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Ciclo Cincel–Constructo · Atletismo · Reescritura española
Ensayo 23 / 23

¿Cuán rápido puede correr una persona, cuán alto saltar y cuán lejos lanzar?

De la milla en cuatro minutos a las predicciones sobre cuándo las mujeres superarían a los hombres, los cálculos del límite vuelven a confundir las curvas de los récords con las personas. La regla puede seguir los números que produce la construcción, pero no alcanza la medida última del sujeto.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

1. Una cifra que una y otra vez se calcula mal

Llegados a este punto de la serie, toca hacer la última pregunta: ¿cuán rápido puede correr una persona, cuán alto puede saltar, cuán lejos puede lanzar?

Hay una parte de la pregunta que tiene una respuesta segura. Un ser vivo finito tiene, necesariamente, un límite. Nadie puede correr más rápido que la luz ni saltar hasta la Luna. Esa cifra última tiene que existir, y tiene que ser finita.

Pero hay otra parte que sigue abierta, y de ella trata este ensayo: ese límite que existe, ese límite finito, ¿se puede calcular?

Durante los últimos setenta años, muchas personas inteligentes lo han intentado. Han extrapolado curvas históricas de resultados, construido modelos con parámetros fisiológicos y ajustado distribuciones estadísticas de valores extremos. Han obtenido una cifra concreta tras otra: la milla bajará de tres minutos y medio, las mujeres superarán a los hombres en determinado año, el límite del maratón será tal tiempo.

Una tras otra, esas cifras han resultado equivocadas.

Y la manera en que se han equivocado no responde a una colección de descuidos fortuitos. Reaparece el mismo error de fondo: tomar una relación histórica, sujeta a condiciones, por una ley futura e inmutable.

Aquí vamos a poner esos fracasos uno junto a otro, a ver en qué se equivocó cada cual y después qué equivocación comparten. Ese error común es precisamente la grieta más profunda de la regla que nos acompaña desde el primer ensayo: la que deja a la vista cuando más ambiciosa se vuelve. Los veintidós ensayos anteriores trataban de sus distintos fallos al medir lo que ya había sucedido. Este trata del fallo que comete cuando pretende medir algo que aún no ha ocurrido: el límite último.

2. La ciencia nunca declaró imposible la milla en cuatro minutos

Empecemos por el relato más famoso sobre los límites, porque casi todos sus detalles se han contado mal.

La historia suele ser esta: antes de Bannister, los científicos sabían que era imposible recorrer una milla en cuatro minutos; algunos médicos incluso advertían que intentarlo podía costarle a uno la vida. Entonces, el 6 de mayo de 1954, Bannister corrió en tres minutos, cincuenta y nueve segundos y cuatro décimas, y quebrantó aquella prohibición científica.

Si lo que se pretende describir es un consenso científico documentado, la historia no se sostiene.

No aparece ningún artículo de fisiología anterior a 1954, ningún científico con nombre y apellido, ningún comunicado de una asociación profesional ni ningún dictamen médico que declare fisiológicamente imposible correr en tres minutos y cincuenta y nueve segundos.

Y más importante aún es lo que decía el propio Bannister. Después explicó que, como fisiólogo, no veía ninguna razón física por la que alguien capaz de correr en cuatro minutos y un segundo, o en cuatro minutos y dos segundos, no pudiera acabar bajando de los cuatro minutos. Para él, aquella cifra redonda constituía una barrera de enorme peso psicológico, no una discontinuidad fisiológica. Lo dijo expresamente: la barrera no era física. Recordaba, además, que ya en 1947 había periodistas que pronosticaban que terminaría por caer.

¿Y la cita tantas veces repetida, según la cual médicos y científicos advertían que los corredores podían morir? Aparece en Guinness y en un sitio conmemorativo, pero ninguno aporta una fuente contemporánea de los años cincuenta, identifica al científico ni indica en qué ocasión habría pronunciado Bannister esas palabras. Su procedencia última, por tanto, sigue sin resolverse. La cita, por sí sola, no acredita un consenso científico anterior a 1954. Es posible que algún médico hiciera declaraciones dramáticas, pero los indicios disponibles no permiten establecer quién, cuándo ni en calidad de qué autoridad científica. Eso es algo muy distinto de un consenso científico.

Así queda, pues, la historia real. Antes de 1954, la milla en cuatro minutos sí estaba rodeada de una poderosa aura de misterio, tanto en el público como en el deporte. Se consideraba dificilísima. Landy vivía sus repetidos cuatro minutos y dos segundos como un muro. Todo eso es verdad.

El error histórico no consiste en decir que la gente veía los cuatro minutos como algo extraordinariamente difícil. Consiste en convertir esa dificultad en un teorema científico documentado. La dificultad era real; la ciencia que supuestamente la había elevado a teorema, no.

