Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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074 / 108 · La obra que sobrevive a una vida

Roosevelt: arquitectura

Ante un banco, junto a una silla de ruedas, fuera de un campo: las instituciones abren y cierran el paso. Roosevelt dejó rampas y entradas que otros deben seguir examinando.

I. Aquella frase

4 de marzo de 1933. Washington. La toma de posesión.

Bancos con las puertas cerradas. Máquinas inmóviles. Gente que busca trabajo y sigue buscando. Según la estimación anual que después se citaría con frecuencia, aquel año estaba desempleada aproximadamente una cuarta parte de la población activa estadounidense. En casa, la cifra se convertía en el alquiler que vencía, la siguiente comida, una libreta bancaria que ya no podía cambiarse por dinero.

Franklin Delano Roosevelt dijo: «Lo único que debemos temer es el miedo mismo».

La frase acabó llevando una vida separada del discurso. Pero en ese mismo discurso habló de impuestos, ingresos, ahorros y desempleo. Reconoció la dureza de las condiciones materiales. Para seguir escuchándolo, no era necesario aceptar que el hambre fuese un problema psicológico.

Se dirigía a un miedo capaz de impedir el siguiente paso. Eso es distinto de decirle a alguien que ha perdido el empleo que su verdadera culpa consiste en tener miedo.

Siete años más tarde, Churchill haría entrar playas, calles y colinas en sus frases. Aquí entraban bancos, granjas y fábricas. Los dos acercaban una crisis inmensa a lugares por los que un oyente tenía que pasar cada día. Las palabras de ninguno podían terminar el trabajo que aguardaba allí.

La ceremonia acabaría. Alguien volvería a la puerta cerrada de un banco.

Una frase podía permanecer. Para que la puerta volviera a abrirse haría falta algo más.

II. La mano invisible

Adam Smith. 1776. La riqueza de las naciones. La mano invisible.

Unas pocas palabras pueden convertirse en un resumen cómodo: que cada cual se ocupe de sus asuntos, que el mercado lo ordene todo, que el gobierno no intervenga.

El libro de Smith era más grueso. En el libro IV, la mano invisible aparece al tratar la preferencia de los inversores por invertir dentro de su país y las consecuencias públicas que no habían buscado. En el libro V, Smith atribuye al Estado determinadas obras e instituciones públicas y se ocupa de la educación. Una mano no contiene todo el libro.

Pero ante un banco en quiebra, el depositante necesitaba algo más que una explicación. Si la fábrica no tenía pedidos, un obrero no podía hacerlos aparecer trabajando con más empeño. Los caminos que parecían abiertos a quien se esforzara se habían cerrado todos a la vez.

El New Deal trasladó algunas respuestas a leyes y organismos. No fue una casa que Roosevelt diseñara solo en su despacho y que apareciera enteramente construida a la mañana siguiente.

La legislación bancaria de 1933 creó un seguro federal de depósitos que empezó a funcionar a comienzos de 1934, con un límite inicial de 2.500 dólares. Había bancos participantes, límites y condiciones: no una promesa de que el gobierno haría desaparecer cualquier pérdida en cualquier inversión. Roosevelt se había opuesto inicialmente al seguro de depósitos. Las propuestas y negociaciones del Congreso lo mantuvieron, sin embargo, en la ley que terminó firmando. La Securities and Exchange Commission, creada en 1934, se ocupó de la regulación del mercado y de la divulgación de información. No prometía beneficios a toda persona que comprara acciones.

La Ley de Seguridad Social de 1935 situó el seguro de vejez, la asistencia y el apoyo a las prestaciones de desempleo de los estados en partes diferentes del texto. La secretaria de Trabajo, Frances Perkins, había presidido el Comité de Seguridad Económica. Entre una propuesta y una ley hubo estudios, audiencias y modificaciones en el Congreso. El seguro federal de vejez original no cubría a todos los trabajadores: entre sus exclusiones figuraban el trabajo agrícola y el servicio doméstico en hogares privados.

También hubo obras. El organismo de obras públicas conocido como PWA, cuyo origen se remonta a 1933, trabajaba sobre todo mediante la financiación y la organización de proyectos de construcción. La WPA, creada en 1935, se centraba en proporcionar empleo. Las letras no pertenecían al mismo letrero. Financiar un proyecto y proporcionar trabajo directamente eran operaciones distintas. Tras carreteras y puentes había autoridades locales, ingenieros, contratistas y trabajadores.

