Sobre esta edición
Nota de esta edición: Reescritura independiente del original chino, concebida para lectores de español. Contiene revelaciones de toda la serie. Las intervenciones de los personajes se recrean aquí; no se citan subtítulos oficiales.
Un estudiante de secundaria se ha quedado dormido con los auriculares puestos.
Algo intenta colarse por su oído. Busca el cerebro, pero los auriculares le cierran el paso y acaba entrando por el brazo derecho.
El chico se despierta. No sabe qué es; solo sabe que algo se le está metiendo dentro. Forcejea y aprieta el cable de los auriculares alrededor del brazo para impedir que siga subiendo.
La criatura ya no puede llegar al cerebro. Ha penetrado demasiado para retroceder, de modo que ocupa lo que tiene a su alcance: la mano derecha.
Todo Parasyte arranca ahí. Con un intento fallido.
Si aquella noche hubiera salido bien
Conviene detenerse primero en lo que habría ocurrido de haber tenido éxito. De esa otra posibilidad depende toda la obra.
Estos organismos parásitos proceden de una manera muy concreta: entran en la cabeza de una persona, devoran su cerebro y se hacen con el cuerpo.
Quien después sale a la calle conserva la cara, el nombre y la ropa de esa persona. Conserva también su lugar de trabajo y su domicilio. Lo que había dentro ha sido reemplazado; desde fuera no se ve ninguna diferencia.
Una vez al mando, aprenden. Aprenden a hablar, a componer una expresión, a saludar a los compañeros como lo hacía su víctima. Los más hábiles pueden pasar inadvertidos durante años; a los otros, alguien cercano les nota algo raro. La obra ofrece un caso: un parásito suplanta a una mujer y la madre de esa mujer comprende a primera vista que no es su hija.
Hay muchos casos así en la historia. Más adelante le ocurrirá a la madre de Shinichi.
Si la invasión de aquella noche hubiera tenido éxito, estaríamos ante otro relato sobre una persona sustituida por otra cosa.
Conocemos muchos de esos relatos. Un sistema hace desaparecer a alguien al reducirlo a sus cálculos; un programa fabrica a una persona conforme a unas especificaciones; un diagnóstico decreta lo que alguien es. Son versiones de un mismo hecho: lo que ocupaba un lugar ya no está, y en su sitio hay otra cosa.
Esta vez el intento fracasa.
De ahí nace una situación muy poco común: dos sujetos comparten un cuerpo y ninguno puede devorar al otro.
Lo que le falta a cada uno
Veamos qué fuerzas sostienen esa situación.
La criatura solo ha conseguido una mano derecha. No puede adueñarse del cuerpo entero como los demás parásitos. Carece de piernas, de estómago y de pulmones. Solo tiene una forma de seguir viva: que Shinichi siga vivo.
Shinichi tampoco puede prescindir de ella. Los otros parásitos lo descubren, lo atacan una y otra vez, y él no sabe luchar. Siempre es esa mano derecha la que se interpone entre él y el ataque.
Se necesitan mutuamente, pero no necesitan lo mismo.
Shinichi necesita un medio de salvar la vida. La criatura necesita un huésped que le permita seguir existiendo. No hay una unidad común a la que convertir esas dos necesidades; tampoco hay forma, por tanto, de calcular cuánto le debe uno al otro.
La criatura se da a sí misma un nombre: Migi, «derecha» en japonés. Porque vive en la mano derecha de Shinichi.
Vale la pena anotar ese detalle. No es un nombre que la criatura trajera consigo, ni el de su especie. Lo elige a partir del lugar que ocupa.
Desde entonces, Shinichi la llama por ese nombre.
En la obra, todos los demás parásitos usan el nombre de la persona a la que mataron. Ryoko Tamiya sigue llamándose Ryoko Tamiya hasta que, mucho después, adopta el nombre de Reiko Tamura. Todos llevan nombres tomados de otros.
El nombre de Migi es nuevo. Lo ha elegido él mismo, y en la vida que comparten se convierte en la forma en que Shinichi se dirige a él.
La orden
Mediada la historia aparece un dato que, al volver la vista atrás, resulta ser la otra mitad de todo esto.
