Que la comida de nuestra mesa vuelva a tener sabor
Texto chino del capítulo
Manuscritos en seda · texto chino adoptado por este comentario
小邦寡民:使有什佰之器而毋用,使民重死而远徙。有车舟无所乘之,有甲兵无所陈之,使民复结绳而用之。甘其食,美其服,乐其俗,安其居。邻邦相望,鸡犬相闻,民至老死不相往来。
Sobre el texto y la puntuación
El texto chino sigue el Dao De Jing comentado por el autor (《道德经注·君子不器》). Se basa en los dos manuscritos en seda, A y B, con correcciones y restituciones editoriales; no es una transcripción carácter por carácter de ninguno de ellos. La numeración de los capítulos sigue el texto recibido, y la puntuación, la del comentario. Los caracteres chinos no cambian al seleccionar otro idioma de lectura.
Leer el artículo en que se basa este capítulo (en inglés o chino)
I. ¿Una vida sencilla o una vida cerrada?
Un país pequeño, pocos habitantes, instrumentos que no se utilizan, vecinos que se oyen y no se visitan. Leído deprisa, el capítulo 80 parece dibujar una felicidad comprada al precio de renunciar a casi todo: tecnología, movimiento, intercambio y curiosidad.
No es una impresión inventada por lectores distraídos. Las imágenes arcaizantes y la limitación del contacto están realmente en el texto. Pero tampoco agotan sus posibilidades. Esta serie propone leerlo desde otro deseo: que la vida cotidiana no quede subordinada a la expansión, la guerra y la comparación permanente.
Esa interpretación no resuelve de una vez todas las dificultades filológicas ni descubre una equivocación de dos mil años. Abre una conversación con el capítulo. ¿Qué dejaríamos de hacer si disponer de capacidad ya no nos obligara a utilizarla? ¿Qué condiciones permitirían disfrutar del lugar donde vivimos sin convertirlo en una prisión?
La pregunta final será muy cercana: poder encontrar sabor en la comida que tenemos delante. Para llegar a ella, sin embargo, hay que pasar por armas, desplazamientos, registros y fronteras. La sencillez de una mesa depende también de lo que sucede fuera de la cocina.
II. Tener medios no obliga a emplearlos
«小邦寡民»: una comunidad política pequeña y poco poblada. No necesitamos imaginarla pobre ni atribuir a la pequeñez una protección automática. Las comunidades pequeñas también pueden ser invadidas, sufrir escasez o quedar sometidas a poderes mayores.
«使有什佰之器而毋用» menciona instrumentos relacionados con diez y cien. Hay distintas interpretaciones de «什佰之器»: medios de gran capacidad, utensilios para muchos y, en la propuesta antimilitar que seguimos, equipos o medios vinculados a agrupaciones militares. Esta última lectura tiene un contexto posible, pero no constituye el único significado indiscutible.
Las frases siguientes nombran carros y embarcaciones sin ocasión de utilizarlos, y armas y armaduras sin ocasión de desplegarlas. Los medios de transporte tienen usos civiles; su mención no prueba que todos los objetos anteriores sean exclusivamente bélicos. La presencia explícita de armamento sí permite atender a un deseo de no necesitar la guerra.
Así aparece una distinción útil: una capacidad puede existir sin tener que demostrarse mediante su empleo. Poseer armas no obliga a buscar una batalla; disponer de una herramienta no convierte cualquier aplicación en una mejora; poder ampliar una organización no prueba que ampliarla sea lo que la vida necesita.
La renuncia al uso no siempre es desperdicio. A veces es el resultado de haber evitado la situación que habría hecho necesario usarlo. La tranquilidad no necesita fabricar una emergencia para justificar sus medios de protección.
III. Tomar en serio la vida y dejar una salida
El texto adoptado dice «使民重死而远徙». La versión recibida suele incluir «不远徙», no desplazarse lejos. Hay que conservar esa diferencia sin afirmar que todos los manuscritos antiguos ofrecen una única formulación uniforme.
