Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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034 / 108 · Cuando el mundo nos rehace

Lincoln, que no se caiga la casa

Conservar la Unión y cambiar sus reglas: lo que una victoria hace posible y lo que deja en manos de los vivos.

I. La casa dividida

Springfield, junio de 1858. Lincoln acepta la candidatura republicana de Illinois al Senado y toma una imagen de la Biblia: una casa dividida contra sí misma no puede mantenerse en pie.

Habla de un país que proclama la libertad y permite que unas personas posean a otras. ¿Cuánto tiempo se puede vivir dentro de esa contradicción?

En 1776 había esclavitud tanto en las colonias del norte como en las del sur. El norte la fue aboliendo gradualmente; las plantaciones sureñas dependían cada vez más del trabajo esclavizado. La Constitución de 1787 incorporó un acuerdo a su funcionamiento: al distribuir escaños de la Cámara e impuestos directos, se contarían tres quintas partes de la población esclavizada de cada estado.

No decía que alguien fuera humano solo en tres quintas partes. Hacía algo más frío: personas sin voto aumentaban el peso político de los estados que las esclavizaban. Figuraban en la cuenta, pero no podían decidir por sí mismas.

El Compromiso de Misuri, el de 1850, la Ley de Kansas-Nebraska: se volvía a dibujar hasta dónde podía extenderse la esclavitud, sin resolver el conflicto. La sentencia Dred Scott de 1857 hizo temer a sus adversarios que incluso esos límites dejaran de sostenerse.

Lincoln consideraba imposible una división permanente entre estados libres y esclavistas. Se oponía a la expansión de la esclavitud, aunque aún no exigía su abolición federal inmediata en todos los estados. También dijo que no esperaba la disolución de la Unión. Señalar una grieta no era desear el derrumbe.

Dos años después fue elegido presidente. La casa de aquel discurso pasó a ser el lugar donde tendría que despertarse cada mañana.

II. Una casa heredada

Washington había ayudado a construirla; no la construyó solo. Presidió la Convención Constitucional, fue el primer presidente y se retiró tras dos mandatos. Esta serie se ha detenido en ese gesto: alguien puede tener poder y después devolverlo.

La esclavitud quedó dentro. Jefferson escribió sobre la igualdad mientras esclavizaba a más de seiscientas personas a lo largo de su vida. Franklin se sumó al abolicionismo en la vejez. No tomaron todos la misma decisión, pero las generaciones siguientes heredaron la contradicción.

Cuando Lincoln asumió el cargo en marzo de 1861, siete estados esclavistas ya habían declarado su secesión. No eran simples compañeros de piso que se marchaban. Nadie había preguntado a las personas esclavizadas bajo su control si querían irse con ellos.

Lincoln rechazaba la secesión unilateral. Buchanan, su predecesor, también la consideraba inconstitucional, pero negaba que el gobierno federal pudiera hacer la guerra para obligar a un estado a quedarse. No existía un manual aceptado por todos.

En abril, las fuerzas confederadas abrieron fuego contra Fort Sumter. Lincoln convocó a las milicias y más estados se unieron a la Confederación. Asumió la responsabilidad de emplear la fuerza para conservar la Unión. Atribuirle en solitario la elección de la guerra borraría otras decisiones, los intereses esclavistas y los cañones que ya habían disparado.

Ahí estaba la dificultad: una institución heredada protegía a unos y dañaba a otros. ¿Qué había que salvar? ¿Qué no podía seguir ocurriendo?

III. La guerra cambia de propósito

Cuatro años de guerra. El cálculo tradicional habla de unos 620.000 militares muertos; investigaciones demográficas posteriores han ofrecido cifras mayores. La cuenta sigue abierta. A quien perdió un hijo no le duele menos por ello.

