Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ciclo Cincel–Constructo · Economía
Ensayo 02 de 23

Las cuentas del templo y las primeras condonaciones: la escritura nació para la deuda

Las primeras tablillas de Mesopotamia convirtieron raciones y obligaciones en cantidades duraderas; las amnistías reales revelaron pronto que una deuda perfectamente escrita podía destruir el mundo que debía ordenar.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

1. La primera escritura fue una cuenta

Lo primero que la humanidad nos dejó por escrito no fue un poema, una plegaria ni un relato. Fue una cuenta.

Las tablillas más antiguas de Mesopotamia, la tierra comprendida entre el Tigris y el Éufrates, situada hoy en su mayor parte en Irak, proceden de la región de Uruk y se remontan aproximadamente al 3300 a. C. Lo que llevan grabado son bienes y números: el grano repartido por el templo, las existencias del almacén, los registros de las entregas, las cantidades pendientes. Entre el setenta y el ochenta por ciento de las tablillas cuneiformes que después se desenterrarían en aquellas tierras contienen cuentas y documentos administrativos o jurídicos: préstamos, intereses, cancelaciones de deuda, arrendamientos, multas. Cuneiforme quiere decir, precisamente, que sus trazos tienen forma de cuña, la marca que deja una caña al presionarla contra la arcilla húmeda. La escritura no nació para contar historias y luego encontró una ocupación secundaria en la contabilidad. Desde el comienzo estuvo metida hasta el cuello en una pregunta: quién debe qué a quién, cuándo debe devolverlo y según qué equivalencia.

Aprendimos a llevar las cuentas mucho antes de aprender a escribir poemas con aquellos mismos signos. La contabilidad se adelantó a la literatura. ¿Por qué fueron precisamente las cuentas las que forzaron la aparición de la escritura? Porque la memoria ya no podía con ellas. Una persona puede recordar quién la trató bien y quién le debe un favor. Un templo que administra la comida de cientos de personas, decenas de deudas de grano con vencimientos distintos y arriendos que cambian de una temporada a otra acaba perdiéndose si solo dispone de cabezas y palabras. Llegado cierto volumen, lo que se debe necesita salir de la memoria humana y depositarse en una superficie exterior: algo que no olvide, pero que tampoco se ablande. La primera tarea de la escritura consistió en llevar las cuentas sobre esa superficie.

Muchas de aquellas tablillas tempranas apenas contienen una sucesión de dibujos de bienes acompañados por cantidades. Se parecen mucho a una lista de almacén o a un reconocimiento de deuda de nuestros días. No hay frases ni gramática; cuesta incluso hablar todavía de lenguaje. Hay una cantidad disponible y otra que se debe, inscritas en el barro. La primera mano que tomó una caña para escribir quería evitar que se perdiera una cuenta, antes que dejar constancia de lo que llevaba dentro. Ese comienzo tan poco solemne casi decidió todo lo que vendría después. Desde que puso los pies en el mundo, el oficio de escribir estuvo al servicio de las deudas.

El mundo anterior funcionaba mediante recuerdos que nadie escribía, testigos, reputaciones y la historia de las manos por las que había pasado un objeto. Ahora, por primera vez, lo debido se imprimía sobre una superficie y podía medirse, compararse y reclamarse. Aquel libro mayor que llevaba tanto tiempo en camino había encontrado por fin un cuerpo. Su cuerpo era una tablilla de arcilla.

Y, con el cuerpo, apareció el carácter. Una cuenta guardada en la memoria puede aflojarse al calor del trato. Un funeral, una ayuda en un mal momento o unas buenas palabras bastan a veces para que se dé por saldada, sin hacer ruido. La cuenta grabada en barro es bastante más dura y más fría. No sabe que este año una desgracia te dejó sin nada. No le importa que el padre del acreedor fuera amigo tuyo. Reconoce la cifra que lleva escrita y la fecha de vencimiento; eso es todo. En el mundo anterior, la deuda formaba parte de la relación y era la relación la que decidía cuánto apretar. Con la tablilla, la deuda pudo colocarse fuera del vínculo y, desde allí, empezar a apretarlo.

En cuanto aquel cuerpo tomó forma, llegó algo nuevo. Y llegó con su sombra.

Lo nuevo era un libro mayor que aspiraba a contarlo todo hasta la última cifra. Su sombra era el resto que nunca conseguía cuadrar, por mucho que afinase las cuentas. Ambos aparecieron juntos por primera vez en Mesopotamia. El registro recogía en la arcilla cada obligación, una tras otra, pero allí donde más estrechaba el cerco hacía aflorar precisamente aquello que no cabía en él. Y lo hacía con tal fuerza que los reyes tenían que volver sobre sus pasos, derribar el libro entero y empezar a escribirlo de nuevo.

2. Todo bajo una misma medida

La importancia de los templos y los palacios está en que obligaron a cosas muy distintas a pasar por una misma medida.

Desde muy pronto, la plata y la cebada, junto con cantidades menores de cobre, estaño y oro, sirvieron a la vez como medios de intercambio, unidades de cuenta y formas de guardar riqueza. Los préstamos tenían tipos de interés fijados por la ley, tanto si se prestaba plata como si se prestaba cereal. Durante largos periodos, el sistema de precios contó además con una equivalencia de referencia. Una de las habituales equiparaba un gur de cebada con un siclo de plata: el gur correspondía a unos trescientos litros; el siclo, a unos ocho gramos y medio. Se intentaba situar el grano, la plata, la renta de la tierra, los salarios y las multas en un único plano contable, de modo que pudieran convertirse unos en otros. Ese fue el paso decisivo para hacer conmensurable lo que se debía. Ahí empezó a funcionar de verdad el libro mayor.