La «arquitectura» adquiría detalles sobre el papel. ¿Quién cotizaba? ¿Quién podía presentar una solicitud? ¿Quién pagaba? ¿Quién aparecía en las excepciones de una definición? Para quien recibía un pago, podían cambiar los días que tenía por delante. Para quien veía rechazada su solicitud, el obstáculo no era solo un término jurídico.

Estos mecanismos modificaron la intervención del gobierno federal en la vida económica. Cómo funcionaba cada uno, cuánto costaba y a quién dejaba fuera seguían siendo preguntas distintas. Una firma no podía responder por todas las etapas.

La forma de una casa no está solo en el tejado. También está en la entrada.

III. El hombre

Franklin Delano Roosevelt nació el 30 de enero de 1882 en Hyde Park, en el estado de Nueva York, en una familia acomodada. Estudió en Harvard y después en la Facultad de Derecho de Columbia, que dejó sin obtener un título en Derecho.

En 1921, cuando tenía treinta y nueve años, sus médicos le diagnosticaron poliomielitis. La parálisis de las piernas cambió la organización de la vida cotidiana.

Aparatos ortopédicos, un bastón, el brazo de otra persona, una silla de ruedas. Cada cosa cumplía una función diferente. Con los aparatos y ayuda podía ponerse de pie; practicaba cómo avanzar apoyándose en un bastón y en un brazo. En el agua, la flotación aliviaba parte del peso de su cuerpo. Fuera del agua volvían los escalones.

Una persona no se había convertido de pronto únicamente en lo que no podía hacer. Las distancias en las que antes apenas reparaba tenían que disponerse de otra manera.

Fue elegido gobernador de Nueva York en 1928. Ganó las elecciones presidenciales de 1932, 1936, 1940 y 1944. Murió al principio del cuarto mandato. Cuatro elecciones no eran cuatro mandatos terminados. La Vigesimosegunda Enmienda, que limita la elección a la presidencia, fue propuesta por el Congreso en 1947 y ratificada en 1951. Fue un proceso constitucional posterior, no una regla que él reescribiera por sí solo para su uso personal.

Los relatos posteriores pueden convertir la silla en una llave universal. Sufrió, por tanto comprendió a todos los que sufrían. No podía caminar, por tanto inventó una rampa para todo el mundo.

Pero una experiencia corporal no conserva para nosotros el origen completo de las políticas de una persona. Tampoco garantiza que juzgue de la misma manera al encontrarse ante la dificultad de otro.

Algo más pequeño se ve con mayor claridad. ¿Puede esta silla doblar la esquina del pasillo? ¿Es bastante ancha la puerta? ¿Puede acercarse a la mesa? Ninguna de esas condiciones tiene que esperar a que su usuario demuestre que llegará a ser presidente.

La persona que está fuera ya ha llegado. Quizá solo falte ese pequeño tramo de suelo bajo sus ruedas.

Una rampa.

IV. La Orden Ejecutiva 9066

El 19 de febrero de 1942, Roosevelt firmó la Orden Ejecutiva 9066.

Autorizaba a delimitar zonas militares de las que se podría excluir a determinadas personas o a todas. El texto no nombraba a los estadounidenses de ascendencia japonesa. Las posteriores órdenes militares de exclusión, las medidas de traslado, las sanciones penales aprobadas por el Congreso y la administración de la War Relocation Authority convirtieron aquella autorización en la obligación de abandonar el propio hogar.

Unas 120.000 personas de ascendencia japonesa sufrieron el traslado forzoso y el encarcelamiento en campos. Por lo general, se calcula que aproximadamente dos tercios tenían la ciudadanía estadounidense. La ascendencia las situó dentro de este sistema; no había que demostrar primero que cada una hubiera cometido un delito.

Había que decidir qué hacer con las casas y los negocios. Lo que se podía llevar era limitado. Unos fueron enviados a los desiertos del oeste; otros, a campos de Arkansas. Bajo el nombre oficial de «centro de reubicación» había vallas, guardias y vidas cuyos asuntos ya no se podían resolver volviendo a casa. No todos los campos estaban en desiertos. Perder el acceso a la propia puerta era suficientemente concreto.

