Cuentos de hadas · 04
Barba Azul entrega las llaves a su esposa: ¿qué protege la única puerta prohibida?
En Barba Azul solo hay una habitación vedada. Preguntar qué límite ha cruzado la esposa no basta si dejamos de preguntar qué hay detrás y quién decidió que nadie pudiera verlo.
Cuando Barba Azul pide casarse con una de las dos hermanas vecinas, ninguna quiere. Tiene casas hermosas, vajillas de oro y plata y carrozas doradas. Pero les asusta su barba y saben que se ha casado varias veces sin que nadie pueda explicar qué fue de aquellas mujeres. Después invita a las hermanas, a su madre y a sus amigos a pasar una semana en su casa de campo. Cazan y pasean de día, cenan y bailan de noche; casi no necesitan dormir de lo bien que lo pasan. Poco a poco la menor piensa que la barba no es tan azul y que él resulta muy amable.
Al mes de casados, Barba Azul anuncia un viaje de negocios y entrega a su esposa un gran manojo de llaves. Puede abrir armarios, muebles de plata, cofres de joyas y habitaciones, e invitar a sus amigos. Solo una llave pequeña tiene una prohibición: abre un cuartito al final del pasillo de abajo. No debe abrir esa puerta. Ella promete obedecer; él la abraza y se marcha. Tiene en la mano acceso a toda una casa y también al único lugar que le está vedado.
Perrault describe con detalle la tentación. Sus amigas llegan impacientes por ver cuanto posee la recién casada, admiran las habitaciones y envidian su suerte. Ella solo quiere saber cada vez más qué se oculta abajo. Abandona apresuradamente a las visitas, baja una escalera pequeña y está a punto de caerse. Ante la puerta recuerda la advertencia y vacila. Acaba metiendo la llave. No llega hasta allí tras una investigación ni para salvar a alguien de un peligro conocido. La mueve, de verdad, la curiosidad.
Al abrir no distingue nada. Las ventanas están cerradas y hay poca luz. Cuando los ojos se acostumbran ve sangre coagulada en el suelo y cuerpos de mujeres dispuestos junto a las paredes: las esposas anteriores, asesinadas una tras otra por Barba Azul. El susto hace que se le caiga la llave. Al recobrarse la recoge, vuelve a cerrar y sube. Las amigas aún celebran la riqueza. Ella ya sabe qué hace otra parte de esa casa con los cuerpos de sus dueñas.
A partir de ahí no basta con llamar a lo ocurrido desobediencia. Prometió no entrar, sí; pero los cadáveres no aparecieron porque ella abriera. Su acción reveló lo que el marido había hecho y dio un lugar a aquellas mujeres de paradero desconocido. Si seguimos mirando únicamente por qué no obedeció, las muertas volverán a la oscuridad, como si la única explicación debida fuera la de la llave que giró.
La intimidad necesita espacios que no haya que abrir enteramente al otro. Algunas habitaciones, cartas y partes del pasado deben poder reservarse: vivir juntos no anula la vida propia. Tampoco la prohibición de Barba Azul es de antemano prueba de un crimen solo porque diga «esta habitación no». Pero si lo protegido son los asesinatos sucesivos de sus esposas, ese límite no puede recibir el mismo respeto que una privacidad ordinaria. En este caso, impedir la entrada y evitar que se descubra un crimen han quedado unidos.
La esposa descubre sangre en la llave y la frota una y otra vez con agua, jabón y arena. No sale: al borrarla de un lado, reaparece en el otro. La llave es mágica. No solo abre una puerta; guarda la huella de quien la abrió. Ella pensaba que podría entrar, cerrar de nuevo y regresar a su vida. La llave hace imposible esconder el descubrimiento. En esa habitación, conocer la verdad y quedar expuesta son casi un solo acto.
Así aparece otra cara de la generosidad del marido. Entregó muchas llaves y permitió gozar de sus bienes e invitar amigos, pero conservó la capacidad de saber si la última puerta se abría. El original no dice que planeara deliberadamente una prueba ni explica que todas las esposas murieran por quebrantar la misma prohibición. No podemos añadirlo para perfeccionar la trampa. Sí vemos, esta vez, que el medio para entrar se convierte en medio para vigilar la obediencia, y devuelve a quien descubre los asesinatos ante el asesino.
Barba Azul regresa esa misma tarde: dice que ha recibido noticias por el camino y el asunto está resuelto. A la mañana siguiente pide las llaves y nota que falta la pequeña. Ella dice que la dejó sobre una mesa de arriba. Tras varias demoras, tiene que entregarla. Él ve la sangre y pregunta qué ocurrió. Aterrada, ella responde que no sabe. Él identifica enseguida que ha entrado y anuncia que ella volverá allí para acompañar a las mujeres que vio.
Su ocultación no es simétrica a la del marido que esconde asesinatos. No dice la verdad, pero intenta ocultar la huella de haber descubierto un crimen y teme lo que él vaya a hacerle. Barba Azul no exige sinceridad para escucharla y pensar juntos qué ha pasado. Busca confirmar una razón suficiente, para él, para matarla. Llamar a ambos secretos falta de franqueza impediría ver quién tiene el cuchillo y quién intenta seguir viva.
Ella se arrodilla, reconoce su falta y promete llorando obedecer en adelante. Él no cede: tiene que morir ahora. La esposa pide un poco de tiempo para rezar. Eso no cambia su decisión, pero abre un intervalo. Pide enseguida a su hermana Ana que suba a la torre y vea si llegan los dos hermanos. Habían prometido visitarla aquel día. Esa visita corriente se ha convertido en la única salida que alcanza a ver.