«重死» se entiende habitualmente como tomar la muerte en serio, dar peso a lo que significa perder la vida. No podemos derivar de que «重身» pueda referirse al embarazo que «重死» signifique, por esa vía, reproducirse y morir de manera natural. La semejanza gráfica no establece esa definición.
Sí podemos mantener el deseo que motivaba aquella lectura: que unas generaciones puedan nacer, vivir y envejecer sin ser consumidas por la guerra. Ese es un horizonte humano de la interpretación, no una traducción probada de dos caracteres.
«远徙» abre otra dificultad. Puede leerse en relación con trasladarse lejos, y también ha dado lugar a interpretaciones sobre alejar o evitar el desplazamiento. La lectura de esta serie permite pensar en salir de un lugar peligroso, buscar refugio y no quedar atado a la ambición de quien gobierna. Es una aplicación discutible del pasaje, no una certeza que el texto imponga a todos sus lectores.
En la práctica, ni marcharse ni quedarse debería ser una obligación dictada para comodidad ajena. Huir exige recursos, rutas y protección que muchas personas no tienen. No escapar no equivale a elegir el peligro. Una comunidad que valora la vida necesita condiciones para permanecer con seguridad y vías reales para salir cuando permanecer deja de ser posible.
IV. Menos complicación no significa menos memoria
«使民复结绳而用之»: hacer que el pueblo vuelva a utilizar cuerdas con nudos. La imagen evoca formas antiguas de registro. Tiene un componente arcaizante que no debemos traducir hasta hacerlo desaparecer, y el «hacer que el pueblo» plantea una pregunta por el poder que dispone cómo deben vivir otros.
Podemos proponer una aplicación moderna: reducir las complicaciones que añadimos a una vida sin mejorarla. Formularios repetidos, aprobaciones que nadie necesita, informes cuyo único lector será otro informe. En ocasiones, la complejidad sirve más para sostener un aparato de control que para resolver una necesidad.
Pero no todo registro es opresión ni toda dificultad procede de la guerra. La escritura, los archivos, los servicios y los sistemas técnicos pueden proteger derechos, conservar acuerdos, hacer posible la atención sanitaria y permitir cooperar a distancia. Suprimirlos en nombre de una sencillez ideal puede perjudicar especialmente a quienes necesitan demostrar un derecho frente al poder.
La pregunta útil no es cómo volver a una edad sin herramientas, sino qué complejidad merece su coste y quién puede decidirlo. Una simplificación impuesta que deja a las personas sin información o servicios no devuelve autonomía. Solo cambia de forma la dependencia.
Hay una sencillez que libera tiempo para vivir y otra que obliga a vivir con menos de lo necesario. El capítulo se vuelve fecundo cuando nos ayuda a distinguirlas, no cuando las confunde.
V. El sabor que la comparación tapa
«甘其食,美其服,乐其俗,安其居»: encontrar sabrosa la comida, bellas las ropas, agradables las costumbres y habitable el propio hogar. La frase no empieza por una clasificación externa. Importa cómo se vive aquello que sostiene cada día.
Podemos estar comiendo algo que nos gusta y perder de pronto el gusto al mirar la fotografía de una mesa más lujosa. La comida no cambió. Cambió la relación: dejó de ser una experiencia y se convirtió en una posición dentro de una comparación.
Lo mismo sucede con la ropa, la casa o una celebración. Algo que cumplía una función y daba alegría empieza a parecer insuficiente porque otra imagen nos dice qué debería representar. No necesitamos prohibir toda comparación para reconocer cuándo nos roba el encuentro con lo que sí está presente.
Sin embargo, no toda insatisfacción procede de comparar. El hambre, una vivienda insegura, la discriminación o la falta de atención necesaria son carencias reales. Decirle a quien las padece que aprenda a conformarse sería convertir la sencillez en una excusa para dejarlo sin ayuda.
