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Historia china · 25 ensayos · 13 / 25

Ensayo 13: Los Jin occidentales, los Jin orientales y los Dieciséis Reinos: la primera interrupción prolongada de la versión 3.0

En el año 280, los Jin occidentales acabaron con Wu y reunificaron el imperio. La unidad había costado mucho: contando desde el final de los Han orientales, la división había durado casi un siglo.

En el año 280, los Jin occidentales acabaron con Wu y reunificaron el imperio. La unidad había costado mucho: contando desde el final de los Han orientales, la división había durado casi un siglo.

Pero aquella unidad solo se mantuvo once años.

En 291 estalló la Guerra de los Ocho Príncipes. Los dieciséis años de guerra civil que siguieron agotaron la fuerza militar y la capacidad administrativa de los Jin occidentales. En 304, Liu Yuan, de origen xiongnu, fundó en Shanxi el Estado de Han, que más tarde pasaría a llamarse Zhao Anterior. Era el comienzo de la llegada masiva de los pueblos del norte al poder en la Llanura Central. En 316, Zhao Anterior tomó Chang'an y capturó al emperador Min de Jin. Los Jin occidentales habían terminado. En 317, Sima Rui, príncipe de Langya, asumió en Jiankang el título de rey de Jin: comenzaban los Jin orientales. En 318 adoptó el título de emperador.

Desde 316 hasta la conquista de Chen por los Sui en 589, la separación entre el norte y el sur se prolongó casi trescientos años.

Esos tres siglos ocupan un lugar muy particular en la ley del ciclo de cincelar y construir. Cada derrumbe anterior de una construcción política —al final de Xia, Shang, Zhou Occidental, Qin, Han Occidental y Han Oriental— había dado paso a una reconstrucción relativamente rápida. O bien se reiniciaba la misma versión, como hizo Liu Xiu con la 3.0, o bien se pasaba a una versión nueva: Qin saltó de la 1.0 a la 2.0; el emperador Wu de Han, de la 2.0 a la 3.0. La rapidez de la reconstrucción indicaba que seguía viva la memoria de funcionamiento del viejo sistema, que la sociedad conservaba su capacidad de organizarse y que aún existían las condiciones necesarias para recuperarlo.

Una división de trescientos años era algo completamente distinto. Trescientos años bastan para borrar toda memoria de funcionamiento. Cuando los Sui y los Tang reunificaron por fin el territorio, no encontraron un viejo sistema que se pudiera reiniciar sin más. Encontraron unas ruinas que exigían una reconstrucción a fondo. La versión 3.0 no se reinició: se reescribió.

Pero esa reescritura pertenece a una historia posterior. Este ensayo se ocupa primero de los trescientos años de división: cómo se llegó a ellos, qué caminos siguieron el norte y el sur, y de qué manera esos caminos fueron reuniendo los materiales de la futura reconstrucción.

I. La Guerra de los Ocho Príncipes: el sistema se destruye al perder sus contrapesos

En el ensayo anterior analizamos la configuración de la casa Sima: un gobierno compartido con la aristocracia letrada que convertía a los grandes clanes, antes un resto, en el fundamento de la construcción. Esa configuración eliminaba el espacio para los contrapesos. Todos los que ejercían el poder pertenecían a la misma clase; no había una fuerza exterior capaz de actuar como árbitro.

La Guerra de los Ocho Príncipes fue la manifestación plena de ese defecto.

A primera vista, se trataba de una lucha por el poder dentro de la familia imperial Sima. Sima Yan, el emperador Wu de Jin, había otorgado principados a numerosos miembros de su casa, con verdadero mando militar y autoridad administrativa sobre sus territorios. Su argumento era que había que aprender de lo ocurrido con Cao Wei: la debilidad de su familia imperial había permitido que los Sima usurparan el trono. Pero aquella «corrección» se pasó de largo. El problema de Cao Wei era que sus príncipes no tenían tropas y, por tanto, nadie podía impedir que una familia de ministros ajena a la casa imperial, como los Sima, usurpara el poder. La «solución» de los Jin occidentales consistió en dar tropas a los príncipes. El resultado fue que los príncipes empezaron a guerrear entre sí.

Desde el punto de vista estructural, aquella guerra puso al descubierto un dilema más profundo del sistema operativo 3.0: no sabía qué lugar dar a la familia imperial.