La medida común es el cimiento de ese libro. Sin ella, el grano se queda en grano; la plata, en plata; la renta de una parcela y una prestación de trabajo permanecen separadas. Nada se convierte en nada y no hay manera de reunir las cuentas. Cuando la cebada puede expresarse en plata, la plata en salarios y los salarios en multas, obligaciones que antes no tenían nada que ver consiguen alojarse en un mismo registro. Se suman, se restan, se compensan hasta llegar al saldo. Quien posee esa medida posee también el poder de convertir en números los intercambios de una sociedad entera. Los templos y los palacios la tenían en sus manos. La conmensurabilidad no brotó sola del suelo: hicieron falta un centro suficientemente poderoso y una serie de reglas de conversión para imponerla.

Podemos ver esa medida en la vida más menuda, mucho antes de buscarla en las abstracciones de un código. Una tablilla temprana de raciones registra la cebada que un templo distribuía a unos doscientos trabajadores y a sus hijos. Los adultos recibían treinta o cuarenta silas al mes; los niños, veinte. El sila era una unidad de capacidad. El templo era el mayor empleador de aquel mundo y mantenía durante todo el año a cientos de personas dedicadas al cultivo y al tejido. Los primeros salarios, los primeros repartos de alimentos a gran escala y la primera contabilidad administrativa no estaban distribuidos entre tres oficinas independientes llamadas hacienda, empresa y asistencia social. Se anotaban, asiento tras asiento, sobre la misma clase de tablilla.

Reunir salarios, raciones, trabajos obligatorios y tributos en un mismo soporte tenía consecuencias mucho mayores de lo que parece. El trabajo que alguien hacía para el templo, el grano que recibía, la renta que debía y el servicio que se le exigía entraban en una sola cuenta. Todo podía compensarse, liquidarse y reclamarse. Una persona viva, con su trabajo y sus obligaciones, quedaba metida entera en una casilla. De ahí crecería una costumbre que después nos resultaría extraordinariamente familiar: tarde o temprano, lo que puede contabilizarse empieza a administrarse como una cuenta. Y cuando alguien entra en el registro, aquello de su persona que no admite anotación comienza a parecer inexistente, o al menos poco importante.

Sin embargo, las mismas tablillas que empujaban las cosas hacia la abstracción dejaban ver, una y otra vez, hasta dónde alcanzaba esa abstracción. La medida común permitía convertir personas, tierras y objetos en cantidades. Una mala cosecha, una inundación, la enfermedad y la muerte, la huida, los funerales o el cuidado de los viejos no iban a obedecer al libro por el mero hecho de figurar en él. Lo que se sometía a esa medida nunca fue únicamente plata y cebada. Entraban también cuerpos, hogares, prestaciones de trabajo y tierras. Precisamente las cosas que peor se dejan gobernar por una cuenta.

Cuanto más quería cuadrarlas el registro, más visible se volvía lo que no cuadraba. Una parcela figura en la tablilla como una cantidad, pero este año se inunda y el siguiente se seca. La cifra sigue en su sitio; la cosecha ya no responde a ella. Un trabajador aparece como tantas decenas de silas mensuales de ración, pero enferma, envejece, muere o se escapa, y aquella cuenta se interrumpe. La plata puede quedarse donde está sin cambiar. Las personas y la tierra viven a merced del tiempo, del dolor y de la muerte; se apartan continuamente de lo que dice el registro. La contabilidad les abrió la puerta para aclarar las cuentas. Al dejarlas entrar, dejó pasar también todo lo que en ellas nunca iba a poder calcular.

3. De la cuenta al contrato

Cuando la deuda dejó de ser un apunte en el reparto de un almacén y pasó a ser un derecho privado que podía llevarse ante un tribunal, la tablilla adquirió todavía más aspecto de prueba irrefutable.

Muchos contratos se guardaban dentro de sobres también hechos de arcilla. En la superficie exterior quedaban impresos los sellos de las partes y los testigos. Una tablilla de préstamo en plata del periodo paleoasirio lo especifica con claridad: el documento enumera a los testigos y sus sellos aparecen en el sobre. En otro recibo, correspondiente a un préstamo ya devuelto, se declara que la deuda ha quedado saldada y que cualquier reclamación posterior carecerá de validez. Estos documentos tienen un rasgo muy marcado: dan forma de antemano a las disputas del futuro. Quién pidió prestado, cuánto recibió, cuándo debe devolverlo, qué ocurre si se retrasa y si el pago invalida el título anterior: todo queda fijado antes de que llegue el conflicto.

Conviene detenerse en ese detalle que parece menor: si, una vez pagada la deuda, el documento antiguo deja de valer. ¿Por qué insistir en un recibo en que lo debido ya se ha pagado y nadie podrá reclamarlo otra vez? Porque una cuenta escrita tiene un inconveniente: no desaparece por sí sola. Un favor se devuelve y queda devuelto, sin necesidad de anunciarlo. Pero un reconocimiento de deuda sellado, mientras siga existiendo, puede salir otra vez de un archivo y servir para cobrar por segunda vez. Para acabar realmente con la deuda no basta con entregar el dinero. Hace falta escribir otro documento que declare, con todas las formalidades, que el anterior ha perdido su fuerza. Hasta la cancelación de lo escrito exige volver a escribir. Multipliquemos ese pequeño inconveniente por millones y tendremos el problema entero al que más tarde deberán enfrentarse los edictos reales. La deuda sale de la relación y se convierte en un objeto escrito: admite aplazamientos, pagos parciales, intereses de demora y una explicación ante el juez.

