Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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SAE · Plato's Republic · Versión española reescrita
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Cada cual a lo suyo, y la persona como fin

Han Qin (秦汉)

Cuando la especialización se vuelve justicia

La ciudad platónica nace de la necesidad. Nadie se basta, las tareas se dividen y cada persona se concentra en el trabajo acorde con su naturaleza. Primero es una regla productiva. Más tarde regresa como definición de justicia: hacer lo propio y no entrometerse en la labor ajena. Una organización del trabajo se transforma en una organización de personas.

SAE también pone el peso en lo propio. Tratar a alguien como fin exige no convertir la ley de su vida en una variable redactada por otro. Pero en La República la ciudad identifica la tarea propia leyendo naturaleza y educación; en SAE solo la persona puede asumir su propia ley.

El dedo y la estatua

Platón compara la ciudad con un cuerpo: herido un dedo, sufre el conjunto. La imagen promete solidaridad y absorbe al mismo tiempo la segunda posición subjetiva. El dedo no posee un fin separado de la mano. Cuando se objeta que los guardianes carecen de propiedad y libertad privada, Sócrates responde que el escultor no pinta de púrpura los ojos para hacer feliz a la parte más bella; busca la belleza total.

SAE no niega necesidades comunes. Rechaza que la excelencia de la ciudad baste para asignar la única vida de una persona. Rol y vocación pueden coincidir; su autoridad no procede del mismo lugar.

¿Quién estará mañana en la muralla?

Platón pregunta con razón: alguien debe cocinar, cuidar y vigilar hoy y mañana. Si cualquiera puede retirarse en todo momento, ¿cómo promete continuidad una institución? Consentimiento, rotación, salario, voz y salida pueden hacer compatible el trabajo necesario con la condición de sujeto, pero complican la fiabilidad.

«Nadie queda encerrado en una función» y «la función continúa» son dos logros distintos. Platón exhibe el precio de la estabilidad. SAE se niega a pagarlo con la autoría de una vida ajena y adquiere una deuda de diseño. Un dedo no pregunta por qué pertenece a esa mano; una persona sí.