El elogio sostiene el esfuerzo y da valor a quien aún duda. También informa de algo real: nuestro trabajo ha alcanzado a otra persona.

Pero puede convertirse en un papel. Ser siempre «la brillante» o «el responsable» hace que cualquier desvío parezca una pérdida de valor.

Revisar la meta se vive entonces como traición a quienes nos apoyaron. Conservar su imagen de nosotros empieza a sustituir nuestro juicio.

Podemos aceptar el reconocimiento sin entregarle el futuro. Evalúa algo ya hecho; no firma un contrato sobre la persona que debemos seguir siendo.

Un buen apoyo protege la libertad de continuar, pero también la de probar otro rumbo y atravesar una etapa en la que todavía no hay nada que admirar.