¿Para quién existe el arte de gobernar?
De la ventaja del fuerte al arte
Trasímaco afirma que la justicia sirve al más fuerte: cada régimen legisla para sus dirigentes y llama justa a la obediencia. Cuando Sócrates señala que un gobernante puede equivocarse, Trasímaco precisa que, en cuanto gobernante, no yerra. Sócrates usa esa precisión contra él.
La medicina busca la salud del cuerpo, la equitación el bien del caballo. Cobrar pertenece a otra práctica, la obtención de salario. Un arte, considerado estrictamente, sirve a su objeto. Gobernar debe buscar el bien de los gobernados. La explotación no es solo mal gobierno: es otra actividad vestida con su nombre.
Benevolencia sin veto
SAE traza un límite paralelo: tratar al otro enteramente como objeto abandona el poder entre sujetos. Pero Platón pregunta hacia dónde se orienta el gobernante; SAE pregunta además qué conserva la persona afectada. ¿Puede rechazar, pedir otra opinión y detener de verdad el proceso?
Un monarca benevolente puede satisfacer a Platón. Si toda protesta vuelve a su discreción, el pueblo carece de interruptor. Incluso ante la mejor médica el paciente conserva el consentimiento, no porque ella sea mala, sino porque no puede ocupar su posición.
Derecho de principio, capacidad práctica
Para SAE, el rechazo no es un regalo del superior. Sin embargo, necesita procedimientos, acceso, recursos y contrapesos para funcionar. Si el lado fuerte decide cuándo comienza a ser efectivo, alguien vive el tiempo anterior.
El criterio de Platón juzga ahora mismo la dirección de un arte. El de SAE es más difícil de institucionalizar y suele posponerse. Pero, una vez construido, depende menos de la virtud del gobernante. El contraste ilumina la ciudad de dirigentes buenos y la ciudad que se prepara también para su error.