Tras meses de conversación, dos socios conocen sus sueños y miedos y descubren que quieren construir empresas diferentes.

Insistir en persuadir bajo el nombre del diálogo apartaría la mirada de una realidad que ya se volvió clara.

Respetar al otro y mantener el mismo proyecto son cosas distintas; separarse puede cuidar mejor ambas.

Queda repartir bienes, responsabilidades y méritos pasados con toda la atención posible.

«No podemos hacerlo juntos» puede ser la conclusión honesta de una comprensión lograda.