El cambio es decisivo. Una deuda que puede sostenerse en la mano, trasladarse a otro lugar y entregarse a un tercero para que juzgue ya no depende enteramente de las dos personas entre las que nació. Antes, el favor que debías a alguien solo tenía sentido entre esa persona y tú. Ahora hay un documento y un sello. Aunque os hayáis enemistado, aunque entre vosotros se interponga un juez, la obligación sigue en pie y puede exigirse. La deuda ha sido desmontada del vínculo y convertida en una cosa capaz de circular por su cuenta. Y una cosa que circula por su cuenta está a un solo paso de poder comprarse, venderse, cederse o utilizarse para responder de otra deuda.

En los detalles asoman personas de carne y hueso. Un documento registra que dos individuos debían a un mercader seis minas de plata, unos tres kilos. La tercera parte debía pagarse en la siguiente cosecha; el resto se aplazaba, y cualquier nuevo retraso devengaría intereses mensuales. Otro contrato de préstamo en plata, de alrededor del 1800 a. C., tiene como deudora a una mujer llamada Amurritum, algo bastante infrecuente entonces. El préstamo iba del mes duodécimo al tercero del año siguiente: tres meses, justo a través de la temporada de la cosecha. Un comentario llega a proponer que, durante el mes intercalado de aquel año, hubo escasez de cebada. La medida común nunca fue una matemática limpia, suspendida en el aire. Estaba encajada en los trabajos del campo, el calendario, el breve margen de la recolección y la posición de una persona dentro de su casa. La cuenta podía ser un algoritmo anónimo. Quien pedía prestado seguía teniendo un nombre, un sexo, una pertenencia familiar y un momento concreto de hambre.

Debajo del nombre de Amurritum había alguien irrepetible. El contrato la convierte en una prestataria, una fecha de vencimiento y un interés del veinte por ciento. Pero era una mujer, y ya resultaba poco habitual que una mujer pidiese plata prestada mediante un documento. Los tres meses de su préstamo coincidían con el tramo más difícil entre las provisiones que se acababan y la cosecha que aún no llegaba. A eso se sumaba, aquel año, el encarecimiento del grano durante el mes intercalado. En la cuenta, todo se comprime en unas pocas cifras nítidas. Detrás de las cifras hay una persona concreta, acorralada por una dificultad concreta, que suscribe una obligación que quizá nunca consiga pagar. Cuanto mejor la ajusta el libro al modelo de deudora, más cosas deja fuera de las que hacen que ella sea ella.

Hoy tendemos a imaginar la monetización como la retirada de la confianza personal. Las tablillas muestran dos movimientos simultáneos. La plata, la cebada, los intereses regulados y los vencimientos pactados permiten tratar las deudas de forma uniforme. A la vez, los testigos, los sellos, los archivos de las casas y la fama de un determinado mercader impiden que esa uniformidad llegue a separarse del crédito de personas concretas. Algunos estudios condensan el asunto en una expresión: plata y confianza. La plata aporta una medida común y anónima, pero para que funcione hacen falta reputación, sellos, parentesco y tribunales. El cálculo que no distingue entre personas y las garantías que dependen del trato entre ellas están entrelazados desde la primera deuda escrita. Ninguno ha conseguido devorar al otro.

Se entiende fácilmente por qué no logran separarse. Una tablilla con cifras y fechas no sale sola a cobrar. Cuando llega el día del impago, son los testigos quienes declaran; es el sello el que acredita que el deudor formalizó el documento; es el tribunal el que lo ejecuta conforme a las reglas del lugar. Y es la reputación acumulada por el mercader durante años lo que disuade a otros de negarse a pagarle sin más. Para tocar suelo, la medida anónima necesita apoyarse en todo un entramado que distingue personas, reconoce prestigios y concede importancia a la cercanía. Cuanto más aspira la plata a hacer intercambiable cualquier trato entre cualesquiera individuos, más necesita, para sostenerse, aquello que hace diferentes a unos individuos de otros.

4. El interés hace crecer la tablilla

Si queremos ver cómo una cuenta escrita empieza a crecer por su cuenta, basta con mirar el interés.

Hammurabi, rey de la antigua Babilonia, dejó un código célebre. Una de sus disposiciones establece un interés anual de aproximadamente un tercio para los préstamos en grano y de un quinto para los préstamos en plata. En el conjunto más amplio de los documentos jurídicos aparecen con frecuencia un veinte por ciento legal para la plata y alrededor de un treinta por ciento para la cebada. Las propias tablillas muestran, sin embargo, que los tipos efectivamente cobrados podían quedar bastante por encima o por debajo de los oficiales. No hace falta adentrarse en cálculos complicados. Basta con acumular unos años de malas cosechas, otros de impagos y otros de deudas aplazadas para comprender cómo un interés legal que sobre el papel parece moderado puede convertir una tablilla pequeña en la ruina de una familia.

Hagamos una cuenta sencilla. Un veinte por ciento anual no suena especialmente feroz. Pero se va sumando: si hoy se debe uno, el año próximo se deberá uno coma dos y, al siguiente, uno coma cuarenta y cuatro. En pocos años la cantidad se duplica. El cereal no crece así. La tierra da la cosecha de un año cada año, y da menos si hay sequía o inundaciones. No va a duplicar su producción para acompañar al interés. Por un lado avanza una deuda que se acumula según la aritmética; por el otro, una cosecha dependiente del cielo, buena unas veces y mala otras. Las dos líneas se separan cada vez más. Basta con que se interpongan una o dos cosechas malas y el acreedor permita añadir al principal los intereses impagados, para que también estos generen intereses, y la familia habrá perdido la posibilidad de alcanzar a su propia deuda.

