Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo Cincel–Constructo · Economía
Ensayo 08 de 23

Capítulo octavo. La trata atlántica de esclavos: cuanto mejor funciona, más se incrimina

Planos de estiba, precios, seguros y compensaciones redujeron personas a mercancía con una precisión extrema. Esa eficacia documental no ocultó el crimen: dejó una confesión escrita en las propias categorías del sistema.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

1. Llenar el barco

En 1788, un británico que había sido capitán de barcos negreros puso por escrito una frase.

El mayor objetivo de nuestros barcos es llenarlos.

A continuación precisaba el criterio: para un barco de unas cien toneladas se calculaba, por lo general, la compra de entre doscientas veinte y doscientas cincuenta personas.

Lo más inquietante de la frase no es su crueldad. No tiene nada de exaltada; no hay en ella dientes apretados ni intención de alardear. Es una explicación de trabajo. Del tonelaje del barco se deduce directamente cuántas personas pueden comprarse. Entre una cosa y la otra no hace falta pasar por nada más.

La palabra que mejor recoge ese tono no es crueldad. Es estiba.

Quien escribió la frase ya había abandonado aquel negocio. Estaba recordando, y lo hacía en apoyo de la abolición. Incluso después de haberse situado en el bando contrario, seguía recurriendo a ese lenguaje para contar lo que había hecho, porque así se hablaba dentro del oficio. Para convertir una práctica en rutina, un negocio no necesita endurecer el corazón de quienes lo ejercen. Le basta con ahorrarles la necesidad de pensar.

En los siete capítulos anteriores, la construcción se ha dedicado a una misma tarea: comprimir cosas dispersas y distintas sobre una sola vara, de modo que puedan sumarse, restarse y cuadrar al cerrar el año. Lo ha hecho cada vez mejor. Encontró tablillas de arcilla para las deudas, monedas para los precios, dos columnas, debe y haber, para las cuentas, y un saldo anual para el Estado. Cada lugar al que no alcanzaba era el lugar donde permanecía el resto.

Esta vez, sin embargo, alcanzó.

Comprimió a una persona entera en el plano de los precios, con una precisión absoluta: peso, edad, sexo, dentadura, fuerza, dominio de algún oficio, capacidad de tener hijos, años durante los que todavía se la podría utilizar, cuánto valía, por cuánto asegurarla y cuánto se cobraría si moría.

Cada elemento de la lista, por separado, se puede medir. Cuanto más precisa la medida, más fluida la compraventa. Los dientes permiten estimar la edad; la fuerza se pone a prueba; basta preguntar para averiguar un oficio; la capacidad reproductiva se calcula de manera aproximada. La destreza del procedimiento consiste en que nunca plantea una pregunta sobre el conjunto. Formula una sucesión de preguntas parciales, y cada una admite una respuesta comprobable. Se suman esas respuestas y se obtiene una cifra. Una vez obtenida, todo lo que viene después, el transporte, el seguro, la compraventa, la reclamación, puede organizarse conforme a ella.

No fue un fallo de la construcción. Fue un éxito.

Y precisamente ese éxito permite ver con especial claridad lo que sigue.

2. La densidad escrita en la ley

En 1788, el Parlamento británico aprobó una ley.

Establecía cinco personas por cada tres toneladas para los barcos de hasta doscientas toneladas; por encima de ese límite, se añadía una persona por cada tonelada adicional.

Conviene fijarse en lo que hacía esa ley. También en lo que dejaba de hacer.

No decía que estuviera prohibido embarcar personas como mercancía.

Decía: puesto que ya se las embarca como mercancía, pongamos una regla a la densidad de la carga.

Los efectos de aquella ley siguen siendo objeto de discusión. Algunos investigadores consideran que redujo de verdad el hacinamiento y, con él, las muertes. Otros sostienen que los armadores encontraron pronto otras salidas, como reformar las bodegas o utilizar barcos mayores. El debate puede seguir abierto. Cualquiera que sea su resultado, un hecho permanece: el órgano legislativo de un país se sentó a discutir seriamente, votó una y otra vez y acabó aprobando una norma sobre cuántas personas podían colocarse en cada tres toneladas.

Es un movimiento característico de la construcción, que ya hemos visto varias veces: deja intacto el problema de fondo y regula los detalles de su ejecución. En tiempos de la prohibición de la usura se inventaban títulos para llamar indemnización al interés. Aquí, las personas se convertían en una función del tonelaje.

Hay algo más alrededor de aquella ley que merece llevarse hasta el final.

Una de las imágenes más conocidas del movimiento abolicionista muestra un barco en sección. Está atestado de siluetas humanas, tumbadas una junto a otra, casi sin sitio para incorporarse. Se imprimieron miles y miles de ejemplares; la imagen se pegó en paredes y se incluyó en folletos. Fue una de las armas más poderosas de aquel movimiento.

Su fuerza no estaba en proponer un principio moral nuevo. Estaba en dibujar la geometría de la carga.

El número de personas que aparecía en la imagen se había calculado conforme a la ley. Aquel barco de trescientas veinte toneladas podía llevar legalmente cuatrocientas cincuenta y cuatro personas.

Cuatrocientas cincuenta y cuatro era una cifra legal. Aquella imagen que tantas personas no soportaban volver a mirar no representaba, por tanto, la obra de un capitán excepcionalmente brutal. Representaba el máximo permitido. Ahí estaba su poder de herir: no acusaba a ningún malvado en particular. Se limitaba a dibujar la norma.