Al principio, Lincoln situó la conservación de la Unión en el centro de su política pública. En agosto de 1862 escribió al periodista Horace Greeley que la salvaría sin liberar a nadie, o liberando a todos, si cualquiera de esas vías lo permitía. Cuesta no detenerse: ¿la libertad ajena era solo un medio?

Pero aquella carta no contenía toda su posición. También expresaba su deseo de que todos fueran libres. Antes de escribirla ya había presentado al gabinete un borrador de emancipación. Convicción, facultades constitucionales, necesidad militar y búsqueda de apoyo convivían sin ordenarse limpiamente.

La Proclamación de Emancipación, vigente desde el 1 de enero de 1863, declaraba libres a las personas esclavizadas de las zonas rebeldes designadas. Excluía los estados fronterizos esclavistas leales a la Unión y determinadas áreas ya controladas por esta. Convertir las palabras en libertad vivida dependía todavía del avance de la guerra.

Era una medida militar, pero no una mera táctica. La emancipación se volvía un compromiso público de la Unión. También se autorizaba el alistamiento de hombres negros: quienes habían sido tratados como una reserva de trabajo disputada podían intervenir como soldados en el desenlace.

Ya estaban actuando antes. Escapaban de las plantaciones, llegaban a las líneas federales, proporcionaban información. Obligaban así a militares y gobernantes a responder: ¿van a devolvernos? El abolicionismo llevaba años organizándose. La libertad no descendió como un regalo de una sola pluma presidencial.

Lincoln apoyó después la abolición constitucional. El Senado votó en 1864; la Cámara alcanzó los dos tercios necesarios el 31 de enero de 1865, tras una lucha en la que él invirtió un considerable esfuerzo político. Faltaba la ratificación de tres cuartas partes de los estados, conseguida el 6 de diciembre.

Vivió para ver la aprobación del Congreso, no la ratificación completa. Entre ambas, otras personas tuvieron que seguir trabajando y reuniendo apoyo.

IV. Lo que sí cambió la ley

La Decimotercera Enmienda abolió la esclavitud y la servidumbre involuntaria, pero mantuvo una excepción como castigo tras una condena penal. Esa excepción, combinada con los Códigos Negros y el arrendamiento de presos, dejó espacio para nuevos trabajos forzados. El cambio fue real. También lo fue su insuficiencia.

La Decimocuarta Enmienda estableció en 1868 la ciudadanía y la igual protección de las leyes. La Decimoquinta prohibió en 1870 negar el voto por raza, color o condición servil anterior. Lincoln ya había muerto. No podemos poner todos esos avances a su nombre.

El Congreso, los abolicionistas, las comunidades negras y muchas personas anónimas los hicieron posibles. Abrían escuelas, buscaban familiares separados, acudían a votar. Un derecho escrito comenzaba a servir para organizar una vida propia.

Es fácil decir que la ley no lo resuelve todo. Más difícil es ver sus fallos sin despreciar su protección. No poder ser vendido legalmente y seguir expuesto a la violencia racista eran dos realidades que podía vivir una misma persona.

Una puerta abierta no impide que alguien llegue a bloquearla.

V. Vuelven a cerrar el paso

Durante la Reconstrucción, hombres negros votaron y llegaron a las asambleas estatales y al Congreso. Crecieron escuelas, iglesias y organizaciones políticas. Aquellos años no fueron un intermedio entre presidentes. Para muchos fueron la primera oportunidad de usar la libertad.

La reacción no esperó a 1877. Los Códigos Negros, el terror supremacista blanco y las amenazas contra votantes y cargos públicos ya estaban destruyendo oportunidades. La violencia expulsaba a alguien del colegio electoral; después una ley podía echar el cerrojo.

En 1877, los acuerdos posteriores a unas elecciones disputadas y la retirada, bajo Hayes, de las tropas que protegían los gobiernos republicanos restantes del sur marcaron otro retroceso federal. No desaparecieron de pronto todos los soldados federales de la región. Lo que cedía era el compromiso de proteger derechos.

