Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Ensayo 10 / 23

Una construcción solo descubre sus límites cuando alguien los cruza

El salto de longitud con mortal hacia delante fue prohibido; la pértiga de fibra de vidrio, aceptada. Dos innovaciones parecidas recibieron respuestas opuestas. La verdadera divisoria no estaba en la magnitud de la mejora, sino en la definición de la prueba.

Han Qin (秦汉)
En este ensayo

I. Dos preguntas iguales, dos respuestas opuestas

Hay dos historias que tienen casi la misma forma.

En una, alguien inventó una nueva técnica para el salto de longitud: dar un mortal hacia delante. La prohibieron.

En la otra, alguien cambió el material de la pértiga: empezó a usar fibra de vidrio. No la prohibieron. Y conservaron todos los récords conseguidos con ella.

En ambos casos apareció algo nuevo dentro del atletismo, algo capaz de mejorar las marcas. Ambas novedades provocaron polémicas y acusaciones de dar una ventaja injusta. Y, sin embargo, esta construcción les dio respuestas contrarias: a una le cerró el paso; a la otra, se lo abrió.

Los dos ensayos anteriores trataban del silencio de las reglas. El reglamento del salto de altura no decía cómo había que pasar el listón; el estilo Fosbury se coló en aquel silencio y sobrevivió. El del lanzamiento de peso no prescribía si había que usar el desplazamiento lineal o el giro; ambas técnicas llevan más de medio siglo conviviendo en ese silencio. Aquí la pregunta es cuándo termina. Una construcción no puede callar eternamente acerca de todo: llega un momento en que tiene que hablar. Dónde está la línea que separa lo que la hace hablar de lo que le permite seguir callada: eso buscaremos en estas dos historias de desenlace contrario.

No las he escogido al azar. Se parecen en casi todos los demás aspectos y difieren en el resultado, lo que permite aislar mejor la causa de esa diferencia. Ambas pertenecen al mismo deporte; ambas introducen una novedad que mejora las marcas; ambas despiertan dudas sobre la equidad y discusiones sobre la seguridad. Cuando tantas condiciones coinciden y las respuestas son opuestas, la variable que de verdad opera se esconde en lo poco que no coincide. Este ensayo busca esa pequeña diferencia. Al final, cabe en una palabra: definición.

Conviene dejar algo claro desde el principio. Las dos respuestas no se explican sin más por la seguridad. La seguridad fue el motivo alegado para prohibir el mortal, pero no se han encontrado datos de lesiones que lo respalden; cuando se permitió la pértiga de fibra de vidrio, sus problemas de seguridad tampoco se resolvieron prohibiéndola. La seguridad, por tanto, no es la divisoria. La divisoria está en otro lugar: en si cada una de esas novedades cruzó o no cierta línea. La línea con la que una prueba define lo que es.

Este ensayo completa así una secuencia con los dos anteriores. Aquellos hablaban del silencio de las reglas; este, de dónde acaba. Una construcción no puede guardar silencio sobre todo para siempre. Tiene algún límite que, una vez rebasado, la obliga a hablar. Pero no basta con leer el reglamento para localizarlo, porque precisamente sobre lo que queda más allá de ese límite el reglamento calla. Solo podemos deducir dónde está observando cuándo se rompe el silencio. El mortal hizo hablar a la construcción; la fibra de vidrio no. Juntos, los dos casos señalan la línea.

II. Una técnica que de verdad permitía saltar más lejos

En 1974, Delamere utilizó el salto de longitud con mortal hacia delante en competiciones universitarias importantes de Estados Unidos.

Según el reportaje de Sports Illustrated del 29 de julio de 1974, lo empleó en el campeonato nacional universitario de Austin, donde no se clasificó para la final. Tres semanas antes, en el campeonato de la Conferencia Pac-8, había saltado con él 25 pies y 6¾ pulgadas, igualando al campeón olímpico Williams. El mismo artículo daba también su mejor marca con técnica convencional y viento a favor: 25 pies y 9½ pulgadas.

No era, pues, una ocurrencia de circo. Con el mortal había igualado la marca de un campeón olímpico. Aquello servía de verdad para saltar.