La imagen más famosa contra la esclavitud era, en sí misma, un plano de estiba trazado según las especificaciones legales.

El arma más afilada de los abolicionistas era la aritmética de la propia construcción. No inventaron otro lenguaje. Dibujaron las cifras que ella había calculado para que se pudiera ver qué aspecto tenía aquel número.

Es una forma de aparición del resto que no habíamos encontrado en los capítulos anteriores. No sale de fuera de las cuentas. Sale de dentro. Para ordenar mejor la operación, la construcción había escrito una fórmula que relacionaba personas y tonelaje. Esa misma fórmula entregó a sus adversarios algo que antes no tenían: una cifra precisa, imposible de negar, expedida por la propia construcción. Cuanto mejor hacía las cuentas, más pruebas dejaba en manos de quienes podían utilizarlas contra ella.

3. El precio al desembarcar

Embarcar era solo el primer paso. Al otro lado había que vender.

A partir de los precios pagados por casi doscientas treinta mil personas que llegaron al Caribe víctimas de la trata, unos investigadores construyeron una serie de precios al desembarcar que abarca de 1674 a 1807. Otros estudios de mercado muestran que los precios variaban de manera sistemática según la edad, el sexo, las destrezas, la composición de la familia y la demanda de cada región.

Dicho sin abreviar: compradores y vendedores procuraban convertir en un precio por persona su robustez, su capacidad de tener hijos, si entendía la lengua del lugar, si dominaba un oficio, el riesgo de que enfermara o huyera y los usos que podían darle.

Más tarde, en el mercado interior de Estados Unidos, las listas de las subastas solían detallar el nombre, la edad, el color de la piel, la ocupación y las llamadas habilidades.

Una persona quedaba descompuesta en una sucesión de atributos comparables.

La descomposición tenía su técnica. Había que separar las edades por tramos: los demasiado pequeños aún no podían trabajar; los demasiado viejos servirían pocos años. Había que distinguir por sexo, porque los usos eran distintos y, en las mujeres, se añadía el cálculo de la reproducción. Convenía averiguar bien los oficios: un herrero, un carpintero o alguien que supiera cocer el azúcar no costaban lo mismo que un trabajador del campo. Hasta la región de procedencia y la lengua entraban en el precio, pues de ellas dependía la posibilidad de concertarse con otros de su tierra y la facilidad de someterlo. Cada atributo se tasaba por separado. Después se sumaban.

La conmensurabilidad había llegado hasta su extremo.

Hay aquí una frialdad particular que merece detener la mirada. La composición familiar figuraba entre los criterios de tasación. Vender juntos o por separado a los miembros de una familia daba precios distintos. Una madre con sus hijos no se pagaba igual que una mujer adulta sola. El parentesco entre dos personas se había convertido, por sí mismo, en un parámetro del precio. La construcción tasaba a una persona y también el vínculo que la unía a otra, muchas veces para saber cuánto más se podía ganar al separarlas. Antes había medido grano, plata, rentas de la tierra, mercancías, viajes y riesgos. Ahora medía cada cosa de la que estaba hecha una persona, con minucia, competencia y mucha experiencia.

Y justo ahí el límite se dejaba ver, por primera vez, con tanta claridad.

En la lista de precios cabían el sexo, la edad, los oficios, la salud, la procedencia y lo que se imaginaba que aquella persona podría trabajar en el futuro.

Lo que no dejaba de desbordarse era el miedo, la memoria, la preocupación por los suyos, la desesperación, los planes, la espera, la rabia, la lengua, el saber quién era.

El precio no había destruido nada de eso. Simplemente no figuraba en la lista.

Que no figurara no significaba que hubiera desaparecido. Más adelante se demostraría de la forma más violenta.

Conviene añadir un dato que suele pasar inadvertido, porque de él dependen las proporciones del cuadro. Los algodonales del sur de Estados Unidos ocupan buena parte del imaginario de la esclavitud. Sin embargo, las cifras sitúan el centro en otro lugar. Alrededor del noventa y cinco por ciento de las personas que llegaron a América víctimas de la trata fueron al Caribe y a Sudamérica. Brasil recibió, por sí solo, aproximadamente al cuarenta por ciento de quienes sobrevivieron a la travesía. En el conjunto del mundo atlántico, la porción mayor correspondió siempre al azúcar, no al algodón.

4. Un pleito fundado en una póliza de seguro

En 1781, un barco negrero británico zarpó de la costa africana rumbo a Jamaica.

Durante el viaje, más de ciento treinta personas, como mínimo, fueron arrojadas al mar en grupos sucesivos.

Después, los armadores reclamaron una indemnización a los aseguradores.

Hay que explicar con cuidado el cálculo que hacía posible la reclamación. Si una persona cautiva moría de enfermedad a bordo, se consideraba una merma natural: el seguro no pagaba y la pérdida recaía en el armador. Si, en cambio, había sido necesario arrojarla al mar para salvar el barco y a los demás, pertenecía a otra categoría y el seguro debía pagar. La misma vida se anotaba en un lugar distinto de las cuentas según la forma de morir. Arrojarla al mar dejaba de ser, sobre el papel, el acto de causar una pérdida. Era el acto de trasladársela a otro.

En 1783, el asunto llegó a un tribunal de Londres. La primera frase del informe judicial decía:

Esta es una acción fundada en una póliza de seguro.