El 18 de diciembre de 1944, en Korematsu v. United States, el Tribunal Supremo confirmó una condena por incumplir una orden militar de exclusión. La mayoría distinguió entre la exclusión de una zona y la validez de la detención posterior. La sentencia no daba permiso general para cualquier práctica en cualquier campo. Algunos jueces disidentes, entre ellos Frank Murphy, cuestionaron las presunciones basadas en la ascendencia y no en un examen individual.

Ese mismo día, en Ex parte Endo, el tribunal resolvió que la War Relocation Authority no tenía autoridad para seguir reteniendo a una ciudadana cuya lealtad reconocía el propio gobierno. Llegó a esa conclusión por los límites de las autorizaciones legislativas y ejecutivas, sin resolver todas las cuestiones constitucionales de aquella política.

Dos decisiones en un día, para preguntas diferentes. Para alguien que esperaba en un campo, la distinción podía afectar al momento en que fuera posible salir. Una línea de derecho aún tenía que llegar hasta la verja.

Volvamos a los documentos. Una orden no llegaba sola a la puerta de una casa. La autorización presidencial, las órdenes militares, las sanciones aprobadas por el Congreso, los argumentos aceptados o rechazados en los tribunales: un trámite enlazaba con el siguiente hasta que una persona tenía que hacer las maletas. Detrás de cada paso quedaban personas a quienes pedir cuentas.

Una actuación no queda fuera de examen por haber seguido un procedimiento. Atribuir todo el proceso a una sola mano hace desaparecer las demás etapas. Enumerar todas las etapas tampoco elimina firmas ni órdenes de los papeles.

La Ley de Libertades Civiles de 1988 presentó disculpas en nombre del gobierno de Estados Unidos y dispuso pagos de 20.000 dólares a las personas que cumplieran los requisitos. Importaban la supervivencia, la condición jurídica y las medidas sufridas; no era un pago idéntico a cada descendiente ni a toda persona que hubiera tenido una pérdida. En la ley, el Congreso reconoció una injusticia fundamental cometida contra ciudadanos y residentes permanentes.

Un cheque recibido décadas después no era lo mismo que los días en que hubo que marcharse por la fuerza.

Una persona podía entrar en un sistema de protección y recibir de otro la orden de dejar su casa. Los dos expedientes deben seguir disponibles. El primero no tapa el segundo; el segundo no demuestra que el primero nunca cambiara la vida de nadie.

V. Roosevelt y Churchill

En esta serie, Churchill trae una voz. Roosevelt, una arquitectura.

Pero, al acercarnos, también se oye una voz dentro de la casa, y tras la voz aparecen vigas y columnas que la sostienen.

El 12 de marzo de 1933, Roosevelt explicó el funcionamiento de los bancos por radio. El dinero depositado no permanecía todo dentro de la caja fuerte. ¿Por qué habían cerrado temporalmente los bancos? ¿Por qué volverían a abrir por etapas? Habló de los exámenes del Tesoro, del envío de moneda y de la legislación que el Congreso acababa de aprobar. Aquí también había una voz, que acompañaba a los oyentes por operaciones ya en marcha.

Detrás de la voz de Churchill había un gabinete, flotas, departamentos y muchas personas encargadas de ejecutar decisiones. Las palabras y las instituciones no eran propiedades exclusivas que cada uno tuviera que negar al otro.

Ambos participaron en la cooperación de guerra. Ambos dejaron discursos, reuniones, documentos y decisiones que requieren explicación. Una bandera y una silla de ruedas pueden estar juntas. La política imperial y la Orden Ejecutiva 9066 siguen necesitando sus propios archivos. Decir que cada uno tenía «otro lado» no basta para dejar de mirar las diferencias.

Roosevelt ganó una cuarta elección en 1944. En julio de 1945, después de las elecciones británicas, Attlee pasó a ser primer ministro; Churchill siguió siendo diputado por Woodford. El cambio de gobierno de un país y la anterior reelección del presidente del otro no revelan, por sí solos, lo que pensaban todos los votantes.

