014 / 108 · Construir un mundo
Washington, el hombre que no quiso la corona
Devolver el mando, dejar la presidencia, regresar a casa. Dos renuncias que hicieron posible algo público, y una libertad que no llegó a quienes trabajaban en su plantación.
I. La otra salida de una victoria
1783. La guerra de Independencia se acercaba a su desenlace victorioso. Con la paz aparecía una pregunta que las batallas no podían resolver.
George Washington mandaba el Ejército Continental. Su prestigio había desbordado los campamentos. La victoria tenía muchos autores, pero aquel nombre pesaba ya más que el cargo que ocupaba.
¿De quién sería ahora ese poder?
El año anterior, el oficial Lewis Nicola le había escrito sobre las ventajas de una monarquía, apuntando hacia él como posible gobernante. Washington rechazó la propuesta con dureza. Nadie le había puesto una corona en las manos en nombre de todo el país. Pero alguien había señalado un camino, y él había dicho que no.
En la primavera de 1783, los oficiales reunidos en Newburgh estaban indignados por los sueldos y las pensiones pendientes. Washington intervino para frenar el peligro de utilizar al ejército contra la autoridad civil. Reconocer que los soldados habían sido maltratados no obligaba a convertir su agravio en un permiso para gobernar.
La historia ofrecía bastantes ejemplos del otro camino. César había llegado a la dictadura perpetua después de la guerra civil. Más tarde, Napoleón pasaría de general a emperador. Qin Shi Huang, Xiang Yu y Liu Bang también enlazaron la victoria militar con una nueva posición soberana. No fueron procesos idénticos ni el destino inevitable de cualquier vencedor. Bastaba con que aquella posibilidad existiera.
Washington tomó una salida distinta.
El 23 de diciembre de 1783 entró en la sala de Annapolis, Maryland, donde se reunía el Congreso, y devolvió su nombramiento militar. La autoridad recibida regresaba a la institución que se la había confiado. Después se despidió y volvió a Mount Vernon.
Circula una historia transmitida por el pintor Benjamin West: al saber que Washington pensaba retirarse, Jorge III habría dicho que hacerlo lo convertiría en uno de los hombres más grandes del mundo. Las versiones no coinciden del todo. No hace falta leerla como una transcripción de palacio.
La admiración de un rey ante un hombre que no convierte la victoria en propiedad privada: quizá por eso la historia se siguió contando. El gesto, en cualquier caso, estaba allí.
II. Otra vez, la posibilidad de quedarse
Seis años después. 1789.
Bajo los Artículos de la Confederación, el poder central era débil. Las deudas, la financiación del gobierno y la coordinación entre los estados planteaban problemas serios. La convención reunida en Filadelfia en 1787 había propuesto una nueva Constitución. Tras la ratificación de los estados, llegaba la hora de ponerla en marcha.
Hacía falta el primer presidente. Muchas miradas volvieron a Washington.
Sus cartas hablan una y otra vez del deseo de retirarse al campo. En Mount Vernon lo esperaban los experimentos agrícolas, el trigo, el ganado y los asuntos de una finca que le importaba. No era un paraíso al margen del trabajo y de las relaciones de poder. Era, sencillamente, el lugar al que quería volver.
Todos los electores que participaron en la votación de 1789 lo apoyaron. En 1792 sucedió lo mismo. Dos elecciones unánimes dentro de aquel colegio electoral, no dos plebiscitos de todos los habitantes del país.
Aceptó. Su reputación ayudaba a que el nuevo gobierno inspirase confianza. En esa decisión cabían el deber, las peticiones de otros y su propio juicio. No necesitamos reducirla a una sola intención secreta.
Cuatro años. Otros cuatro. Dos mandatos.
Al final del segundo conservaba un enorme prestigio, pero también soportaba ataques y una áspera lucha partidista. Nada le impedía legalmente presentarse de nuevo. Eso no significaba que todos quisieran que siguiese, ni que pudiera quedarse de por vida sin volver a pasar por las elecciones.
La puerta a una tercera candidatura seguía abierta.
No la cruzó.
En septiembre de 1796 publicó su mensaje de despedida y anunció que no volvería a presentarse. En 1797 terminó el relevo y regresó a Mount Vernon. No lo había echado una prohibición constitucional de dos mandatos: esa limitación llegaría en 1951.