El informe explicaba a continuación que el objeto del pleito era recuperar el valor de varios esclavos arrojados al mar por falta de agua.

Leamos despacio esa frase. No habla de personas asesinadas, ni de muertos, ni de personas. Habla de valor.

La reclamación se calculó a razón de unas treinta libras por persona, una cifra que procedía, a grandes rasgos, del precio medio de venta de los supervivientes en Jamaica.

La muerte de más de ciento treinta personas se convirtió así en una cuenta por cobrar de varios miles de libras.

¿Qué se discutía en el tribunal? No si se podía arrojar a personas al mar. Se discutía si aquella echazón entraba en la categoría marítima de sacrificio necesario para salvar el barco y el resto de la carga.

Existe en el mar una regla antigua: ante un peligro, se puede echar por la borda una parte de la carga para salvar el barco, y las pérdidas se reparten entre las partes. La regla tiene sentido en sí misma. Se ocupa de mercancías.

Ahora se la utilizaba para ocuparse de más de ciento treinta personas.

Aplicarla allí exigía una clasificación previa: aquellas personas eran carga. Una vez admitida la clasificación, el razonamiento se encadenaba sin esfuerzo y cada paso se ajustaba a derecho. Si eran carga, se podía arrojarlas al mar en caso de necesidad; si se las arrojaba, la pérdida podía repartirse como avería gruesa; si se repartía, se podía reclamar a los aseguradores. No se había inventado un solo eslabón de esa cadena. Todos eran reglas que el derecho marítimo mercantil llevaba siglos utilizando. La manipulación estaba en un único sitio: el primer paso.

Al repasar el resultado del primer juicio, el juez resumió la opinión del jurado. Según explicó, los jurados consideraban que, por estremecedor que resultara el caso, no había diferencia entre el de aquellos esclavos y el de unos caballos arrojados al mar.

La frase sigue hiriendo al leerla hoy. No por lo abiertamente que habla, sino porque nombra con exactitud el resultado al que aspiraba aquel régimen:

Traducir el asesinato de un grupo de personas a una disputa por daños en la carga.

La traducción funcionaba gracias a una precisión extrema, no gracias a la vaguedad. Lo vago despierta sospechas; lo preciso tranquiliza. En todo el documento no hay una palabra sentimental ni una palabra falsa: al barco le faltaba agua; aquellas personas habían sido arrojadas al mar; los supervivientes se habían vendido en Jamaica a aquel precio. Cada hecho resistía la comprobación. Solo que todos esos hechos comprobables se habían colocado en un plano equivocado. Sobre ese plano, la figura que componían era una disputa de seguros.

En capítulos anteriores dijimos que el éxito más profundo de la construcción no consistía en conseguir calcularlo todo, sino en aprender a no preguntar. Aquí ya no bastaba con guardar silencio. La pregunta que debía haberse hecho había sido traducida, entera, a otra pregunta.

Una vez hecha la traducción, ya no había manera de responder en el plano original. Dentro del derecho de seguros se podía discutir la necesidad, la avería gruesa, el porcentaje de indemnización y la suficiencia de las pruebas. El pleito podía llevarse con toda la competencia y todo el rigor, cumpliendo cada paso del procedimiento.

Y en aquella discusión tan profesional y rigurosa, las más de ciento treinta personas no aparecerían como personas ni una sola vez.

Hubo además un desenlace del que se habla menos. Se intentó perseguir lo ocurrido como un asesinato, sin éxito. La clasificación jurídica había cerrado la puerta: dentro de ella no existían personas asesinadas, solo bienes perdidos. Para perseguir un asesinato había que derribar primero aquella clasificación. Y un pleito no bastaba para hacerlo.

Llegados aquí, hay que decirlo con todas las letras. El análisis de la estructura no basta.

Convertir a las personas en mercancía que se puede contar, tasar, asegurar y reclamar cuando se pierde es una negación total del ser humano, organizada, institucional, dotada de documentos jurídicos, partidas contables y profesionales. La pulcritud de las cuentas no la atenúa en nada. Su legalidad de entonces no la atenúa en nada. Que sus participantes siguieran las reglas del oficio tampoco la atenúa en nada.

Hasta ahora, esta serie había procurado contener el juicio moral, porque la mayoría de los asuntos admitía mirarse por ambos lados: la regulación había protegido a personas y también las había oprimido; el mercado había liberado a personas y también las había triturado.

Este asunto no admite mirarse por ambos lados.

Aquí no hay otro lado.

La regla de esta serie es dar prioridad al análisis de las estructuras, utilizar con cautela el juicio moral y recorrer, siempre que se pueda, los dos lados de una disputa. Es una regla válida para casi todos sus capítulos, porque en la mayoría de los conflictos históricos cada parte tenía sus razones, sus protegidos y sus oprimidos. Pero hay una condición previa: ambas partes deben mantenerse por encima de un mismo límite. Cuando una de ellas convierte a la persona entera en un medio, ese límite queda atravesado. Lo que lo atraviesa no se puede devolver a la balanza para seguir pesándolo. Aquí la neutralidad no es prudencia. Es una dejación de responsabilidad.

5. La travesía intermedia

El tramo que cruzaba el Atlántico recibió después el nombre de travesía intermedia. Era el segundo de tres trayectos: de Europa a África, de África a América y de América de vuelta a Europa.

