105 / 108 · El otro y el asiento vacío
Eckhart: lo que no puede nombrarse
Un sermón en la lengua de sus oyentes, una chispa que no se posee y palabras que una condena no consigue cerrar.
I. El sermón
Los años veinte del siglo XIV. Una pequeña capilla en Renania. Imaginemos un sermón: quienes van a escucharlo pertenecen a una escena literaria, no a un acta, y las palabras del predicador se ofrecen aquí como paráfrasis.
En el púlpito hay un dominico de unos sesenta años. Hábito blanco y negro, cabello gris, el rostro adelgazado por largos años de pensamiento. Está predicando en alemán.
El latín es una lengua fundamental de la teología universitaria y de los documentos oficiales de la Iglesia. Pero predicar en lengua vernácula no es una novedad. Monjas, laicos y comunidades religiosas urbanas ya piensan en el alma y en Dios. No esperan únicamente instrucciones sencillas. Este hombre lleva hasta ellos preguntas capaces de poner en dificultades a un profesor.
Habla de Dios. Parte de nombres conocidos: misericordioso, justo, todopoderoso, Padre celestial. No sostiene que sean simplemente falsos. Pregunta qué sucede cuando, después de pronunciarlos, creemos haberlo dicho todo.
Lleva a sus oyentes hasta el borde de esos nombres.
Dios es una nada, se atreve a decir.
En nuestra capilla hay varias mujeres mayores, un molinero, dos religiosas, un vecino que sabe leer pero ignora el latín. No todos siguen cada paso. Aun así, perciben que allí está ocurriendo algo fuera de lo habitual.
Lo que podéis agarrar y colocar delante como una cosa, viene a decirles, no contiene a Dios. Ni siquiera lo impensable es una respuesta ya preparada. La palabra sirve para aflojar la mano, no para entregarle una posesión más preciosa.
Llamar bueno a Dios no es problemático porque la bondad sea mala. El peligro está en creer que nuestra medida habitual puede terminar de medir su bondad. Dios no es un objeto añadido a los objetos del mundo. Sin nombre significa que ningún nombre lo encierra.
Una mujer escucha. Quizá teje, quizá cose. Nunca ha estudiado teología. No podría explicar con precisión esa profundidad. Sin embargo, se le llenan los ojos de lágrimas.
No sabe por qué. Tiene la sensación de estar oyendo algo que llevaba mucho tiempo esperando.
Ha escuchado numerosos sermones: arrepentirse, dar, obedecer, creer. Ha tratado de cumplir. Pero quedaba dentro de ella un lugar al que las frases conocidas no llegaban. El hombre del púlpito está tocando ese lugar.
Él tiene una doctrina y no la está aboliendo. Pero lo que ahora la alcanza no es una obligación más. Es un gesto: no confundas cuanto puedes decir con todo lo que hay.
La mujer vuelve a casa. Retoma el trabajo, el tejido o la masa del pan. El convento está lejos; no podrá regresar a menudo. Tampoco sabrá contar bien lo que ha oído. Le faltan palabras.
Pero esa profundidad tiene ahora un nombre: lo que no puede nombrarse.
Por hoy, basta.
El dominico se llama Meister Eckhart. Maestro procede de su título universitario: Magister en latín, Meister en alemán. Ocupó dos veces una cátedra de teología en París y fue provincial de Sajonia, responsable de numerosas casas dominicanas. El predicador es también un estudioso de formación rigurosa y un administrador experimentado.
No son solo esos cargos los que nos hacen volver a él. Son los sermones: no emplea el desconocimiento del latín como razón para excluir a alguien de las preguntas más difíciles.
Será investigado por herejía y morirá antes de que termine el proceso. La bula de 1329 condenará veintiocho proposiciones: diecisiete como heréticas, once como malsonantes, temerarias y sospechosas de herejía. No declarará hereje a Eckhart en persona.
La condena proyectará una sombra sobre la transmisión de sus textos. No la detendrá.
Lo que esta serie llama de —el trabajo que las palabras y los actos de una persona continúan haciendo en otras vidas— no terminará con su cuerpo.
