Todo grupo necesita límites para cuotas, deberes y confidencias. Sin ellos, la acción común se vuelve confusa.
El límite se vuelve peligroso cuando estar fuera autoriza desprecio o uso. La unidad interior se alimenta entonces de humillación.
Esa lógica suele regresar adentro. Quien deja de ser útil o discrepa pasa de pronto a ser extranjero.
Una frontera sana define la participación sin borrar dignidad y justicia básica fuera de ella.
El carácter del grupo no se ve solo en la bondad con sus miembros, sino en lo que deja a quien no puede ofrecerle ventaja.