Según las estimaciones de conjunto, unos doce millones y medio de personas fueron embarcadas por la fuerza. Alrededor de diez millones setecientas mil llegaron con vida. Solo en el cruce del océano murieron aproximadamente un millón ochocientas mil.

La cifra corresponde únicamente al tramo marítimo. No incluye a quienes murieron al ser capturados en el interior, ni a quienes murieron durante la marcha forzada hasta la costa, ni a quienes murieron en los barracones de cautivos mientras esperaban el embarque, ni a quienes, poco después de desembarcar, murieron en el llamado periodo de adaptación. Del tramo marítimo hay cifras porque los armadores necesitaban llevar cuentas. De los otros tramos no las hay porque nadie necesitaba llevarlas.

Un hombre llamado Equiano contó más tarde cómo había visto por primera vez un barco negrero. Describió una multitud de personas negras encadenadas unas a otras junto a la costa. Contó que el terror y el sufrimiento lo vencieron por completo y que cayó desmayado en la cubierta.

Otro hombre, que había sido cirujano de un barco negrero, dejó un relato más cercano a un informe técnico, pero igual de atroz. Decía que a la imaginación humana le costaría concebir una situación más espantosa y repugnante. Señalaba también que los cautivos no dejaban de vigilar los descuidos de sus guardianes; por eso los levantamientos a bordo eran frecuentes y a menudo sangrientos.

Que lo dijera alguien empleado en aquel negocio da un peso particular al testimonio. Era el médico de a bordo, no un propagandista de la abolición. Su trabajo consistía en conseguir que llegara vivo a puerto el mayor número posible de personas. Y lo que dejó escrito fue que aquellas personas no habían cesado un instante de observar y esperar. En su relato, quienes figuraban como carga seguían atentos, seguían haciendo sus cálculos, seguían buscando el descuido.

Hay una precisión sobre la mortalidad que no se puede omitir, porque sin ella resulta muy fácil sacar una conclusión equivocada.

La mortalidad descendió, en efecto, en las etapas posteriores. Había sido mayor al comienzo y disminuyó durante los siglos XVIII y XIX. Esa reducción no debe contarse como un avance de la civilización.

También puede reflejar una gestión más afinada del riesgo, mejores incentivos de los seguros, barcos mayores, un mejor reparto del agua y los alimentos, y la experiencia acumulada sobre cómo conservar el número de personas que podrían venderse.

Dicho de otra manera: quizá murieran menos personas, sencillamente, porque los muertos no salían a cuenta.

La observación suena cruel, pero impide una lectura equivocada que sale con demasiada facilidad. Una mejora en las cifras no nace necesariamente de una mejora de la conciencia. En un extremo, los aseguradores querían pagar menos indemnizaciones; en el otro, los armadores querían conservar el número de personas vendibles. La presión de ambos lados bastaba para que alguien estudiara cómo conseguir que más personas llegaran vivas. Y el resultado fue, de hecho, que sobrevivieron más. Pero aquello no era buen trato. Era mantenimiento. Se mejoraba el rendimiento, no la condición de quienes lo producían.

En las plantaciones, el desgaste de las personas entraba directamente en los planes del negocio. Un plantador de Barbados calculó que un propietario con cien esclavos dedicados a cultivar caña y producir azúcar podía agotarlos a todos en unos diecinueve años.

No hace falta tomar la frase como una predicción exacta. Expresa con toda claridad la lógica de reposición de la plantación azucarera: la muerte y el desgaste formaban parte del plan, en vez de ser accidentes, y debían compensarse importando personas sin cesar.

Entre 1748 y 1788 se introdujeron, solo en Jamaica, más de trescientas treinta y cinco mil personas. Sin embargo, cuando se contó la población en 1788, el número de personas esclavizadas que seguían vivas en la isla estaba muy por debajo del total introducido durante aquellos cuarenta años.

La diferencia eran las personas que la máquina se había comido en cuatro décadas.

Y comérselas no es aquí una figura retórica. En las cuentas del ingenio, las personas se depreciaban: el cobre de las calderas perdía espesor, el ganado envejecía y las personas se consumían. Las calderas gastadas se reparaban; los animales viejos se sustituían. A las personas agotadas también se las sustituía, trayendo otro cargamento por mar. Si la ruta se había mantenido durante cuarenta años, no era porque se cultivara cada vez más azúcar, sino porque quienes lo cultivaban morían cada vez más deprisa. La máquina fabricaba su propio apetito.

No hay una palabra suave que sirva aquí. Era un régimen que utilizaba cuerpos jóvenes como piezas de recambio consumibles.

6. Letras de cambio

Si solo miramos los precios, las sumas aseguradas y las cuentas, podemos creer que estamos ya ante un mercado enteramente anónimo: las personas se vuelven cifras; las cifras, letras; las letras se liquidan entre unos cuantos puertos. Nadie necesita conocer a nadie.

Los documentos muestran exactamente lo contrario.

Algunos estudios señalan que, durante el siglo XVIII, los cobros de la trata británica pasaron poco a poco del dinero metálico o las mercancías de retorno a las letras de cambio. Circulaban personas y azúcar, pero también promesas de papel que podían cobrarse en Londres. Otro estudio, al ordenar los documentos de un mercader de Liverpool, señala que las letras eran allí la forma más habitual de cobro. Los propios archivos de Liverpool están llenos de efectos, facturas, libros de cuentas y correspondencia privada.