Hay una precisión indispensable: en la Mesopotamia temprana, deuda no significaba únicamente lo que hoy entendemos por un préstamo bancario. Hudson, estudioso de la economía antigua, insiste en que muchas operaciones registradas como deudas no empezaban con la entrega de una suma prestada. Podía adquirir esa forma cualquier acuerdo en el que algo se recibía ahora y se pagaba después. El artesano recogía materias primas; el arrendatario quedaba debiendo la renta; el contribuyente dejaba pendientes ciertas tasas; en la taberna se fiaba; los dependientes del palacio se atrasaban en sus tributos. Todo eso podía convertirse en deuda escrita. Y los intereses gravaban tanto el dinero prestado como las rentas atrasadas y otras obligaciones pendientes. La deuda no necesitaba que alguien decidiera ir a pedir un préstamo para ponerse a crecer. Bastaba con que la vida estuviera organizada como una larga sucesión de pagos diferidos capaces de devengar intereses.

Esto cambia la naturaleza del problema. Si alguien se endeuda porque le falta dinero y lo pide prestado, la exigencia de devolverlo conserva al menos una lógica reconocible: tanto recibiste, tanto debes pagar. Pero cuando los impuestos, las rentas, las tasas, lo comprado al fiado y los tributos atrasados pasan a generar intereses, una persona puede acabar enterrada bajo cantidades crecientes sin haber pedido nunca una sola moneda. Le basta con vivir, cultivar una tierra ajena o no poder pagar entero el impuesto de ese año. Endeudarse deja de ser una decisión ocasional y se convierte en el fondo permanente de la existencia. La sociedad entera queda extendida como una red de obligaciones recíprocas. En cada nudo, el tipo de interés va apretando en silencio.

Una disposición del código merece una lectura detenida porque choca de frente con esa contradicción entre una contabilidad que quiere crecer y un mundo natural que no colabora. Su sentido es este: si una persona tiene deudas y una tormenta destruye su campo, una inundación arrasa la tierra o la falta de agua la deja sin cosecha, ese año no tendrá que entregar grano al acreedor. Deberá humedecer su tablilla y tampoco pagará los intereses correspondientes a ese año. Humedecer la tablilla es un acto institucional que interviene en el propio soporte de la escritura. La deuda se graba en arcilla húmeda y, al secarse al calor, se convierte en una cuenta dura. Para detener temporalmente su crecimiento hay que volver a la tablilla, reblandecerla. La cuenta debe tratarse sobre el mismo material en el que fue escrita.

El gesto de mojar la tablilla contiene casi la historia entera en miniatura. La deuda se inscribe en el barro; una vez endurecido, queda convertida en un objeto muerto, resistente a cualquier cambio, que sigue produciendo intereses conforme a sus cifras, día tras día. Para pararlo hay que volver a esa arcilla, antes de que se endurezca sin remedio, ablandarla otra vez y alisar las marcas. En cuanto toma forma, el libro de cuentas adquiere una inercia que se niega a retroceder. Si se quiere modificar su marcha, hay que actuar sobre su cuerpo. Los posteriores edictos de condonación general harán, en el fondo, el mismo trabajo. Solo que ya no ablandarán una tablilla, sino millones.

La disposición deja a la vista la máquina completa. El sueño del libro mayor consiste en aclarar cada obligación hasta que entradas y salidas se compensen. El interés, sin embargo, hace que las deudas crezcan más deprisa que las plantas, a una velocidad que ninguna cosecha puede seguir pagando. Para cerrar el libro habría que conseguir que todo entrase en las columnas del debe y del haber. Mientras siga corriendo el interés, la deuda irá por delante de la cosecha y faltará siempre el último asiento. La cuenta no terminará de cerrarse. Tarde o temprano, alguien tendrá que intervenir desde fuera.

Ese «desde fuera» es la bisagra de toda la historia. El libro no lleva freno incorporado. Los intereses siguen subiendo y el deudor sigue hundiéndose; con las fuerzas internas de ese mecanismo, lo debido no vuelve nunca a cero. Para detenerlo hace falta una fuerza exterior a la cuenta, algo que no esté sujeto a esa deuda y que sea más poderoso que todos los acreedores. En Mesopotamia, ese algo fue el rey. A lo largo de la historia posterior cambiará muchas veces de rostro, pero seguirá desempeñando el mismo papel: la fuerza que introduce la mano desde fuera del registro y vuelve a abrir unas cuentas que parecían fijadas para siempre.

5. Cuando la cuenta alcanza el cuerpo

La exención de intereses después de una mala cosecha deja entrever algo todavía más brutal: llega un momento en que la cuenta empieza a cobrarse sobre el cuerpo de las personas.

Otra disposición del código expresa sin delicadeza el precio humano de la operación. Si la necesidad económica atrapa a un hombre y este vende a su mujer, a su hijo o a su hija, o se vende a sí mismo para responder de una deuda, deberán servir tres años en casa del comprador o del acreedor. Al cuarto año se les restituirá la libertad. La norma pone un plazo a la servidumbre por deudas; no la suprime. Lo que dice es que, cuando la obligación escrita crece hasta cierto punto, las personas pasan a formar parte del mecanismo de cobro. Primero se convierte a alguien en una cantidad. Si no puede pagarla, se lo convierte, a él y a los suyos, en fuerza de trabajo y se los hace entrar en la casa del acreedor.