Un parásito llamado Ryoko Tamiya le cuenta a Shinichi que recibió una orden justo en el momento en que se apoderó de un cerebro humano.
La orden decía que devorara a esa especie hasta acabar con ella.
Después le pregunta a Shinichi si los humanos no han recibido ninguna orden.
Estas criaturas nacen con una instrucción ya escrita.
No la acuerdan entre ellas, no la eligen ni la aprenden del entorno. Cuando llegan a ser lo que son, la instrucción ya está dentro.
Migi, en cambio, no consiguió el cerebro.
La obra no aclara qué supone eso para él. Nunca le hace decir que, por ese motivo, no recibió la orden. Se limita a mantenerlo así durante toda la historia: considera que comer seres humanos no tiene nada de malo, que es una conducta corriente entre los seres vivos, y él no come a ninguno ni una sola vez.
No puede hacerlo. Solo dispone de una mano, y esa mano pertenece al cuerpo de alguien que se niega.
Aquí surge una pregunta incómoda que la obra no esquiva: si Migi hubiera llegado al cerebro, ¿se habría comportado exactamente igual que los de su especie?
La respuesta queda en manos del lector, al que basta con escuchar lo que Migi dice. Comer humanos no tiene nada de malo. La única vida que merece una consideración especial es la propia. Ante los juicios morales de Shinichi, su respuesta es que no los entiende.
No cuesta mucho imaginar qué haría una criatura con esas convicciones si pudiera actuar sin restricciones.
Qué quería al principio
Dejémoslo claro: Migi no es una criatura bondadosa.
Al comienzo lo mueve un principio muy sencillo, y lo declara sin rodeos: con tal de que yo siga vivo, basta.
Lo primero que exige a Shinichi es silencio. No quiere que los otros parásitos descubran su existencia, porque él es un ejemplar fallido. Tampoco quiere que lo descubran los humanos: eso traería problemas.
Lo segundo que hace es ponerse a leer. Pasa las páginas con la mano derecha tan deprisa que Shinichi no puede seguirlo; termina un libro en cuestión de minutos. Lee cuanto conocimiento humano cae en sus manos: biología, sociología, cualquier cosa.
No lo impulsa el amor al saber. Está reconociendo el terreno: ¿en qué clase de ser he ido a parar?, ¿cómo funciona?, ¿qué necesito saber para sobrevivir?
Todo lo que hace por Shinichi, incluidas las muchas veces que después le salva la vida, parte de ahí. Si Shinichi muere, él tampoco podrá vivir. Nunca lo oculta, ni se avergüenza de ello.
Shinichi le pregunta por los humanos que devoran los otros parásitos. Su respuesta viene a ser esta: no sé de qué me hablas; los míos se limitan a comer, que es lo que hacen los seres vivos.
Shinichi sostiene que la vida humana es valiosa. Migi contesta, en esencia: no lo entiendo; la única vida valiosa es la de uno mismo.
Nadie rebate esas afirmaciones en la obra. Tampoco aparece un personaje al que se le encomiende desmontarlas. Permanecen intactas y acompañan el relato hasta el final.
Lo que dijo después
Y, al final de toda la historia, Migi le dice algo a Shinichi.
Más o menos esto: qué suerte haberte encontrado a ti y no haberme apoderado de tu cerebro.
Quiero cerrar este primer ensayo con esa frase porque termina de decirnos qué clase de fracaso fue aquel.
La noche en que ocurrió, para ambos fue un accidente. Para la criatura, una misión fallida; para Shinichi, una catástrofe.
Al final es la propia criatura quien lo llama una suerte.
Lo dice el mismo ser que al principio consideraba natural devorar humanos, que solo reconocía valor a su propia vida y que nunca se ha retractado.
No ha cambiado de discurso. Ha llegado a un lugar desde el que puede decir esa frase.
De lo que ocurrió entre un momento y otro se ocuparán los cuatro ensayos restantes.
Pero ¿cómo se vive cuando dentro del mismo cuerpo hay dos seres incapaces de devorarse mutuamente?
La respuesta está hecha de asuntos mucho más menudos de lo que cabría imaginar.
Eso viene en el próximo ensayo.