La letra de cambio no hacía desaparecer las relaciones personales. Ocurría más bien lo contrario.

Que una letra pudiera descontarse, cuándo se aceptaba, quién la avalaba y por qué casa mercantil circulaba dependía enormemente de reputaciones y relaciones. Una revisión de la bibliografía señala que las redes transatlánticas de crédito se hacían cada vez más complejas precisamente porque los mercaderes tenían que moverse entre jurisdicciones, sistemas monetarios, usos comerciales y tradiciones contractuales distintos. Un negocio a tanta distancia requería mucho más que saber hacer cuentas. Requería flexibilidad, redes de conocidos e intermediarios dignos de confianza.

Este rasgo ha aparecido varias veces a lo largo de la serie. Solo ha cambiado su objeto. Las tablillas necesitaban sellos y testigos; las monedas, marcas de comprobación y el crédito de una ciudad-Estado; los libros, un armario de cartas y garantes; el papel moneda, que la autoridad aceptara cobrar con él. Aquí se seguía recurriendo a lo mismo: la reputación, los contactos, quién estaba dispuesto a responder por quién. Lo que había cambiado era aquello a lo que servía toda esa confianza: transportar personas de un continente a otro para venderlas.

En la costa africana, el entrelazamiento de precios y relaciones se ve todavía mejor.

Un estudio reciente sobre un puerto de la costa muestra que, cuanto más tiempo permanecía allí un capitán, más subía el precio de la cesta de mercancías necesaria para comprar cautivos. El capitán corregía entonces su oferta añadiendo determinados productos caros. No se trataba del precio único, completamente anónimo y transparente, que se atribuye al mercado moderno. Era un intercambio negociado, que cambiaba con el tiempo y estaba atravesado por desigualdades de poder e información.

Otras investigaciones destacan cuánto dependía del crédito el comercio de la costa africana. Para que los corredores costeros organizaran la obtención de cautivos en el interior, los mercaderes europeos adelantaban mercancías o concedían crédito. Aquello solo podía apoyarse en un juicio sobre personas concretas: este hombre volverá la próxima vez; esta casa mercantil no dejará de pagar; con este jefe todavía se puede negociar.

Lo mismo ocurría con el seguro. Una historia empresarial reconoce que, durante la segunda mitad del siglo XVIII, los negocios relacionados con la esclavitud pudieron representar entre un tercio y el cuarenta por ciento de los ingresos por primas del seguro marítimo británico. La cobertura directa de los viajes negreros suponía alrededor del cinco al diez por ciento del total de las primas. La parte mayor correspondía a los barcos que transportaban productos de las plantaciones y suministros entre Gran Bretaña y el Caribe.

El hilo que venía avanzando por debajo desde el primer capítulo llega aquí a su punto más incómodo.

Detrás de la póliza más anónima se alzaba un orden de aceptación y pago fundado en personas concretas. Detrás de la lista de precios más plana seguían las personas más obstinadas, las que no consentían que un precio se las tragara.

Las dos frases hablan, en realidad, de los extremos de una misma cosa. El dispositivo anónimo funciona porque debajo lo sostiene una capa de relaciones personales. Nunca consigue cuadrar del todo porque encima sigue pesando algo que no alcanza. No puede prescindir de lo que tiene debajo. No puede tocar lo que tiene encima. Esa es la condición de la máquina: en ambos extremos encuentra algo que no puede digerir. Solo el tramo intermedio le pertenece.

Hay otro punto que debemos precisar, porque suele contarse mal de dos maneras opuestas.

Los europeos no realizaron solos aquel comercio. Sus mercaderes operaban sobre todo en los puertos de la costa africana. A muchas de las personas vendidas las habían conducido por la fuerza desde el interior hasta la costa mercaderes, corredores y grupos armados africanos. Allí, los mercados costeros las revendían a barcos europeos y americanos. Una investigación reciente sobre uno de esos puertos muestra, a partir de los diarios comerciales de los barcos, que los vendedores no constituían un único grupo: se mezclaban corredores, transportistas de cautivos, captores e intermediarios costeros, entre otros papeles.

Este hecho tiene que figurar aquí porque es verdadero.

Y no cambia nada de lo anterior.

Que un crimen tenga varios participantes no reduce el crimen. Aumenta el número de quienes participan. Utilizar ese hecho para diluir responsabilidades es abusar de él. Ocultarlo sería faltar a los documentos. Su lugar es el que realmente ocupaba: un espacio de intercambio formado por la superposición de varios poderes políticos, varios mercados y varios sistemas de fuerza armada. Lo que se intercambiaba en ese espacio eran personas.

También hay que precisar otra cosa. Aquel comercio pudo alcanzar semejante escala porque, además de quienes estaban dispuestos a vender, había quienes estaban dispuestos a comprar de forma sostenida, masiva, por temporadas y por cargamentos. La demanda estaba en las plantaciones de azúcar y las minas americanas; el dinero, en los puertos y los mercados de seguros europeos. Las rutas entre ambos extremos las organizaban mercaderes europeos y americanos, y se sostenían con sus barcos, sus letras, sus seguros y sus tribunales. Los documentos permiten calcular qué parte correspondía a cada cual. Pero la respuesta a por qué existía aquel comercio está del lado de la demanda.

7. Irrumpir desde la bodega

La resistencia era la norma, no una excepción.

