Madre, profesor o responsable: los papeles contienen deberes y criterios de los que la personalidad no nos libera.

Pero un papel nunca es la persona completa. No concede propiedad sobre el tiempo privado, la conciencia ni el rumbo vital.

El peligro aparece cuando «un buen empleado lo haría» transforma una entrega no acordada en examen moral.

Nombrar tarea, tiempo y criterio separa el deber limitado de la lealtad sin fin.

Un buen papel facilita actuar, ser sustituido y salir, y deja una vida propia después de terminar.