Es importante establecer primero este punto, porque determina la naturaleza de toda la historia. Si el mortal hubiera sido una cabriola incapaz de llevar a nadie muy lejos, prohibirlo o permitirlo habría dado lo mismo: la construcción se habría limitado a quitarse de encima una rareza inofensiva. No habría habido ningún problema de límites. Pero no era así. Había igualado a un campeón olímpico y se pensaba que estaba muy lejos de agotar sus posibilidades. Justamente porque funcionaba, prohibirlo se convirtió en una decisión de peso, una decisión que la construcción tenía que sopesar. Cuanto más eficaz es algo, más pesa su prohibición. Y el mortal era muy eficaz.

Delamere tampoco era el único. Aquel reportaje de 1974 señalaba a Nielsen, de la Universidad de Iowa, como uno de los primeros en mostrar la técnica: con ese giro había llevado su marca personal hasta los 22 pies y 6 pulgadas. Según el artículo, se la enseñó a Lagerqvist; después la adoptó Stierle, de Alemania Occidental, que llegó a los 7,5 metros. El interés que suscitaba y las solicitudes de información indicaban que, a mediados de 1974, ya la probaban cientos de personas, en su mayoría de edad escolar.

Aquí hay que corregir un error que se ha ido difundiendo. Quande no pertenece a la lista de quienes practicaron el salto de longitud con mortal. Los registros disponibles lo sitúan en otra historia, la del salto de altura anterior a Fosbury: era un saltador de Montana que ya había experimentado con pasar el listón de espaldas. Hablamos de él dos ensayos atrás. Incluirlo entre los practicantes del mortal de 1974 es un error transmitido de una versión a otra.

Los argumentos de la época sobre por qué esta técnica podía llevar más lejos eran mecánicos, no meramente estéticos. El artículo de Sports Illustrated resumía la explicación de Ecker: el mortal aprovechaba la rotación hacia delante en vez de combatirla; la posición recogida del cuerpo reducía la resistencia del aire; además, podía permitir una batida más rápida con un ángulo más favorable. Delamere dijo a la revista que, cuando se recuperase de su lesión y puliese la técnica, creía poder llegar a los 28 pies.

Hay una afirmación más ambiciosa que exige cuidado. Se repite que el salto de longitud con mortal probablemente habría superado los 30 pies. Los comentarios posteriores han insistido en ello, pero nunca quedó demostrado en competición y no conviene inflarlo. Resúmenes recientes y textos de divulgación física vuelven a mencionar esa posibilidad; sigue siendo, sin embargo, una conjetura apoyada en teoría y simulaciones, no una marca lograda en condiciones homologables. La formulación precisa sería esta: la técnica permitía saltar muy lejos y llegó a igualar a un campeón olímpico; los 30 pies eran una estimación, no un hecho ocurrido.

Conviene separar esas dos cosas porque se confunden con facilidad. Una técnica fue prohibida; el alcance que quizá habría tenido era una estimación. Al juntar ambos hechos, resulta tentador contar que la construcción prohibió una técnica capaz de superar los 30 pies, como si esos 30 pies fueran una hazaña indiscutible que la prohibición hubiera estrangulado. Pero nunca ocurrieron: solo existían en simulaciones y conjeturas. Lo que se prohibió fue una técnica que ya había igualado a un campeón olímpico y parecía tener recorrido. No se prohibió una marca de 30 pies ya conseguida, porque esa marca no existía. Exagerar lo que quedó fuera tampoco hace justicia a la historia, igual que minimizarlo.

III. El límite se dibuja cuando alguien lo cruza

La técnica fue prohibida. Y el proceso que llevó a prohibirla ilustra precisamente el título de este ensayo.

Veamos primero el texto de las reglas, que es inequívoco. En los reglamentos posteriores de la IAAF y de World Athletics, hasta el vigente, se mantiene esta disposición: en el salto de longitud, cualquier forma de salto mortal durante la carrera de aproximación o la batida hace nulo el intento. La norma figura en las reglas técnicas actuales de World Athletics y prolonga claramente la redacción anterior de la IAAF.