Este comienzo importa porque fija el tono de todo el ensayo. La primera trampa al predecir un límite no es equivocarse en una cifra. Es disfrazar una barrera psicológica y cultural de frontera científica y fisiológica. Los auténticos modelos científicos que vienen después repetirán la operación con instrumentos más refinados.

Conviene dejarlo claro desde el principio, porque el mismo movimiento atraviesa todos los fracasos que siguen. El relato de la milla en cuatro minutos nos dice que, antes de que alguien supere una barrera, se le inventa una razón científica para declararla infranqueable; una vez superada, la razón se esfuma, y entonces se descubre que nunca tuvo un fundamento científico real. Lo que hacen los modelos posteriores es, en el fondo, una versión más respetable de la misma operación. No dicen que una marca sea imposible: dicen que es el límite, la asíntota, el punto final. Pero cuando ese límite queda atrás, se descubre también que aquella asíntota y aquel punto final nunca tuvieron un fundamento científico invariable. Eran algo ajustado a un tramo de historia, algo que tenía aspecto de límite.

3. La milla en tres minutos y medio: una apuesta a cincuenta años

En 1976, tres investigadores formularon en un artículo una predicción concreta.

Primero hay que corregir un error que sigue circulando: el artículo no apareció en Nature, sino en Scientific American. Su identificador digital comienza con el prefijo que se asocia a Nature, porque Scientific American utiliza ahora la infraestructura del mismo grupo editorial. Ese es, probablemente, el origen de la confusión que se repite.

El método del artículo consistía en estudiar las mejoras históricas de la velocidad media de carrera y proyectar la tendencia hacia delante. Su predicción central era que parecía posible que el récord mundial de la milla llegara a tres minutos y medio en unos cincuenta años.

Cincuenta años después de junio de 1976 nos sitúan en 2026.

Y hoy el récord mundial de la milla sigue siendo el de El Guerrouj de 1999: tres minutos y 43,13 segundos. Más de trece segundos por encima de los tres minutos y medio.

La predicción a cincuenta años que dio el titular ha fallado.

¿Dónde falló? Tomó una tasa histórica de mejora de la velocidad por algo lo bastante duradero como para extrapolarlo muy lejos del intervalo al que se había ajustado. Pero los récords no avanzan a velocidad constante. Los genera un proceso de valores extremos que no deja de cambiar y en el que intervienen el crecimiento de la población, una mayor frecuencia de competiciones, la profesionalización, los avances del entrenamiento, las novedades tecnológicas y la saturación fisiológica. La estabilidad de ninguno de estos factores está garantizada. El error fundamental fue tratar el ritmo de mejora observado en un tramo de historia como una constante extrapolable sin límite.

Para ser justos, los autores hablaban en términos de probabilidad: «parecía posible». No afirmaban haber demostrado un teorema. Volveremos a encontrarnos con este detalle: a menudo, los artículos originales son mucho más cautos que las versiones divulgativas que vienen después.

Esta es la primera forma de fracaso. Podemos llamarla el fracaso de la pendiente supuestamente persistente: una tasa de mejora observada en el pasado acabó ralentizándose, y la predicción había supuesto que no lo haría.

Para entender por qué un fallo así resulta casi inevitable, conviene preguntarse de dónde había salido aquella tasa. A mediados del siglo XX, detrás de las rápidas mejoras en las carreras había todo un conjunto de cambios simultáneos: más personas empezaban a competir, progresaba la ciencia del entrenamiento, mejoraba la nutrición, aumentaban las pruebas y se extendía la profesionalización. Durante un tiempo, todo ello se sumó y produjo una pendiente de mejora pronunciada. Pero ninguno de esos procesos puede acelerarse eternamente. El número de participantes se satura, los métodos de entrenamiento se acercan al límite de su eficacia, se agotan los frutos que estaban al alcance de la mano. Aquella pendiente, por tanto, no era una constante física. Era el producto de una etapa histórica concreta. Prolongarla cincuenta años equivalía a suponer que esa etapa iba a durar para siempre, una suposición casi imposible de sostener.

4. Las mujeres superarán a los hombres: una fecha que vuelve a incumplirse

Hay toda una familia de predicciones dedicada a calcular en qué año las mujeres superarán a los hombres. Dentro de la historia de los pronósticos fallidos sobre los límites, es una de las familias que más estrepitosamente han errado. Y exige especial cuidado: es muy fácil leerla como una afirmación sustantiva sobre los sexos, cuando lo que ofrece es una lección sobre el método de extrapolación.

El 2 de enero de 1992, una brevísima comunicación publicada en Nature extrapoló la mejora histórica más rápida de los récords femeninos de carrera y calculó una serie de fechas de igualdad entre hombres y mujeres. Una revisión posterior de la literatura fisiológica reconstruyó la regresión y dio estos puntos de cruce: 1998 para el maratón; 2025 para los 400 y los 1.500 metros; 2030 para los 800, y 2040 para los 200.

