NON DUBITO · Lecturas de cine · 1 / 3
El anciano que murió fuera de la cárcel
En este ensayo
- Portland, Maine. Supermercado Food-Way.
Un anciano mete las compras en bolsas al otro extremo de la caja. Le tiemblan las manos, se mueve despacio y los clientes esperan. El encargado se acerca. No llega a ser agresivo, pero tampoco amable: que se dé un poco de prisa. El anciano responde: sí, señor.
Se llama Brooks Hatlen. Cuando entró en Shawshank, cincuenta años antes, era un hombre joven. Allí era el bibliotecario. Recorría los pabellones empujando su carrito: un libro para este, un lápiz para aquel, una carta que acababa de llegar. Todo pasaba por sus manos. Todos lo conocían. Todos lo necesitaban. Dentro de aquellos muros, Brooks era alguien.
Ahora llena bolsas. Pero nadie necesita que sea él quien las llene. Ese trabajo podría hacerlo cualquiera.
Poco después, en la habitación que ha alquilado, aparta la silla de una patada y se ahorca de una viga.
La mayoría recuerda otra imagen de esta película: Andy sale de una alcantarilla y abre los brazos bajo la lluvia. Es un gran plano, desde luego. Pero, si queremos saber de qué trata en realidad Cadena perpetua, la respuesta no está en esa noche de lluvia. Está en este anciano. La película no cuenta cómo un hombre consigue escapar de la cárcel. Cuenta cómo se puede utilizar a alguien hasta que ya no puede vivir fuera de la utilidad que presta.
I. No es que no se adapte a la libertad
La explicación habitual tiene un nombre: «institucionalización». Casi todo el mundo recuerda lo que dice Red en el comedor: al principio odias esos muros; después te acostumbras; al final ya no puedes vivir sin ellos. No es falso. Pero la frase encaja demasiado bien: asentimos y seguimos adelante, sin hacernos una pregunta. ¿Qué es, exactamente, aquello sin lo cual Brooks no puede vivir?
Los muros no. Fuera tiene una habitación, un empleo y una cama. Nadie le pega ni le fija la hora de acostarse. Si lo que necesitara fueran cuatro paredes, tendría que acostumbrarse a estar fuera, nada más. No tendría por qué morir.
Lo que necesita es que lo necesiten.
En Shawshank habla cada día con decenas de personas porque decenas de personas tienen algo que pedirle. De ese carrito que lleva depende que los demás consigan un libro o unos cigarrillos. Es viejo, pero sirve para algo. Cincuenta años de ser utilizado son tiempo suficiente para que uno acabe creyendo que solo existe cuando alguien lo necesita.
Por eso, al salir, lo que de verdad lo mata no es la soledad: es haber dejado de servir. En su carta cuenta que no duerme, que tiene pesadillas, que sueña que cae. Y escribe algo todavía más terrible: ha pensado en atracar el supermercado para que lo devuelvan a la cárcel.
Detengámonos en lo absurdo de esa idea. Un hombre de más de setenta años considera seriamente cometer un delito para volver a prisión, porque dentro tenía un puesto y fuera no lo tiene. No echa de menos la cárcel. Echa de menos el lugar en el que hacía falta. Su país lo ha encerrado durante cincuenta años y, al ponerlo en libertad, le ha retirado también la única razón que tenía para existir.
II. Jake, el cuervo
La escena en apariencia más insignificante de la película es también la más decisiva: Brooks deja marchar al cuervo.
Ha criado a Jake desde que era un polluelo. Lo esconde en el bolsillo y le da los gusanos que encuentra en la comida. El pájaro no le sirve para nada: no puede cambiarlo por cigarrillos, no le ayuda a hacer su trabajo ni mejora su posición en la cárcel. Es la única relación de Brooks que vemos en la película cuyo fundamento no es una función. Con Jake no está prestando un servicio ni aprovechándose de nadie. Está, sencillamente, cuidando de otro ser.
Cuando le conceden la libertad condicional, tiene que soltarlo. Lo sostiene entre las manos, le dice «No puedo llevarte conmigo» y las abre. El cuervo bate las alas un par de veces y se va. Brooks permanece allí, con la cabeza levantada, durante mucho rato.