Cada palabra de esa disposición remite a algo que ocurrió de verdad. Un campesino atraviesa varios años de malas cosechas. La deuda crece hasta volverse impagable. Vende primero la tierra familiar; después entrega a su mujer y a sus hijos; por último se entrega él y pasa varios años trabajando sin cobrar para el acreedor. En el libro, una obligación ha encontrado su compensación. En la vida, una casa se ha deshecho, alguien ha sido arrancado de su existencia y metido en una casa ajena para servir de herramienta. Que el código imponga un máximo de tres años indica, precisamente, que el fenómeno era bastante común para exigir un freno legal. Poner precio a una persona y utilizarla para pagar no era una atrocidad excepcional que llegase de fuera a perturbar el sistema. Era el paso al que conducía, con toda naturalidad, una cuenta llevada hasta sus últimas consecuencias.

Por eso tiene tanta fuerza la palabra que viene a rescatar a esas personas. En sumerio encontramos un término para la libertad, ama-gi, cuyo sentido literal es volver junto a la madre. Para quien ha caído en la pobreza, la libertad significa, antes que un derecho político abstracto, salir de la servidumbre por deudas y regresar a la casa de la que salió. La plata había proporcionado una medida anónima. La palabra que saca a alguien de esa medida, en cambio, conserva todo el calor de una familia: volver con la madre. De ahí que las condonaciones posteriores no pudieran limitarse a tachar una línea de números. Había que liberar a las personas y devolver también las tierras entregadas para responder de lo debido.

En ese punto chocan dos direcciones. El libro reconoce cantidades: cuánto se debe, cuánto se ha compensado, cuántos años hacen falta para saldar. La palabra que devuelve a alguien a casa reconoce vínculos: de quién es hijo, con qué madre debe reunirse, a qué linaje pertenece. La primera dirección mira hacia fuera y busca una cifra válida entre personas cualesquiera, que las mida a todas por igual. La segunda mira hacia dentro y reconoce a esta persona concreta, con una historia que solo es suya. Por eso cancelar la deuda tenía que incluir la liberación y la restitución de la tierra. Se puede tachar la cifra y dejar al deudor todavía retenido en una casa ajena, mientras su parcela sigue en manos de otro. Para desatar de verdad aquella cuenta había que devolver a la persona a sus relaciones y a la tierra a su dueño anterior.

La contabilidad convierte a alguien en una cifra; ese alguien no se deja disolver entero en ella. Puede ser vendido durante tres años, pero no quedar vendido para siempre. Puede acabar encerrado en el patio del acreedor, pero hay un cuarto año y hay unas palabras, volver junto a la madre, que le reservan un lugar fuera de la cantidad. Lo que no cabe dentro de la cifra y tampoco se deja borrar es el resto. Aquí ese resto adquiere su forma más nítida: la persona a la que se ha puesto precio, pero a la que ese precio no consigue quebrar por completo.

No es casual que ama-gi ate la libertad al regreso a casa. En aquel mundo, quedar sin hogar al que pertenecer y sin un linaje que lo reconociera a uno significaba quedarse de verdad sin amparo. Ahí estaba el espanto de caer en servidumbre: ser arrancado de la propia casa para convertirse en una cantidad y una herramienta dentro de las cuentas de otro. Rescatar a alguien exigía algo más que concederle una libertad de papel. Había que devolverlo a la red que lo conocía y que también lo necesitaba. Ser libre significaba, en primer lugar, tener de nuevo una madre que fuera la suya, un linaje que fuera el suyo. Si una persona no se agota en la cantidad que le asignan es, en último término, porque lleva consigo vínculos que esas cifras nunca conseguirán contar.

6. La tradición de borrar las deudas

Escribir las deudas es una práctica antigua. Borrarlas de una vez también lo es.

A medida que avanzamos por la historia de Mesopotamia, el mismo gesto reaparece. Hacia el 2350 a. C., en Lagash, las inscripciones de las reformas del gobernante Urukagina declaran que vació las prisiones donde se retenía a niños por deudas, estableció su liberación y pactó con el dios no entregar a huérfanos y viudas en manos de los poderosos. Es una de las primeras formulaciones políticas que reúne liberación, deuda y protección de los débiles. Hay quienes remontan expresiones semejantes una generación más atrás, a otro gobernante de Lagash: allí encontrarían ya una proclamación que devolvía los hijos a sus madres y las madres a sus hijos, además de cancelar los intereses. Conviene conservar la cautela. La divulgación suele presentar esta línea con mucha seguridad; la investigación rigurosa es bastante más prudente.

Por discutidos que estén los detalles, algo se ve con claridad. La condonación no fue la ocurrencia genial de un solo rey. Es un acto que se repite a lo largo de cientos, incluso miles de años, repartido entre inscripciones de acceso al trono y edictos de numerosos soberanos. Parece un mecanismo que vuelve a activarse cada cierto tiempo. Esa repetición ya nos dice algo esencial: si hay que borrar las cuentas una y otra vez es porque borrarlas una sola vez no resuelve la deuda. Las obligaciones vuelven a acumularse y el gesto tiene que repetirse. La recurrencia es, precisamente, la prueba de que nunca hubo una solución definitiva.

Más adelante, en la Asiria de alrededor del 1900 a. C., las inscripciones reales utilizan otro término de liberación: andurārum. Un rey asirio declara haber establecido la libertad para los acadios y sus descendientes. En el mundo paleoasirio del comercio a larga distancia, sin embargo, esa palabra podía abarcar también rebajas de impuestos y exenciones de peajes o derechos aduaneros. Su alcance no se reducía a la cancelación de deudas privadas. Cuando llegamos a Hammurabi, que reinó entre 1792 y 1750 a. C., su código contiene ya la exención de intereses por mala cosecha y la limitación de la servidumbre por deudas, aunque el código en sí no sea un edicto de condonación general. Según algunas reconstrucciones, su dinastía dictó medidas de ese tipo en más de una ocasión. Uno de los reyes posteriores a él promulgó una al subir al trono: perdonaba atrasos debidos al palacio por quienes cultivaban, pastoreaban o criaban caballos para la corona, y también deudas de determinados soldados y ciudadanos comunes.