Pasó 1998 y las marcas masculina y femenina del maratón no se igualaron. Pasó 2025 y tampoco lo hicieron las de 400 y 1.500 metros. Esas tres fechas son ya empíricamente erróneas.

¿Dónde estaba el error? En una variable omitida y de enorme importancia: la desigualdad histórica del deporte femenino.

Durante buena parte de la serie de récords femeninos, la situación de las mujeres en el deporte estaba transformándose a gran velocidad. Crecía la participación, se abrían más pruebas, aumentaba el acceso a entrenadores de élite, se ampliaba la detección de talento y aparecían más oportunidades profesionales. Buena parte de la rápida mejora de aquellos años procedía de ese proceso de recuperación de oportunidades sociales, no de una diferencia biológica entre sexos que fuera a estrecharse indefinidamente. Cuando la expansión de la participación perdiera velocidad, nada obligaba a que continuara la pendiente de convergencia anterior. No es adecuado convertir la pendiente histórica de mejora femenina en una tendencia biológica permanente y propia de un sexo.

Había, además, un defecto puramente matemático: un descenso lineal de los tiempos de carrera no puede ser un modelo físicamente válido a largo plazo. Prolongado sin fin, acaba prediciendo un tiempo cero y después tiempos negativos. Un corredor que corre en un tiempo negativo es un absurdo. Mucho antes de llegar a ese absurdo, la fecha estimada de cruce ya depende enormemente del año elegido como punto de partida, porque esa historia contiene rupturas estructurales, no una pendiente estacionaria.

También aquí el propio artículo planteaba una pregunta; su título llevaba signo de interrogación. No proclamaba una identidad fisiológica. Las revisiones modernas lo describen como provocador, incluso medio en broma. Las versiones divulgativas posteriores suelen ser mucho más tajantes que el texto original.

Esta es la segunda forma de fracaso: confundir la recuperación de una desventaja social con una convergencia permanente. Una condición social que cambia a toda velocidad acaba tratada como una constante biológica estable.

5. El año 2156: una predicción cuyo plazo aún no ha vencido

En 2004, de nuevo en Nature, una breve comunicación presentó una predicción más famosa y mucho más lejana.

El método consistía en ajustar sendas rectas a los tiempos de los vencedores olímpicos de los 100 metros, una para hombres y otra para mujeres. Atención: tiempos de quienes ganaban, no variables fisiológicas ni, sin más, la progresión de los récords mundiales. El cruce que llegó a los titulares correspondía a los Juegos de 2156: según el modelo, la vencedora correría en unos 8,079 segundos y el vencedor en unos 8,098. Las mujeres pasarían por delante. El resumen del artículo formulaba expresamente una condición: sucedería si continuaban las tendencias actuales.

Hay que distinguir este pronóstico de los anteriores, porque su situación es diferente: su plazo todavía no ha vencido.

Decir en 2026 que la predicción para 2156 ya ha fallado sería un error lógico. El año 2156 aún no ha llegado.

Pero sí podemos decir dos cosas.

La primera: ese célebre año único oculta un intervalo de incertidumbre extraordinariamente amplio. La discusión del análisis situaba el año de cruce, aproximadamente, entre 2064 y 2788. La precisión mediática de la cifra 2156 era, por tanto, muy superior a su precisión estadística. Un intervalo de incertidumbre de más de setecientos años se comprimió hasta convertirse en un año exacto que pudiera encabezar una noticia.

La segunda: los tiempos de los vencedores olímpicos son datos especialmente malos para extrapolar. No forman una serie de récords que mejore de manera monótona. Quién gana en unos Juegos depende de las tácticas de campeonato, del tiempo, del viento, de la estructura de las rondas y de quién llegue, por las circunstancias que sean, a la final. Tratar a cada campeón cuatrienal como la expresión de un máximo fisiológico que mejora de forma constante introduce un ruido que no está en los datos de récords mundiales. Pocas semanas después, Nature publicó dos comunicaciones críticas.

La formulación honrada, por tanto, no es que la predicción haya fallado. Es esta: los datos posteriores del rendimiento de élite no han sostenido su supuesto de convergencia sostenida, lo que ha restado mucha credibilidad a la extrapolación; su punto de llegada literal, el año 2156, sigue sin haber sido refutado.

Mantener esta distinción es una exigencia de rigor que el ensayo no puede permitirse abandonar. Que una predicción haya sido refutada por los hechos y que su plazo aún no haya vencido son cosas distintas. Que los hechos la hayan refutado y que una revista haya retirado el artículo también son cosas distintas. Las fechas de 1998 y 2025 ya llegaron y el resultado anunciado no se produjo: en esos casos cabe hablar de fracaso. El año 2156 todavía no ha llegado. No cabe decir que ha fallado; sí que sus premisas se han tambaleado. Confundir ambas situaciones sería una falta de rigor, y este ensayo trata precisamente del precio de esa falta.