Tampoco prueban que el puente de un país estuviera terminado y el del otro no. Cuando Gran Bretaña votó, la guerra contra Japón continuaba. Las viviendas y los empleos de la paz no iban a organizarse solos el día del anuncio del resultado.

Cambiar a quien ocupa un cargo no significa que una persona se haya gastado por completo. Continuar en él no la convierte en una pieza irremplazable. Alguien más puede sentarse en el despacho. Fuera, las vidas siguen.

Roosevelt no llegó al final de su mandato.

Cuando su vida se detuvo, el trabajo quedó sobre muchas mesas.

VI. El 12 de abril de 1945

Warm Springs, Georgia. La Pequeña Casa Blanca.

Elizabeth Shoumatoff estaba pintando el retrato de Roosevelt. Aquel día él enfermó de pronto y perdió el conocimiento.

Murió a las tres y treinta y cinco de la tarde, a los sesenta y tres años. La causa registrada fue una hemorragia cerebral. El retrato quedó sin terminar.

La rendición militar alemana llegó en mayo y entró en vigor el 8 de mayo. El instrumento formal de rendición japonés se firmó el 2 de septiembre. Cuando Roosevelt murió, ninguno de los dos documentos había sido firmado.

La conferencia de San Francisco comenzó el 25 de abril. La Carta de las Naciones Unidas se firmó el 26 de junio y entró en vigor el 24 de octubre. Su participación quedó en los preparativos. Muchas otras personas entraron en las salas, negociaron disposiciones, firmaron y ratificaron. Decir que ayudó a diseñarla no puede significar también borrar sus nombres.

El retrato se detuvo aquel día. Las reuniones continuarían. Otros entrarían, tomarían los documentos, añadirían una frase y tacharían otra. Que el trabajo pudiera seguir no significaba que aquella tarde solo se hubiera perdido al titular de un cargo. La persona que posaba para el cuadro ya no podía volver y sentarse un rato más.

Juana de Arco tampoco vio el final de su guerra. Murió en 1431; el final de la guerra de los Cien Años se sitúa habitualmente en 1453. Separadas por siglos, estas dos vidas nos hacen detenernos en el mismo lugar: a una persona ya no le queda mañana, pero a su empresa todavía sí.

La posterior salida de Churchill de la jefatura del gobierno no fue el punto final de la historia. La muerte de Roosevelt en el cargo no convirtió cada cuestión pública en un testamento que los vivos debieran cumplir sin cambios.

Él ya no estaba. Sobre la mesa había otra página.

Quién la escribiría y qué cambiaría en ella les correspondía decidirlo a otros.

VII. La rampa

Una de las sillas de ruedas de Roosevelt procedía de una silla de comedor adaptada. Su estrechez facilitaba el paso por puertas y pasillos. Un respaldo, ruedas, espacio para girar: nada de eso era una metáfora.

También organizaba su imagen pública y pedía a la prensa que no fotografiara ciertos movimientos y traslados de una silla a otra. Muchos periodistas respetaban esa petición; hubo excepciones. La costumbre no permite afirmar que jamás reconociera públicamente las circunstancias de su cuerpo.

El 1 de marzo de 1945 habló sentado ante el Congreso sobre Yalta. Al comenzar, explicó que resultaba más fácil hablar sin tener que cargar las diez libras de aparatos de acero en las piernas. Después vinieron el viaje, la guerra y los acuerdos internacionales aún en discusión. Estar sentado no quitó contenido al discurso.

La apariencia de estar de pie y la capacidad de hacer avanzar algo son preguntas diferentes.

Una rampa responde primero a algo práctico. ¿Puede pasar esta silla por aquí? Su usuario no necesita curarse las piernas antes de utilizarla. Tampoco tiene que inscribir gratitud por la ayuda en cada movimiento. En el otro extremo aún puede elegir adónde ir.

Si comparamos el seguro social, la prestación de desempleo, el seguro de depósitos o el salario mínimo con una rampa, la imagen debe contener más que una pendiente suave. ¿Dónde comienza? ¿Adónde conduce? ¿Qué trabajos quedan fuera de su alcance?

La Ley de Normas Laborales Justas de 1938 estableció reglas de salario mínimo y otras condiciones, con límites y exenciones. Su sección 14 original permitía incluso certificados especiales que autorizaban salarios inferiores al mínimo general para personas cuya capacidad de obtener ingresos se consideraba reducida. Escribir un mínimo no ponía a todos sobre una misma línea.

