La victoria de Tajōmaru
El bandido reconoce el engaño y la violación, pero afirma que luego liberó al samurái y lo venció en un duelo de veintitrés asaltos. Ya está capturado y espera castigo; no gana mucho añadiendo un homicidio. Gana una identidad. La lucha convierte a quien atacó a un hombre atado en adversario honorable, capaz de derrotar limpiamente a un guerrero extraordinario. No quiere tanto evitar la condena como decidir bajo qué figura llegará a ella.
La acción de Masago
La esposa cuenta que el bandido huyó y que la mirada fría y despectiva del marido la destruyó. Dice que lo apuñaló y después fracasó al intentar matarse. Podría ocupar el papel socialmente comprensible de víctima inocente que presencia un asesinato ajeno; en cambio reclama el acto. Su versión sigue naciendo de una humillación insoportable, pero le devuelve iniciativa: deja de ser el objeto que dos hombres se arrebatan y pasa a ser alguien que toma una decisión, por terrible que sea.
El suicidio de Takehiro
Por boca de una médium, el muerto afirma que Masago pidió al bandido que lo matara. Tajōmaru, escandalizado, la derribó, le ofreció decidir su destino y finalmente cortó las ligaduras. Solo, Takehiro se clavó la daga. Su relato transforma la derrota total —atado, desposeído e incapaz de intervenir— en una muerte de samurái elegida por él. Incluso obtiene el reconocimiento moral del criminal: el bandido queda momentáneamente de su lado contra la traición de la esposa.
Mentir para conservar un yo
Los tres relatos no se organizan para eludir pena. Cada uno reconstruye una posición activa después de una experiencia de impotencia. Tampoco es seguro que sus autores mientan de manera consciente. La misma mirada es desprecio para Masago y advertencia para Takehiro; la memoria puede ordenar gestos ambiguos alrededor de la identidad que necesita preservar. No existe una grabación interior neutral desde la que corregirlos. Sus experiencias divergen desde el momento vivido, aunque las tres versiones no puedan ser materialmente ciertas a la vez.