III. Saberlo y hacerlo
¿Por qué no convertir el ejército en un Estado propio? ¿Por qué levantarse de una silla en la que todavía se podía permanecer?
La convicción republicana ofrece una respuesta: un cargo se recibe por autorización, no por apropiación. También estaba el ejemplo romano de Cincinato, que había dejado la dictadura para volver a sus campos. Sus contemporáneos encontraron pronto en aquel relato una imagen con la que entender a Washington.
Las ideas importan. Los ejemplos, también. Pero conocer una historia no es lo mismo que poder vivirla.
Entre saber y hacer puede interponerse un ejército entero. O una silla de la que nadie te obliga todavía a levantarte.
Washington recorrió esa distancia dos veces. Primero devolvió el mando militar. Después permitió que la presidencia pasara a otra persona.
Yo leo así ese movimiento: si un cargo solo puede ocuparlo quien soy yo, aún no ha llegado a ser verdaderamente público.
La independencia había reunido aspiraciones distintas. La Declaración situaba el fundamento del gobierno legítimo en el consentimiento de los gobernados, aunque en la práctica quedaban fuera muchísimas personas. Incluso desde aquel comienzo estrecho, convertir la victoria en un derecho personal y hereditario habría dañado la razón de ser de la república.
Marcharse pasó a formar parte de la construcción. El hombre salía por la puerta; el cargo se quedaba. Otro podría entrar, y también debería poder salir.
En el lenguaje de este recorrido, dejar el poder no es el vacío que viene después de construir. Es el último golpe de cincel.
IV. Junto a Qin Shi Huang
El ensayo anterior seguía a Qin Shi Huang: un territorio inmenso sometido a un orden común y un orden sometido, a su vez, a una presión enorme. El imperio Qin cayó unos quince años después de la unificación. Muchas de sus instituciones sobrevivieron.
Ahora podemos poner a los dos hombres uno al lado del otro.
Uno reforzó la posición suprema del soberano, organizando el imperio alrededor de un centro que nadie debía sustituir. El otro, dentro de una experiencia republicana colectiva, devolvió primero el mando militar y luego dejó la presidencia. Ninguno hizo por sí solo toda la historia que lo rodeaba. Sus gestos, sin embargo, pueden iluminarse mutuamente.
Este ensayo los viste con una imagen: llevar la túnica imperial, negarse a llevarla. La imagen no pretende reconstruir el vestuario real de la época Qin.
Hasta una forma de tratamiento puede delatar una expectativa. En 1789 el Congreso discutió si el presidente debía recibir un título elevado. El Senado llegó a favorecer una fórmula que comenzaba con «Su Alteza». La Cámara de Representantes se opuso y prevaleció una denominación más sobria. No fue una palabra elegida a solas por Washington: la nueva república discutía cómo quería hablar de sí misma.
El centro imperial de Qin se parece a una torre que converge en su cima. La Constitución estadounidense trataba de repartir la autoridad entre cargos y de someter a sus titulares a unas reglas. Que las reglas estén por encima de una persona es una tarea. Escribirlo no equivale a haberlo conseguido para siempre.
La quema de libros y otras medidas represivas de Qin contrastan con el espacio que un orden republicano reserva a la crítica. Pero la Primera Enmienda fue fruto del Congreso, de los estados y de las exigencias políticas de muchos. No fue un regalo privado de Washington.
De un lado, la búsqueda de una orden cada vez más uniforme. Del otro, la obligación de convivir con voces que el gobernante no domina del todo. Ahí está la distancia que interesa mirar.
La brevedad de Qin y la continuidad de la república estadounidense durante más de dos siglos no se explican por el carácter de dos hombres. También cuentan las guerras, las relaciones sociales, las instituciones y lo que hicieron quienes vinieron después. Durar más tampoco basta para ser más justo.
En la fábula de Zhuangzi, Hundun muere cuando terminan de abrirle siete orificios. La traemos aquí como una advertencia: a lo vivo hay que dejarle espacio para respirar. No como una ley que la historia política hubiera demostrado.
V. Lo que sí construyó
Washington no se limitó a renunciar. No permaneció en un claro haciendo preguntas, ni pronunció unas palabras y desapareció de la política.
