Una molestia compartida hace fluir la conversación. «No soy el único que lo ve» rompe el aislamiento.
La oposición común también puede nombrar un daño real y sostener a quienes lo padecen. No siempre es mezquina.
Pero un vínculo construido solo contra un enemigo queda vacío cuando desaparece y quizá busque otro objetivo.
A «¿contra qué estamos?» añadamos «¿qué queremos hacer juntos después?»
Un nosotros duradero tiene algo que proteger o crear cuando el adversario común deja el centro.