Los trabajadores agrícolas y domésticos excluidos del seguro de vejez original seguían trabajando y envejeciendo. Excluir una ocupación del seguro no permitía a una vida aplazar la vejez.

Por eso una rampa es más que un logro anotado a favor de quien la ofrece. Para quien la usa, primero es un tramo de suelo por el que desplazarse. Para quien no puede entrar, también puede volver más visible la diferencia entre las entradas.

No miremos solo el tejado. Aún hay alguien ante la puerta.

VIII. Eleanor

Eleanor Roosevelt era la esposa de Franklin. También publicaba, viajaba y se reunía con personas en su propio nombre.

En 1943 visitó el campo de encarcelamiento de Gila River, en Arizona. Sus escritos públicos se oponían a dar por hecho que unos vecinos no eran de fiar a causa de su ascendencia. Escribió sobre quienes habían tenido que deshacerse de sus bienes y no podían salir del campo para atender sus negocios. No se quedó únicamente en el despacho de su marido.

Pero su artículo de aquel año, «A Challenge to American Sportsmanship», contiene algo más. Aceptaba la clasificación oficial entre «leales» y «desleales», elogiaba aspectos de la administración de los traslados y explicaba el encarcelamiento como medida de seguridad durante la guerra. La oposición al prejuicio racial y la aceptación de esas explicaciones aparecían en el mismo texto.

La hoja no está libre de pliegues. Pedía a los lectores que consideraran a los estadounidenses de ascendencia japonesa como individuos, mientras colocaba para algunos la posibilidad de salir detrás de una prueba de lealtad. Las personas de las que hablaba oirían cosas distintas en aquellas frases.

Al mismo tiempo se trabajaba en el traslado de estudiantes. El National Japanese American Student Relocation Council, constituido en 1942 con la participación del American Friends Service Committee y de universidades, ayudaba a los estudiantes a continuar su formación fuera de la costa Oeste. Matrícula, institución receptora, gastos, permiso para salir: los enlaces tenían que hacerse uno a uno. El paso no apareció simplemente porque una primera dama le dijera algo a un presidente.

Las personas del otro extremo tampoco estaban esperando sin más a que las colocaran. El resumen de catálogo de una carta de marzo de 1943, conservada en la Universidad del Pacífico, menciona que Mabel Sugiyama sentía la obligación de quedarse con sus padres. Proseguir los estudios era una cuestión. Afrontar la situación de una familia aún dentro del campo era otra. No podemos reunir ambas por ella en una salida sin dificultades.

Más allá de las habitaciones del matrimonio presidencial aparecen otros escritorios. Eleanor redacta un artículo. El consejo contacta con una universidad. Una estudiante sopesa lo que su partida supondría para la familia. Para abrir una salida, personas que no están en la misma habitación han de dar cada una el siguiente paso.

En el ensayo sobre Dickens, Catherine conservó las cartas. No era un papel engullido por una grieta. Eleanor tampoco era solo alguien que reparaba la imagen de su marido. Para encontrarnos con cualquiera de las dos hay que mirar qué guardó, qué escribió y adónde fue.

Alguien escribe una carta. Alguien la lee. Alguien prepara un lugar. Alguien todavía no puede marcharse.

Hacer transitable un camino es un trabajo que sigue en curso.

IX. La arquitectura

La arquitectura que Roosevelt dejó puede encontrarse en lugares pequeños.

Una casilla de ocupación en un formulario. El seguro detrás de un mostrador bancario. Un expediente de financiación de una obra. Junto a una nómina, una disposición que se aplica, o no. Nada de eso necesita paredes de ladrillo para alterar el rumbo de un día.

Esos mecanismos pueden sobrevivir a sus creadores sin quedar fuera de examen. Los papeles se reescriben. Los caminos necesitan reparación. Las preguntas sobre la entrada continúan.

Imaginémoslo ahora en este puente.

Ha llegado alguien más. Está sentado en una silla de ruedas, con las manos sobre los aros. Hay una pluma a su lado.

Contiene dos tintas. Una recuerda las leyes del New Deal; la otra, la Orden Ejecutiva 9066. Dentro de esta pluma imaginada no se han mezclado en un color que diluya los dos expedientes.

