en la película. Pero, si lo que sujeta a Red a la vida es una abstracción semejante, la diferencia entre él y Brooks se reduce a una cuestión de suerte: Brooks no era lo bastante optimista, y por eso murió.
No es una explicación exacta. Tampoco es justa.
Lo que de verdad sostiene a Red es algo sumamente concreto. En Buxton hay un campo de heno. En su extremo norte, un largo muro de piedra. Al pie del muro, una roca volcánica negra que, por la geología de la zona, no debería estar allí. Debajo de esa piedra hay una caja enterrada.
Andy le dio esas indicaciones antes de fugarse. Se las explicó con tal precisión que Red puede encontrar el lugar de memoria.
Entendamos qué significa ese gesto: cuando Andy aún no sabía si lograría escapar, se tomó el tiempo de pensar en serio adónde podría ir Red el día que lo dejaran salir.
No le dejó una frase de ánimo ni se limitó a darle dinero. Le dio un destino, una acción, algo que tenía que hacer él mismo. Los días de Red en libertad están vacíos. Eso es lo único que les da contenido, lo único de lo que puede decir: alguien espera que yo lo haga.
La comparación con Brooks lo aclara. Para él también habían organizado cosas: un trabajo, una habitación, una tarjeta para presentarse ante el servicio de libertad condicional. Todo muy completo. Todo correcto. Pero estaba dispuesto para «un hombre en libertad condicional», no para Brooks. A cualquier otro anciano de setenta años recién salido de prisión le habrían preparado exactamente lo mismo.
Lo que Andy deja solo tiene sentido para Red. La carta bajo la piedra está dirigida a Red. El dinero está reservado para Red. Solo Red conoce ese lugar.
Brooks recibe un conjunto de medidas destinadas a una categoría de personas. Red recibe algo que otra persona ha pensado con cuidado, expresamente para él. Lo primero mantiene vivo a alguien. Lo segundo le da una razón para vivir.
V. Las palabras que graba
Al final Red se marcha de aquella habitación. Antes de irse hace una cosa.
Acerca una silla, se sube y, debajo de BROOKS WAS HERE, graba:
SO WAS RED.
«Red también». Esa frase no sirve para nada. El propietario no lo conoce, al próximo inquilino le dará igual y nadie lo tratará mejor por haberla escrito. La graba y se va. Nunca volverá a esa habitación.
Pero hay que grabarla.
En el ensayo anterior, el momento más público en que Andy dejaba de actuar como un objeto útil era aquel en que hacía escuchar ópera a toda la prisión y pagaba por ello con dos semanas a oscuras. Brooks fue utilizado toda su vida y, al final, no dejó constancia de sus méritos: dejó un «Estuve aquí». Ahora Red añade tres palabras en la misma viga, debajo de la misma frase.
Tres personas, tres situaciones, y al final un mismo gesto: dejar una huella que no se cambia por nada.
De eso trata realmente la película. No de cómo un hombre inteligente tarda diecinueve años en abrir un túnel a través de un muro: eso es el argumento. Trata de alguien que puede pasar décadas siendo utilizado, numerado, destinado a un puesto, evaluado, rechazado, autorizado; alguien a quien pueden enseñar a pedir permiso incluso para ir al baño. Y que, después de todo eso, se sube a una silla y graba su nombre en un trozo de madera con un cuchillo pequeño.
Porque aquello que, dentro de él, graba ese nombre nunca se lo han podido quitar.
VI. El mar del final
La última escena transcurre en Zihuatanejo, México. Red avanza por la playa. Andy está reparando una barca.
La escena no se sostiene porque nos ofrezca un final feliz. Se sostiene porque salda todas las cuentas anteriores.
Andy repara una barca. Ya no es el contable de nadie. La embarcación no forma parte de ningún plan ajeno. Red se acerca: no lo han enviado, no viene a entregar una mercancía y tampoco tiene que dar parte a nadie.
No hemos llegado a un mundo en el que nada sirva para nada. Andy dice en su carta que necesita la ayuda de un hombre capaz de conseguir que las cosas salgan adelante. Pero aquí la utilidad ya no agota la relación. Red puede ir o puede no ir. Su seguridad y su derecho a existir ya no dependen de que trabaje para Andy.
Al final del ensayo anterior dije que fugarse no era más que una obra de ingeniería. Ahora podemos terminar la idea: la verdadera salida de Shawshank no pasa solo por quinientas yardas de aguas residuales. Pasa también por ese trecho de playa. Una persona puede acudir al encuentro de otra con todas sus capacidades, sin tener que emplearlas primero para comprar el derecho a ser aceptada.
Este ensayo se refiere a la película de 1994 dirigida por Frank Darabont. El original chino toma como referencia los títulos y diálogos de los subtítulos chinos de uso habitual. Los diálogos en español son versiones independientes a partir de ese ensayo, no citas de un doblaje ni de subtítulos oficiales.