Sobre esta edición
Nota sobre la edición: Reescritura en español del original chino, cuya página permite alternar entre caracteres simplificados y tradicionales.
En el combate final, Makima dice una frase.
Viene a decir: ¿por qué has vuelto a ser Denji? Qué desagradable.
Tiene a una persona delante y le molesta que no sea la que ella quiere.
La que quiere es Chainsaw Man.
Su poder tiene una condición
Terminemos primero de explicar el mecanismo, porque de él sale todo este ensayo.
Makima es el Demonio del Control. Para poder controlar a alguien, tiene que cumplirse una condición:
Su poder solo funciona con quienes ella considera inferiores.
No se trata de una limitación técnica. Es la definición misma de ese poder. Para controlar a alguien, primero tiene que colocarlo por debajo de sí. En cuanto considera que algo no está por debajo, el poder no se activa.
¿Y qué es Chainsaw Man para ella?
El objeto de su admiración.
Lo ama, lo venera. Todo lo que ha hecho, todas las maniobras, los preparativos, lo que ha reunido y lo que ha esperado, tenía el fin de conseguirlo. La obra lo deja claro: en el fondo, Makima considera que Chainsaw Man está por encima de ella.
Por eso no puede controlarlo.
No es un error de cálculo. Es precisamente lo que siente de verdad lo que bloquea su poder. Cuanto más lo venera, menos puede activarlo.
A quien sí puede controlar es a Denji: el chico que no le interesa, al que sitúa por debajo y mantiene como a un perro.
El mismo movimiento en dos direcciones
Llegados aquí, la explicación más inmediata sería esta: su poder tiene un fallo y ese fallo la hace perder.
Es cierto. Pero no basta.
Si lo tratamos como una avería técnica, se nos escapa la verdadera forma de lo ocurrido.
Veamos qué hace con cada uno:
Con Chainsaw Man, intenta hacerse con él. Quiere su cuerpo, quiere su fuerza, quiere usarlo para rehacer el mundo. Lleva años preparando las cosas para lograrlo.
Con Denji, intenta hacerse con él. Le da comida y un techo, va cumpliendo los deseos de la lista uno por uno y lo convierte en su perro.
Coloca a Chainsaw Man arriba y a Denji abajo. Pero, estén donde estén, ella hace lo mismo: apropiarse del otro.
En Makima, admiración y control no son dos actitudes distintas. Son un mismo movimiento en dos direcciones.
Cuando mira hacia arriba, quiere poseer lo que ve. Cuando mira hacia abajo, quiere poseer lo que ve. No tiene una tercera forma de actuar.
Lo que ella quiere
La obra, además, le da un motivo mucho más concreto que el simple «afán de control».
Quiere una relación entre iguales.
La frase desconcierta, porque no encaja con nada de lo que ha hecho. Pero eso es lo que dice la obra: su objetivo de «crear un mundo mejor con Chainsaw Man» busca, en el fondo, cooperación, no esclavitud.
Ahí está el problema:
Quiere igualdad, pero solo sabe apropiarse de las cosas.
Una relación entre iguales exige otro tipo de movimiento. Exige que haya un momento en que no intentes apoderarte del otro, en que lo veas llegar a ser quien es sin sacar de ello ningún beneficio.
Esa opción no existe en el repertorio de Makima. Todo lo que hace consiste en establecer una jerarquía y poseer: coloca al otro arriba y se apropia de él; lo coloca abajo y se apropia de él.
En su sistema no hay una posición desde la que tratar a alguien que esté a su misma altura.
Por eso nunca podrá producir lo que quiere con los métodos que conoce. Cada paso que da para acercarse la aleja un paso más: con cada paso convierte al otro en algo que tiene entre sus manos.
Probablemente ella misma no lo sabe. La obra no hace que llegue a comprenderlo. Hasta el final sigue actuando de la misma manera.
Nunca miró a la persona que tenía delante
Volvamos a aquel «¿por qué has vuelto a ser Denji?».