¿Darles tropas a los miembros de la casa reinante? Acabarán peleándose entre ellos: la Guerra de los Ocho Príncipes. ¿No dárselas? Un ministro de fuera usurpará el trono: los Sima y el final de Wei. ¿Darles unas cuantas, pero no demasiadas? ¿Dónde está la raya entre «unas cuantas» y «demasiadas»? Ningún diseño institucional puede trazarla con precisión, porque cuánto es suficiente depende de la persona concreta. Dale cien mil soldados a un príncipe leal y defenderá la frontera. Dale diez mil a un ambicioso y se rebelará. Pero, cuando repartes los principados, no sabes quién será leal y quién será ambicioso. Solo puedes apostar.

Los dieciséis años de la Guerra de los Ocho Príncipes consumieron las tropas de élite de los Jin occidentales, hicieron pedazos su aparato administrativo y destrozaron el orden social hasta volverlo insostenible. Para ganar la guerra civil, los distintos bandos reclutaron grandes contingentes de caballería entre los xiongnu, los xianbei y otros pueblos del norte que se habían asentado dentro del imperio. Era como entregar armas a un grupo de personas que no sentían lealtad alguna hacia Jin y esperar que, terminada la batalla, las devolvieran dócilmente y regresaran a sus casas a cultivar la tierra.

No devolvieron las armas. Con ellas fundaron sus propios Estados.

El balance final de la Guerra de los Ocho Príncipes fue este: Jin abrió su propia caja de Pandora. El acceso de los pueblos del norte al poder en la Llanura Central no fue el resultado de una invasión exterior, sino el producto de un derrumbe interno. La propia dinastía los había invitado a entrar como mercenarios. Después, la propia dinastía destruyó la autoridad central que podía controlarlos. El sistema se suicidó; no lo asesinaron.

II. La catástrofe de Yongjia y el éxodo de las túnicas y los tocados: la fractura física de la versión 3.0

Tras la caída de Chang'an en 316, una gran cantidad de familias de la aristocracia letrada y de gente común de la Llanura Central emigró hacia el sur. Es lo que se conoce como el «cruce al sur de las túnicas y los tocados»: atravesar el Yangtsé con las vestimentas, los ritos y la música, las genealogías familiares y la memoria cultural a cuestas, para rehacer la vida al otro lado del río.

El éxodo tuvo una magnitud enorme. Según algunas estimaciones, en su momento de mayor intensidad la población trasladada al sur pudo acercarse al millón de personas. Las cifras varían mucho de una fuente histórica a otra, pero el orden de magnitud debió de situarse entre varios cientos de miles y un millón. No viajaban individuos dispersos, sino familias y comunidades enteras que conservaban su organización: cada clan se llevaba a sus arrendatarios, sus tropas privadas y sus bienes. Algunos grandes linajes trasladaron incluso su propio aparato administrativo. Así nacieron las llamadas «comandancias de emigrados» y los «distritos de emigrados», nuevas unidades administrativas bautizadas con los antiguos nombres de sus lugares de origen en el norte.

Desde el punto de vista de la construcción, aquel éxodo fue una fractura física del sistema operativo 3.0. Su hardware —burocracia, ejércitos, población— y su software —ideología confuciana, redes de la aristocracia letrada, tradiciones culturales— quedaron partidos en dos. La mayor parte del hardware permaneció en el norte: la tierra, las ciudades y las infraestructuras no se pueden llevar a cuestas. La mayor parte del software se marchó al sur con las personas.

Esa forma de partir el sistema determinó los caminos completamente distintos que recorrerían después el norte y el sur.

El sur heredó el software de la versión 3.0: las redes de los linajes letrados, el discurso confuciano, la cultura de los ritos y la música y el relato de legitimidad ortodoxa. Pero su base de hardware era débil. En aquella época, el sur estaba mucho menos desarrollado que el norte: producía menos, tenía menor densidad de población y una red de comunicaciones menos extensa.

El norte conservó la base de hardware de la versión 3.0: la fértil cuenca del río Amarillo, una población densa, una red urbana consolidada y un sistema agrícola maduro. En cambio, su software había sufrido daños gravísimos. Buena parte de la aristocracia letrada había emigrado al sur, la administración se había derrumbado y la red que difundía la ideología confuciana se había roto.

Los trescientos años siguientes serían el proceso por el que ambas mitades intentaron reconstruir un orden completo, cada una con su mitad incompleta del sistema.