En 1974, la misma prohibición ya aparecía en el reglamento de la NCAA: realizar cualquier forma de salto mortal durante el intento, antes de tocar la zona de caída. Es decir, la prohibición ya estaba escrita en un reglamento importante con copyright de 1974. Una crónica contemporánea de Athletics Weekly, publicada el 5 de octubre de aquel año, identifica además la reunión internacional: el Congreso de la IAAF en Roma aceptó por unanimidad las conclusiones del comité técnico. Las fuentes disponibles no aportan, sin embargo, el texto original de la resolución ni las actas de la discusión.

La laguna documental que queda también es una presencia recurrente en esta serie. Podemos establecer que hubo una prohibición, que se puso por escrito en torno a 1974 y que las reglas posteriores le dieron continuidad. La crónica permite identificar la reunión, pero seguimos sin disponer de la resolución original ni de las actas que muestren cómo se deliberó. Es el mismo tipo de vacío que encontrábamos en los ensayos anteriores: actas que no aparecen, formularios de solicitud que no aparecen, razonamientos cuyo desarrollo no quedó registrado. La construcción dejó su conclusión, la prohibición escrita en el reglamento; el proceso de discusión que la produjo no aparece en la documentación disponible. Podemos ver que prohibió la técnica. No podemos reconstruir cómo llegó a decidirlo.

Fijémonos ahora en cuándo apareció la prohibición.

El salto de longitud con mortal llegó a las grandes competiciones en 1974. La regla que lo prohibía quedó escrita también en 1974. Las dos fechas casi coinciden.

Aquí está el núcleo del ensayo. Antes de 1974, el reglamento del salto de longitud no prohibía los mortales. ¿Por qué? Porque antes de aquellos experimentos nadie los hacía en el salto de longitud. Las reglas no prohíben lo que nadie ha hecho. De modo que ese límite explícito, escrito en las reglas, no existía antes de que Delamere y aquellos cientos de personas empezaran a dar volteretas en el aire. No era una raya ya trazada que esperase a que alguien chocara con ella: se dibujó a toda prisa en el instante en que alguien fue a dar contra ella.

Es la imagen invertida de lo que vimos dos ensayos atrás con el salto de altura.

El estilo Fosbury se introdujo en el silencio del reglamento del salto de altura. Suprimida en 1936 la cláusula que habría podido cerrarle el paso, las reglas callaban acerca de pasar el listón de espaldas. El nuevo estilo sobrevivió en aquel silencio porque una condición material, la colchoneta, le abría el camino. El mortal se introdujo de la misma manera en el silencio de las reglas de longitud: antes de 1974, el reglamento no decía nada sobre las volteretas. Esta vez el desenlace fue el contrario. Las reglas no siguieron calladas. Hablaron enseguida y prohibieron aquella técnica que acababa de asomar.

Ambas aprovecharon el silencio de las reglas. A una le dieron paso las condiciones materiales; a la otra la alcanzó el reglamento. ¿Dónde está la diferencia? Cuando el Fosbury entró en aquel silencio, no alarmó a la construcción. Necesitaba colchonetas, las colchonetas se fueron extendiendo poco a poco y el estilo creció sin hacer ruido. Para cuando se había desarrollado, ya era un hecho consumado. El mortal apareció de golpe: cientos de personas lo usaban, había igualado a un campeón olímpico y se decía que podía superar los 30 pies. Llamaba demasiado la atención. Tanto, que la construcción tenía que decidir de inmediato si lo quería o no.

Y habló. Al hacerlo, puso por escrito aquel límite que hasta entonces no figuraba en las reglas.

Aquí se ve lo que significa llamar la atención dentro del funcionamiento de una construcción. Cuando algo se cuela en el silencio de sus reglas, una parte de sus posibilidades de sobrevivir depende de lo mucho que se haga notar. Si crece discretamente, cuando alcanza su desarrollo ya es un hecho consumado y la construcción suele darlo por bueno: prohibirlo entonces exigiría enfrentarse a muchas marcas adquiridas y hábitos consolidados. Si irrumpe de golpe, aún hay tiempo de frenarlo antes de que eche raíces. Dos maneras de entrar en el mismo silencio; la velocidad decide el destino. La lentitud del Fosbury le permitió atravesar el periodo peligroso. La rapidez del mortal lo hizo tropezar con la construcción en su momento de máxima alerta. La cuestión no es cuál técnica era mejor, sino cuál creció con menos ruido.