Participó en la construcción de muchas cosas.
Presidió la Convención Constitucional de 1787. No fue el único autor de la Constitución, pero su presencia daba peso a las deliberaciones. Ya en la presidencia, trabajó con el Congreso y con los funcionarios para convertir un acuerdo escrito en administración cotidiana.
Hamilton en el Tesoro; Jefferson en la Secretaría de Estado. Discutían con dureza sobre el futuro del país. Washington tenía que juzgar, escoger, decidir. Cómo se reúne un gabinete, cómo utiliza un presidente el veto que la Constitución ya le concede, cómo se llevan los asuntos exteriores: los precedentes fueron naciendo al resolver problemas concretos.
Ayudó a levantar un gobierno que podía funcionar.
No necesitaba que antes desaparecieran todas las diferencias.
La Primera Enmienda, ratificada en 1791, protegía la expresión, la prensa y otras libertades. Una crítica al gobierno no debía desaparecer simplemente porque incomodase a quien gobernaba. Su alcance y su aplicación seguirían siendo terreno de conflicto; no era un permiso para decir cualquier cosa, en cualquier circunstancia, sin límite alguno.
La separación de poderes y los contrapesos impiden que una sola mano pueda decidirlo todo. A veces retrasan una acción. A veces evitan un daño. La eficacia no es un pecado, ni un atasco es noble por sí mismo. La pregunta es quién puede oponerse y quién puede corregir un error.
Al retirarse tras dos mandatos, Washington dejó un precedente difícil de ignorar. Hasta la tercera victoria electoral de Roosevelt en 1940, nadie había ganado tres elecciones presidenciales. No era todavía una ley, ni faltaron personas dispuestas a desafiar la costumbre.
La Vigesimosegunda Enmienda introdujo en 1951 el límite constitucional a las veces que una persona puede ser elegida. El gesto de irse y la norma posterior pertenecen a momentos distintos, aunque podamos trazar una línea entre ellos.
Esta construcción tiene disputas y grietas. Necesita cambios, y necesita personas que una y otra vez lleven las promesas del papel a la vida.
Poder respirar no significa no sufrir heridas. Significa que no sean únicamente quienes mandan los que decidan si una herida existe.
VI. La libertad que no devolvió
Washington no fue un hombre perfecto. No necesitamos un teorema matemático para tomar en serio tanto lo que hizo como el daño del que fue responsable.
Y aquí hay una realidad imposible de rodear: era un propietario de personas esclavizadas.
En 1799 vivían en Mount Vernon 317 personas sometidas a esclavitud. Legalmente, 123 pertenecían a Washington; 153 formaban parte del patrimonio Custis, sobre el que Martha tenía derechos vitalicios; otras 41 habían sido alquiladas a otros propietarios. El libro de cuentas tenía columnas diferentes. La falta de libertad atravesaba la misma finca.
Su testamento concedía a William Lee la libertad inmediatamente después de su muerte. Las demás personas de su propiedad debían ser liberadas cuando muriese Martha. Ella adelantó la ejecución de esa disposición a enero de 1801. Las personas del patrimonio Custis quedaron fuera de ella.
Aquella decisión cambió algunas vidas. No podía transformar retrospectivamente en libertad los años de esclavitud. Washington había expresado en cartas privadas su deseo de que se aboliera la institución, pero no encabezó un movimiento público abolicionista durante su presidencia. También persiguió a personas que habían escapado de su casa.
El hombre que devolvió el mando del ejército no concedió a todos los que trabajaban para él el mismo derecho a marcharse.
No se trataba de una casilla que la Constitución hubiese olvidado rellenar. Los compromisos sobre representación, trata y fugitivos incrustaron los intereses esclavistas en el nuevo orden. Las personas esclavizadas no eran un residuo abstracto, a la espera de que alguien lo descubriese. Ya estaban allí. Tenían familias, deseos y formas propias de resistir.
El lenguaje de la libertad y la práctica de la esclavitud cabían, uno junto a otra, en el mundo de este hombre.