III. Los Jin orientales: una construcción de gobierno compartido entre grandes linajes

Los Jin orientales no se fundaron gracias al poder de la casa imperial Sima: para entonces, hacía tiempo que los Sima carecían de una fuerza militar independiente. Se fundaron gracias al apoyo de los linajes letrados que habían emigrado al sur.

Wang Dao y Wang Dun, las dos figuras centrales del clan Wang de Langya, sostuvieron a Sima Rui para que accediera al trono en Jiankang. Wang Dao se encargaba de los asuntos de gobierno; Wang Dun, de los militares. Quien movía realmente los hilos en la fundación de los Jin orientales no era el emperador, sino la familia Wang. Un dicho de la época lo resumía: «Wang y Ma comparten el imperio». Los Wang y los Sima eran copropietarios de aquel régimen.

No era una exageración. Era una descripción exacta de la estructura política de los Jin orientales.

Podemos llamar a esa configuración una «construcción de gobierno compartido entre grandes linajes». Estaba emparentada con la «construcción de gobierno compartido con la aristocracia letrada» de los Jin occidentales, pero había diferencias importantes.

El gobierno compartido de los Jin occidentales formaba un sistema de alcance nacional cuyo centro era el poder imperial. El emperador cooperaba con los linajes letrados, pero seguía siendo, al menos nominalmente, la autoridad suprema. El sistema de selección de funcionarios por evaluadores y nueve rangos se aplicaba de manera uniforme en todo el país.

En los Jin orientales, el reparto del poder era mucho más profundo. La casa del emperador era una más entre varios grandes linajes, y ni siquiera la más fuerte. El poder iba pasando de la familia imperial a las grandes casas aristocráticas y de unas a otras. A Wang Dao lo sucedieron Yu Liang y Yu Bing; después vinieron Huan Wen y Huan Chong; luego, Xie An y Xie Xuan. En cada etapa, un gran clan dirigía la política de la corte y el emperador se acomodaba.

El funcionamiento de esta configuración tenía varias características.

Primera: la separación entre el poder militar y el poder político.

El núcleo de la fuerza militar de los Jin orientales se encontraba río arriba por el Yangtsé, en Jingzhou. Quien mandara sus tropas disponía de una ventaja militar sobre el gobierno central: podía descender por el río y atacar directamente Jiankang. La corte central, en cambio, estaba en Jiankang y controlaba la administración y la legitimidad cultural.

El reparto habitual era el siguiente: una gran casa dominaba las fuerzas de Jingzhou —Wang Dun, Huan Wen, Huan Xuan— y otra controlaba la administración central —Wang Dao, Xie An—. Entre ambas se establecía un equilibrio tenso. Si al que mandaba las tropas le entraban ganas de usurpar el trono, como le ocurrió a Huan Wen, quien dominaba la corte recurría a la legitimidad y a una alianza con otros grandes linajes para hacer de contrapeso.

Segunda: las expediciones al norte como instrumento político.

A lo largo del siglo de existencia de los Jin orientales hubo varias expediciones al norte: las de Zu Ti, Yu Liang, Yin Hao, Huan Wen y Liu Yu. Pero ni sus motivos ni sus resultados fueron los mismos.

La de Zu Ti quizá fuera la más sincera: él sí quería recuperar la Llanura Central. Sin embargo, el apoyo que recibió fue muy limitado, porque los linajes emigrados que ocupaban el centro de la corte no sentían verdadero entusiasmo por aquella empresa. ¿Por qué? Porque en el sur habían conseguido una posición mejor que la que tenían en el norte. Allí eran uno más entre muchos linajes letrados. En el sur eran los «apellidos emigrados», los señores de categoría superior que habían cruzado el río y estaban por encima de la aristocracia local. El éxito de una expedición significaba volver al norte, a un lugar donde ya habían perdido sus tierras y su base social. Mejor quedarse en el sur y seguir por encima de los demás.

Los motivos de Huan Wen eran más complejos. Sus campañas tenían auténticos objetivos estratégicos, pero también una intención política muy marcada: acumular victorias y prestigio para preparar la futura usurpación del trono. Después de una expedición preguntó a sus subordinados: «¿Se me puede comparar con Liu Kun y Tao Kan?». Le respondieron que sí. Insatisfecho, volvió a preguntar: «¿Y con Wang Dun?». El mensaje de fondo ya no tenía que ver con recuperar el norte: Wang Dun era precisamente el hombre que había estado a punto de usurpar el trono.

