Un precio alto puede reflejar material, oficio o escasez. Es razonable usarlo como indicio.

Cuando sabemos poco, se convierte en prueba de calidad y luego de éxito o gusto de quien posee el objeto.

El mercado muestra condiciones de intercambio. No sabe cuánto lo usaremos, cuidaremos o disfrutaremos.

Imagina el precio oculto y pregunta qué mirarías. La cifra vuelve así a ser un dato entre otros.

Si elegimos lo caro, conviene saber qué pagamos: duración, reparación, trabajo, rareza o marca. Hacer visible la razón nos separa del precio mismo y une el pago a un valor que decidimos apreciar.