El edicto paleobabilónico de condonación que se ha conservado de forma más completa procede de un rey de hacia el 1640 a. C. Cancela deudas y libera a quienes habían quedado sometidos a servir por ellas. Una de sus disposiciones más conocidas establece que, si alguien prestó cebada o plata a interés y lo formalizó por escrito, aquel documento quedaba ahora sin efecto, puesto que el rey había establecido la justicia en todo el país. Ya no podía utilizarse para reclamar ni cebada ni plata. El núcleo de la medida va más allá de aliviar la carga de los pobres: priva al acreedor del derecho a cobrar apoyándose en el documento. Esa clase de intervención regia, que rectificaba el orden en su conjunto y restablecía la justicia, recibía el nombre de mīšarum. La vertiente que ponía el acento en devolver a casa a las personas sometidas por deudas se vinculaba con el andurārum mencionado antes. Ambas podían reunirse en un mismo edicto, pero cada una tenía su énfasis.

La lectura de aquel edicto, el más íntegro que ha llegado hasta nosotros, produce una impresión singular. Lejos de limitarse a exaltar la bondad del rey en abstracto, enumera las operaciones una por una: qué clases de deuda quedan anuladas, cuáles se excluyen, quién debe ser liberado y qué documentos dejan de servir para exigir un pago. Trabaja como un bisturí introducido con precisión en unas cuentas ya escritas, tachando determinados asientos. Cuanto más minucioso sea el registro, más minuciosa tiene que ser la orden que lo borra. Un sistema de cobro cuidadosamente articulado no se desactiva con una vaga declaración de clemencia. Hace falta un texto igual de preciso y de rango superior. La condonación habla la lengua de la contabilidad que viene a corregir.

Ahí queda al descubierto el mecanismo decisivo. Condonar obliga a reescribir por la fuerza la estructura que permitía reclamar; olvidar las deudas no basta. Para borrar de una vez unas cuentas escritas se necesita otra escritura situada por encima de ellas: el edicto del rey. Si una tablilla aplasta a una familia, hace falta que otra tablilla mayor se imponga a la primera para poder levantarla. Y esa escritura superior también es una construcción. No ha acabado con el libro de cuentas. Se ha colocado por encima de él.

La implicación merece que nos detengamos. La condonación pertenece al mismo mundo del libro: es también una cuenta, de mayor tamaño y mayor rango. Para anular lo debido en millones de tablillas no se ordena simplemente olvidarlas. Se redacta algo nuevo que declara inválidos esos documentos. Se deshace escritura mediante escritura; se afloja una construcción mediante otra construcción mayor. Así se entiende que el gesto tenga que venir del rey. Solo el poder situado por encima de todos los acreedores puede producir un documento capaz de imponerse a todos sus títulos de deuda. El pobre no puede romper por su cuenta la tablilla que lo aplasta. Debe esperar a alguien con poder suficiente para ablandarla por él.

Tampoco ese borrado resulta nunca tan limpio como el trazo que lo anuncia. Un estudio señala que, después de una condonación, se destruyeron documentos de propiedad. Pero el asunto no quedó resuelto el día en que se hizo público el edicto: hubo después revisiones judiciales y reclamaciones. La cancelación abre disputas nuevas. ¿Qué deudas pertenecen a la categoría anulada? ¿Qué títulos de propiedad, reconocimientos de deuda o garantías deben destruirse? ¿Qué documentos pueden conservarse legítimamente y qué operaciones aprovechan la ocasión para apropiarse de lo ajeno? Al palacio le preocupan sobre todo las deudas que amenazan sus ingresos, sus tropas y su capacidad de exigir trabajo: las de arrendatarios de tierras reales, soldados, pastores, dependientes de la corona y familias empujadas a la servidumbre. Si había que incluir también el crédito mercantil de las caravanas era otra cuestión.

Eso obliga a recordar un punto importante: la condonación nunca borraba indiscriminadamente todas las deudas. El palacio llevaba una cuenta todavía más afinada. Le urgía desatar los compromisos que estaban vaciando sus propios cimientos. Quería impedir que todos los que podían cultivar se convirtieran en dependientes de los acreedores, que quienes podían servir como soldados perdieran su condición por deudas y que quienes debían prestar trabajo acabaran huyendo. Las cuentas de negocios acordados entre comerciantes, en cambio, probablemente interesaban mucho menos al rey. Un mismo edicto podía rescatar a una clase de personas y dejar intacta otra clase de deudas. Dentro había todo un cálculo: a quién salvar, a quién no, en qué momento intervenir y hasta dónde llegar. Ninguna respuesta se producía sola. Bajo el rostro de la benevolencia había una evaluación muy despierta de los intereses en juego.

7. Quién puede borrar el libro

Cómo interpretar esos edictos es motivo de fuertes discusiones entre los especialistas.