En la vida política de los Jin orientales, las expediciones al norte no eran un asunto militar, sino una pieza del juego entre grandes linajes. Quien controlaba las tropas las utilizaba para acrecentar su poder; quien controlaba el gobierno las obstaculizaba o las limitaba para impedir que el otro creciera demasiado. Así, recuperar el norte nunca llegó a convertirse en un objetivo estratégico de todo el Estado. Cada campaña era el proyecto privado de una casa aristocrática, no la expresión de una voluntad nacional.

Tercera: la exclusión sistemática de los grandes clanes originarios del sur.

Una grieta profunda separaba a la aristocracia letrada del norte que había cruzado el río, los «apellidos emigrados», de los linajes letrados del sur, los «apellidos de Wu». Los primeros se consideraban superiores: poseían la ortodoxia cultural de la Llanura Central y las genealogías de las grandes familias norteñas. Los segundos tenían tierras y población bajo su control efectivo en el sur, pero en la jerarquía política quedaban por debajo de los recién llegados.

La función de aquel arreglo era inequívoca: usar la jerarquía cultural para mantener a raya el poder económico. Los apellidos de Wu tenían dinero, tierras y gente, pero estaban marginados políticamente. Si entraban en el núcleo del poder, la posición privilegiada de los apellidos emigrados dejaría de estar a salvo.

Pero aquel arreglo también generó un resto duradero: se fueron acumulando las aspiraciones políticas de las fuerzas locales del sur sin encontrar salida. Esas aspiraciones comenzaron a aflorar en las etapas media y final de los Jin orientales. En las rebeliones de Sun En y Lu Xun había un componente de resistencia de los poderes sureños al dominio de los linajes emigrados. Liu Yu, que finalmente derribó a los Jin orientales, era a su vez un general del Ejército de Beifu, formado por refugiados que habían emigrado al sur. Su ascenso representaba una fuerza nueva: ni las grandes casas emigradas ni los poderosos clanes locales, sino una nueva élite militar, una clase de hombres de armas que había crecido en los resquicios del sistema aristocrático.

Quien puso fin a la construcción de gobierno compartido entre linajes no fue otro linaje, sino un resto nuevo que aquel sistema no podía digerir: los militares.

IV. Los Dieciséis Reinos: la rápida sucesión de las construcciones del caudillo militar

La historia del norte fue completamente distinta de la del sur.

Entre la fundación del Estado de Han por Liu Yuan en 304 y la reunificación del norte por los Wei del Norte en 439 transcurrieron ciento treinta y cinco años. En ese intervalo surgieron allí más de veinte Estados. Los libros de historia agruparon a los más importantes bajo el nombre de los Dieciséis Reinos.

Entre sus fundadores había xiongnu —Zhao Anterior y Liang del Norte—; jie —Zhao Posterior—; xianbei —Yan Anterior, Yan Posterior, Yan del Sur, Qin Occidental y Liang del Sur—; di —Qin Anterior y Liang Posterior—; qiang —Qin Posterior—, y han —Liang Anterior, Liang Occidental, Yan del Norte y Ran Wei—. La composición étnica era extraordinariamente compleja.

Sin embargo, cualquiera que fuese el origen de sus fundadores, todos esos Estados se parecían mucho en su configuración: eran construcciones del caudillo militar. Un hombre con talento para la guerra, normalmente un jefe tribal o un general, conquistaba un territorio por la fuerza, fundaba un Estado y se proclamaba rey o emperador. La estabilidad del régimen dependía por completo de su capacidad personal y de la lealtad de las tropas que mandaba directamente. Muerto el caudillo, el Estado se dividía, porque su sucesor no podía sujetar a los demás jefes militares, o era destruido por otro caudillo.

Ese es el estado por defecto cuando sobrevive el hardware del sistema operativo 3.0 —tierras, población, ciudades—, pero falta su software: ideología, aparato burocrático y relato de legitimidad. Sin una ideología que organice la sociedad, la violencia es el único principio organizador. Sin burocracia que administre los territorios, la ocupación militar es la única forma de gestión. Sin un relato de legitimidad que responda a «¿por qué tú?», solo queda una respuesta: «Porque sé pelear».

