Una herramienta reduce una tarea a la mitad. La empresa ve horas libres y las llena de inmediato. En la hoja de cálculo el progreso es claro: más producción por el mismo salario.
Pero el ahorro suele venir de experiencia, aprendizaje e ideas del trabajador. Si cada minuto ganado recibe al instante una nueva obligación, mejorar nunca hace su jornada más respirable.
La regla crea malos incentivos. Se pide innovar, pero la recompensa segura es una mayor densidad. La gente oculta atajos o trabaja más despacio para conservar un pequeño margen.
El tiempo ahorrado puede repartirse entre más resultados, calidad, formación, ensayo, ayuda mutua y descanso. La proporción depende del contexto; lo importante es que se discuta.
La eficiencia es un bien común cuando también lo son sus frutos. Si solo acelera la máquina y comprime la atención, el coste no ha desaparecido: se ha trasladado al cuerpo y a la mente de las personas.