Vendrían la guerra civil, la enmienda abolicionista de 1865, las esperanzas y derrotas de la Reconstrucción y la Ley de Derechos Civiles de 1964. La lucha no empezó en esas fechas. Las personas esclavizadas, los negros libres y los abolicionistas llevaban mucho tiempo enfrentando al país con sus promesas.
La historia de la república no es un calendario de mejoras automáticas. Los derechos conquistados también pueden perder terreno. Llamar abierto a un sistema no da por sí solo un lugar a quienes ese sistema excluye.
Gödel no demuestra el defecto ético de una Constitución. Cuando este ensayo habla de lo que queda fuera, no pretende meter a nadie en una fórmula. Una persona no existe solo para servir de instrumento a otra. La práctica esclavista de Washington choca directamente con esa convicción.
Podemos reconocer lo que significó que dejara el poder sin convertir ese reconocimiento en un certificado de inocencia.
No está en juego únicamente la posibilidad de que un gran hombre se corrija. También está en juego el derecho de quienes él poseía a decirle que no.
VII. Volver al campo
Washington murió en Mount Vernon el 14 de diciembre de 1799. Tenía sesenta y siete años. Los testimonios describen una dolencia grave de garganta, dificultades para respirar y las repetidas sangrías de sus médicos. Murió durante una enfermedad aguda, no dentro de una estampa de retiro sin dolor.
Murió en su casa, en su cama. Aquella finca era el lugar que administraba y también el lugar donde muchas personas estaban obligadas a vivir y a trabajar.
Al volver la vista por esta serie encontramos a Sócrates condenado por Atenas y a Jesús ejecutado por Roma; a Qin Shi Huang muerto durante un viaje, con la sucesión atrapada después en maniobras de poder; a Nietzsche gravemente enfermo en sus últimos años, a Gödel muerto de desnutrición y a Du Fu al término de una vejez errante. No podemos ordenar esas muertes en una tabla de premios y castigos por haber elegido bien o mal.
Que Washington pudiera volver a casa merece atención. No autoriza a decir que otros dieron motivos para que los mataran, o que enfermaron porque no habían aprendido a soltar nada.
Volvió a ocuparse de la finca.
Trigo, mulas, suelo, cuentas. Fuera de la política seguían existiendo esas cosas concretas. No eran puras ni estaban libres de conflictos. Recordaban, sin embargo, que un cargo no debía tragarse todas las horas de una vida.
Podemos acercar a esta imagen, con cuidado, la idea confuciana de transmitir. Washington no inventó la república. Recibió ideas anteriores y las modificó al ponerlas en práctica. Su gesto no consistía en tener las manos vacías, sino en abrirlas después de haber sostenido algo.
Kant pasó gran parte de su vida en Königsberg. Washington regresó a Mount Vernon. Un escritorio y unos campos pueden quedar uno junto a los otros, sin que por eso debamos imaginar a Kant como un hombre que nunca salió de su ciudad ni tuvo una vida concreta.
Tierra, semillas, estaciones. Alguien deja un cargo y vuelve a organizar sus días. Ese regreso impide que el poder se presente como la única altura posible de una vida.
Pero queda una pregunta: ¿también podían volver libremente a casa quienes cultivaban sus campos? Sin ella, la hermosa imagen de la tierra borra con demasiada facilidad las huellas de otros.
VIII. Sin la túnica imperial
Los personajes de este recorrido se acercan al poder de maneras distintas. Podemos ponerlos juntos sin pretender resolver una vida entera en una línea.
Qin Shi Huang refuerza el centro imperial. Alejandro, que aparecerá en el próximo ensayo, lleva la conquista cada vez más lejos y muere a los treinta y dos años. Kant piensa la libertad ante su escritorio. Sócrates sigue preguntando en Atenas. Confucio conoce el servicio público y continúa enseñando cuando sus esperanzas políticas no se cumplen. Laozi se aleja dentro de la leyenda. El Buda remite a la práctica propia y a la enseñanza, sin convertir la autoridad personal del maestro en una muleta perpetua.
Washington recibe el poder. Lo devuelve. Se va a casa.
No tenemos que declararlo libre de todo deseo ni atribuirle un anhelo secreto de coronarse. Lo que vemos es el límite que se impuso cuando todavía podía seguir ejerciendo el poder.
Restringirse a uno mismo permite que un cargo deje de ser mío sin que la institución deje de funcionar.