La frase deja algo muy claro: reconoce a Chainsaw Man, pero no reconoce a Denji.
Y, durante todo ese tiempo, la persona que ha comido con ella, a la que ha llevado al cine y cuyos deseos ha ido tachando uno a uno ha sido Denji.
Recuerda lo que le gusta comer. Sabe cuándo conviene darle algo. Conoce al detalle cada punto por el que puede empujarlo en una dirección.
Ha hecho todo eso y ni una sola vez ha mirado a esa persona.
Miraba lo que había dentro de su pecho.
Las dos cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo, y en esta obra lo son durante mucho tiempo: alguien puede conocerte a fondo sin que le intereses en absoluto. Conocer a alguien y que te importe no son lo mismo. Para manejarlo hace falta conocerlo; que te importe no es necesario.
Es un hecho que se repite sin aspavientos a lo largo de la obra. Ella trata bien a Denji, lo lleva a divertirse, recuerda sus gustos. Y todo eso va dirigido a un recipiente. Está al servicio de lo que lleva dentro.
Eso explica también por qué termina perdiendo precisamente ahí: su sistema de reconocimiento solo tiene dos categorías, y ha colocado a este chico en la equivocada. Lo ha archivado en «no me interesa». Por eso todo lo que sabe de él se detiene en «cómo hacer que obedezca».
Quien solo sabe cómo conseguir que alguien obedezca no sabe qué más puede hacer esa persona.
Solo queda comérsela
Hay otra capa, la última pieza del mecanismo que veremos en este ensayo.
Makima ha hecho un contrato con el primer ministro de Japón: los ataques que reciba se convertirán en accidentes o muertes por enfermedad de ciudadanos japoneses elegidos al azar.
Por tanto, no se la puede matar atacándola. Tú la golpeas y quien muere es otro.
La solución que se le ocurre a Denji es comérsela.
Funciona porque comer no es atacar.
Cocina su carne y se la come. La acompaña con sopa de miso y arroz blanco.
Kishibe lo ayuda a organizarlo. No está solo en la preparación de la comida.
Denji, por su parte, lo explica así: de ese modo, Makima y él se convierten en uno.
La escena se presenta con una enorme calma y una enorme tosquedad. No tiene nada de heroísmo trágico, de solemnidad ni de repugnancia. Es una persona sentada a la mesa, comiendo: arroz, sopa, un plato.
Para resolver lo más grande que tiene entre manos, esta obra termina recurriendo a una comida. Y el primer ensayo de esta serie también empezaba con una comida.
Pan blanco
Llegamos al cierre de la obra.
Cuando muere, el Demonio del Control se reencarna en una niña, en China. Se llama Nayuta. No conserva ningún recuerdo de Makima.
Kishibe la trae de vuelta. Tiene un motivo muy práctico: si se la entrega al Gobierno japonés, crecerá para convertirse en una segunda Makima.
Así que Denji se hace cargo de ella. Cuando va a recogerla no tiene nada preparado y tampoco sabe cómo cuidar a una niña.
Alguien le pregunta a Nayuta qué quiere comer.
Ella dice: pan blanco.
Aquí termina esta serie.
Para acabar, pongamos dos escenas una junto a otra, sin comentarios entre medias.
Primera escena: un chico que lleva años pasando hambre se sienta por primera vez a comer como es debido. Antes de darle de comer, quien lo alimenta le ha dicho: sé mi perro o muere aquí.
Segunda escena: a una niña recién llegada le preguntan qué quiere comer. Responde que pan blanco. Quien se lo pregunta es el chico que se sentó a aquella mesa.
Dos escenas. La misma escala. La misma comida.
En cuanto a lo ocurrido en los noventa y siete capítulos que separan ambas escenas, a si las dos comidas son lo mismo y a qué tiene entre las manos alguien que, después de pasar años siendo alimentado, empieza a alimentar a otra persona…
Eso no voy a escribirlo aquí.