6. Añadir fisiología no elimina la extrapolación

Alguien dirá que todos los fracasos anteriores se deben a haber mirado únicamente las curvas históricas, sin atender a los mecanismos fisiológicos. ¿Bastaría entonces con incorporar la fisiología para acertar?

La respuesta es no. Añadir fisiología hace más explicable un modelo, pero no necesariamente mejora su capacidad de predicción.

En 1989 apareció un auténtico modelo fisiológico que vinculaba el rendimiento en carrera con varios parámetros: la capacidad energética anaeróbica, la potencia aeróbica máxima, un parámetro de disminución de la potencia aeróbica con la duración del esfuerzo y el coste energético de correr. No era una simple línea de tendencia. Era un modelo fisiológico explícito, basado en mecanismos.

Y, sin embargo, sus predicciones sobre el futuro seguían introduciendo de contrabando una tendencia histórica. Suponían que aquellos parámetros fisiológicos continuarían mejorando. Bajo ese supuesto, situaban la milla en tres minutos y medio hacia 2040. El año 2040 aún no ha llegado, pero la trayectoria de mejora ya es mucho más lenta que la que anunciaban las primeras predicciones lineales.

Lo más digno de atención es el lenguaje de incertidumbre de los propios autores. No confundían álgebra con biología. Al considerar una milla teórica en tres minutos, calcularon que exigiría una potencia aeróbica máxima de unos 112 mililitros de oxígeno por kilogramo y por minuto, algo que, dijeron, parecía quedar muy lejos de las capacidades humanas. En cambio, consideraban suficientemente verosímil un valor en torno a 98 mililitros por kilogramo y por minuto, acompañado de una capacidad anaeróbica muy elevada, como para producir límites teóricos mucho más rápidos en medio fondo.

Fijémonos en lo que sucede. Al mismo modelo se le introducen distintos supuestos sobre los parámetros y devuelve límites abismalmente distintos. Pero cuál de esos conjuntos de supuestos es el correcto no puede responderlo el propio modelo. Las llamadas cifras últimas son resultados condicionales de combinaciones hipotéticas de parámetros extremos. No son límites humanos medidos.

Esta es la tercera forma de fracaso, que podríamos llamar el fracaso de la fisiología sumada a una fisiología proyectada. Una ecuación basada en mecanismos puede seguir alojando, dentro de sus parámetros, trayectorias futuras especulativas. La ecuación es real; el futuro con que se la alimenta es una conjetura.

Vale la pena detenerse aquí, porque se desmonta una idea muy seductora: que un modelo suficientemente científico, suficientemente apoyado en mecanismos, tiene que ser capaz de calcular el futuro con acierto. La idea confunde dos cosas distintas. Una ecuación mecanística sí puede describir con precisión el presente: dados los parámetros fisiológicos actuales de un atleta, puede calcular a qué velocidad puede correr ahora. Eso es interpolación y es fiable. Pero para predecir el futuro, la ecuación necesita saber primero cuáles serán los parámetros fisiológicos de los atletas futuros. Y eso no puede calcularlo: solo puede conjeturarlo. Una ecuación científica, sumada a una conjetura no científica, sigue dando una predicción poco fiable. El rigor del mecanismo no compensa lo arbitrario de la suposición sobre los parámetros futuros. Alimentar una ecuación precisa con un futuro conjeturado sigue produciendo un resultado conjeturado; solo que, vestido de ecuación, el resultado parece más digno de crédito de lo que realmente es.

7. Una asíntota que también puede fallar

Los fracasos de la extrapolación lineal sugieren una reparación bastante natural. Si la recta sigue subiendo hasta el absurdo, cambiémosla por una curva que cambie de pendiente y se vaya aplanando, una curva con una asíntota. Así tendrá un punto de llegada finito.

En 2005 apareció precisamente un modelo así, concebido expresamente como reacción a la extrapolación lineal ilimitada. Ajustaba una forma primero pronunciada y después plana: la velocidad de los récords aumentaba aceleradamente durante una fase de desarrollo y después se acercaba a una asíntota finita. Su conclusión principal era que los récords masculinos de carrera solo se apartaban entre un 1 % y un 3 %, aproximadamente, de los límites asintóticos ajustados por el modelo.

Parece un modelo mejor. Tiene un punto final matemáticamente razonable y no va a predecir tiempos negativos.

Sin embargo, también falló. Y lo hizo de forma inequívoca.

El límite asintótico que ajustó para el maratón era de unas dos horas, tres minutos y treinta y ocho segundos. Esa cifra quedó atrás hace tiempo: el récord mundial actual es de dos horas y treinta y cinco segundos. La asíntota ha sido rebasada de manera concluyente.