IV. Una prohibición sin datos que la sostengan

La razón de la prohibición era la seguridad. Detrás de esa razón, sin embargo, no había pruebas.

La oposición oficial de la época se formuló expresamente en términos de seguridad, pero había una segunda objeción, más conceptual. Sports Illustrated contó que los miembros del comité técnico de la IAAF consideraban que la técnica podía poner en peligro el cuello del atleta y, además, que era tan distinta que quizá ya no perteneciera al salto de longitud tradicional. Son dos razones diferentes. No conviene fundirlas en una.

Miremos ambas razones por separado. La primera es la seguridad: el temor a una lesión cervical. La segunda no tiene que ver con la seguridad, sino con que el movimiento es demasiado distinto, con que ya no parece salto de longitud. No pregunta si el atleta puede hacerse daño, sino si eso sigue contando como salto de longitud. Las versiones posteriores suelen comprimir ambas objeciones en una sola frase, «se prohibió por seguridad», y dejar caer la segunda. Precisamente esa segunda razón es la que más se acerca a la divisoria que buscamos.

Veamos ahora las pruebas que sostenían el argumento de la seguridad.

No se encuentra ninguna base de datos de lesiones de la época, ningún anexo médico ni ningún estudio cuantitativo del riesgo que acompañe la decisión de prohibir la técnica. La discusión publicada en Sports Illustrated en 1974 era casi enteramente hipotética: ¿qué pasaría si el atleta no acertaba con el momento de recoger el cuerpo?, ¿y si el tobillo no resistía?, ¿y si se lesionaba el cuello? Ecker y Sloan, entrenador asistente de la Universidad Estatal de Washington, negaban expresamente que la técnica fuese especialmente peligrosa, pero tampoco aportaban estadísticas propias de lesiones.

Tenemos, pues, una prohibición en nombre de la seguridad y dos bandos sin datos. Quienes decían que era peligrosa no podían presentar estadísticas de lesiones. Quienes decían que no lo era tampoco. Toda la discusión sobre seguridad descansaba en las hipótesis de unos y otros. Ni una cifra.

Vale la pena relacionarlo con los ensayos anteriores. Esta construcción es extremadamente exigente con las marcas: para que una entre en el registro de récords, hacen falta un cronometraje preciso, una medición exacta, un viento reglamentario y material homologado. Su exigencia con los números es casi implacable. Sin embargo, para prohibir una técnica no presentó ninguno. La construcción que obliga a los demás a traer cifras tomó esta decisión sin una sola cifra propia.

La asimetría tiene su sentido. Muestra que esta construcción exige números según la ocasión. Al homologar una marca pide una precisión extrema, porque ese es su oficio central, la fuente de su autoridad, y no admite vaguedades. Al prohibir una técnica no exige cifras, porque no está midiendo: está juzgando. Medir requiere números. Juzgar no los requiere: necesita un motivo, aunque ese motivo sea apenas una inquietud. Por eso una misma construcción puede hilar finísimo con las marcas y guiarse por impresiones con las técnicas. Para ella no hay contradicción: se trata de dos actividades diferentes.

Esto no significa que la prohibición fuera necesariamente un error. Quizá el mortal fuese de verdad peligroso; quizá fuera acertado prohibirlo. Lo que importa aquí es que la decisión no nació de las pruebas, sino de la inquietud ante algo demasiado distinto. Y el verdadero contenido de esa inquietud no estaba en la primera objeción, la seguridad, sino en la segunda: era demasiado distinto. Ya no parecía salto de longitud.

V. La razón de fondo

Era tan distinto que quizá ya no fuera salto de longitud tradicional.

Esa frase encierra la razón de fondo. Y coincide exactamente con la divisoria de este ensayo.

Un saltador toma carrera, bate, da un mortal en el aire y cae en el foso de arena. Se mide la distancia de acuerdo con las reglas del salto de longitud: es reglamentaria, válida. Pero los miembros del comité técnico lo miran y piensan que aquello ya no parece salto de longitud. ¿Por qué? Porque, en la idea que todo el mundo tiene de esta prueba, una persona toma carrera, despega, mantiene en el aire alguna postura más o menos extendida y aterriza. Dar una voltereta no entra en esa idea.