La construcción del caudillo militar se caracteriza por una velocidad de recambio altísima. En ciento treinta y cinco años surgieron más de veinte Estados, unos después de otros y otros al mismo tiempo: el recambio era vertiginoso. No era que sus fundadores fueran especialmente ineptos. Muchos tenían un talento militar considerable: Shi Le pasó de esclavo a emperador y Fu Jian llegó a unificar todo el norte. Lo que ocurría era que la propia estructura de esta construcción no permitía una vida larga.

La razón por la que la construcción del caudillo militar no podía durar se parecía al problema de Qin, aunque se manifestara de otra manera: era incapaz de pasar de «conquistar el imperio» a «gobernar el imperio».

Conquistar el imperio requiere la capacidad personal del jefe militar y la lealtad de sus tropas. Gobernarlo exige un aparato administrativo, un consenso social y una transmisión institucionalizada del poder. Los caudillos suelen ser muy buenos en lo primero y poco diestros en lo segundo. Además, triunfar en lo primero dificulta construir lo segundo. Si puedes resolver los problemas con tu propia fuerza militar, ¿para qué vas a tomarte el trabajo de levantar una burocracia? Si tus jefes militares se han acostumbrado a resolver sus disputas por la violencia, ¿cómo conseguirás que acepten un reparto institucional del poder?

Shi Le es un caso interesante. Era de origen jie, fue vendido como esclavo de joven y después ascendió gracias a la guerra hasta fundar Zhao Posterior. Durante su reinado intentó promover la sinización, abrió escuelas y empleó a letrados confucianos para gobernar. Pero no habían pasado dos años de su muerte cuando su sobrino Shi Hu se hizo con el poder mediante un golpe. Shi Hu fue un gobernante de pura violencia: su régimen se sostuvo con terror y explotación. Tras su muerte, Zhao Posterior se derrumbó por completo en pocos años.

La historia de Shi Le muestra que, aun cuando un caudillo tiene la voluntad y la capacidad de construir instituciones, es muy difícil que su obra le sobreviva. Las instituciones que ha creado no han crecido de forma natural en un suelo social normal: se han injertado sobre una estructura de poder basada en la violencia. Ese injerto carece de raíces propias. En cuanto muere quien lo realizó, se marchita.

La rápida sucesión de los Dieciséis Reinos tuvo un efecto secundario positivo: aceleró la mezcla de los pueblos del norte. Cada cambio de régimen llevaba aparejados grandes movimientos de población y una reorganización de sus comunidades. Durante ciento treinta y cinco años, las guerras revolvieron una y otra vez a aquellos pueblos. Había xiongnu que ejercían de funcionarios en Estados xianbei, han que trabajaban como consejeros en Estados jie y jefes di que educaban a sus hijos con los clásicos confucianos. En la batidora de la guerra, las fronteras culturales se fueron desdibujando.

Aquella mezcla no fue pacífica, voluntaria ni entrañable. Fue violenta, forzada y sangrienta. Pero sus efectos fueron reales. Cuando los Wei del Norte reunificaron el norte en 439, su sociedad ya no era puramente han ni puramente hu (la denominación de los pueblos no han del norte). Era una mezcla: una forma nueva de civilización, todavía sin cristalizar, que buscaba su propia identidad.

V. Qin Anterior: el fracaso que más cerca estuvo del éxito

Entre los más de veinte Estados del período de los Dieciséis Reinos, Qin Anterior merece un análisis aparte.

Fu Jian, de origen di, fue el tercer emperador de Qin Anterior. Con la ayuda de Wang Meng consiguió algo que casi ninguno de los soberanos de los Dieciséis Reinos había logrado: establecer una administración relativamente estable.

Wang Meng era han y de familia pobre, pero poseía un talento político extraordinario. La relación entre Fu Jian y Wang Meng se ha comparado con la de Liu Bei y Zhuge Liang: uno aportaba fuerza militar y determinación política; el otro, capacidad de gobierno y construcción institucional.

La forma de gobernar que Wang Meng implantó en Qin Anterior se acercaba a los parámetros de la versión 3.0: combatir a los potentados, fueran hu o han; gobernar conforme a la ley; seleccionar a las personas por su capacidad y no por su cuna; desarrollar la agricultura y la educación. Bajo su administración, la región de Guanzhong recuperó el orden y la prosperidad.