II. La Deidad
Una distinción recorre esa forma de hablar: Gott y Gottheit. Dios y Deidad.
Dios puede ser invocado. Creador, juez, redentor: nombramos atributos, acciones y relaciones. Rezamos, discutimos, comprendemos algo de la enseñanza trinitaria. Algo, no todo.
Deidad lleva el pensamiento más allá de lo que esos nombres permiten sujetar.
No designa a otro dios escondido detrás de Dios, ni a un soberano situado por encima de la Trinidad. En algunos sermones apunta a una unidad divina que ninguna distinción agota. No se trata de dos seres instalados en pisos diferentes.
Eckhart dice también Grund: fondo, fundamento, raíz.
Una palabra que hace descender el pensamiento. La imagen de un abismo sin fondo puede ayudarnos: excavamos, pero no encontramos una piedra que podamos llevar a casa y poseer como si fuera el fundamento entero. Lo que se aproxima no es otra cosa entre las cosas.
Nada no significa, por tanto, que nada importe. Tampoco nombra una materia primitiva anterior al universo. Impide colocar a Dios en la lista de los seres. Ningún ente particular contiene la fuente del ser.
Podríamos decir que la Deidad es más profunda que la imagen de Dios que conseguimos retener.
La frase inquieta: si Dios es lo más alto, ¿cómo puede haber algo más profundo? Justamente ahí empieza a fallar nuestro mapa espacial. Seguimos buscando una cosa, solo que mayor que las demás.
Probemos otra imagen. Los nombres son rasgos que distinguimos al volvernos hacia Dios, no un retrato completo para archivar. Eso no convierte a la Trinidad en una máscara. La comparación quiere aflojar nuestro modo de agarrar, no sustituirlo por una explicación exhaustiva.
Eckhart no abandona la Trinidad ni el Verbo. El nacimiento del Verbo en el alma vuelve una y otra vez al centro de su predicación. Lo incómodo es que esas doctrinas ya no pueden guardarse como información exterior a nuestra vida. Hablan de una transformación de esa vida.
Un examinador puede alarmarse. ¿Y si alguien entiende que no existe diferencia alguna entre Dios y el hombre? ¿Y si concluye que las reglas ya no importan? Un sermón puede tomar un camino que su predicador no quería.
Quién puede interpretar, de qué manera y ante qué público son preguntas reales del conflicto. Autoridad y poder se entrelazan con proposiciones concretas, desacuerdos teológicos, enfrentamientos internos y procedimientos. Citar a Agustín o a Tomás de Aquino no resuelve automáticamente todas las objeciones.
Eckhart no está fuera de la fe ni de la razón. Es teólogo y filósofo. Pero su tarea va más allá de ganar una discusión conceptual.
Señala.
Indica aquello que las palabras no pueden poseer, sin reducirlo por ello a una ilusión.
Fundamento, desierto, silencio, nada, Deidad: Grund, Wüste, Stille, Nichts, Gottheit. Cada palabra llega desde un lado distinto. Ninguna basta. Al relevarse unas a otras, dejan percibir un contorno que ninguna consigue cerrar por sí sola.
Lenguaje místico, sí. No necesariamente lenguaje impreciso. Un lenguaje que reconoce su límite y decide trabajar allí.
III. La chispa
La Deidad es una cara. La otra es el ser humano.
Eckhart habla de una pequeña chispa en lo más hondo del alma: Seelenfünklein. No es simplemente la conciencia moral, la sensación de ser bueno o una emoción religiosa.
La imagen apunta a la apertura más profunda del alma a Dios. No designa una porción de material divino que pudiera extraerse de una persona.
Una de las proposiciones recogidas en la bula de 1329 afirma que en el alma hay algo increado e increable; que, si toda el alma fuera así, también sería increada; y que ese algo es el intelecto.
Es el artículo veintisiete, uno de los puntos más delicados de la controversia. El enunciado acusado todavía necesita recuperar el contexto de su propia explicación.
Leído literalmente, parece introducir un componente increado en el alma. La enseñanza cristiana, en cambio, considera creado al ser humano, cuerpo y alma. Una porción divina independiente atravesaría esa distinción.
