Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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La palabra «congénere»

Han Qin (秦汉) · Reescritura en español · 2026-10-09

Sobre esta edición

Sobre esta edición: Reescritura independiente en español a partir del original chino, disponible en caracteres simplificados y tradicionales.

En este mundo hay unos seres llamados ratas monstruo. Caminan erguidos, hablan, utilizan herramientas y se organizan en sociedades. Se reparten en colonias, cada una con su reina, sus jerarquías y su ejército.

Hacen la guerra. Sus conflictos se rigen por unas reglas establecidas por los humanos, que también supervisan su cumplimiento.

Llaman dioses a los humanos. No es una metáfora: esa es la palabra que usan, y se comportan en consecuencia. Se postran ante ellos, les pagan tributo y aceptan su juicio como una sentencia definitiva. A los tributos y la aceptación de sus decisiones se suma otro servicio: hacer por los humanos aquello que ellos no pueden hacer.

Lo que los humanos no pueden hacer

Hay que desarrollar esa última frase. Es la puerta de entrada a este ensayo.

¿Por qué necesitan los humanos encargarles tareas a las ratas monstruo? Por la retroalimentación mortal.

Como ya vimos, el mecanismo tiene una condición: la víctima ha de ser un congénere. En cuanto se activa, muere el agresor.

Por eso hay toda una clase de actos vedados a los habitantes del pueblo: los que implican agredir a uno de su propia especie. Pero alguien tiene que encargarse de esas cosas: eliminar, limpiar, resolver lo que queda pendiente en el campo de batalla, y muchas otras. Las hacen las ratas monstruo. A ellas no las frena ese mecanismo. No son humanas.

La revelación del final

En el último episodio, Saki está investigando a las ratas monstruo en la Oficina de Control de Especies Externas. Satoru le lleva los resultados de un análisis genético. Esos resultados desmienten lo que el pueblo ha dado por cierto durante mil años.

Las ratas monstruo tienen el mismo número de cromosomas que los humanos. La explicación más razonable es que fueron creadas: se introdujeron genes de rata topo desnuda en seres humanos sin Cantus para transformarlos.

¿Con qué propósito? La retroalimentación mortal impedía que los humanos con Cantus mataran a los que no lo tenían.

El mecanismo se activa ante los congéneres. Y los humanos sin Cantus también lo eran. La parte de la humanidad que poseía ese poder no podía, por tanto, eliminarlos. Así que cambiaron una cosa.

Lo que cambiaron no fue el mecanismo

Aquí está el argumento de este ensayo.

Ante el problema de «no puedo matarlos», había dos caminos. El primero consistía en modificar el mecanismo: conseguir que en ciertas circunstancias no se activara, o instalarle un interruptor.

Ese camino no era viable. El mecanismo estaba incorporado al cuerpo; alterarlo equivalía a desmontar los cimientos de todo el sistema. Y de ese sistema dependía que la sociedad pudiera seguir existiendo.

El segundo camino era dejar intacto el mecanismo y cambiar a quiénes abarcaba la palabra «congénere». Eligieron el segundo.

Sacaron a una parte de la humanidad de esa palabra. Lo hicieron físicamente: introdujeron genes de otra especie, alteraron su aspecto y la forma de sus cuerpos, hasta que ya no parecieran, sonaran ni olieran como seres de la misma especie. No eludieron el dispositivo. Consiguieron que ciertas personas dejaran de activarlo.

La operación funcionó. Y funcionó por completo. Mil años después, del lado humano ya no es un hecho que se esté ocultando: es un hecho olvidado. Los vecinos no disimulan el origen de las ratas monstruo; de verdad lo desconocen. Los libros de texto las presentan como una clase de animal. Los comités hablan de ellas en términos de gestión de fauna. Todos son sinceros.

Una operación lo bastante radical termina por no necesitar que nadie la encubra.

A partir de ahí todo es legal

Esta es la parte más difícil de digerir.

Una vez creadas las ratas monstruo, todo lo que los humanos les hacen es legal. Obligarlas a servir, eliminarlas, emplearlas como fuerza de combate, apostar en sus guerras, exterminar colonias enteras: todo tiene un procedimiento y un registro, todo pasa por deliberaciones de comités y queda en actas.

No se infringe ni uno solo de esos procedimientos. Las reglas, de principio a fin, solo protegen a los congéneres. Las ratas monstruo no pertenecen a esa categoría.

Unas reglas pueden cumplirse íntegra, estricta y escrupulosamente y, al mismo tiempo, no proteger en absoluto a cierto grupo de personas. Basta con que ese grupo quede fuera de su ámbito.

No hace falta que nadie infrinja la ley, sea corrupto o actúe con mala intención. Basta con que ese ámbito se haya delimitado una vez, mucho tiempo atrás.

Kiroumaru y Yakomaru

La serie da rostro a las ratas monstruo a través de dos personajes.

Kiroumaru es el general de la colonia del Avispón Gigante. Es fuerte, un combatiente formidable y respetuoso de las reglas. Su actitud ante los humanos es compleja: no los adula, pero tampoco se rebela. Ha tratado en varias ocasiones con Saki y Satoru y les ha salvado la vida. Hay un detalle revelador: a él tampoco le resulta cómoda la dominación humana. Vive desde el lugar que le ha tocado, de la manera que tiene a su alcance.

Yakomaru, también conocido como Squealer, es el portavoz ante los humanos de la colonia de la Mosca Asesina. Su servilismo resulta extremo: en cuanto ve a un humano se tira al suelo, y habla con una deferencia que llega a incomodar. Tiene facilidad de palabra, piensa con enorme rapidez y está dispuesto a cualquier cosa con tal de lograr sus fines. Desde muy pronto, Saki y Satoru desconfían de él.

Son dos respuestas a una misma situación. Uno permanece dentro de las reglas; el otro busca sus resquicios y empuja para abrirse paso. Pero su situación es la misma: ninguno de los dos cabe en aquella palabra.

Los límites de una palabra

Para terminar, conviene mirar la forma general de esa operación.

Una regla protectora suele decir algo así: no se puede hacer determinada cosa a determinadas personas. La frase contiene dos partes: lo que no se puede hacer y a quién no se le puede hacer.

Casi todos los debates se concentran en la primera: qué conductas prohibir, hasta dónde debe llegar la prohibición y cómo definir las excepciones. La serie se ocupa de la segunda.

Cambiar la primera parte es difícil: se ve, se discute, alguien se opone. La segunda puede modificarse sin tocar una sola palabra de la primera. Más aún: después del cambio, la primera parece más íntegra que antes. A quienes han quedado dentro no se les ha quitado ni una sola protección.

Kiroumaru y Yakomaru no forman una sencilla pareja de obediencia y maldad. Uno intenta conservar su propio juicio dentro de los límites existentes; el otro trata de romperlos. Ambos se enfrentan a lo mismo: ninguno tiene derecho a intervenir en la decisión de si pertenece al grupo protegido.

Más adelante, Yakomaru se rebelará y reproducirá en su rebelión aquello que quería derribar. El tribunal tendrá que enfrentarse a la vez a sus crímenes y a una afirmación verdadera sobre quién es.

Texto de referencia: Del nuevo mundo (Shinsekai yori), anime televisivo de A-1 Pictures dirigido por Masashi Ishihama, de veinticinco episodios (2012–2013), basado en la novela de Yusuke Kishi de 2008. La novela solo se utiliza como contexto complementario; la adaptación al manga queda fuera de esta serie de ensayos.