Para la década de 370, Qin Anterior ya había unificado todo el norte, con excepción del territorio de los Jin orientales. Fu Jian se convirtió en el primer soberano de los Dieciséis Reinos —y en el único— que reunificó el norte desde la caída de los Jin occidentales.

Entonces tomó una decisión fatal: marchar al sur contra los Jin orientales. En 383, en la batalla del río Fei, Qin Anterior sufrió una derrota devastadora.

No hace falta detenerse en el desarrollo militar de la batalla. Desde el punto de vista de la construcción, la derrota del río Fei reveló una debilidad fundamental de la configuración de Qin Anterior: era una alianza militar multiétnica, no un Estado unificado con una identidad compartida.

Fu Jian había reunificado el norte mediante la conquista militar. Los Estados de los pueblos sometidos —el Yan Anterior de los xianbei, el Qiuchi de los di y otras muchas fuerzas locales— se habían incorporado al sistema de Qin Anterior, pero su lealtad era mínima. Obedecían a Fu Jian porque no podían vencerlo, no porque se identificaran con él. En cuanto sufrió un gran revés militar, el del río Fei, los conquistados se rebelaron. Qin Anterior se desmoronó después de aquella batalla tan deprisa como la dinastía Qin: en menos de dos años había quedado hecho pedazos.

Las últimas palabras de Wang Meng antes de morir fueron de una precisión extraordinaria: «Aunque Jin se encuentra apartado en las tierras remotas de Wu y Yue, conserva la sucesión legítima. Acercarse a los hombres benevolentes y mantener la amistad con los vecinos son tesoros de un Estado. Cuando vuestro servidor haya muerto, os ruego que no hagáis de Jin el blanco de vuestros planes. Los bárbaros xianbei y qiang son nuestros enemigos; acabarán por causarnos desgracias. Conviene eliminarlos poco a poco».

Wang Meng había visto dos cosas. Primera: por mucho que los Jin orientales se refugiaran en un rincón del territorio, poseían legitimidad ortodoxa, y atacarlos tendría un coste político altísimo. Segunda: el peligro verdadero estaba en los xianbei, los qiang y los demás pueblos conquistados. Se habían sometido de nombre, pero en la práctica estaban dispuestos a rebelarse en cualquier momento. Primero había que resolver el problema interno —«conviene eliminarlos poco a poco»— y después pensar en la expansión exterior.

Fu Jian no le hizo caso. Eligió la expedición al sur. El desenlace confirmó todos y cada uno de los juicios de Wang Meng.

La lección de Qin Anterior guarda un eco de la configuración de Cao Cao: la eficacia de una estrategia de contención por la fuerza depende enteramente de quien la maneja. Mientras vivió Wang Meng, el gobierno interno funcionó bien y los pueblos conquistados estuvieron eficazmente sometidos. Después de su muerte, en 375, Fu Jian se quedó sin alguien que se ocupara por él de los asuntos internos, mientras su propia atención se desviaba hacia la campaña del sur. El resto interno empezó a acumularse. La derrota del río Fei solo apretó el gatillo: la verdadera causa del derrumbe fue que, durante los ocho años transcurridos desde la muerte de Wang Meng, aquel resto había alcanzado su punto crítico.

Qin Anterior fue el Estado de los Dieciséis Reinos que más cerca estuvo de triunfar y aquel cuyo fracaso dejó la lección más reveladora. Demostró que, en un mundo donde conviven muchos pueblos y muchas fuerzas, la conquista militar puede producir una unidad formal, pero, si no la siguen la integración cultural y la construcción de instituciones, esa unidad se rompe al primer golpe. Su solidez no depende del tamaño de la fuerza militar, sino de la profundidad de la identificación de la sociedad con ella.

VI. Norte y sur frente a frente: dos experimentos paralelos

Al comparar los Jin orientales con los Dieciséis Reinos aparece un contraste estructural interesante.

El problema del sur: tenía software, pero no hardware.

Los Jin orientales heredaron todos los recursos ideológicos de la versión 3.0: el discurso confuciano, la legitimidad ortodoxa, las redes de la aristocracia letrada y la tradición cultural de los ritos y la música. Pero carecían de la base de hardware necesaria para convertir ese software en control efectivo. Su fuerza militar era insuficiente: dependían de tropas semiautónomas como el Ejército de Beifu. Su desarrollo económico era limitado: el desarrollo a gran escala del sur no se aceleraría hasta las Dinastías del Sur. Y su capacidad administrativa era débil: el control del centro sobre los territorios distaba mucho del que habían ejercido los Han occidentales y orientales.

