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Non Dubito

Cuentos de hadas · 05

¿Por qué vuelve Bella junto a la Bestia? Lo que un amor posterior no puede cambiar del comienzo

En La bella y la bestia, ella llega para salvar a su padre y vuelve después por decisión propia. ¿Cómo reconocer lo verdadero de esa vuelta sin borrar la amenaza que la llevó allí?

Han Qin ·

El mercader llega al palacio con frío y hambre, perdido en la nieve cuando intentaba volver a casa. No hay nadie, pero arde el fuego, la mesa está servida y en el establo hay forraje. Espera mucho; al final come, encuentra una cama para pasar la noche y recibe por la mañana ropa limpia y una bebida caliente. Al marcharse cruza el jardín y recuerda que su hija menor solo le pidió una rosa. Arranca una. Entonces aparece la Bestia, le reprocha que robe después de recibir hospitalidad y anuncia que pagará con la vida.

En el relato de Beaumont la rosa sí pertenece a la Bestia y él no tenía permiso para cogerla. Pero una palabra como ingratitud no salva por sí sola la distancia entre una flor y una vida. El mercader suplica de rodillas y explica la petición de su hija. Al saber que tiene hijas, la Bestia ofrece otra salida: si una acude voluntariamente a sufrir en su lugar, él no tendrá que morir. De lo contrario debe volver en tres meses. El padre promete regresar. Solo quiere ver otra vez a sus hijos, no sacrificar deliberadamente a una hija.

Vuelve con la rosa y cuenta lo ocurrido. Las hermanas culpan enseguida a la menor: su petición habría traído la desgracia. Bella decide ir. Los hermanos proponen combatir a la Bestia; el padre insiste en oponerse al relevo. Él es viejo, dice, y la vida de ella no debería perderse por la suya. Ella mantiene que está dispuesta a morir si así lo salva. No es un padre que la sube por la fuerza al caballo. Tampoco es una joven que elige visitar un palacio extraño desde una vida sin amenaza.

Cuando llegan, hay dos cenas preparadas. Bella se esfuerza en parecer alegre, aunque cree que la engordarán antes de devorarla. La Bestia aparece y pregunta si viene por voluntad propia. Ella tiembla y dice que sí. Al despedirse, el padre aún ofrece quedarse él para que ella vuelva. Bella se niega de nuevo. Su respuesta expresa valor y amor verdaderos, y se produce a la vez bajo una condición: si el padre no queda libre, puede morir. Oír únicamente que ella quiere no basta para llamar a esa elección libre de presión.

Después de la partida del padre llora. Luego decide recorrer el palacio durante el poco tiempo que cree que le queda. Encuentra una habitación con su nombre, libros, instrumentos y partituras que la sorprenden más que los muebles lujosos. Empieza a preguntarse por qué un anfitrión que piensa comérsela esta noche habría preparado tanto. Un espejo mágico le muestra al padre a salvo en casa. La espera de la muerte no ha desaparecido por completo, pero la lectura, la música y el espacio para pedir cosas empiezan a introducir vida en el lugar que ella creía su final.

Por la noche la Bestia llega a la mesa y pregunta si le permite verla cenar. Ella sigue asustada y contesta que decida él. La Bestia dice que, si su presencia la inquieta, basta con que le pida marcharse. Empiezan a hablar. Bella reconoce su aspecto temible y también su bondad; él admite que no es ingenioso ni sabe decir cosas bonitas. Ella va pudiendo comer. Pero cuando la Bestia le pregunta si quiere casarse, vuelve a aterrarse y tarda mucho en decir que no.

La Bestia emite un lamento que resuena por todo el palacio. Bella tiene motivos para temer: ese mismo ser condenó a muerte a su padre por una rosa, y ella no sabe qué puede provocar otro rechazo. Sin embargo, él no la ataca ni reclama otra vez la deuda paterna. Se despide y se va. Esta noche ya no es igual que el primer trato: él no ha recibido la respuesta deseada y ella sigue allí, a salvo hasta el día siguiente.

Durante los tres meses siguientes viene cada noche a conversar. Le falta el ingenio que el mundo admira, pero sabe hablar con seriedad, y Bella descubre cosas que la acercan a él. Ya no teme que lleguen las nueve: mira la hora esperando su visita. No deberíamos borrar de un plumazo esa convivencia por su comienzo aterrador. En los días nuevos ella ve de verdad a alguien y pasa del miedo a la costumbre, el aprecio y la espera.

