Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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Desde fuera no hay manera de comprobarlo

Han Qin (秦汉) · Reescritura en español · 2026-10-09

Sobre esta edición

Sobre esta edición: Reescritura independiente en español del original chino, disponible en caracteres simplificados y tradicionales.

Último episodio de la primera temporada.

Togusa se pone la ropa del Hombre que Ríe, coge su revólver Mateba de siempre y se dirige a la sede del partido donde está aquel secretario general.

Sus motivos son suyos: cree que los miembros de la Sección 9, sus compañeros, han muerto, mientras el mundo sigue su curso y nada ha cambiado. Eso lo llena de rabia.

Y el gesto que hace es el mismo que han hecho todos en esta historia.

Cuántos han ocupado ese lugar

Contemos primero quiénes han pasado por ahí.

El primero: escribió un correo amenazante, no consiguió hacer nada y su identidad siguió siendo desconocida hasta el final.

Aoi: encontró por casualidad aquel correo, hizo dos cosas y guardó silencio durante seis años.

Los imitadores: no se conocían, actuaron por separado e hicieron todo lo demás.

Motoko Kusanagi: también se convirtió una vez en el Hombre que Ríe para sacarle información a Serano.

Togusa: en el último episodio.

Ese lugar nunca ha quedado vacío y nunca lo ha ocupado dos veces la misma persona.

Un lugar, cinco relevos, seis años. Y en ese lugar nunca ha habido nadie a quien se pudiera llamar «el propio Hombre que Ríe».

Cada persona que lo ha ocupado tenía sus propios motivos. Motoko investigaba un caso. Togusa estaba furioso. Cada imitador tenía sus asuntos. Aoi había descubierto la verdad.

Ninguno había recibido órdenes de hacerlo.

La vez de Motoko

El caso de Motoko merece que nos detengamos.

Convertirse en el Hombre que Ríe fue una maniobra táctica. Necesitaba que Serano hablara, y Serano solo hablaría con el Hombre que Ríe. Así que se hizo pasar por él.

Dentro de la trama tiene toda la lógica. Pero la estampa resulta fea: la persona que investiga el fenómeno se convierte en un caso más de ese fenómeno para poder investigarlo.

A partir de ese momento, la muestra cuenta con un ejemplar añadido: un Hombre que Ríe fabricado por la policía.

Si un tercero recopilara después todos los incidentes en los que apareció el emblema del Hombre que Ríe, incluiría la intervención de Motoko. Y no habría ninguna casilla en el registro que mostrase qué la distinguía de las demás.

Su objetivo era resolver un caso. Su intervención respondía a un encargo. Su postura ante aquella verdad era completamente distinta de la de Aoi. Nada de eso figura en los datos.

En los datos, una policía que se hace pasar por el Hombre que Ríe para resolver un caso y un joven indignado tras descubrir la verdad son lo mismo.

La vez de Togusa

Lo de Togusa es la cuchillada más despiadada que esta historia se asesta a sí misma.

Lo vimos en el ensayo anterior: Motoko lo reclutó porque un sistema formado solo por personas del mismo tipo se equivoca del mismo modo. A él lo dejó dentro precisamente por ser diferente. Él era la variable.

Y hace el mismo gesto que han hecho todos.

Ella lo reclutó por ser distinto. Y al final él hace el mismo gesto que todos los demás.

Eso no significa que Motoko se equivocara. Su juicio era correcto. Los cincuenta y dos episodios de la serie lo demuestran repetidamente.

Lo que se está diciendo es otra cosa: una persona puede tomar una decisión enteramente propia y, al mismo tiempo, esa decisión puede adoptar una forma idéntica a la de los demás.

No hay contradicción, porque hablamos de planos distintos. «Enteramente propia» se refiere a cómo nace la decisión. «Idéntica a la de los demás» se refiere al aspecto que tiene una vez tomada.

Y los métodos que solemos usar para juzgar si una persona tiene algo propio solo miran lo segundo.

La rabia de Togusa es suya. Sus motivos son concretos, tienen nombres y apellidos y están directamente ligados a lo que ha vivido durante esos años. Nadie ha colocado nada para ponerlo en marcha.

Y el gesto que termina haciendo es el mismo que hicieron aquellos imitadores que no se conocían entre sí.

Importa también por qué elige ese gesto. En la sociedad en la que vive, es la forma ya disponible de «una persona que se indigna ante algo que no puede cambiar». Ya está ahí. Tiene un nombre, una imagen y precedentes. Cuando él necesita hacer algo, es lo que más a mano tiene.

La rabia de una persona es suya. La forma de expresarla la ha tomado de fuera.

Cuatro preguntas una al lado de otra

Reunamos ahora lo que hemos visto en estos cinco ensayos.

Primero: los imitadores no pueden demostrar que la idea sea suya. Cada uno está seguro de que se le ocurrió a él. Pero, en ese fenómeno, esa seguridad viene de serie.

Segundo: Gōda demuestra que el fenómeno puede fabricarse. El efecto secundario es que, desde entonces, ningún movimiento espontáneo puede demostrar que no ha sido fabricado. La indignación de sus participantes es real, las razones las han pensado ellos y las acciones las han decidido ellos. Todo eso ocurre en ambos casos.

Tercero: los Tachikoma pasan dos temporadas preguntándose si tienen alma. Después hacen algo completamente ajeno a su función y desaparecen. Desde fuera sigue sin haber manera de comprobar si la tienen.

Cuarto: Motoko no puede confirmar que sus recuerdos sean suyos ni que aquel niño que plegaba grullas de papel estuviera realmente allí.

Las cuatro preguntas tienen la misma forma.

Desde fuera no hay manera de comprobarlo.

Y no es una conclusión pesimista

Aquí hay una lectura que debemos evitar.

La más fácil sería: entonces no podemos estar seguros de nada, entonces el yo es una ilusión, entonces no hay diferencia entre una persona y una copia.

La obra no respalda esa lectura. Basta con ver cómo trata a sus personajes.

No deja que ninguno quede paralizado por ello. Sin poder confirmar en absoluto qué es, Motoko toma la decisión organizativa más lúcida de toda la serie. Sin poder demostrar que es distinto de los demás, Togusa hace algo que cree necesario. Sin saber en absoluto si tienen alma, los Tachikoma hacen algo difícil de explicar. Aun sabiendo que ha sido infectado por un virus, Kuze sigue adelante con su propio proyecto.

Ninguno de ellos dispone de esa prueba cuando actúa.

No tener cómo comprobarlo y no actuar son dos cosas distintas.

La obra las separa con toda claridad. Ni una sola vez convierte «no puedo demostrar que esto sea mío» en «por lo tanto, no lo hago».

Dos imágenes

Aquí termina esta serie de ensayos.

Dejemos, para acabar, dos imágenes juntas. Sin añadir palabras entre ellas.

La primera: un joven está ante las cámaras. En todos los dispositivos capaces de captarlo, cámaras de televisión, cámaras de vigilancia y ojos de los presentes, el mismo emblema tapa su rostro en tiempo real. Nadie ha visto esa cara.

La segunda: seis años después, otra persona se pone aquella ropa y aquel emblema y se dirige a un lugar por algo muy concreto que tiene que ver con su propia vida. Es la persona a la que esta organización reservó un sitio precisamente por ser diferente.

Entre una imagen y otra, mucha gente ha utilizado el emblema. No se conocían entre sí, sus motivos eran distintos y lo que hicieron tenía exactamente el mismo aspecto.

En cuanto a si había en esas personas algo que el emblema no pudiera tapar…

Los cincuenta y dos episodios plantean la pregunta. No ofrecen ningún modo de comprobarlo.