Su defensa diferencia el alma como criatura del intelecto considerado en su actividad de conocer. El ojo puede percibir el color sin convertirse en color. Del mismo modo, la apertura a Dios no demuestra mediante una analogía fácil que llevemos dentro un fragmento suyo.
La dificultad sigue ahí. La chispa alumbra precisamente ese punto difícil.
No es una posesión adicional: otros tienen dinero, yo tengo divinidad. El cuerpo, los deseos, los conceptos y los papeles sociales pueden tapar la profundidad interior. Pero entrar en ella no consiste en descubrir una pieza preciosa de la que presumir. Consiste en aflojar la mano que quiere apropiarse de todo.
Una voz así podía conmover a un oyente medieval. Su tradición también enseñaba, sin embargo, la creación a imagen de Dios, la gracia, la vida interior y la deificación. El cristianismo no se reducía a humillar al hombre bajo un cielo remoto.
Eckhart habla desde esa tradición y lleva la cercanía divina hasta un punto desconcertante.
No mires solo a lo lejos. Entra en esa profundidad donde Dios ya no está colocado ante ti como un objeto.
Para una persona corriente, el desplazamiento puede ser inmenso. Un título, un cargo o la aprobación de un superior no son requisitos para que comience la vida interior. Se puede comenzar en la habitación propia, en el trabajo, en el silencio.
No desaparecen Cristo, la gracia ni los sacramentos. Pero ningún rango puede vivir esa vida en mi lugar.
Las jerarquías sienten la presión. Alguien que se recoge en su cuarto no queda excluido de Dios por carecer de un oficio eclesiástico. La Iglesia puede enseñar, sostener una comunidad y celebrar sacramentos. No puede convertir una transformación interior en un certificado garantizado por el cargo.
La chispa deja de ser solo un término de discusión. Puede cambiar cómo se entiende una persona y qué puede reclamarle una autoridad.
Eckhart anima a participar en la vida de la Iglesia, a comulgar, a confesarse. Las formas importan. Pueden ayudar a llegar al lugar donde ocurre algo. No pueden hacerlo ocurrir por nosotros.
Alguien puede acompañarme hasta el umbral. No puedo delegar por completo el paso.
Al final de ese camino sigue la imagen de la chispa.
IV. Desasirse
¿Cómo se recorre ese camino? Eckhart emplea Abgeschiedenheit.
Podemos decir desprendimiento, desasimiento. En la palabra alemana resuena una separación, el estado de no estar prendido. Pero ¿de qué hay que soltarse?
Del puño cerrado sobre las cosas. Sobre el papel que representamos y el retrato que hemos preparado de nosotros mismos. Sobre un futuro que tiene que cumplirse y un pasado que no dejamos de rehacer. De quiero y temo; también de la imagen halagadora de mi propia devoción.
Ni siquiera el concepto de Dios debe convertirse en una herramienta para tener a Dios en mis manos.
No cesa la responsabilidad por la vida. Cesa la exigencia de convertir la vida entera en mía.
Parece una invitación a quedar vacío. Pero no todos los vacíos son iguales.
Aquí no se diagnostican depresión, insensibilidad ni trauma. Una persona que sufre no tiene el deber de convertir su sensación de vacío en una hazaña espiritual. El vacío del que hablamos significa hacer sitio.
Es también una imagen. Dios no es un inquilino que espere a que se muden los deseos. Cuando dejo de organizar cada acción en torno a lo que puedo sacar de ella, el trabajo de todos los días puede abrirse en otra dirección.
La exigencia va más lejos que soltar las posesiones exteriores. Hay que aflojar también el concepto que uno tiene de sí.
Dinero, posición y prestigio ya son difíciles de dejar. Más difícil es abandonar al personaje cuidadosamente mantenido: yo soy así; esta es mi misión; así deben verme. Incluso soy mejor que los demás para soltar puede convertirse en lo último que nos negamos a soltar.
El desasimiento no añade una medalla al yo.
Mi concepto de mí sigue siendo un concepto. Puede acertar sin agotarme. No hace falta destruir la personalidad, la memoria y los vínculos para que ese autorretrato deje de gobernarlo todo.