El modelo contenía, además, una advertencia interna aún más aguda. Situaba el récord femenino de 1.500 metros de entonces prácticamente en su asíntota, o incluso ligeramente más allá. Después, el 5 de julio de 2025, Kipyegon rebajó el récord oficial a tres minutos y 48,68 segundos, dejando muy atrás aquel ajuste histórico.

¿Por qué falló también este modelo mejorado? Porque su asíntota se había ajustado a la historia disponible hasta 2005. Una asíntota ajustada es condicional: depende del conjunto de tecnología, población, entrenamiento y competencia que representa ese tramo histórico. Un cambio estructural posterior, como una innovación en las zapatillas o una mayor profundidad del grupo de atletas de África oriental, puede desplazar por completo la función que genera el rendimiento de élite. Una curva que primero sube deprisa y después se aplana no se vuelve inmune a ese problema por el mero hecho de tener un punto de llegada matemáticamente razonable.

Esta es la cuarta forma de fracaso: confundir una asíntota histórica con una asíntota inmutable. Un punto final ajustado a una época tecnológica concreta pasa por una ley de la especie. El maratón ha demostrado que no lo era.

8. El atleta de Frankenstein

Todas las formas de fracaso anteriores conservaban la sombra de la extrapolación histórica. ¿Se puede prescindir de la historia y calcular la capacidad última de una persona partiendo únicamente de los parámetros fisiológicos límite?

Ese camino tropieza con una dificultad aún más fundamental.

En 1991 se publicó un modelo del maratón al que a menudo se atribuye, erróneamente, un límite fisiológico de dos horas. En realidad hacía justo lo contrario. Construía un atleta con un consumo máximo de oxígeno muy elevado, una fracción sostenible de utilización cercana al 85 % de ese máximo y, además, una economía de carrera excepcional. El tiempo de maratón calculado para ese atleta hipotético era de una hora, cincuenta y siete minutos y cincuenta y ocho segundos.

Atención: no decía que los seres humanos no pudieran bajar de dos horas. Decía exactamente lo contrario: que bajar de dos horas, e incluso correr en una hora y cincuenta y ocho minutos, era fisiológicamente posible. La conclusión del propio autor era que, o bien resultaban fisiológicamente posibles mejoras sustanciales respecto del récord de entonces, o bien había que revisar la comprensión que se tenía de los factores determinantes del rendimiento en el maratón. Era una afirmación de posibilidad, no un muro que alguien hubiera medido.

Pero aquí hay una trampa, y es una dolencia común a todos los cálculos de límites de esta clase.

Ese atleta hipotético se fabrica llevando cada rasgo fisiológico por separado hasta su extremo y ensamblándolos después en una sola persona. El mayor consumo de oxígeno, la mayor fracción de utilización, la mejor economía: se quiere todo, y de todo se quiere lo mejor. La pregunta es si una persona real puede reunir todos esos extremos a la vez.

Los rasgos no tienen por qué ser independientes. Pueden estorbarse mutuamente: una constitución corporal que permita un consumo de oxígeno extraordinario puede ser precisamente desfavorable para la economía de carrera. Maximizar cada rasgo por separado y montar después todos los máximos en un atleta hipotético puede producir un atleta de Frankenstein, un monstruo cuya combinación de parámetros quizá no llegue a existir jamás en el mundo real.

Ese es el problema fundamental del cálculo puramente fisiológico de los límites. Puede decirnos qué combinación de rasgos haría falta para alcanzar una marca. No puede decirnos si una persona real llegará a reunir esa combinación, ni si puede reunirla, toda ella a la vez. Y la distancia entre ambas preguntas es enorme.

La misma trampa reaparece en otros argumentos sobre los límites. En el caso de la velocidad punta en el esprint, ciertas investigaciones han encontrado que una mayor velocidad máxima procede sobre todo de una mayor fuerza de apoyo contra el suelo, no de mover las piernas más deprisa por el aire. A partir de ahí, algunos han extrapolado que el ser humano quizá podría alcanzar entre 35 y 40 millas por hora, muy por encima de las velocidades máximas observadas. Es una posibilidad biomecánica asombrosa, pero no una predicción validada de unos 100 metros en ocho segundos y pico. Porque el atleta tiene que acelerar primero, mantener la postura y aplicar los impulsos horizontales y verticales adecuados a lo largo de toda la carrera. Convertir directamente la restricción de una fase de una zancada a velocidad punta en un tiempo previsto de carrera supone, de manera furtiva, que ninguna otra restricción pasará antes a ser limitante. Y ese supuesto casi nunca se cumple.

Esta es la quinta forma de fracaso: tomar una restricción local por el límite del conjunto. La restricción física de un eslabón, de una fase, se convierte en el factor que determina el resultado entero.