Hudson reúne Sumer, la antigua Babilonia y el jubileo del capítulo 25 del Levítico dentro de una larga tradición. Su interpretación tiene, a grandes rasgos, tres partes. La primera sostiene que los edictos eran una institución estructural de los Estados del Próximo Oriente de la Edad del Bronce. Servían para contener la polarización social, la expansión de la servidumbre por deudas y el paso de la tierra de las familias que la cultivaban a los grupos de acreedores; su explicación no se agota en ocasionales impulsos de bondad. La segunda precisa su objetivo principal: las obligaciones no mercantiles que crecían en las sociedades agrarias, es decir, impuestos, rentas, tasas y préstamos de grano o plata para los hogares. El crédito de las caravanas comerciales quedaba en otro plano. La tercera afirma que esa tradición fue incorporada después a las escrituras hebreas. La proclamación de libertad del Levítico prolongaría los precedentes mesopotámicos tanto en sus palabras como en su contenido. Hudson insiste además en el problema del volumen total. Con intereses del veinte o el treinta por ciento, cosechas inciertas, rentas e impuestos atrasados y documentos que mantienen durante mucho tiempo el derecho de cobro, las deudas de muchos hogares no pueden volver solas a cero. Solo empujan a la servidumbre, la pérdida de tierras y la huida. El poder regio se ve obligado, por ello, a borrarlas en conjunto una y otra vez. Para Hudson, la comparación decisiva enfrenta dos maneras de proteger la sociedad, en lugar de oponer sin más una Antigüedad despótica a una modernidad libre. El Próximo Oriente habría elegido las cancelaciones periódicas para conservar una base de poseedores libres de tierras. Más tarde, Grecia y Roma habrían dejado con mayor frecuencia que las pretensiones de los acreedores se acumulasen hasta el límite, tratando después las consecuencias mediante guerras civiles, revueltas o reformas muy restringidas.

La fuerza de esa comparación consiste en sacar la condonación del gabinete de curiosidades antiguas. La convierte en una respuesta a una dificultad de la que ninguna sociedad queda completamente a salvo. Si la deuda puede generar intereses y un documento permite reclamarla durante mucho tiempo, su volumen tiende a crecer más deprisa que la riqueza material. Al llegar a cierto punto, quedan dos salidas: una autoridad la borra desde arriba o se permite que desgarre la sociedad hasta desembocar en violencia. En la lectura de Hudson, el Próximo Oriente optó por la primera vía: el rey intervenía, limpiaba las cuentas y volvía a ordenar el terreno. El mundo clásico recorrió más veces la segunda: dejó que las deudas se acumularan hasta el derrumbe y recomenzó entre sangre. Ninguna de las dos resolvía para siempre el problema. Cada una establecía su propia manera de volver a tratarlo. Ahí está lo esencial: la imposibilidad de cerrar las cuentas no sería una dolencia particular de una época, sino una enfermedad que el libro lleva consigo.

Los asiriólogos más prudentes no niegan que esos edictos existieran ni que alterasen de verdad transacciones, derechos de cobro y situaciones personales. Les preocupa que los materiales se lean como una secuencia demasiado ordenada, demasiado continua y demasiado parecida al jubileo posterior. Algunos advierten expresamente contra un argumento circular. Se utilizan el año sabático y el jubileo del Antiguo Testamento para interpretar Mesopotamia; luego se recurre a las tablillas mesopotámicas para demostrar que el jubileo bíblico tenía que ser una supervivencia de las instituciones antiguas de Asia occidental. De tanto explicarlas unas por otras, instituciones diferentes acaban pareciéndose cada vez más. Otros estudios lo dicen de una forma muy escueta: aquellas remisiones eran intermitentes y a menudo se promulgaban al comienzo de un reinado; no obedecían a un calendario que las activase como un despertador. La precisión da justo en el punto donde la divulgación suele deslizarse. De frecuente y repetido se pasa, sin advertirlo, a estrictamente periódico, rutinario e indispensable para cualquier civilización.

Esta cautela importa. Convertir intervenciones intermitentes, distintas según el lugar y el momento, en una especie de constitución que funciona automáticamente con el calendario borra una dimensión central de la historia: el margen de lo que no estaba decidido de antemano. Una condonación podía buscar el apoyo de la población tras una subida al trono; otra, responder a una mala cosecha o a una derrota; una tercera, recuperar parte del poder perdido frente a los acreedores. Variaban las razones, el alcance, la intensidad y las consecuencias. La posición prudente intenta impedir que la elegancia de un modelo aplaste esas diferencias vivas. La ambición de largo alcance de Hudson permite ver muy lejos, pero ahí reside también su riesgo: al mirar tan lejos se pueden alisar las arrugas de lo cercano. Otros investigadores insisten en la precisión de los términos. Aunque mīšarum y andurārum aparezcan relacionados con frecuencia, no conviene tratarlos como sinónimos exactos. Hay que examinar cada documento para saber si lo principal es perdonar impuestos y rentas atrasados, liberar personas sujetas por deudas o restituir propiedades que habían cambiado de manos.

El desacuerdo puede resumirse en una pregunta: ¿los edictos constituían una técnica habitual de gobierno o una respuesta de crisis, activada por sucesiones, malas cosechas, guerras y desequilibrios fiscales? Hudson subraya su carácter estructural y regular. La posición más cauta se resiste a proyectar el jubileo posterior sobre el Próximo Oriente temprano y a montar un régimen de periodicidad demasiado perfecto a partir de documentos dispersos. Al contar esta historia, importa menos votar por un bando que reconocer la contingencia que la discusión deja visible. Aquellas sociedades cancelaban deudas repetidamente, sí. Pero cuánto cancelaban, para quién, en qué coyuntura política, si alcanzaba también a los créditos privados, si los documentos antiguos llegaban a destruirse, cómo actuaban los jueces y cómo intentaban eludirlo los acreedores eran preguntas abiertas. Ninguna tenía una respuesta automática.