Hacia ahí señala la chispa. El yo posesivo deja de ocupar el centro.
No desaparece la persona. Nadie recibe permiso para borrar a otro en nombre de la ausencia de yo. El lenguaje de la unión intenta superar una relación en la que Dios sería solo un objeto externo. No nos libera de responder por lo que hacemos.
En el sermón 52, dedicado a la pobreza de espíritu, Eckhart llega a esta paradoja: si yo no fuera, tampoco sería Dios.
No afirma que Dios quede destruido cuando muera este individuo empírico. Distingue a Dios como Dios en relación con las criaturas del ser divino en sí mismo. Sin criaturas no habría aquella relación. La frase sacude al oyente; no convierte mis deseos en voluntad divina.
La audacia es extrema. También lo es la sospecha que puede despertar.
Pero la diferencia entre Dios y la criatura no es solo una trampa del poder. Eckhart habla dentro del cristianismo y habla también de actuar y de amar.
Mañana, la mujer de nuestra capilla tendrá que volver a trabajar, cuidar de alguien, reconocer quizá que ella misma puede hacer daño. Si desprenderse volviera irrelevante todo eso, habríamos llevado el sermón hasta una comodidad que evita precisamente su exigencia.
V. El proceso de Colonia
1326. Colonia. Eckhart tiene unos sesenta y seis años.
Ha predicado, escrito comentarios en latín, administrado las casas de su provincia y enseñado dos veces en París. Suso, Tauler y otros prolongarán la tradición espiritual de la que forma parte.
Ahora reside en el convento dominico de Colonia. El arzobispo, Enrique II de Virneburg, manda examinar proposiciones denunciadas. Acusaciones internas, inquietudes pastorales y disputas de autoridad se superponen.
El 26 de septiembre de 1326, Eckhart comparece ante la comisión inquisitorial diocesana para defender pasajes de sus obras.
Responde. También cuestiona aspectos del procedimiento local; más adelante apelará al papa.
Restituye un contexto, una distinción, el recorrido de una idea. Se apoya en la tradición intelectual de la Iglesia. Alberto Magno y Tomás de Aquino pertenecen a esa herencia que él ha recibido y discutido.
La defensa se conserva. Una lista de acusaciones recorta frases. Responder exige devolverlas a los lugares desde los que hablaban.
La tenacidad no equivale a declararse incapaz de error.
El 13 de febrero de 1327 manifiesta públicamente que está dispuesto a retractarse de los errores que haya en su enseñanza.
Es una retractación condicional, no la aceptación de que la acusación haya entendido su pensamiento. Distingue el error intelectual de la voluntad herética: equivocarse no significa necesariamente querer abandonar la fe.
Sigue defendiendo que muchas imputaciones lo interpretan mal. Pide que se comprenda su verdadera intención.
Hay un peso particular en ese anciano que continúa explicándose dentro de un procedimiento que amenaza su reputación y su trabajo de toda una vida. El valor no reside únicamente en decir no.
Dejar sitio a la verdad también puede exigir admitir que uno se ha expresado mal. Ser fiel a lo que señala no es inmovilizar cada palabra pronunciada.
Su valor no depende de quedarse sin salida. El cansancio, la rectificación o el silencio no convertirían su vida en un desperdicio. Aquí alguien intenta no entregar su sentido sin por ello colocarse por encima de la verdad.
El procedimiento local no resuelve el desacuerdo. La apelación lleva el caso a otro nivel.
El papa reside en Aviñón, sede principal del papado entre 1309 y 1377. Hacia allí va el asunto. Eckhart quiere responder personalmente.
En la primavera de 1327 se pone en camino.
VI. Aviñón y lo que continúa
1327-1328. Una comisión pontificia prosigue el examen. ¿Se ha comprendido el sentido de Eckhart? ¿Cruzan las palabras, leídas literalmente, los límites de la doctrina? Esas preguntas siguen abiertas.
Su vida no alcanza la decisión final. Muere hacia 1328; la fecha exacta y el lugar siguen siendo discutidos. Su última habitación queda fuera de nuestro alcance.