El resultado era un régimen con cultura y argumentos, pero sin fuerza. Los Jin orientales podían justificar su posición —por qué eran la dinastía legítima—, pero no ampliar sus dominios: las expediciones al norte fracasaban una y otra vez. Podían mantener la situación existente, pero no cambiarla.

El problema del norte: tenía hardware, pero no software.

Los Estados de los Dieciséis Reinos controlaban las tierras más ricas de China, la cuenca del río Amarillo, su población más densa y su red de ciudades más consolidada. Pero les faltaba el software capaz de organizar eficazmente esos recursos materiales. No tenían una ideología común: las tradiciones culturales de los distintos pueblos eran incompatibles entre sí. No disponían de una burocracia madura: ocupar militarmente un territorio no equivale a administrarlo. Tampoco poseían un relato de legitimidad aceptado de forma amplia: «Porque sé pelear» no es una fuente de legitimidad que pueda durar.

El resultado era fuerza sin rumbo. Los Dieciséis Reinos podían guerrear y expandirse, pero no estabilizarse ni perdurar. Un Estado destruía a otro; poco después, incapaz de sostenerse, era destruido por un tercero. El hardware se formateaba y se reinstalaba una y otra vez, pero seguía faltando un sistema operativo capaz de funcionar de manera estable.

La comparación entre el norte y el sur descubre una verdad elemental sobre la construcción: el software y el hardware tienen que encajar.

Solo software, como los Jin orientales: puedes explicar por qué tienes razón, pero no puedes convertir esa razón en realidad. Tu razón se queda en una abstracción, suspendida en el aire y sin fuerza.

Solo hardware, como los Dieciséis Reinos: tienes fuerza para hacer muchas cosas, pero no sabes qué debes hacer. Tu fuerza es ciega, se consume a sí misma y termina por destruirse.

A ambos les faltaba una mitad. Ambos buscaban al otro. El sur necesitaba fuerza para hacer efectiva su legitimidad; el norte necesitaba instituciones para estabilizar su fuerza. La solución definitiva vino del norte. Las reformas de sinización del emperador Xiaowen de los Wei del Norte consistieron, en esencia, en instalar una versión mejorada del software sobre el hardware norteño. Pero eso pertenece al próximo ensayo.

VII. Qué significan trescientos años de división para la ley del ciclo

¿Qué lugar ocupan esos trescientos años de división en la ley del ciclo de cincelar y construir? Aportan varias experiencias que no habían aparecido antes.

Primera: una construcción puede quedar interrumpida mucho tiempo, pero su memoria no desaparece por completo.

Trescientos años son muchos años. En ese tiempo, el norte y el sur siguieron caminos completamente distintos. Sin embargo, cuando los Sui y los Tang reunificaron por fin el territorio, en el marco institucional que establecieron todavía se reconocía la lógica de fondo de la versión 3.0: el sistema de exámenes imperiales, nacido de la necesidad de reformar el sistema de nueve rangos de las Dinastías del Sur; los Tres Departamentos y los Seis Ministerios, procedentes de la práctica administrativa de las Dinastías del Norte; el sistema militar fubing, heredero de las tradiciones militares surgidas de la mezcla entre hu y han en el norte. Se mantenía la administración por comandancias y distritos. Se mantenía la centralización del poder. Se mantenía la idea básica de combinar confucianismo y legalismo.

La memoria de una construcción no se guarda en un único lugar. Se reparte por innumerables rincones de la sociedad: las enseñanzas que se transmiten dentro de las familias, las costumbres de los pueblos, las interpretaciones de los clásicos que hacen los intelectuales, las rutinas de trabajo de los funcionarios. Puedes destruir cualquier nodo de almacenamiento, pero no puedes destruirlos todos a la vez. Mientras sobrevivan suficientes nodos, el sistema puede reconstruirse a partir de esos fragmentos.

Los trescientos años de división destruyeron muchos nodos. Pero no los destruyeron todos. Y con eso bastaba.

Segunda: los períodos de división son especialmente fértiles para la innovación de las configuraciones.

Coincide con la lección de los Reinos Combatientes: la innovación es más intensa en las épocas en que coexisten varias configuraciones.