Aparece aquí una línea invisible. No figura en el reglamento. Las reglas establecen la tabla de batida, la zona de caída, el modo de medir y el viento. Nunca habían escrito que estuviera prohibido dar un mortal en el salto de longitud, porque antes de 1974 no había hecho falta. La línea estaba inscrita en la comprensión compartida de qué era aquella prueba, en la tradición, en la imagen que evocaban las palabras «salto de longitud».

El mortal cruzó esa línea. No incumplía ninguna regla escrita; la marca que producía se ajustaba plenamente al reglamento. Pero había cruzado aquella línea invisible sobre lo que era la prueba. Una vez cruzada, la construcción tenía que decidir: reconocer que dar un mortal también era saltar en longitud, desplazar la línea hacia fuera e incluir la técnica, o mantenerla donde estaba y dejar el mortal del otro lado.

Eligió mantenerla. Convirtió la línea hasta entonces invisible en una regla escrita: prohibido dar mortales.

Eso significa que una construcción solo descubre sus límites cuando alguien los cruza. El límite ya estaba allí, en la idea que la gente tenía del salto de longitud. Mientras nadie lo rebasara, seguiría implícito: no hacía falta escribirlo, ni siquiera advertir su existencia. La aparición del mortal hizo que la construcción reparase por primera vez en ese límite suyo. Y reparó en él porque alguien lo cruzó. Antes, si hubiéramos preguntado al comité técnico si era posible dar un mortal en el salto de longitud, quizá ni se le habría pasado por la cabeza la pregunta. La voltereta de Delamere obligó a formularla por primera vez y obligó también a dibujar la frontera.

De ahí el título de este ensayo: una construcción solo descubre sus límites cuando alguien los cruza. «Descubre» es el verbo preciso. No los establece, no los proclama: los descubre. La construcción no había definido antes sus límites para después limitarse a hacerlos respetar. Solo al recibir el golpe advirtió que allí había uno. Antes del choque, la frontera dormía: vivía en la comprensión compartida, pero nadie la había expresado, quizá ni pensado. El gesto de cruzarla la despertó y obligó a la construcción a mirarla por primera vez de frente, para decidir si la defendía o cedía terreno. La frontera siempre había estado allí. Solo tuvo que ser cruzada para que la propia construcción la viera.

Dos ensayos atrás, la supresión en 1936 de la cláusula que habría bloqueado el Fosbury mostraba a la construcción deshaciéndose de una vieja regla que juzgaba superflua. No sabía que aquella regla era una puerta. Aquí ocurre lo contrario: descubre que necesita una puerta que no tiene y fabrica una sobre la marcha. En un caso desmonta una puerta sin saberlo; en el otro se ve obligada a construirla. Ambos muestran lo mismo: la construcción no sabe de antemano dónde están sus límites. Tiene que esperar a que alguien llegue hasta ellos para descubrir si allí debería haber una puerta o no.

VI. Otra novedad, una puerta que las reglas ya habían dejado abierta

Veamos ahora el caso opuesto.

La pértiga ha cambiado de material varias veces. La reseña histórica de World Athletics traza esta secuencia: el primer uso documentado de pértigas de bambú data de 1857; las de acero se introdujeron en la década de 1940; después, las pértigas flexibles de fibra de vidrio y, más tarde, las de fibra de carbono se convirtieron en el material habitual del salto moderno.

La fibra de vidrio produjo una transformación enorme. No fue prohibida y no se borró ni uno de los récords conseguidos con ella.

El primer récord mundial con fibra de vidrio lo batió Davies en 1961. Uelses siguió sus pasos en 1962. Para 1963, batir récords con ese material ya era lo normal en la prueba. Aquel año, la mayoría de los mejores pertiguistas ya habían cambiado de pértiga.

La magnitud de la transformación puede expresarse en números. Un estudio sobre innovación de la Universidad de Oregón la resume, aproximadamente, así: durante la época del bambú, entre 1899 y 1944, el récord mundial subió 3 pies y 9 pulgadas; desde 1960, con la llegada de la fibra de vidrio y las innovaciones de la era de los polímeros, aumentó unos 4 pies y 6 pulgadas. Fue un cambio a la altura de cualquier revolución técnica. No provocó ni una sola puesta a cero del registro de récords.