El 27 de marzo de 1329, Juan XXII publica In agro dominico. Diecisiete de las veintiocho proposiciones se condenan como heréticas; once, como malsonantes, temerarias y sospechosas de herejía. Para estas últimas se admite que una explicación podría darles un sentido católico.
El hombre cuyas palabras se juzgan ya no puede contestar.
¿Quién devuelve el contexto a una frase recortada cuando su autor ha muerto? La pregunta pesa. La bula condena las proposiciones y las obras que las contienen; también recoge su retractación de errores y su sometimiento al juicio apostólico. No declara hereje a Eckhart en persona.
La transmisión continúa por caminos irregulares. Los textos sobreviven en manuscritos, circulan anónimos, bajo otros nombres o mezclados con obras ajenas. Las palabras siguen pasando de mano en mano.
Una sentencia puede limitar la circulación. No puede decidir de antemano qué encontrarán todos los lectores futuros.
Suso, Tauler y otros desarrollan la espiritualidad renana. No se limitan a repetir frases. Las circunstancias han cambiado y exigen otra manera de hablar.
Lutero leerá y valorará a Tauler. Es un hilo de recepción, no una línea recta que convierta la chispa en Reforma. La fe, la gracia y el Verbo de Lutero tampoco equivalen a una experiencia interior privada que ya no necesite comunidad alguna.
En el siglo XIX, las ediciones alemanas y el redescubrimiento de los escritos latinos acercan nuevos lectores. Hegel y otros pensadores alemanes se interesan por Eckhart. El fundamento y la oscuridad de Schelling invitan a establecer una comparación. Leerlos juntos puede abrir una pregunta sin convertirlos en autores de un mismo sistema.
En el XX, Heidegger reelabora Gelassenheit. La palabra vinculada a Eckhart entra en otro proyecto filosófico. Sigue viviendo y cambia. Tomar una palabra prestada no equivale a recibir intacta toda la intención de su uso anterior.
En Japón, D. T. Suzuki pone a Eckhart junto al zen en Mysticism: Christian and Buddhist. Chispa, naturaleza de buda, desasimiento y ausencia de yo se encuentran en una nueva lectura. La comparación es fecunda, pero sigue teniendo límites: la Deidad cristiana y el lenguaje del zen no son indistintamente lo mismo. El diálogo puede empezar sin borrar primero las diferencias.
Cada época abre una habitación distinta a estas palabras.
También los estudiosos católicos y dominicos vuelven a Eckhart, distinguiendo la acusación histórica, las proposiciones particulares y el pensamiento completo. La condena antigua y la nueva lectura forman parte de una historia cuya última página no está escrita.
Seis, siete siglos después. Él no ve ninguna de estas lecturas. Cuando muere, el proceso sigue abierto. Sus palabras pasarán por manos cuyo uso no puede controlar.
Lo que resulta no es una repetición. Un texto habla dentro de una situación nueva y adquiere en ella una forma que antes no tenía.
Aquí aparece con más fuerza una pregunta de toda la serie: ¿puede cerrarse por completo lo que una persona ha construido?
Mientras vive, sus acciones añaden algo. Después de morir, cesa esa actividad corporal, pero las palabras, los vínculos y sus consecuencias pueden seguir siendo tocados, malentendidos, retomados, transformados.
Un juicio cambia lo que se permite enseñar y el destino de un nombre. No dispone de todos sus significados futuros. Esto no es una ley consoladora según la cual la represión siempre fracasa o todas las personas terminarán siendo reconocidas.
Continuar significa aquí que lo hecho puede reanudarse en otra vida. La posteridad no es un examen que decida si alguien tuvo valor.
Cada lector de Eckhart trae una situación distinta. En ella las palabras adquieren otro relieve. En este instante su trabajo sigue abierto.
Pensamos en Hipatia cuando un maestro deja espacio real a sus alumnos; en Tomás cuando un estudioso reconoce el límite de su lenguaje; en Bergson cuando el tiempo vivido no se aplana hasta ser tiempo de reloj.
En Levinas cuando alguien responde a la exigencia de otro dejando de dañarlo; en Buber cuando un encuentro no se reduce a utilidad; en Cao Zhi cuando se reconoce a la vez el deseo y la imposibilidad de poseer.