Una revisión de los estudios señala que hubo alguna forma de resistencia africana en aproximadamente uno de cada diez barcos negreros. En los viajes que embarcaban cautivos en determinadas costas, la frecuencia de las rebeliones era aún mayor.

A veces la resistencia era individual: negarse a comer, saltar al mar, atacar a los tripulantes. Otras veces tomaba la forma de un levantamiento colectivo. En 1729, los cautivos de un barco lograron expulsar a la tripulación, llegar a tierra y conquistar su propia libertad.

La proporción, por sí sola, deja algo claro: encajar personas en la geometría de una bodega no equivale a convertirlas en carga silenciosa.

Y conviene entender qué significaba rebelarse. Quien lo hacía en aquellas condiciones apenas tenía posibilidades de sobrevivir. El barco estaba en alta mar, rodeado de agua. Incluso si conseguían apoderarse de él, la mayoría no sabía cómo regresar. Una rebelión no era un combate con buenas perspectivas de victoria. Era la decisión de alguien que sabía que probablemente iba a morir y elegía dejar de vivir según las cuentas de otro. La lista de precios podía calcular cuánto trabajaría aquella persona. Eso otro no lo podía calcular.

En tierra, la fuga ejercía otra presión continua.

Las comunidades de esclavos fugitivos de Jamaica se conocerían como cimarrones, o maroons. Según algunas fuentes, después de la década de 1730 las autoridades coloniales aprobaron cuarenta y cuatro leyes y gastaron doscientas cuarenta mil libras a lo largo de unos cuarenta años para someterlas. Un autor colonial de la época se quejaba de que su presencia provocaba el abandono de las plantaciones vecinas e impedía cultivar las tierras, con el consiguiente perjuicio para los ingresos de la Corona y el consumo de manufacturas británicas.

La queja resulta reveladora porque está escrita en la lengua del libro de cuentas. No describe lo temibles que eran aquellas personas. Calcula pérdidas: tanta tierra sin cultivar, tantos impuestos que no se recaudan, tantos productos británicos que no se venden. Quienes habían huido a las montañas aparecían en el libro como una serie de números negativos. Precisamente ahí se hacía sentir su peso: un grupo de personas que se negaba a entrar en el sistema lograba que el propio sistema reconociera su existencia mediante su manera de medir.

En 1739, las autoridades británicas firmaron un tratado con algunos de sus jefes y reconocieron su libertad.

Vale la pena mirar de frente ese tratado. No era una gracia concedida. Era que las cuentas no podían seguir. Cuarenta años, cuarenta y cuatro leyes y doscientas cuarenta mil libras para acabar reconociendo a otros algo que ya les pertenecía.

Las personas esclavizadas, sin embargo, no hablaban solo mediante la fuga y la violencia. Hicieron algo más, algo especialmente importante para esta serie.

Tomaron el lenguaje universal de sus gobernantes y lo volvieron contra ellos como una vara de medir.

En 1789, personas esclavizadas de la Martinica francesa escribieron al gobernador. La primera frase de una de las cartas decía:

Sabemos que somos libres.

Otra carta decía que tenían un único y sencillo deseo: la independencia. Llamaba a la esclavitud un yugo espantoso.

La pregunta más afilada era esta:

¿Ha creado Dios a alguien para que nazca esclavo?

Las cartas se escribieron el mismo año en que se publicó en Francia la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.

Sus dos primeros artículos eran breves: los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos; esos derechos son la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión.

Lo decisivo no es saber si quienes escribían las cartas podían recitar la declaración artículo por artículo. Lo decisivo es que ya habían tomado palabras susceptibles de valer para todos, como libertad, independencia, humanidad, ley y orden natural, para medir su propia situación y exigir que cambiara.

Ese lenguaje lo habían creado quienes lo proclamaban. Al crearlo, no habían pensado aplicárselo a aquellas personas.

Pero, una vez que se dice que los seres humanos nacen libres, la frase deja de pertenecer a quien la pronuncia. Se convierte en una vara pública. Cualquiera puede levantarla y medir con ella, también aquellos a quienes la propia frase había dejado fuera.

Es una forma particular de fallo de la construcción, apenas vislumbrada hasta ahora. Para sostenerse, la construcción suele buscar una fórmula universal: el precio justo, la ley natural, todos los seres humanos nacen libres. Una vez pronunciada, la fórmula cobra un carácter propio. No reconoce las excepciones trazadas por quien habla. Se puede estar pensando solo en una parte de la humanidad, pero la frase escrita no contiene esa restricción. Cualquiera de los excluidos puede regresar con ella en la mano y preguntar: ¿y yo?

En 1793, los funcionarios franceses destinados en Saint-Domingue anunciaron la emancipación a los antiguos esclavos con el lenguaje de la declaración. El mismo texto les exigía inmediatamente que siguieran trabajando en las plantaciones y obedecieran las leyes de la República.

El lenguaje universal se había abierto. La forma de abrirlo seguía intentando encerrar de nuevo la libertad en la disciplina del trabajo.

En 1801, la constitución de Toussaint Louverture convirtió aquella inversión del lenguaje en una disposición institucional: en ese territorio no podía haber esclavos; la esclavitud quedaba abolida para siempre.

La Declaración de Independencia de Haití de 1804 fue más lejos. Había que quitarle a Francia cualquier esperanza de volver a esclavizarnos, decía. Y decía también: independencia o muerte.

