Decir «ya no obedeceré» puede devolver aire a quien ha vivido bajo expectativas asfixiantes. Esa negación es a veces imprescindible.
Sin embargo, solo despeja un espacio; no decide qué poner en él. Elegir exactamente lo contrario del plan familiar todavía puede dejarnos gobernados por ese plan.
Una dirección propia no es una respuesta puesta del revés. Hay que probar una actividad, conocer su tedio y su dificultad, y ver si seguimos regresando.
Incluso podemos elegir de nuevo algo que antes nos impusieron. El mismo oficio deja de ser obediencia si ahora podemos examinar y asumir sus razones.
La libertad empieza con el no y toma forma en un sí provisional: esto es lo que decido intentar. La salida aún no es el destino.