En las décadas siguientes, impuestos electorales, pruebas de alfabetización, cláusulas de abuelo y segregación privaron de derechos a ciudadanos negros. En 1896, Plessy contra Ferguson respaldó la doctrina de «separados pero iguales». La separación se aplicaba con rigor. La igualdad, no.

Qin Shi Huang y Marx, presentes en entregas anteriores, permiten reconocer una tentación: creer que una unificación, una revolución o una ley resolverá de antemano todas las dificultades. Pero sus historias no son una misma fórmula, ni Stalin el único desenlace inevitable de Marx.

Tampoco Jim Crow era sencillamente la esclavitud con otro nombre, como si nada hubiera cambiado. Había personas que habían ganado libertad. Precisamente por eso podemos preguntar quién recuperó después poder sobre ellas y mediante qué recursos.

La opresión no es una cantidad natural obligada a conservarse. La prolongan decisiones, intereses e instituciones; otras acciones pueden resistirla. La lección no es que esforzarse resulte inútil. Incluso después de vencer, hace falta mantener abierta la puerta.

VI. Soltar y sostener

Washington debía mostrar que un nuevo orden político podía funcionar sin su fundador en el cargo. Lincoln debía decidir qué compromisos no podían abandonarse cuando ese orden se partía.

Retirarse de una presidencia no equivale a la secesión de estados esclavistas. En esta estaban en juego el territorio, el poder público y las vidas de personas esclavizadas. Llamar «irse» a ambas cosas produce un contraste elegante, pero confunde responsabilidades distintas.

La comparación sigue siendo útil como pregunta: ¿cuándo hay que aflojar las manos y cuándo aceptar el trabajo de seguir sosteniendo? Perseverar no es una virtud por sí solo. ¿A qué vidas sirve esa perseverancia?

Lincoln no esperaba en una meta moral ya alcanzada a que los demás llegaran. Había apoyado proyectos para trasladar a negros liberados a colonias fuera del país y en 1858 se había opuesto públicamente a la plena igualdad social y política. En su último discurso público, en 1865, defendió el voto de ciertos hombres negros, todavía con restricciones. Importa el cambio. Importan sus límites.

Reconocerlos no vuelve menos importante la abolición. Permite ver a una persona que hizo cambios decisivos y también necesitó ser empujada, incluso por quienes todavía no había aceptado del todo como iguales.

Una casa merece conservarse por sus habitantes, no porque su nombre sea sagrado. Sus habitantes no son materiales de construcción. Cada muerto de aquella guerra tenía un nombre, personas queridas y días que no pudo vivir.

VII. Unos minutos en Gettysburg

El 19 de noviembre de 1863 se consagra un cementerio militar en Gettysburg. La batalla, poco más de cuatro meses antes, había dejado unas cincuenta mil bajas, contando muertos, heridos, desaparecidos y prisioneros.

Edward Everett habla durante unas dos horas. Lincoln lo sigue unos minutos. La versión impresa habitual tiene 272 palabras; los manuscritos conservados difieren ligeramente. Ser breve no significaba que el asunto fuera sencillo.

Retrocede ochenta y siete años: a la Declaración de Independencia de 1776, no a la Constitución de 1787. Coloca la promesa de igualdad al principio de su relato nacional.

La Declaración no había abolido la esclavitud, y sus autores practicaban sus propias exclusiones. Lincoln no recuperaba un texto inmaculado. Tomaba una promesa incumplida y pedía cuentas de ella a los vivos.

La prueba no consistía solo en mantener intacto un mapa. ¿Podía una comunidad que proclamaba libertad e igualdad convertirlas en una forma de vida? Hablaba de un nuevo nacimiento de la libertad y de un gobierno perteneciente al pueblo.

El discurso no cambió por sí solo la guerra en pocos minutos. La proclamación, las huidas de la esclavitud y el servicio de soldados negros ya la estaban cambiando. Lincoln dio palabras a ese cambio, palabras que otros podrían recordar, discutir y utilizar.