¿Por qué? Porque el reglamento había dejado la puerta abierta mucho antes.

La regla sobre el material de la pértiga siempre ha sido extraordinariamente amplia. El reglamento actual de World Athletics permite fabricar la pértiga con cualquier material o combinación de materiales, sin limitar su longitud ni su diámetro, siempre que la superficie básica sea lisa. Y un estudio histórico de 1966 sobre el salto con pértiga de fibra de vidrio decía que la IAAF no había legislado contra ese material porque sus propias reglas ya permitían pértigas de cualquier material, de cualquier longitud y de cualquier diámetro.

La clave está en esa frase. La IAAF no legisló contra la fibra de vidrio, no porque la considerase justa, sino porque las palabras «cualquier material» de su propio reglamento ya la incluían. La fibra de vidrio no cruzó ninguna línea. Desde el comienzo, las reglas habían trazado esa línea con tanta amplitud que abarcaba incluso materiales todavía inexistentes.

La llegada de la fibra de vidrio también suscitó polémica. Aquí hay que separar la polémica del veredicto.

Del lado de la polémica, hubo quien llamó a la fibra de vidrio un truco o una ayuda mecánica injusta. Las revistas discutieron abiertamente si aquella innovación daba una ventaja legítima.

Del lado del veredicto, la pértiga siguió siendo legal porque cabía en una regla que ya estaba abierta. No se encuentra ninguna fuente primaria que indique que la IAAF decidiera crear una lista aparte de récords mundiales para quienes usaban fibra de vidrio.

La diferencia entre la fibra de vidrio y el mortal no consiste, por tanto, en que una provocara controversia y el otro no: la provocaron ambos. La diferencia es que el mortal cruzó la línea que definía el salto de longitud, mientras que la fibra de vidrio quedó dentro de la línea que las reglas de la pértiga ya habían trazado con tanta amplitud. Uno cruzó el límite; la otra no. En un caso, el límite procedía de una comprensión heredada del salto de longitud; en el otro, de la amplitud que la propia construcción había dado mucho antes a una regla escrita.

Hay un detalle que se pasa por alto con facilidad. La fibra de vidrio no permaneció dentro del límite por ser más moderada o más respetuosa de las costumbres que el mortal. Es posible que transformara las marcas del salto con pértiga aún más de lo que el mortal transformó las de longitud: elevó el récord 4 pies y 6 pulgadas. El cambio no fue pequeño. No cruzó el límite sencillamente porque la construcción había dibujado muy lejos la línea con la que se encontró. Si la regla hubiera dicho «la pértiga debe ser de bambú», la fibra de vidrio la habría cruzado inmediatamente: habría sido prohibida, como el mortal, o habría desencadenado un nuevo registro de récords, como la jabalina. Su destino no dependía de lo radical que fuera, sino de dónde se hubiera trazado en su día la línea con la que iba a tropezar.

VII. Un principio que nace de los casos

Si ponemos estos dos casos junto a algunos otros, podemos deducir un principio. Pero antes hay que dejar algo claro: ese principio no está escrito en ninguna parte.

No se encuentra una disposición general de la IAAF o de World Athletics que reúna en un solo lugar los criterios para reiniciar o conservar los registros de récords. Sus reglas explican cómo homologar una marca obtenida en una competición reglamentaria y permiten que la dirección o el Consejo de World Athletics resuelvan los casos dudosos. No establecen una prueba filosófica universal para cada cambio técnico que pueda traer el futuro.

El principio que sigue se deduce, por tanto, de decisiones que realmente se tomaron. Es la mejor síntesis que permiten las pruebas de cómo se resolvieron esos casos en la práctica. Es una inferencia, no una doctrina que hayamos encontrado.

Puede formularse así.

Cuando la construcción redefine el propio artefacto admitido y cambia con ello las condiciones de validez de la prueba, reinicia el registro y establece una nueva serie de récords. Así ocurrió con el rediseño de la jabalina masculina en 1986 y con la marcha atrás frente a las jabalinas de cola dentada en 1991.

Cuando una innovación cabe en la definición ya admitida del material, o cuando las reglas se limitan a añadir requisitos de homologación para el futuro, el registro no se reinicia. Es lo que ocurrió con la pértiga de fibra de vidrio, las pistas sintéticas y los sistemas de información de salida.