En el capítulo 25 del Levítico sí cambia algo fundamental. La liberación queda incorporada a un calendario fijo. Se cuentan siete años sabáticos y, al llegar el año cincuenta, debe proclamarse la libertad para todos los habitantes de la tierra. Cada cual volverá a su propiedad y cada cual regresará a su familia. La clave está en esa segunda parte: regresar a la propiedad, regresar al linaje. Esa estructura se aproxima mucho a la liberación de personas y la restitución de las posesiones anteriores que encontramos en las tablillas mesopotámicas. Algunos investigadores llegan a estudiar en una misma genealogía la palabra hebrea que designa la libertad y la acadia que designa la liberación. La diferencia crucial está en quién pone en marcha el acto. En Babilonia depende principalmente de que el rey intervenga en un momento determinado. En el Levítico queda ligado al ciclo del calendario y al deber de la comunidad, sin tener que esperar la gracia del monarca. Cambia la titularidad del derecho a borrar el libro: pasa del rey humano a ese año que debe llegar a su debido tiempo. Precisamente por eso fue más fácil que después se leyera como una utopía, una ley ideal, un programa que nunca se habría cumplido rigurosamente.

Se ejecutara o no con rigor, el cambio es profundo. Quitar al rey la potestad de borrar las cuentas y entregársela a un año que llega cuando le corresponde equivale a admitir algo: la deuda necesita ser cancelada porque su propio crecimiento la conduce hasta un punto en que eso resulta inevitable. Ya no hay por qué esperar a que un soberano tenga un momento de bondad. Se establece una ley periódica. Lo que dependía de una benevolencia ocasional asciende al rango de obligación institucional; la necesidad de derribar y rehacer el libro una y otra vez queda escrita expresamente en la norma. Que las sociedades humanas consigan después cumplirla es otro problema antiguo. Se discute desde Mesopotamia y la discusión todavía no ha terminado.

8. Escribir y borrar

A estas alturas, la máquina que ya funcionaba antes de que apareciera el dinero ha conseguido, por primera vez, un cuerpo. También tiene ya una historia.

La cuenta escrita es el primer cuerpo plenamente material de la construcción. Lo debido se imprime sobre una tablilla que permite medirlo, compararlo y exigirlo, además de secarlo al calor y archivarlo. Se vuelve más duro, más frío y más fácil de hacer cumplir por la fuerza que cuando solo vivía en el recuerdo de las personas. La conmensurabilidad da aquí su paso más firme hacia el cierre: expresar todo en una unidad común y permitir que cualquiera, armado con un documento, lleve hasta el final su reclamación contra cualquiera.

Pero las cuentas nunca terminan de cuadrar. El interés hace crecer la deuda más deprisa que cualquier cosecha, mientras la persona se resiste a quedar disuelta por entero en la cantidad que le han asignado. El libro no se cierra. Aparece entonces la condonación: un escrito mayor reordena desde arriba el mecanismo de reclamación, saca a las personas de las cifras y las devuelve a casa, restituye las tierras a sus dueños anteriores. Tampoco eso cura la enfermedad. Una vez publicado el edicto, las deudas empiezan a anotarse de nuevo desde cero. Se acumulan asientos, vuelven a correr los intereses y vuelve a empujarse a las personas hacia la servidumbre. Tarde o temprano hará falta otra cancelación. Escribir, crecer, borrar, volver a escribir: esa es la primera vuelta completa de la máquina en Mesopotamia. Su movimiento no depende del capricho de alguien empeñado en que no se pare. Depende de un libro mayor que aspira a contarlo todo y al que siempre le falta una última anotación. Por eso tiene que empezar de nuevo.

Puede seguir discutiéndose si aquellas condonaciones fueron instituciones ordinarias o medidas de emergencia. Cualquiera de las dos interpretaciones tiene que reconocer que reaparecen una y otra vez. Y reaparecen porque, una y otra vez, la cuenta no se deja cerrar. Lo que cada condonación libera y cada nueva deuda vuelve a atrapar es siempre lo mismo: esa persona a la que se puede poner precio, a la que se puede retener durante tres años, pero a la que no se consigue quebrar para siempre. Ella es el resto que no cabe dentro del libro y que tampoco se deja borrar. La condonación tacha las cifras. A esa persona no la tacha.

Al contemplar la vuelta completa vemos dos líneas que nunca han dejado de avanzar juntas. Una es la cuenta: la medida anónima que quiere expresarlo todo en números, se afila cada vez más y deja sus asientos cada vez más duros. La otra es la confianza: sellos, testimonios, reputaciones y parentescos, todo lo que permite que la medida funcione y que, fuera de la cifra, una persona siga contando como persona. El registro quisiera arrinconar esa confianza, pero no logra desprenderse de ella y a cada paso necesita apoyarse en sus garantías. Y cada vez que la deuda crece hasta llevar a alguien a la servidumbre, hacen falta unas palabras con olor a casa para sacarlo de entre los números. Las dos fuerzas siguen entrelazadas. Ninguna ha ganado. Llegan así hasta nosotros.

La plata proporcionó una medida anónima, pero la palabra que rescataba a las personas de ella siguió conservando el calor de volver junto a la madre. Cuanto más precisa se volvía la escritura de la deuda, más necesario resultaba borrar periódicamente el registro entero. Escribir lo debido y anularlo tienen la misma antigüedad. Juntas, esas dos prácticas dicen algo aún más antiguo: en cuanto una construcción toma forma, empieza a perseguir el resto que nunca podrá recoger por completo. Como no lo alcanza, tiene que desmontarse y empezar de nuevo. Las cuentas siguen sin cuadrar. Y se siguen llevando.

Reescritura española independiente basada en la argumentación y las fuentes del original chino, recompuesta para lectores en español. 中文・English