Ya no se pedía que se aplicara la declaración a quienes habían quedado fuera. Quienes habían quedado fuera se apoderaban de la vara y volvían a formularla por sí mismos.

Lo hacían, además, de la manera menos ambigua posible. Pedir que una regla se aplique todavía reconoce a la otra parte el derecho a decidir. Escribirla en una constitución propia significa tomar ese derecho. Lo primero pregunta si tus reglas me incluyen. Lo segundo anuncia que, desde ahora, esta regla la pronuncio yo. Entre ambas cosas mediaban una revolución y muchos años de sangre.

Una institución lo ha resumido como la única rebelión de esclavos victoriosa de la historia del mundo.

Aquí hace falta mantener una disciplina: no contar lo que vino después como el progreso natural de la conciencia moral.

Todavía en 1805 fracasó un proyecto abolicionista británico. Si en 1807 salió adelante fue porque había cambiado la composición del Parlamento, se habían reactivado las peticiones de alcance nacional y se habían renovado las estrategias de presión política. Detrás estaban también el miedo que había provocado la Revolución haitiana, las guerras del Caribe y la rivalidad entre imperios después de la Revolución francesa.

Con unas pocas diferencias, el desenlace de 1807 podría haberse aplazado otra vez.

La abolición no fue una flecha que alcanzó su destino inevitable. Fue la coincidencia de muchas fuerzas en un año concreto.

8. Quién cobró la indemnización

La importancia económica de todo aquel sistema lleva décadas en discusión.

La tesis más conocida es la de Williams. Suele reunir dos argumentos. El primero sostiene que la trata y la esclavitud aportaron importantes fondos, mercados e impulsos para la Revolución Industrial británica y la expansión del capitalismo. El segundo sostiene que, a comienzos del siglo XIX, las élites británicas se mostraron más dispuestas a abolir la esclavitud a medida que perdía importancia la economía esclavista del Caribe. La abolición habría respondido, por tanto, principalmente a motivos económicos, antes que a un impulso puramente humanitario.

Los críticos han insistido durante mucho tiempo en dos clases de problemas. Uno es de escala: por considerables que fueran los beneficios, las ganancias directas no tenían un peso tan grande en la inversión total británica o en la formación de capital industrial. El otro es causal: la estrecha relación de la esclavitud con el comercio británico, la navegación, los puertos y los mercados de consumo no permite concluir sin más que la abolición fuera solo una retirada dictada por la racionalidad económica. También actuaban la religión, las razones humanitarias, la movilización política, la guerra y el gobierno de las colonias.

En los últimos años, algunos estudios han vuelto, en cierto sentido, a Williams, pero con otro método. En vez de calcular los beneficios netos de los armadores, incluyen toda la cadena de valor. Estiman que, a comienzos del siglo XIX, la actividad económica directamente relacionada con el comercio triangular y el complejo de plantaciones americanas, o dependiente de sus insumos y productos, podía alcanzar alrededor del once por ciento del producto interior bruto británico.

Otra línea de discusión pregunta si la esclavitud era rentable. En la historiografía estadounidense, una tradición de historia cuantitativa ha sostenido que la esclavitud del Sur anterior a la guerra civil no estaba agonizando económicamente. Para los esclavistas era rentable e incluso eficiente. Las revisiones posteriores han señalado las críticas persistentes que suscitan cuestiones como qué se entiende por eficiencia y rentabilidad, de qué año se toman los precios y la producción, si se ha exagerado la supuesta superioridad del trabajo esclavizado y si se han ignorado la violencia y el daño al bienestar.

Al reunir ambas discusiones aparecen, por lo menos, cuatro preguntas distintas que a menudo se confunden:

Si los viajes negreros, por sí mismos, daban beneficios.

Si las plantaciones esclavistas daban beneficios.

Si unos y otras ocupaban un lugar central en el crecimiento económico del conjunto de Gran Bretaña o de Estados Unidos.

Si la abolición se produjo porque aquellos sistemas habían dejado de ser necesarios.

Demostrar que una parte era muy rentable no demuestra automáticamente que fuera central para el crecimiento del conjunto. Demostrar que estaba profundamente integrada en la economía tampoco demuestra que la abolición respondiera solo a una caída de los beneficios.

Esas discusiones no están resueltas. Tampoco hace falta resolverlas aquí.

Separar las cuatro preguntas ya sirve de algo, porque suelen mezclarse para llegar a conclusiones diferentes. Hay quien utiliza la rentabilidad de una parte para presentar el régimen como producto de la racionalidad económica. Hay quien invoca su profunda integración en el conjunto para sostener que la prosperidad posterior arrastra una deuda. Unos señalan la decadencia económica en el momento de la abolición para rebajar los motivos de los abolicionistas. Otros señalan que la economía seguía siendo próspera para ennoblecerlos. Cada argumento dispone de materiales que lo apoyan. En realidad, no están respondiendo a la misma pregunta.

Hay, sin embargo, algo que no depende del lado que se tome en esas discusiones.

Que un régimen sea rentable y que deba existir son preguntas situadas en planos distintos. Al hablar de la partida doble dijimos que unas cuentas que cuadran no hacen que las cosas estén bien: entre la integridad formal y la legitimidad de fondo no hay ningún puente automático. Aquí aparece la forma extrema de esa misma observación. La eficiencia económica de un régimen no tiene nada que ver con que deba ser abolido por completo.

La propia abolición tampoco puso fin al plano de los precios.