9. Un récord y toda la gente que hay por debajo

Hasta aquí hemos hablado de modelos que fallan. Miremos ahora algo más tangible: ¿los récords que llevan décadas sin moverse demuestran que la humanidad ha tocado techo?

La respuesta es no. Y para entender por qué, primero hay que separar dos cosas por completo distintas: el estancamiento del récord y el estancamiento del rendimiento.

Un récord mundial es un estadístico de orden. Solo registra el mejor resultado de todos. Por debajo de ese récord se extiende toda una población de atletas. Su nivel conjunto puede mejorar enormemente sin llegar a la marca, puede incluso empeorar mientras esta sigue inmóvil, o puede acercarse a ella una y otra vez sin desplazar la cifra oficial ni un milímetro, ni una centésima de segundo.

Así pues, que un récord lleve décadas inmóvil no significa que la prueba lleve décadas sin progresar. El récord es un punto extremo; la prueba es toda una distribución. El punto puede quedarse quieto mientras la distribución se mueve.

Los 800 metros femeninos de 2026 lo muestran con especial claridad. El récord de Kratochvílová de 1983, un minuto y 53,28 segundos, sigue en pie. Pero en junio de 2026 Werro corrió en un minuto y 53,80 segundos, un registro señalado como el tercero más rápido de la historia, a solo 0,52 segundos de aquel récord de cuarenta y tres años. La marca sigue ahí después de cuarenta y tres años, y una corredora contemporánea ya se ha puesto a su lado. Ocurre lo mismo en la jabalina masculina: el récord de 1996 es de 98,48 metros, y en 2020 alguien lanzó 97,76. El récord no se ha movido, pero toda esa gente que hay debajo no ha dejado de moverse a su vera. La comparación anterior corresponde expresamente a junio. El 27 de agosto de 2026, en Zúrich, Werro corrió en 1:53,70: a 0,42 segundos, aproximadamente un 0,37 %, de 1:53,28. Ese acercamiento posterior no convierte la distancia en prueba a favor ni en contra del dopaje.

Y hay una prueba aún más contundente: los récords que en su día se presentaron como ejemplos de estancamiento y después cayeron.

El récord femenino de salto de altura de Kostadinova, los 2,09 metros de 1987, era uno de los ejemplos clásicos de aquellas marcas de los ochenta convertidas casi en fósiles. Permaneció congelado más de treinta años. Hasta que en 2024 Mahuchikh por fin lo desplazó. También el récord masculino de disco que venía de los años ochenta fue batido en la década de 2020.

Los dos ejemplos salieron de la tabla de récords con más de treinta años. Y que salieran de ella demuestra algo decisivo: que una marca pase varias décadas inmóvil es prueba de lo difícil que resulta batirla, no de que constituya el límite último del ser humano. Un largo letargo no tiene por qué ser irreversible.

Esto enlaza directamente con el estancamiento del que hablábamos en el octavo ensayo. Allí estaban los 2,45 metros de Sotomayor de 1993, en lo alto, sin que nadie los superara durante años. Ahora podemos ver los picos y valles de la población que queda por debajo: en 2014, Barshim llegó a 2,43, a solo dos centímetros, aproximadamente un 0,8 %; después, la mejor marca mundial del año bajó a 2,36 en 2025 y a 2,34 en 2026, a once centímetros, aproximadamente un 4,5 %. No es una curva que se acerque suavemente al récord. Es un paisaje ondulante, con cumbres y depresiones. La línea de Sotomayor sigue ahí, pero no permanece quieta porque la humanidad se haya estrellado contra una pared fisiológica. Es una marca extraordinariamente difícil que, por el momento, nadie ha batido. Y debajo de ella los atletas suben y bajan: jamás han dejado de moverse.

Por cierto, hay una distinción que exige todo el rigor. World Athletics sigue reconociendo hoy el récord femenino de 100 metros de 10,49 segundos: esa es la resolución oficial vigente del organismo rector. Al mismo tiempo, recopilaciones estadísticas independientes siguen señalando como dudosa la lectura del viento de aquella marca de 1988 y la separan de su lista principal. No son la misma proposición. Cuestionar la medición del viento es un argumento sobre las pruebas disponibles; que World Athletics siga reconociendo los 10,49 es una decisión oficial. Esa decisión no se ha revocado. Una acusación y una resolución son cosas distintas.