Los poemas de Du Fu impiden pasar fácilmente de largo ante el sufrimiento. Los minutos de Lincoln en un cementerio preguntaban a los supervivientes: si los muertos ya no pueden hablar, ¿cómo vamos a seguir viviendo?

VIII. Lincoln junto a Marx

En la misma época, Marx estudiaba el trabajo y el capital en Londres; Lincoln decidía sobre la guerra y la emancipación en Washington. Ponerlos uno junto al otro no exige enfrentar a un pensador con un hombre de acción.

Marx también organizaba políticamente. Lincoln también tenía ideas sobre el trabajo libre, el autogobierno y la autoridad constitucional. Uno no era solo cabeza; el otro tampoco era solo manos.

En 1864, Marx redactó para la Asociación Internacional de Trabajadores una felicitación a Lincoln por su reelección, apoyando la lucha contra la esclavitud. No hablaban cada uno en su orilla del océano sin relación alguna.

La comparación ilumina dos exigencias. Marx nos lleva a preguntar si una institución que funciona sin problemas depende en sí misma de despojar a alguien. La experiencia de Lincoln añade: si hoy eres responsable, ¿cómo la cambias sin abandonar entre los escombros a quienes necesitan protección?

No toda institución merece sobrevivir, ni reformar desde dentro es siempre mejor que sustituir. En este caso, conservar la Unión se volvió progresivamente inseparable de cambiar sus reglas fundamentales. Mantener el arreglo anterior ya no bastaba.

Ninguno de los dos cierra las preguntas de sus sucesores. La crítica debe llegar a vidas concretas; las leyes deben ponerse en práctica. Terminado el libro y firmado el decreto, quien aún está fuera de la puerta sigue allí.

IX. El teatro Ford

La noche del 14 de abril de 1865, Lincoln asiste a una obra en el teatro Ford de Washington. John Wilkes Booth entra en su palco y le dispara. Muere a la mañana siguiente, con cincuenta y seis años.

Lee se había rendido en Appomattox cinco días antes, pero no todos los ejércitos confederados habían capitulado. La Decimotercera Enmienda aún necesitaba más ratificaciones. No se marchaba un héroe después de acabarlo todo. Faltaba de pronto alguien en mitad del trabajo.

La Reconstrucción había comenzado durante la guerra. No vería su difícil recorrido posterior, ni a Martin Luther King un siglo después, ante su monumento, recordándole al país una promesa pendiente.

No podemos decidir por él que no haber visto los fracasos fue una suerte. Quienes tuvieron que vivirlos carecían de esa opción. Tampoco decir que la casa resistió responde a quién podía sentirse seguro dentro.

Al puente imaginario de esta serie llega otro hombre muy alto, de cara delgada y sombrero elevado. Junto a Washington, parece seguir apuntalando una pared, sin haber podido bajar las manos. No es una escena histórica: es un gesto para dejar visible una pregunta.

Que la luz no caiga solo sobre él. Junto a la pared están quienes salieron de la esclavitud, los soldados negros, los abolicionistas y las generaciones que se organizaron por sus derechos. Sin ellos, la igualdad escrita en el muro no habría dejado de ser letras.

Lincoln no fue el primero en ver la grieta ni el último en asumir su reparación. Logró cosas que no pueden borrarse. Dejó otras sin terminar.

La persona ya no está. La pregunta pasa a los vivos: ¿para qué, exactamente, mantenemos esta casa en pie?

Notas de lectura y fuentes

La casa, las comparaciones y el puente final son imágenes interpretativas. Se distinguen la aprobación parlamentaria y la ratificación de la enmienda, así como la rendición de Lee y el fin de las demás resistencias confederadas. La libertad no fue obra de una sola persona; la opresión no es una ley natural.

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Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。