Se acerca una fecha difícil y el equipo da más. Alguien se queda tarde, asume una tarea ajena o aplaza algo menos urgente. Ese esfuerzo puede ser libre, útil y motivo de orgullo compartido.

En el siguiente ciclo, la misma intensidad aparece ya como capacidad normal. El récord de ayer es la línea de base de hoy; quien vuelve a un ritmo sostenible parece haber rendido menos.

Así se borra la diferencia entre capacidad duradera y movilización excepcional. Las personas aprenden que ofrecer más equivale a perder un límite. Las prudentes esconden recursos y las generosas se agotan.

Tras un pico hay que hacer balance: qué fue adicional, por qué, durante cuánto tiempo y cómo se recuperará. Si la necesidad se vuelve estable, deben cambiar recursos u objetivos.

Reconocer no es solo dar las gracias. También es no apropiarse del regalo para convertirlo en deuda futura. El esfuerzo voluntario sobrevive cuando no será utilizado luego como prueba de una obligación ilimitada.