Esta escena pesa más que la del suicidio porque ya ha dicho lo que va a suceder. En el instante en que suelta a Jake termina también la última actividad de su vida en la que no estaba siendo utilizado. Lo que le queda son cincuenta años de experiencia en una sola cosa: resultar útil en un puesto. Y fuera no le ofrecen ese lugar.
Más tarde da de comer a las palomas en un parque. Sentado en un banco, dice que quizá Jake aparezca por allí. No aparece.
III. El encuadre lo ata a su lugar
La película muestra a Brooks de dos maneras.
En prisión siempre tiene gente alrededor. Empuja el carrito entre celdas, pasillos y manos que se alargan para recoger libros. El plano está lleno, apretado. Lo rodean porque todos tienen algo que pedirle.
Una vez libre, casi siempre aparece en encuadres vacíos. Está al borde de la calle mientras los coches pasan por delante; está en la acera mientras los peatones pasan a ambos lados. Sube solo las escaleras, abre solo la puerta, se sienta solo en la cama. Nadie lo toca, pero tampoco tiene que esquivarlo: no se cruza en el camino de nadie.
Lo que se está filmando no es la soledad. La soledad es un sentimiento; uno puede llorarla. Aquí ocurre algo más frío: quien ya no hace falta deja de ocupar un lugar. Brooks está dentro del plano, pero fuera de la estructura.
IV. Las palabras en la viga
Antes de ahorcarse, Brooks se sube a la mesa y, con un cuchillo, graba una frase en la viga:
BROOKS WAS HERE.
No deja un testamento, una acusación ni instrucciones para después de su muerte. Solo escribe: «Brooks estuvo aquí».
Muchos ven en esa frase el momento más triste de la película. Lo es, pero a menudo se entiende al revés la razón de esa tristeza. No está diciendo «Qué desgraciado soy». Es alguien de quien se han servido toda la vida haciendo, en el último momento, algo que no sirve absolutamente para nada.
La inscripción no puede darle nada a cambio. El propietario no lo conoce, al siguiente inquilino le dará igual y la policía no investigará por eso. Esas palabras no tienen valor para nadie. Aun así, las graba.
Porque, después de cincuenta años de ser tratado como una herramienta, antes de irse todavía quiere dejar algo que no tenga ninguna finalidad. No lo que ha hecho ni lo que vale: solo que estuvo. Quiere que alguien sepa que en esa habitación hubo una persona y que esa persona se llamaba Brooks.
Cincuenta años de uso no han conseguido quitarle eso. Solo asoma en el último minuto de su vida, por medio de un cuchillo pequeño y un trozo de madera. Pero ha estado ahí todo el tiempo.
Por eso Red, cuando llegue a esa misma habitación y vea la frase, escribirá debajo la suya. No es un homenaje. Son dos hombres utilizados durante toda una vida que acaban haciendo lo mismo.
V. Su muerte no es culpa suya
Conviene dejar algo claro, porque muchas lecturas terminan afirmando lo contrario: Brooks no muere por ser «demasiado frágil», por «no tener suficiente fortaleza» ni por «carecer de capacidad de adaptación».
Hasta esa viga lo ha llevado un sistema entero. Lo encerró cincuenta años; dentro le asignó un puesto y le enseñó a creer que era útil. Al llegar a cierta edad lo puso en la calle con un empleo de embolsador, una habitación barata y una tarjeta para presentarse ante el servicio de libertad condicional. Después se desentendió. Nunca se preguntó qué quedaba de alguien tras cincuenta años de semejante uso, porque desde el principio hasta el final solo le interesó que sirviera.
Mientras pudo utilizarlo, lo utilizó. Cuando dejó de servirle, lo devolvió a la sociedad, que tampoco lo necesitaba. Nadie lo mata, nadie lo odia, ni siquiera lo trata mal: el encargado solo le pide que se dé prisa. Eso es todo. Y eso es lo más frío: no encontramos a un solo malvado en todo el proceso, pero un hombre acaba muerto.
Los dos próximos ensayos se ocuparán de Andy y Red. Veremos que Andy también puede vivir a salvo dentro de ese lugar por la misma razón: es útil. Y, una vez que lo vemos, aquellas cervezas en el tejado ya no saben igual.
Este ensayo se refiere a la película de 1994 dirigida por Frank Darabont. El original chino toma como referencia los títulos y diálogos de los subtítulos chinos de uso habitual. Los diálogos en español son versiones independientes a partir de ese ensayo, no citas de un doblaje ni de subtítulos oficiales.