El relato pasa de la puerta prohibida a lo alto de la torre, del descubrimiento a la espera. Ella pregunta una y otra vez; Ana mira a lo lejos y al principio solo ve polvo al sol y hierba verde. Luego se acerca una nube de polvo: son ovejas. Por fin aparecen dos jinetes. Abajo, Barba Azul insiste en que baje, y cada respuesta de su esposa intenta ganar otro instante. No se salva convenciéndolo de nuevo. Los ojos de la hermana conectan la casa cerrada con el exterior que todavía se acerca.
Al final Barba Azul la agarra del pelo y levanta el cuchillo. En ese momento retumba la puerta y entran los dos hermanos, espada en mano. Él los reconoce y huye. Lo alcanzan cuando corre hacia el pórtico y lo matan. La esposa está casi tan sin vida como él: ni siquiera puede levantarse a recibir a sus hermanos. El rescate tiene aquí una condición muy concreta: el asesinato era inminente. No son parientes que, descontentos con un matrimonio, llegan a una casa ajena para vengarse.
El miedo puede hacer que alguien repase sin cesar qué hizo mal. Si no hubiera bajado, si no hubiera girado la llave, si hubiera logrado limpiar la sangre, quizá hoy no estaría en peligro. Hay una relación causal: abrir cambió su situación. Pero lo que volvió mortal el descubrimiento fue la decisión de alguien de matar a quien sabía. Entender el riesgo puede ayudar a sobrevivir. No debe descargar de responsabilidad a quien lo crea.
Perrault añade, en efecto, una moraleja contra la curiosidad. Su satisfacción es breve, dice, y su precio grande. Leer hoy desde el peligro de la esposa no autoriza a borrar lo que el autor quiso añadir. Sin embargo, el relato ya nos ha mostrado qué hay tras la puerta. Una advertencia sobre la curiosidad puede explicar, como mucho, de qué modo entró ella en el peligro; no explica suficientemente por qué el marido tendría derecho a matarla. Que una moraleja venga al final no la hace agotar todo lo ocurrido.
La segunda moraleja cambia de tono. Aquellos maridos terribles pertenecerían al pasado: hoy, del color que sea su barba, las esposas saben enseñarles quién manda en casa. El cierre burlón queda muy lejos de la mano que acaba de agarrar el pelo y levantar un cuchillo. No repite sin más la primera lección. Nos deja entre dos voces, una que reprende la curiosidad y otra que bromea sobre el poder conyugal. Entre ambas queda una mujer que estuvo a punto de ser el siguiente cadáver de la habitación.
Muerto Barba Azul, ella hereda sus bienes. Dedica parte a que su hermana se case con quien ama y otra a conseguir cargos militares para sus hermanos; después ella misma se casa con un buen hombre. Perrault le concede expresamente una vida feliz y hasta dice que el nuevo marido le hizo olvidar los sufrimientos anteriores. Podemos aceptar ese final sin inventarle un trauma imposible de reparar para demostrar que la respetamos. Que viva bien después no vuelve correcta la actuación de Barba Azul. Recomenzar tampoco exige convertir aquella relación en una etapa necesaria hacia la felicidad.
Más silenciosas quedan las esposas anteriores, las que no pudieron esperar hasta que llegaran sus hermanos. No tienen nombre, despedidas ni relatos de sus intentos de pedir ayuda. Solo quedan los cuerpos que la nueva esposa ve. La nueva vida pertenece a la superviviente: no compensa al mismo tiempo a las muertas. Al abrir la habitación, ella descubre que no es la primera en peligro. Nosotros no deberíamos reducir esos cuerpos a un decorado que hace más emocionante su rescate.
Lo más terrible de Barba Azul no es únicamente ocultar una habitación. Puede volver a presentar el daño que causa como una consecuencia que la otra merece por incumplir una regla. Decide qué no puede mirarse, decide el castigo de quien mire y acaba convirtiendo a las muertas que ya estaban allí en prueba de que ella no debía entrar. La esposa tiene que explicar cada paso; él parece no deber explicación alguna de la habitación misma.
Por eso la sangre de la llave señala más que la transgresión de la esposa. Señala la historia de la casa y a un hombre que exige continuamente a los demás que respeten los límites, mientras él ya ha pasado por encima de otras vidas. Ella puede estremecerse al recordar cómo su entrada imprudente aumentó el peligro y aprender en futuras relaciones a respetar espacios que no le pertenecen. Nada de eso exige cerrar otra vez la puerta y fingir que, si hubiera obedecido mejor, las mujeres de dentro no tendrían relación alguna con su matrimonio.
Fuentes
Reescritura española completa e independiente del ensayo chino publicado. Mantiene tanto las dos moralejas de Perrault como las preguntas que el relato permite abrir; no convierte la curiosidad en una investigación que el texto no cuenta ni inventa motivos para cada asesinato. La lectura distingue privacidad, ocultación criminal, descubrimiento y peligro sin sustituir el desenlace feliz por una biografía imaginada.
Nota de versión y lectura
La lectura sigue «Barba Azul» de Charles Perrault (La Barbe bleue, 1697), con referencia al original francés y al texto inglés, incluidas las dos moralejas, procedente de El libro azul de los cuentos de hadas de Andrew Lang (1889). Se conservan la curiosidad de la esposa, la sangre mágica, el regreso del marido ese mismo día y su petición de las llaves a la mañana siguiente, la vigilancia de Ana desde la torre, el rescate inmediato y la vida feliz posterior. El original no explica por separado por qué murieron las esposas anteriores ni afirma que el viaje fuera una trampa preparada. Esta lectura no inventa esos dos hechos ni confunde mantener oculto un crimen con una privacidad legítima.