Una cosa sigue inquietándola: todas las noches le pide casarse. Por fin ella explica que será siempre su amiga, pero no quiere darle falsas esperanzas de matrimonio. Poder decirlo abre un espacio real frente al primer sí, el de acudir a morir por su padre. Aun así, la petición repetida cada día puede impedir que una negativa cierre realmente el asunto. La Bestia ha respetado la respuesta de esa noche sin aceptar del todo el nombre que Bella da a su relación.

No hace falta apresurarse a declararlo bueno o malo. Una persona puede cuidar con buena voluntad y mantener una expectativa persistente, permitir un no y todavía esperar que, algún día, se vuelva sí. Que Bella lo vaya queriendo no significa que avance naturalmente hacia el matrimonio. La amistad puede ser real, el agradecimiento también, y también el deseo de pasar una noche conversando. Cada cosa necesita conservar su propio peso, en vez de quedar reducida a una fase de amor aún incompleto.

La Bestia le pide que prometa quedarse para siempre. Bella no promete eso: dice que extraña mucho a su padre, a quien ve solo y enfermo en el espejo, y que no resistirá si no vuelve a verlo. Al final él acepta enviarla a casa, aunque la pérdida le cause pena. Ella llora al oírlo, dice que no quiere provocar su muerte y ofrece volver en una semana. El plazo no es un ultimátum previo de la Bestia. Es un arreglo que ella propone al tener en cuenta tanto a su padre como a la Bestia.

A la mañana siguiente despierta en la habitación de su padre. Él la abraza largamente, feliz, y después llegan por magia sus vestidos y lo necesario para vivir. Por fin tiene un tiempo que no transcurre ante la Bestia. Puede hablar del palacio, echarlo de menos o dejar de pensar en él un rato. Para que volver sea una decisión suya, esa experiencia de ausencia importa: no solo responder ante el otro si quiere quedarse, sino descubrir de nuevo, donde él no la ve, cómo desea vivir.

Las hermanas sienten envidia al verla bien vestida y feliz. Ninguna tiene un matrimonio dichoso. Un marido solo se ocupa de su belleza; el otro usa su ingenio para burlarse de los demás. Fingen cariño y lloran para retener a Bella, esperando que rebase el plazo, enfurezca a la Bestia y sea devorada. Ella se queda unos días más, cada vez más preocupada por el amigo del palacio. La décima noche sueña que yace en el jardín, a punto de morir. Al despertar vuelve a pensar qué significa para ella.

Beaumont se detiene en esa reflexión. Bella piensa que ni la belleza ni el ingenio de un marido garantizan felicidad; la bondad, la dulzura y la consideración pueden sostener más. Admite que aún no siente un amor ardiente, pero sí un agradecimiento, un respeto y una amistad profundos. No es el flechazo tan familiar hoy ni una vuelta guiada solo por culpa sin juicio propio. Compara las vidas que valora y a la vez teme hacer sufrir a alguien que la ha tratado bien. Varias emociones componen la elección. No conviene quedarnos únicamente con la que nos facilita explicarla.

Sigue las instrucciones de la Bestia, deja el anillo sobre la mesa y despierta de vuelta en el palacio. Pasan las nueve y él no llega. Bella lo busca asustada. Recuerda el lugar del sueño y lo encuentra junto al agua del jardín, casi sin respirar. Trae agua y lo reanima. Él explica que, creyendo que Bella no volvería, decidió dejar de comer; poder verla de nuevo ya le basta. El cuerpo vuelve real la preocupación anterior y sitúa la decisión de Bella en un momento de extrema urgencia.

La pena de la Bestia puede ser auténtica; dejar de comer sigue siendo un acto suyo. Bella debe afrontar su retraso, la promesa y la espera que creó, pero el matrimonio no puede convertirse por ello en la única reparación. Quien teme que un amigo muera puede regresar, auxiliarlo, acompañarlo y explicar sin haber prometido ya amor. El cuento hace que Bella diga a continuación que será su esposa. Es su respuesta en ese momento, no una regla que todos los que son amados deban repetir.

Cuando acepta casarse, el palacio se llena de luces. La Bestia desaparece y ante ella está un príncipe que le agradece haber roto el hechizo. Pero Bella sigue buscando a la Bestia y pregunta dónde está. Esa duda breve dice más de su elección que el aspecto nuevo. Cuando regresó, no iba a encontrarse con el príncipe hermoso que aún no había aparecido. Volvía a ver a quien hablaba con ella cada noche a las nueve y ahora estaba tendido en el jardín.