Conviene detenerse en la jabalina porque ofrece el ejemplo más nítido de un reinicio.

La propia reseña histórica de World Athletics explica que la jabalina masculina fue rediseñada en 1986 por la creciente frecuencia de caídas planas, las disputas sobre la validez de los lanzamientos y las distancias potencialmente peligrosas para el interior de un estadio después del récord de 104,80 metros de Hohn. World Athletics dice expresamente que el rediseño de 1986 exigía una nueva serie de récords. La magnitud del reinicio fue enorme: en la práctica, el récord masculino pasó de los 104,80 metros de la vieja jabalina a los 85,74 de la nueva, una caída de 19,06 metros. No era un pequeño ajuste de los requisitos de homologación para el futuro. Eran unas especificaciones nuevas para el artefacto y, con ellas, un nuevo libro de récords.

La jabalina ofrece un segundo ejemplo. Los fabricantes añadieron colas dentadas: modificaron la resistencia aerodinámica de la parte posterior y recuperaron algo de la distancia perdida. En 1991 se prohibieron aquellas jabalinas y se anularon las mejores marcas obtenidas con ellas. El récord volvió a la mejor marca lograda con las jabalinas convencionales posteriores a 1986.

Comparemos ahora la jabalina y la pértiga. En 1986 se reinició el registro de jabalina porque se redefinió el propio artefacto y se cambiaron sus especificaciones legales. En la pértiga no hubo reinicio porque no se redefinió nada: la regla de «cualquier material» seguía siendo la misma de principio a fin. En ambos casos cambió el material deportivo; en uno hubo nuevo registro y en el otro no. La divisoria pasa por si la construcción modificó o no la definición de lo que admitía como artefacto legal.

Esa divisoria tiene una consecuencia muy práctica que conviene señalar. Que un nuevo artefacto desencadene un reinicio de récords no depende de cuánto mejore las marcas, sino de la amplitud con que, por casualidad, estuviera redactada la definición anterior. Las reglas de la jabalina eran precisas: fijaban la posición del centro de gravedad y la distribución del peso. Cambiar esos parámetros significaba introducir un artefacto nuevo y exigía reiniciar el registro. Las de la pértiga eran generales: decían «cualquier material», de modo que todos los cambios de material seguían cabiendo en la definición y no provocaban un reinicio. El mismo progreso técnico exige un registro nuevo si encuentra una regla precisa y no lo exige si encuentra una regla amplia. La mitad de la decisión depende de si quienes escribieron las reglas en su día hablaron con detalle o con holgura.

El principio también explica lo ocurrido con las pistas sintéticas y los tacos de salida. Sustituir las pistas de ceniza por superficies sintéticas transformó profundamente el terreno de competición. No obligó a reiniciar los récords, porque World Athletics no redefinió las pruebas restringiéndolas a una categoría más estrecha de instalaciones: se limitó a exigir que los nuevos récords se lograran en instalaciones homologadas. Era una condición de aprobación para el futuro, no una anulación retroactiva de las marcas anteriores.

VIII. Una línea que nunca se había escrito

Recojamos ahora el hilo del ensayo.

La construcción respondió de manera opuesta a problemas de la misma clase. La divisoria no fue la seguridad, sino la definición. El argumento de la seguridad carecía de datos en ambos casos: no hubo estadísticas de lesiones para prohibir el mortal, y el rediseño de la jabalina tampoco descansó en estadísticas de lesiones. Lo decisivo era otra línea: si la innovación cruzaba o no la definición que la prueba tenía de sí misma.

El mortal cruzó la definición del salto de longitud. Era demasiado distinto, quizá ya no era el salto de longitud tradicional, y fue prohibido. El rediseño de la jabalina cruzó la definición del artefacto reglamentario: la jabalina de los 104,80 metros y la de los 85,74 eran dos artefactos diferentes; por eso se reinició el registro de récords. La fibra de vidrio, en cambio, no cruzó la definición de la pértiga: «cualquier material» ya la incluía, de modo que la construcción la incorporó y conservó los récords. Si se cruza la definición, se reescribe. Si se permanece dentro, se incorpora.

Pero este principio esconde algo más profundo: la mayoría de esas fronteras no estaban dibujadas de antemano.