La política de los grandes linajes del sur exploró un reparto del poder basado en «emperador débil + grandes linajes fuertes». No funcionó, pero su forma de fracasar dejó una referencia para el diseño institucional posterior: cómo impedir que los grandes linajes monopolizaran el poder.

La mezcla de pueblos del norte ensayó distintas fórmulas de «gobierno mixto de hu y han»: desde los «xiongnu sinizados» de Liu Yuan, pasando por el «gobierno separado de hu y han» de Shi Le y la «igualdad entre pueblos» de Fu Jian, hasta la «sinización integral» de los Wei del Norte. Cada fórmula tuvo sus aciertos y sus pérdidas, y todas fueron acumulando experiencia para el gobierno de los futuros imperios multiétnicos.

Durante este período, el budismo penetró a gran escala en China y aportó un recurso ideológico completamente nuevo: otra forma de explicar el mundo, distinta de la confuciana. Fue una incorporación importante al software de la versión 3.0. Sobre esa base se desarrollaría más tarde la convivencia de las «tres enseñanzas» bajo los Tang: confucianismo, budismo y taoísmo.

Tercera: el resto se manifiesta de manera distinta en los períodos de división y en los de unidad.

En los períodos de unidad, el resto se manifiesta sobre todo acumulándose dentro de un marco hasta hacerlo estallar: la concentración de tierras, los parientes de los emperadores por línea materna o por matrimonio, los eunucos y las poblaciones desplazadas. Es un movimiento centrípeto: el resto se acumula en el centro.

En los períodos de división, el resto se manifiesta sobre todo chocando entre marcos distintos hasta dar origen a otros nuevos. La construcción aristocrática del sur y la construcción del caudillo militar del norte tenían cada una su propio resto. Pero esos restos no se descargaban hacia el centro, porque no había centro, sino hacia el otro lado. La superioridad cultural del sur y la superioridad militar del norte se penetraron mutuamente al chocar, hasta producir algo nuevo que no era puramente sureño ni puramente norteño.

El diseño institucional de los Sui y los Tang no nació del sur ni del norte, sino de la zona donde ambos chocaban y se encontraban. El grupo de Guanlong, núcleo humano de los regímenes Sui y Tang, era él mismo producto de la mezcla entre hu y han en el norte. Sus integrantes reunificaron el imperio con la fuerza militar norteña y lo gobernaron con las tradiciones culturales del sur, transformadas para la ocasión. No se limitaron a reiniciar la versión 3.0: tomaron lo que necesitaban de aquellas dos mitades incompletas del sistema, la del norte y la del sur, y ensamblaron una versión nueva.

Cuarta: la transición de fase hacia el ser humano como fin no se revirtió en los trescientos años de división.

Aquellos tres siglos de guerras fueron de una crueldad extrema. Las matanzas del norte, la opresión aristocrática del sur y los enfrentamientos violentos entre pueblos fueron ejemplos extremos de tratar a las personas como medios. Pero ni siquiera en los momentos más oscuros desapareció por completo la conciencia de que «el ser humano es un fin».

La llegada del budismo, de hecho, reforzó esa conciencia. Una de sus afirmaciones centrales es la igualdad de todos los seres: cada vida posee naturaleza de buda y merece respeto. En el fondo, esa afirmación conecta con la «benevolencia» confuciana y el «amor universal» de los mohistas. Cuando las expresiones institucionales del confucianismo —la selección de funcionarios y el aparato administrativo— se derrumbaron en el norte, el budismo tomó en parte el relevo en la difusión de la idea de que «el ser humano es un fin». Los monasterios se convirtieron en refugios en medio del caos, y los monjes, en un grupo al servicio de todos, sin distinguir entre hu y han.

La transición de fase es irreversible. Ni siquiera aquellos trescientos años de gran desorden la revirtieron. Eso es lo más sorprendente. Y también lo más reconfortante.

En el próximo ensayo, las Dinastías del Norte y del Sur. Las reformas de sinización del emperador Xiaowen de los Wei del Norte fueron otro ejercicio consciente de diseño de una configuración. Su resultado fue la Rebelión de las Seis Guarniciones: el contraataque del resto que las reformas habían excluido. Las cuatro dinastías del sur —Song, Qi, Liang y Chen— mostrarán el agotamiento gradual de la construcción aristocrática. Los dos caminos desembocan en el mismo lugar: el grupo de Guanlong.

Esta edición en español es una reescritura independiente pensada para lectores hispanohablantes.