Sobre esta edición
Nota de edición: Reescritura independiente en español a partir del original chino. La página de origen permite alternar entre chino simplificado y tradicional.
Las cronologías posteriores del Siglo Universal sitúan el comienzo de la guerra con mucha precisión: la mañana del 3 de enero de 0079, el Principado de Zeon declara la guerra a la Federación Terrestre. Poco después empiezan los ataques nucleares contra las colonias.
Esos horarios al minuto y esos números que identifican los objetivos proceden de cronologías elaboradas después, no de la narración inicial de la serie de televisión de 1979. La televisión ofrece una escala más amplia, y más fría: en poco más de un mes de guerra, ambos bandos han causado la muerte de la mitad de la población humana.
Aquella semana
El material posterior llama a la primera fase la «Guerra de una Semana»: cabezas nucleares, gas venenoso, caída de colonias. La voz que abre la serie de televisión habla, en cambio, del conjunto de las primeras semanas de guerra. En poco más de un mes, la población de la esfera terrestre se ha reducido a la mitad. Las fuentes no coinciden siempre en la población de partida ni en la delimitación de las fases; no voy a forzarlas para obtener una única cifra exacta.
Detengámonos en esa mitad. No es la mitad de los militares, ni la mitad de los combatientes. Es la mitad de todos los seres humanos que estaban vivos en aquella civilización. En poco más de un mes.
¿Qué lugar ocupa semejante destrucción en la obra? El de una narración introductoria. No es un clímax, un giro de la trama ni el contenido de un episodio. Todo ha terminado antes de que empiece la historia y sirve para situarnos. Merece la pena fijarse en esa decisión: dentro de la estructura del relato, la muerte de miles de millones de personas pertenece a los «antecedentes que el espectador necesita conocer».
Cuando empieza el primer episodio, la mitad de la humanidad ya ha muerto.
La Operación British
La mayor de aquellas operaciones se llama Operación British. El procedimiento consiste en elegir una colonia, instalar motores de propulsión en su superficie exterior, sacarla de su órbita en un punto de Lagrange, llevarla hasta una órbita terrestre baja y dejarla caer.
El objetivo es Jaburo, el cuartel general del ejército de la Federación Terrestre, construido bajo una capa de roca de mil metros de espesor en las tierras altas de Guayana. Los medios convencionales no pueden alcanzar un objetivo protegido por un kilómetro de roca. Este método, sí.
Desde el punto de vista militar, el procedimiento tiene sentido: hay un objetivo definido, una secuencia de acciones ejecutable y efectos que se pueden calcular. También exige mucho trabajo de ingeniería. Hay que calcular órbitas, instalar motores, controlar la orientación y elegir el ángulo de reentrada. Ingenieros, oficiales de Estado Mayor y oficiales técnicos se sientan a resolverlo juntos. En esas reuniones, lo que tienen entre manos es un problema técnico.
En aquella colonia vivía gente
Para ejecutar el plan hace falta una colonia vacía. La que se utiliza como proyectil pertenece a Side 2. Antes de moverla, la llenan de gas venenoso y matan a sus veinte millones de habitantes. Una vez vaciada, le instalan los motores y la empujan hacia la Tierra.
Dicho de otro modo: el primer paso de la operación no son los propulsores. Son veinte millones de personas.
La narración inicial de la serie no cuenta ese paso; menciona la caída de la colonia. Los detalles de lo que ocurrió antes los aportaron materiales posteriores que desarrollan el universo de la obra.
Después de la caída
El resultado es que la colonia no alcanza Jaburo. Se desintegra al entrar en la atmósfera, los fragmentos se dispersan y caen en otros lugares. Jaburo queda intacto.
Durante el conjunto de la primera fase de la guerra, la Tierra y las colonias pierden, entre todas, aproximadamente la mitad de su población. Ese balance total no puede atribuirse a una sola caída.
Aquí hay dos cosas que conviene separar. La operación no cumple su objetivo militar. Jaburo sigue allí, el sistema de mando de la Federación sigue funcionando y la guerra continúa durante un año.
Lo que destruye, por otra parte, no tiene que ver con ese objetivo militar. Allí donde caen los restos cambian el clima, el mar y el suelo. Después de aquel día, el planeta ya no es el mismo.
Una operación puede fracasar por completo y, aun así, transformar un planeta.
Una línea divisoria
Podemos trazar aquí una línea. No se trata de emitir un juicio moral, sino de distinguir dos cosas en el propio método: la capacidad que tiene el enemigo para combatir ahora y las condiciones mínimas que le permitirán levantarse después de la guerra.
La primera comprende flotas, fábricas, sistemas de mando, efectivos y líneas de suministro. Si se destruyen, el enemigo pierde la capacidad de seguir luchando. Terminada la guerra, todo eso se puede reconstruir.
Las segundas son las personas, la tierra, el agua: aquello que permite que una civilización vuelva a organizarse. Si se destruye eso, ya no queda una posguerra.
La caída de la colonia ataca esas condiciones mínimas. Y al hacerlo ni siquiera acaba con la capacidad militar que se proponía eliminar: Jaburo no sufre daños.
Evaluada solo con criterios militares, la operación es un fracaso. Sin embargo, sus consecuencias son las mayores de toda la guerra.
Una operación puede fracasar según sus propios criterios y producir, fuera de ellos, efectos irreversibles. La ficha con la que se evalúa no tiene una casilla donde anotarlos.
Para establecer esta distinción no hace falta introducir ningún principio moral. Basta una pregunta: en el mundo que deja este método, ¿todavía habrá un «después»?
El Tratado Antártico
Queda un hecho por contar antes de cerrar este ensayo. Después de aquella semana, los dos bandos se sientan a firmar el Tratado Antártico. Prohíbe medios de destrucción masiva como las armas nucleares, el gas venenoso y el lanzamiento de grandes masas, y establece expresamente cómo se debe tratar a los prisioneros de guerra.
La línea se traza después de haber sido cruzada.
Tampoco hay nada edificante en la manera de trazarla. La postura de Zeon viene a ser esta: si no aceptan las condiciones, lo ocurrido puede repetirse. La firma se obtiene, en parte, mediante una amenaza: todavía podemos volver a hacerlo.
Zeon tiene, además, sus propias cuentas para aceptar el tratado. La Federación ya lo supera en recursos nacionales y potencia militar; si no se fija un límite, algún día podrá hacerle lo mismo. Y firmar un tratado internacional con la Federación equivale a conseguir que esta reconozca al Principado como un Estado de pleno derecho.
Ninguno de los dos lados acepta, por tanto, dibujar esa línea movido por lo que les haya ocurrido a aquellos miles de millones de personas.
El nombre de la operación
Una última observación sobre el nombre. La serie de televisión no explica de dónde sale «British». Lo que importa aquí es otra cosa: en cuanto una operación tiene nombre propio, número, procedimientos y documentación de ingeniería, puede discutirse en una sala de reuniones con toda corrección.
El nombre reúne una secuencia entera de actos en una palabra manejable. Los habitantes que hubo que eliminar no entran automáticamente en ella.
El Tratado Antártico no devuelve la vida a quienes murieron antes de cruzarse el límite. Tampoco demuestra que ambos bandos hayan abrazado de pronto la misma moral. Solo muestra que una frontera capaz de impedir que aquello se repita puede tener una utilidad real, incluso cuando las intenciones de quienes la acuerdan distan de ser puras.
Una obra posterior pondrá la orden de ejecutar esa operación en manos de un oficial concreto. No es un hombre inocente ni abandona la guerra. Se detiene, únicamente, ante esa orden.