En Girard cuando alguien identifica la búsqueda de un chivo expiatorio y se niega a participar; en Schelling cuando una persona admite no ser transparente para sí misma; en Eckhart cuando un lector no confunde el nombre con el todo.
El puente no está en pasado.
Hace presentes a la vez vidas de distintas épocas. No es un árbol genealógico de influencias demostradas. Hipatia, Eckhart, Schelling y Levinas pueden interrogarse en una misma imagen sin ser convertidos en discípulos unos de otros ni representantes de una sola doctrina.
Así muestra el puente la continuación. Un presente que vuelve a abrirse.
VII. Lo que no puede nombrarse
Eckhart pasa la vida diciendo que la Deidad no cabe en un nombre. Y sigue nombrando: fundamento, desierto, silencio, nada, Deidad. Cada palabra señala y debe dejar sitio a la siguiente.
No se trata de prohibir el habla. Se trata de no permitir que una palabra sea la última.
Un nombre ayuda a encontrar. También puede hacer creer que ya no hace falta mirar. Misterio, vacío e indecible se convierten fácilmente en etiquetas detrás de las cuales se duerme el pensamiento.
Señalar de nuevo no es una magia que impida toda apropiación. Es volver a abrir la mano que cree saber ya.
Quizá esto sea lo más hondo que nos deja: no la cancelación de sus doctrinas, sino una forma de trabajar dentro de ellas, reconociendo lo que un concepto no abarca y haciendo sitio en una vida.
Kant pide no reducir al hombre a mero medio. Levinas nos vuelve hacia el rostro del otro. Buber, hacia el Yo-Tú. Cao Zhi permite que deseo y no posesión permanezcan juntos. Girard muestra el mecanismo que elimina al otro. Schelling recuerda lo que en nosotros no llega a ser transparente. Eckhart señala lo que ningún nombre clausura.
Siete lenguajes convergen en la dirección de esta lectura. Siete doctrinas no se han convertido por eso en una.
Desde esa dirección llega un viento suave.
VIII. En el puente
Cuando Eckhart se acerca, es de noche.
Su hábito blanco y negro está viejo, los puños gastados; lleva zapatos de tela. En este puente imaginado ronda los sesenta años, como si acabara de bajar del púlpito. Es delgado. No camina deprisa.
No lleva nada en las manos.
Girard tiene un libro. Schelling también. Cao Zhi sostiene un rollo; Hipatia, un astrolabio. Eckhart escribió obras latinas, y sus sermones alemanes llegaron a nosotros después de ser escuchados, elaborados y copiados. Ahora oímos sobre todo una voz. Otros la recogieron y se la llevaron a su propia vida.
Llega al centro del puente.
Hay más gente que la última vez. Hipatia con el instrumento. Tomás al otro lado, también con las manos vacías. Bergson apoyado en su bastón. Levinas. Buber. Cao Zhi, Girard, Schelling con el ensayo sobre la libertad.
Y no solo ellos. Se acumulan generaciones: alguien traza una ecuación, alguien observa el maíz, escribe un poema, lee una carta celeste. Más allá redactan novelas, dibujan planos, toman notas en cuclillas, permanecen sentados sin hacer nada, conversan en voz baja.
Eckhart ve a Tomás.
Dos dominicos. Tomás murió en 1274, cuando Eckhart, nacido hacia 1260, era todavía joven. No está documentado un encuentro. Pero el pensamiento pasa de una generación a otra: Alberto, Tomás, la tradición que Eckhart aprendió y con la que discutió.
Inclina la cabeza. Tomás corresponde.
Ambos saben latín. No hablan. Escribir hasta un límite y detenerse; volver a hablar en ese límite. Dos movimientos se iluminan en este instante.
Tomás sonríe apenas. Como si reconociera en el otro algo de su propio trabajo inconcluso.
También se acerca Schelling. Los separan siglos. Deidad, fundamento, oscuridad: palabras para una profundidad que el pensamiento no puede agarrar sin más. La Deidad de Eckhart no es la voluntad oscura de Schelling. Aun así, las preguntas pueden alcanzarse.