El príncipe explica que un hada lo condenó a conservar aquella forma hasta que alguien quisiera casarse con él. La magia se ha roto realmente: no basta con decir que Bella ha cambiado su manera de mirar. Tampoco el nuevo cuerpo convierte los meses anteriores en una cáscara sin importancia. En aquel cuerpo conoció la bondad, el permiso para negarse y la inquietud. Si el nuevo príncipe merece su cercanía, también tendrá que poder recoger esa vida ya compartida, no ser únicamente un premio de mejor aspecto.

Al final el hada elogia que Bella haya preferido la virtud a la belleza y el ingenio, y el matrimonio es feliz. Las hermanas, en cambio, se vuelven estatuas conscientes de piedra, con posibilidad de liberarse solo cuando reconozcan sus faltas. La obra ofrece juntos premio y castigo; no podemos conservar solo su cara romántica. Bella no ha ordenado petrificarlas: su elección matrimonial y la pena del hada son actos distintos. Un final feliz puede reconocer su juicio y dejarnos todavía preguntar qué les sucede a los demás en ese mismo final.

Al mirar la relación entera, la amenaza de muerte inicial no pesa menos porque después haya amor. La Bestia usó la vida del padre para hacer que viniera su hija; ella creyó realmente que moriría. Su dulzura posterior muestra actos distintos, no que empezar amenazando sea un camino recomendable para conocerse. El amor puede cambiar en qué se está convirtiendo una relación. No puede hacer que su comienzo no haya ocurrido.

Tampoco aquella falta inicial de libertad puede decidir para siempre que todo afecto posterior de Bella no cuenta. Eso parece protegerla, pero vuelve a fijarla en su primera noche en el palacio y se niega a reconocer que después pueda observar, rechazar, marcharse y volver a elegir. No basta una afirmación de voluntad para justificar la amenaza. Haber sido amenazada tampoco la convierte en alguien incapaz de sentir nada verdadero durante el resto de su vida.

Quizá importe conservar los actos que cambian, en vez de dar a la relación un nombre permanente. Al llegar ocupa el lugar del padre ante el peligro. Después aprende a decir que no en la mesa. Más tarde vuelve a casa y dispone de un tiempo para pensar sin estar ante el otro; al final regresa con su propio juicio. Ninguno de esos momentos cancela los demás. Juntos permiten ver que una relación puede formarse de nuevo si las respuestas nuevas tienen de verdad ocasión de nacer de las personas mismas.

Cuando la Bestia se convierte en príncipe, Bella pregunta primero dónde está aquel con quien vivió. La identidad más presentable no hace que lo olvide. Podemos leer de la misma manera: aceptar que después quiere de verdad sin olvidar por qué vino; recordar la amenaza nacida de una rosa sin negar por eso que luego pueda amar. Volver a elegir no vuelve inocente al pasado. Impide que ese pasado sea el único con poder para decidir toda la vida que viene después.

Fuentes

Ensayo español completo e independiente del chino publicado, con la versión y el alcance de las referencias descritos abajo. No decide por Bella una infelicidad perpetua ni permite que la felicidad posterior borre el comienzo coercitivo. Distingue el cuidado, la amistad, el consentimiento matrimonial, el retraso y la decisión de dejar de comer; no los convierte en instrucciones para soportar un peligro real.

Nota de versión y lectura

La lectura sigue la versión breve de La bella y la bestia de Jeanne-Marie Leprince de Beaumont, publicada en 1756 en Magasin des enfants. Sus referencias son la transcripción de una antigua traducción inglesa de la cuarta edición de 1783 y una reimpresión francesa de 1883: no se presentan esas dos transcripciones posteriores como prueba de haber examinado un ejemplar de la primera publicación de 1756. Se conservan la oposición del padre a que su hija muera por él, las peticiones continuadas de matrimonio, la semana de regreso prometida por la propia Bella, la decisión de la Bestia de dejar de comer, la aceptación matrimonial anterior a la transformación y la petrificación de las hermanas. No se mezcla con la versión larga de Villeneuve de 1740 ni con adaptaciones audiovisuales. Las preguntas sobre la relación no constituyen un consejo de permanecer en relaciones peligrosas reales.