Podemos disfrutar de una comida y seguir queriendo mejores condiciones de vida. Podemos valorar una costumbre y decidir cambiar una parte injusta de ella. El gozo no requiere inmovilizar el mundo; requiere que la mejora no nos haga incapaces de reconocer cualquier bien antes de que llegue el siguiente.
VI. Vecinos al alcance del oído
«邻邦相望,鸡犬相闻,民至老死不相往来»: las comunidades vecinas se ven, se oyen sus gallos y perros, pero sus habitantes llegan a viejos sin ir y venir entre ellas. Literalmente, la imagen limita el contacto. No significa únicamente «no entrometerse», por mucho que esa lectura resulte más cómoda hoy.
Nuestra aplicación contemporánea puede buscar una cercanía que no se convierta en ocupación: saber que hay otra vida al lado sin tener que dirigirla, medirnos con ella o incorporarla a nuestro proyecto. La distancia no equivale necesariamente a hostilidad; la proximidad no concede derechos sobre la vida ajena.
Pero los vecinos también pueden visitarse, comerciar, aprender y ayudarse libremente. Una convivencia digna necesita respetar esos contactos y la posibilidad de moverse. El ideal no debe servir para encerrar a las personas en una comunidad que otros han declarado suficiente para ellas.
La no intromisión tampoco obliga a ignorar una petición de ayuda o un daño grave. Hay diferencias entre imponer nuestra manera de vivir y ofrecer protección; entre vigilar por curiosidad y responder ante una situación peligrosa.
Quizá la imagen pueda enseñarnos a estar cerca sin exigir presencia constante. Que exista una puerta no obliga a cruzarla cada día, pero una puerta cerrada por decisión propia no es lo mismo que una puerta que no puede abrirse desde dentro.
VII. Simplificar con quien va a vivirlo
Podemos empezar por una capacidad que ejercemos simplemente porque existe. Una reunión disponible, una ampliación posible, una compra al alcance. Preguntarnos qué necesidad real atiende puede permitir conservar el recurso sin inventar una obligación de usarlo.
Después, mirar una complicación que otras personas soportan para facilitarnos el control. ¿Hace falta? ¿Podría resolverse de una manera más sencilla? La respuesta debería incluir a quienes sufrirán la simplificación si eliminamos algo que sí los protegía.
En la vida propia, recuperar una comida, una prenda o un paseo de la comparación continua. No como entrenamiento para aceptar cualquier privación, sino como ocasión de disfrutar sin convertir el disfrute en un concurso.
Y al imaginar una comunidad mejor, preguntar por sus salidas y sus vínculos. ¿Se puede rechazar su ideal de vida? ¿Pedir ayuda? ¿Irse y volver? Una felicidad que solo funciona mientras nadie pueda elegir otra cosa tiene un coste que su retrato suele ocultar.
La paz del capítulo necesita recursos suficientes y menos violencia, no una población adiestrada para desear poco por orden de quien decide cuánto le corresponde.
VIII. Lo cotidiano que la guerra se lleva
Los capítulos 31 y 69 habían rechazado la celebración fácil de la guerra. El 80 nos permite mirar lo que la guerra amenaza: comidas, ropa, costumbres, lugares donde la vida transcurre sin convertirse constantemente en material de una empresa mayor.
Los capítulos 57 y 65 aportan otra conexión: no ocupar toda la capacidad de actuar de los demás mediante planes que presumen saber de antemano qué deben querer. La sencillez no debería alcanzarse privándolos de conocimiento o elección.
En el 81, último capítulo de nuestra ruta, volveremos a las palabras fiables, al conocimiento y a dar sin acumular dominio. La frase final adoptada hablará del camino humano: actuar sin contender por imponerse.
Por ahora, podemos volver a la mesa. Que una comida tenga sabor parece un deseo modesto. Para que lo tenga de verdad, hacen falta alimento, tiempo, seguridad y algo de libertad respecto a la comparación. No es retirarse del mundo. Es recordar para qué querríamos que el mundo funcionara mejor.
Lectura desarrollada en el ensayo IX de la serie. Referencias: I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII y IX.