Schelling hace una leve reverencia ante quien exploró antes.
La escolástica dio a Eckhart instrumentos y límites que tenía que tomar en serio. Schelling trabajó en otras condiciones. Durante un momento reconocen el esfuerzo del otro.
Eckhart devuelve la inclinación. Un movimiento pequeño. No una ceremonia después de la victoria, sino el encuentro de dos trabajos que no han terminado.
En el extremo lejano está Kant. Esta noche su figura se distingue un poco mejor.
Fuera del puente, el otro camino lleva hacia un cielo oscuro. Un relámpago. Hay personas andando.
Las más alejadas ya no se ven. Más cerca sigue avanzando el hombre de la toga de profesor: Heidegger. Ha reinterpretado Gelassenheit. Pero comprender una palabra no garantiza el respeto al otro en la vida política. La apropiación filosófica no elimina la responsabilidad por sus decisiones de 1933.
Eckhart mira en esa dirección.
Una mirada.
Sus propias palabras habían abandonado también el púlpito, entrado en explicaciones ajenas, adquirido a veces sentidos que ya no habría reconocido. Quien entrega una voz no puede acompañarla a todos los lugares.
El ensayo sobre Girard había dejado esta pregunta: quien da una explicación no determina por completo su uso. La historia de Eckhart añade otro peso.
No cruza para decirle nada al hombre del camino. Se vuelve.
El astrolabio de Hipatia recoge la luz de la luna. Ella ve sus manos vacías y sonríe. Dos maestros reconocen el espacio que una voz puede abrir para otro. Hipatia inclina el instrumento para que la luz caiga con más precisión sobre las marcas.
Buber se acerca. Ha elegido y vuelto a contar historias jasídicas, abriendo lo cotidiano al encuentro. Entre la tradición judía y la mística cristiana hay distancia. La unión con Dios no es simplemente el Yo-Tú.
Una sonrisa puede cruzar esa distancia sin borrarla. Buber sonríe. Eckhart responde.
En el centro del puente hay mucha gente. La luz de la luna es suave.
La figura del extremo, la que miraba siempre a lo lejos, ha mirado a Hipatia, a Tomás, a Bergson, a Levinas, a Buber, a Cao Zhi, a Girard y a Schelling.
Esta vez mira a Eckhart.
Sus ojos se encuentran un momento.
Eckhart no baja la cabeza. No levanta nada: no tiene nada que levantar. Junta las manos y después las deja caer.
Un gesto de reconocimiento.
El hombre del extremo asiente levemente. Eckhart baja las manos.
Permanece en el centro, unos setecientos años después de morir. Una investigación en vida, proposiciones condenadas después, palabras que recorrieron caminos complicados y pasaron por muchas manos. No todas las lecturas son correctas, ni simples repeticiones. A través de ellas una vida concluida sigue preguntando a situaciones nuevas.
Su trabajo se abría hacia el infinito. Sabía que no podía terminarlo. Lo hizo.
No quedó cerrado con su último aliento. No podemos prometer una transmisión eterna. Pero ahora alguien vuelve a escuchar aquella voz y se la lleva a su propia vida.
Notas de lectura y fuentes
La declaración del 13 de febrero de 1327 es condicional. La bula de 1329 condena diecisiete proposiciones como heréticas y once como sospechosas, no a Eckhart personalmente. El artículo 27 pertenece a las dos últimas proposiciones que se le atribuyeron y que negó haber predicado. La acusación no reemplaza su postura completa.
Deidad, chispa y sermón 52 se leen junto con la Trinidad y las distinciones sobre creación e intelecto. Las lecturas posteriores, de Lutero al zen, tienen mediaciones y diferencias.
La capilla, sus oyentes y los encuentros del puente son invenciones literarias. Comparar no demuestra identidad de doctrinas; reconocer el valor de una persona no excusa sus actos.
Meister Eckhart: life, thought, and primary bibliography · In agro dominico — Latin text and German translation · Documents of the proceedings · Sermon 52: Beati pauperes spiritu · A vernacular sermon: The Coming of the Lord
Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。