Sócrates está en el claro. Platón dibuja sus planos en cuclillas. Hume está ante su tablero de backgammon. Schopenhauer mira debajo del puente. Kierkegaard ha dado su salto. Turing mira la manzana que tiene en la mano. Chéjov se apoya en la barandilla. Cantor mira al cielo. Copérnico ha dejado el libro y se ha marchado. Sartre pasea con su pipa. Beauvoir sostiene un espejo. Quine ha dicho una frase en voz baja.

Tesla escucha un zumbido. Edison sostiene una bombilla apagada. La posición de Heisenberg es incierta. Bohr tiene una carta sin enviar. Tolstói está frente a Chéjov con su receta. Shakespeare no está: es el agua bajo el puente. Spinoza tiene polvo de vidrio en las manos. Aristóteles se agacha para colocar el suelo. Faraday levanta una tabla. Maxwell escribe ecuaciones de pie.

Juana de Arco lleva fuego por encima del puente. Wilde está de pie con una elegancia natural, aquella frase en la mano. Ramanujan ha asomado medio cuerpo por una rendija. Oppenheimer avanza con su carga de ceniza. Charlotte tiene una pluma. Emily está en el páramo al otro lado del puente; de allí viene el viento. Boltzmann abraza la piedra con su ecuación grabada. Van Gogh tiene pintura en la ropa y sus pinceles siguen goteando color. Dickens está sobre la grieta, aún con la pluma y la caja de cerillas en las manos. Churchill lleva la bandera y sostiene una pluma con la otra mano.

Roosevelt mira a Churchill. Se mueve el borde de la bandera. El hombre con quien afrontó una guerra a través del Atlántico está ahora aquí, en el puente. Roosevelt vuelve a poner las manos en los aros. La silla avanza un poco.

Kant está a lo lejos.

Ante la silla hay una rampa. El tramo que Roosevelt contribuyó a construir se une al suelo colocado por otros. La junta se ve. No hay ningún cartel que declare terminado el camino.

Apoya las manos en los aros y empuja. La silla avanza por la pendiente suave. Alguien sentado también está eligiendo una dirección.

La pluma sigue a su lado. Las personas a las que una protección no alcanzó, las que recibieron una orden de abandonar su hogar, no salen del expediente porque esta silla pase por aquí.

Un papel suena levemente bajo los pies de Dickens. Hume mueve una ficha. El viento del páramo de Emily alcanza la bandera en el hombro de Churchill. En la rampa se oye más de una clase de movimiento.

Roosevelt se detiene y vuelve a empujar. Nadie le exige ponerse de pie para que su avance sea real. Kant permanece a lo lejos, sin declarar terminado el trayecto de quienes están en él.

Lo que Roosevelt ayudó a construir se prolonga hacia lugares a los que no llegó. Quienes vengan después tendrán que recorrerlos, reparar y, a veces, elegir otra ruta.

Lo que ayudó a construir llega más lejos que él.

Notas de lectura y fuentes

El desempleo es una estimación anual de la población activa de 1933. Las responsabilidades públicas en Smith, las funciones de los organismos y las exclusiones iniciales se apoyan en los textos e historias institucionales. Nadie construyó solo la casa entera.

La Orden 9066, la exclusión militar, el traslado y el encarcelamiento son etapas distintas. Korematsu trataba una condena por infringir una orden de exclusión; Endo, la autoridad para seguir reteniendo a una ciudadana reconocida como leal. La disculpa y los pagos de 1988 tenían condiciones legales, sin reparar por ello todas las pérdidas.

El artículo de Eleanor de 1943 combate los prejuicios y acepta algunas explicaciones de los traslados. El pasaje sobre Sugiyama y sus padres procede del resumen de un catálogo universitario, no de una cita literal de la carta. La ayuda a estudiantes fue obra de muchas personas.

La rampa que relaciona experiencia corporal y política es una comparación, no un diagnóstico psicológico. Fallecimiento, documentos de rendición y fundación de la ONU tienen fechas distintas. El puente y las dos tintas de la sección IX son imaginados: los logros no cancelan el daño y no hace falta ponerse en pie para tener derecho a pasar.

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Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。