Hay que insistir aquí en esta diferencia porque está íntimamente ligada al tema del ensayo. Cuando un récord lleva décadas sin moverse, resulta fácil adoptar dos interpretaciones opuestas, y ambas pueden ir demasiado lejos. Una dice que no se mueve porque la humanidad ha alcanzado su límite; una serie de contraejemplos nos ha mostrado que esa lectura no se sostiene. La otra dice que no se mueve porque ya era problemático al nacer, porque se obtuvo por medios ilegítimos, y por eso quienes vienen después, compitiendo limpiamente, jamás podrán alcanzarlo. Esta segunda interpretación se desliza hacia la trampa que vimos en el ensayo veintiuno: tomar la duración de un récord como prueba de que es sospechoso. Pero la duración no demuestra más que duración. No prueba que la humanidad haya llegado a su límite, ni que el récord tenga algo de irregular. Hay muchas razones posibles por las que una marca puede permanecer inmóvil durante décadas. Rellenar esa pregunta aún abierta con una respuesta determinista, ya sea un límite fisiológico o una sospecha moral, equivale a extraer de una observación estadística una conclusión que no puede sostener.

10. La marca que la regla no alcanza

Recojamos los hilos de este ensayo y, con ellos, los de toda la serie.

Hemos recorrido una historia entera de pronósticos fallidos sobre los límites. La milla en tres minutos y medio no llegó en el plazo anunciado. Las fechas ya vencidas en que las mujeres iban a superar a los hombres tampoco se cumplieron. Las cifras últimas calculadas a partir de parámetros fisiológicos y de asíntotas, una tras otra, o bien quedaron atrás, o bien descansaban sobre una combinación de parámetros que quizá una persona real no pueda alcanzar jamás.

Los fracasos adoptan formas distintas. Unos convierten una tasa histórica de mejora en una constante permanente. Otros convierten la recuperación de una desventaja social en convergencia biológica. Otros elevan la asíntota de una época tecnológica a ley de la especie. Otros toman una restricción local por el límite del conjunto. Otros ensamblan a la fuerza, en un atleta imaginario, rasgos llevados por separado hasta sus extremos.

Pero bajo todas esas formas hay un mismo error: elevar una relación histórica condicional a la categoría de ley futura inmutable.

Ryder supuso que una pendiente perduraría. Whipp y Ward supusieron que la convergencia social continuaría. Tatem prolongó ciento cincuenta años unas rectas cargadas de ruido. Los modelos de proyección fisiológica supusieron la trayectoria futura de rasgos subyacentes. Los modelos asintóticos supusieron que la configuración histórica a la que se habían ajustado seguiría siendo la pertinente. Todos cometieron el mismo error en el mismo lugar: tenían entre las manos una relación real acerca del pasado y supusieron que el futuro la conservaría intacta.

Pero el futuro no conserva las cosas intactas. Trae nuevos atletas, nuevas tecnologías, nuevos entrenamientos, nuevas estructuras de competencia. Trae personas que aún no han nacido, con cuerpos que aún no han aparecido. Nada de eso figura en los datos actuales. Y es precisamente eso lo que determina dónde está, al final, el límite último.

La última pregunta de la serie, cuán rápido, cuán alto y cuán lejos puede llegar una persona, recibe entonces esta respuesta: el límite tiene que existir, porque un ser vivo finito tiene necesariamente un límite. Pero la regla de la que hoy disponemos no puede medirlo. No porque no exista, sino porque la información necesaria para situarlo, la información sobre los atletas futuros, las tecnologías futuras, todo lo futuro, queda por ahora fuera de su alcance de medición. La incertidumbre que produce el futuro es mayor que la precisión insinuada por cualquier cifra famosa.

Ese es el último resto de este ensayo y de toda la serie.

Cada uno de los veintidós ensayos anteriores tenía su resto: nombres que no entraron en la lista, causas que no se dejan calcular, marcas que no son comparables, cuerpos contrafácticos inexistentes, continuidades para las que no hay sitio, personas que quedaron fuera del campo de medición del relato del éxito, realidades declaradas imposibles, una falta de cierre que se reserva deliberadamente, diferencias a las que se niega un nombre, algo empujado fuera de la línea sin que por ello mengüe, asientos que el libro de cuentas no puede avalar, personas admitidas a condición de dejar de representar a su país. Todos esos restos eran lo que la regla no alcanzaba al medir algo que ya había ocurrido.

El resto de este ensayo es el propio límite último. Es la marca que más desea medir la regla y también la que queda más lejos de su alcance. No es, como los restos anteriores, una omisión concreta dentro de una situación concreta. Es el punto de llegada, el punto hacia el que esta regla, desde el primer ensayo hasta aquí, no ha dejado de avanzar.

Llegados aquí, podemos hacer una pregunta más honda. ¿Por qué no se puede medir ese punto de llegada?

La respuesta anterior era que parte de la información necesaria pertenece a un futuro todavía desconocido. Es una afirmación sobre la predicción, no una prueba de que una marca o un límite fisiológico jamás puedan determinarse con precisión. Cambiemos ahora de pregunta: aunque algún día conociéramos suficientemente esas magnitudes, ¿habríamos medido a una persona entera? La primera pregunta trata del conocimiento y las pruebas; la segunda, de cómo tratamos a quien medimos. La segunda no se deduce directamente de la primera. Pero la pista nos lleva hasta ella.