Entre 1833 y 1834, Gran Bretaña abolió la esclavitud en sus colonias. Más de ochocientas mil personas quedaron libres.

Al mismo tiempo, pagó veinte millones de libras en indemnizaciones.

Las cobraron los esclavistas.

La frase merece una línea para ella sola, porque deja al descubierto la cuenta entera. Al abolir un régimen, el Estado consideró que alguien había sufrido una pérdida y debía recibir una compensación. Los perjudicados reconocidos eran quienes habían perdido una propiedad. Quienes habían sido tratados siempre como esa propiedad no eran la parte perjudicada dentro de aquel cálculo, porque nunca habían sido una parte. Se indemnizaba precisamente a quienes habían causado el daño. El fundamento era el derecho de propiedad.

Las personas esclavizadas no recibieron un céntimo. Además, quienes habían sido liberados tuvieron que entrar en un régimen transitorio llamado aprendizaje y continuar trabajando gratis varios años para sus antiguos amos.

Otros estudios muestran que el propio reparto de las indemnizaciones se convirtió en un negocio para banqueros, mercaderes e intermediarios de Londres.

Ni siquiera la abolición detuvo la máquina. Fue un proceso de nueva tasación, nueva distribución y nueva incorporación forzosa de las personas y de su trabajo al orden contable.

Dentro del cálculo de las indemnizaciones, aquellas personas seguían siendo propiedad. Esta vez se pagaba por rescatarlas, y el rescate se entregaba a quienes las poseían.

La cuantía del dinero también dice algo. Veinte millones de libras eran entonces una porción enorme del gasto anual del Tesoro, uno de los mayores desembolsos del gobierno británico en aquella época. Para pagarlos se contrajo una deuda que tardó mucho en saldarse. Un Estado podía reunir semejante suma para poner fin a algo, sin que una sola parte de ella llegara a quienes de verdad habían pagado el precio. Poder disponer del dinero y decidir quién debe recibirlo han sido siempre dos preguntas distintas. La primera pertenece a las finanzas públicas. La segunda no.

Podemos reunir ya los hilos.

En los siete capítulos anteriores, la construcción quiso una y otra vez abarcar el mundo con sus cuentas, y una y otra vez se quedó corta. No alcanzaba las relaciones ni la reputación, no alcanzaba la desesperación de quien no encontraba salida, no alcanzaba aquello por lo que prefería ni siquiera preguntar. El resto era resto porque la construcción no conseguía medirlo.

Esta vez fue distinto. Esta vez consiguió medir.

Midió a una persona de la cabeza a los pies: la edad, los dientes, la fuerza, los oficios, la capacidad de tener hijos, los años durante los que todavía podría utilizarla. La escribió en los manifiestos de carga, en las pólizas, en las reclamaciones por mercancía perdida, en el total de personas introducidas durante cuarenta años y, al final, en la lista de los veinte millones de libras en indemnizaciones. La midió con una profesionalidad y una minucia extremas, con perfecta coherencia, sin faltar al procedimiento en ningún punto.

Tuvo éxito.

Y precisamente ese éxito dejó ver que el éxito no significaba nada.

Aquella persona medida con absoluta precisión seguía sin haber sido medida en nada: recordaba quién era; sabía que en la otra orilla estaba su casa; esperaba un descuido; se preparaba para saltar, para luchar, para huir a las montañas. Se preparaba para tomar la frase que decía que los seres humanos nacen libres y medir con ella, delante de sus caras, a quienes la habían pronunciado.

Hubo resistencia en uno de cada diez barcos. Un poder colonial gastó cuarenta años, agotó sus leyes y el dinero destinado a la guerra, y no pudo comprarse unas montañas. La frase que figuraba en una declaración ajena acabó escrita en una constitución propia por alguien a quien aquella frase había excluido.

Nada de eso aparecía en ningún libro de cuentas. No entraba en el debe. No entraba en el haber.

Todo eso, sencillamente, volcó el libro de cuentas.

Aquí se ve por fin todo el peso de lo que esta serie viene diciendo. La construcción puede alcanzar una precisión aterradora. Puede convertir cada atributo de una persona en un número, hacer que todos los pasos sean legales, ajustados a las normas y al procedimiento, escribir el asesinato como pérdida de carga y pagar la indemnización a quienes causaron el daño.

Cuanto más perfecta su labor, más nítido aparece aquello que no consiguió tocar.

Por eso este episodio ocupa un lugar distinto de todos los demás. En los capítulos anteriores, el resto era lo que dejaba el fracaso de la construcción. Aquí es lo que ilumina su éxito. Midió todo lo medible, registró todo lo que debía registrar e hizo que cada eslabón se ajustara al procedimiento. Precisamente esa exhaustividad dejó sin escondite a lo que nunca había entrado en las cuentas. Cuanto más completo el libro, más hiriente se vuelve lo único que no escribió.

Eso que no escribió es la persona misma. No es una marca en una vara, una línea en un manifiesto de carga ni una suma en una póliza. Es un fin, no el medio de nadie. Y esta serie no lo dice en su nombre. Lo dijo ella misma en la carta al gobernador de 1789. Lo dijo también en la Declaración de Independencia de 1804.

Las cuentas siguen sin cuadrar. Y se siguen llevando.

Reescritura española independiente basada en la argumentación y las fuentes del original chino, recompuesta para lectores en español. 中文・English