Antes de 1974, la línea que impedía dar mortales en el salto de longitud no existía como prohibición escrita. La voltereta de Delamere obligó a trazarla. La construcción no sabía de antemano hasta dónde llegaba su definición del salto de longitud. Solo cuando alguien alcanzó aquella línea advirtió por primera vez que allí había una frontera y la dibujó. Si la línea de la pértiga ya existía, no era porque la construcción hubiera previsto la fibra de vidrio. Era por lo contrario: la había trazado con tanta amplitud y tan poco miramiento, con un simple «cualquier material», que había incluido sin querer todos los materiales que todavía no existían.

Los límites de esta construcción tienen, pues, dos maneras de existir. Algunos, como el de la pértiga, llevan mucho tiempo dibujados y son tan amplios que las novedades posteriores no llegan a tocarlos. Otros, como el del salto de longitud, nunca se han trazado: permanecen implícitos, escondidos en la idea compartida de qué es esa prueba, hasta que alguien los cruza y hay que dibujarlos a toda prisa. Ninguno de los dos es fruto de un diseño profundamente meditado. El amplio se trazó con una amplitud descuidada. El implícito ni siquiera se trazó.

Y aquí aparece el resto que deja este ensayo.

Dos ensayos atrás, el Fosbury era una posibilidad encerrada por las condiciones materiales: en cuanto estas aflojaron, salió a la luz. El mortal era distinto. Ningún impedimento material lo mantenía encerrado. Ya había colchonetas, ya había fosos de arena; dar una voltereta y caer en la arena era materialmente posible. Lo que le cerraba el paso era aquella línea invisible sobre lo que era la prueba. Y esa línea podía moverse: no era una ley física, sino una comprensión compartida, una convención. La construcción podía haberla desplazado hacia fuera y reconocido que dar un mortal también era saltar en longitud. Eligió no hacerlo.

Así, el mortal se convirtió en un resto particular: algo perfectamente realizable en el plano material, que ya había demostrado ser capaz de mejorar marcas, y que quedaba fuera únicamente por no ajustarse a una convención. Se podía hacer; no se permitía. La voltereta de Delamere, las de aquellos cientos de escolares, los 7,5 metros de Stierle eran hechos reales, realizables, con marcas medidas conforme a las reglas. No quedaron fuera por ser erróneos. Quedaron fuera porque la construcción, en el instante en que cruzaron su frontera, decidió defender una línea que hasta entonces nunca había expresado.

Aquella posibilidad quedó para siempre al otro lado de la puerta. El salto de longitud con mortal no volvió a aparecer en competiciones oficiales: las reglas lo prohibían. Hasta dónde habría podido llegar, a 28 pies o incluso a los 30 que algunos anunciaban, quedó para siempre en el terreno de las estimaciones. Al trazar esa línea, la construcción tachó también un camino entero que podría haber recorrido. Nadie sabe hasta dónde llegaba. Las reglas no dejaron que nadie diera un paso más en esa dirección.

Este resto detenido por una convención es distinto de los anteriores y merece ser reconocido por separado. Los nombres expulsados de los libros eran exclusiones activas de la construcción. Las causas que no podían deslindarse excedían su capacidad de separar factores. Las disputas sobre qué técnica era mejor pertenecían a un terreno en el que la construcción no entraba. El mortal, en cambio, era algo que podía haber aceptado y eligió no aceptar. Estaba dentro de sus posibilidades. Tenía todos los medios para desplazar un poco la línea de la definición e incluirlo, para admitir que dar una voltereta también podía ser saltar en longitud. No lo hizo, no por incapacidad, sino por defender una idea heredada. Este tipo de resto es, por tanto, producto de una elección, no del límite de una capacidad. Quedó fuera porque la construcción decidió dejarlo fuera. Y la decisión podría haber sido la contraria.

El undécimo ensayo llevará más lejos esta cuestión. Los 104,80 metros de Hohn siguen siendo una marca histórica válida. Pero el cambio de especificaciones cerró la antigua progresión: ya no admite nuevas marcas bajo aquellas condiciones. Se cerró un marco de comparación, no la posibilidad física de alcanzar esa misma distancia.

La regla aún no mide con plena exactitud. Sigue midiendo.