Lo que mide esta regla son personas.

El atletismo es, de principio a fin, una liberación del talento humano. A quien corre rápido le da una pista; a quien salta alto, un listón; a quien lanza lejos, un terreno. Hace sitio para que capacidades corporales que de otro modo se perderían en lo cotidiano puedan desplegarse por completo, ser vistas, ser recordadas. Esa es la mejor cara del atletismo, y esta serie nunca la ha negado. Aquí el talento humano encuentra una vía para liberarse. Eso es verdad.

Liberar el talento exige medios para hacer visibles y comparables las marcas. Medir con exactitud una actuación, sin embargo, no es agotar un talento, y menos aún una persona. Los ensayos anteriores encontraron dificultades distintas: ¿permiten las condiciones comparar los resultados?, ¿pueden verificarse aún las pruebas antiguas?, ¿cómo encajan las diferencias corporales continuas en categorías? El límite último añade el desconocimiento del futuro. No todas esas dificultades tienen la misma causa ni todas son fallos de medición. Cuanto más clara sea la cifra, menos deben desaparecer sus condiciones, las preguntas abiertas y la persona que hay detrás. Liberar el talento y reconocer el alcance limitado de la medida son tareas compatibles.

Y no es una casualidad. Esos restos nunca desaparecen porque aquello que se mide es una persona, y una persona no es una magnitud que pueda medirse por completo.

Medir con exactitud significa determinar una magnitud definida con la precisión requerida. No significa que un número represente el objeto entero. Una longitud exacta no agota una cosa; una velocidad exacta no agota a una persona. Podemos saber cuánto corrió sin saber qué significa esa carrera en su vida. ¿Qué otros deseos tiene, quiere continuar, cómo entiende ganar y perder? No son decimales que le falten al cronómetro. La cifra no es falsa. La persona sigue siendo más que la cifra.

Por eso, si los seguimos hasta su raíz, todos los restos de esta serie son lo mismo: la parte de una persona que se resiste a quedar representada por entero en un número. En cada ensayo aparece con un rostro distinto: un nombre, un cuerpo, un asiento en el libro de cuentas, alguien a quien se deja al otro lado de la puerta. Pero todos son el mismo resto: siempre hay una parte de la persona que desborda cualquier regla empeñada en medirla por completo.

Esta es la piedra de base que la serie quiere preservar: la persona es un fin, no un mero medio disponible. Cronometrar bien y medir honestamente no la convierten en herramienta. También pueden protegerla al reconocer justamente su esfuerzo. La frontera se cruza en otro lugar: cuando su valor, sus decisiones y su derecho a continuar su vida quedan reducidos a una marca clasificable y sustituible. El problema no es medir con exactitud, sino pretender que esa medida represente a la persona entera. Cómo seguirá viviendo es una cuestión que le pertenece. Ningún libro de récords es su dueño.

El atletismo necesita comparar marcas para que las personas se encuentren en una misma competición. Eso no traiciona su dignidad. Lo injustificado es el salto de la marca a la persona entera: una victoria no certifica todo el valor de una vida; una derrota no lo anula. Cuanto más precisa sea la medida, mejor podremos delimitar su tarea. El cronómetro dice cuánto duró esta carrera. No decide qué debe llegar a ser esta persona. Una institución puede cumplir mejor su función sin absorber todo lo que queda fuera de ella.

Por eso, llegados aquí, hay que cambiar una palabra en la frase que ha acompañado a la serie.

Decíamos: «La regla todavía no ha medido bien». Para los tiempos, las distancias y las condiciones de comparación, ese «todavía» tiene sentido: los aparatos pueden mejorar, los errores reducirse y las reglas revisarse. Pero si esconde la promesa de que una marca representará algún día a una persona entera, hay que detenerse. La dignidad no depende de instrumentos imprecisos. Incluso el más exacto responde solo a la pregunta para la que fue construido. Que progrese la medición; que termine la pretensión de igualar a la persona con su resultado. Eso no rebaja el deporte: lo devuelve al servicio de las personas.

Desde que alguien preguntó quién corría más deprisa, esta construcción ha trazado pistas, fabricado cronómetros y llevado registros. Seguirá midiendo, afinando las marcas e investigando las posibilidades del cuerpo bajo condiciones definidas. No necesitamos profetizar que la investigación nunca encontrará límites fisiológicos fiables. Basta con mantener esto: aun conocido un límite, aun cronometrada con exactitud una carrera, no queda agotada la persona que llega a la meta. Puede volver a correr, detenerse o elegir otra vida. El final de la pista no es su final. Esa es la última graduación que ninguna regla debe apropiarse.

Una marca puede medirse con exactitud. Nunca agota a una persona.