Kant exige que nadie sea tratado solamente como un medio. La decisión de Washington de no apropiarse para siempre del ejército y de la presidencia puede leerse junto a esa exigencia. Su práctica de la esclavitud nos obliga a ver, a la vez, que no la hizo extensiva a todos.
No fue un santo. Dejar dos veces el poder no borra la falta de libertad en la finca. Esa falta de libertad tampoco nos obliga a fingir que las dos renuncias no ocurrieron.
A la entrada del puente que imagina esta serie llega otro hombre. No viste la túnica imperial. Lleva ropa de quien ha vuelto a trabajar en casa y tiene tierra en las manos. Se coloca junto a Qin Shi Huang. La ropa de uno apunta hacia el puesto más alto. La del otro, hacia una vida capaz de abandonar ese puesto.
Bajo sus pies hay tierra. En la imagen debe quedar sitio también para quienes trabajaron a la fuerza sobre esa misma tierra. No son el decorado silencioso del regreso de un gran hombre.
La tierra también se agrieta. Pero se puede remover y sembrar de nuevo. Estar vivo no es carecer de grietas: es poder seguir reparando, sin que unas solas manos tengan derecho a hacerlo todo.
Notas de lectura y fuentes
La carta a Lewis Nicola del 22 de mayo de 1782, el discurso de Newburgh del 15 de marzo de 1783 y la devolución del nombramiento al Congreso el 23 de diciembre son episodios distintos. No hubo en ellos una oferta formal de la corona por parte de toda la nación o del Congreso. El elogio atribuido a Jorge III llega mediante relatos asociados a Benjamin West, con diferencias de formulación y de ocasión.
La convención se reunió en 1787 y el nuevo gobierno comenzó a funcionar en 1789. La unanimidad de los electores en 1789 y 1792 no implica sufragio universal ni acuerdo de todos los habitantes. El mensaje de despedida se publicó en la prensa en 1796; contó con un borrador anterior de Madison y con la ayuda de Hamilton. Washington dejó el cargo en 1797. La Vigesimosegunda Enmienda, ratificada en 1951, limita las veces que una persona puede ser elegida y contempla específicamente los casos de sucesión.
La historia del Senado documenta la discusión sobre el tratamiento presidencial. No cabe atribuir a Washington, como invención individual, la fórmula sencilla que prevaleció. La Constitución, el gabinete y la Declaración de Derechos tuvieron una formación colectiva. La Primera Enmienda, ratificada en 1791, se dirigía originalmente al Congreso federal; su aplicación posterior a los estados pertenece a otra etapa. El ensayo no identifica eficacia administrativa con opresión.
Las cifras de 1799 —317 personas esclavizadas, distribuidas legalmente en grupos de 123, 153 y 41—, las condiciones del testamento y la liberación de enero de 1801 se apoyan en los documentos de Mount Vernon. La titularidad del patrimonio Custis limitaba la capacidad unilateral de manumisión del matrimonio, no su responsabilidad por beneficiarse de la esclavitud y ejercer dominio. La historia de Ona Judge documenta la huida y la persecución mencionadas. Los compromisos constitucionales con la esclavitud no fueron simples omisiones; las luchas por la libertad precedieron en mucho a la guerra civil y a 1964.
El relato de la muerte sigue testimonios contemporáneos y la documentación de Mount Vernon. Las reconstrucciones diagnósticas modernas no son un diagnóstico realizado entonces: no se afirma aquí una causa clínica exacta ni que las sangrías expliquen por sí solas la muerte. Las comparaciones con otras vidas conservan los límites de sus respectivos ensayos. Kant sí salió de Königsberg; el lugar preciso de la muerte de Du Fu sigue siendo discutido. Enfermar o sufrir una ejecución no es una sentencia sobre el valor de una filosofía.
La túnica imperial, la construcción, lo que queda fuera y el encuentro a la entrada del puente son imágenes e interpretaciones del autor, no escenas documentadas. Non dubito significa aquí no vacilar en que una persona es un fin y no solo un medio; no significa considerarla inocente de cualquier daño. Los teoremas de Gödel no prueban ni la imperfección de los seres humanos ni los defectos éticos de un régimen.
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Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。