Un diseño político que sí funciona
Lelouch se convierte en emperador, concentra sobre sí el odio mundial y hace que Suzaku, bajo la máscara de Zero, lo mate en público. El alivio común abre una paz real. No es solo una pose trágica: el cálculo produce el resultado esperado, y su muerte es voluntaria. Aun así, el mecanismo conserva la conversión ya vista: una persona se vuelve recipiente, se llena de odio y se rompe. La diferencia es que esta vez quien se ofrece como material es el propio planificador.
La puerta interior del sacrificio
Prohibir toda instrumentalización de uno mismo volvería incomprensibles muchos sacrificios admirables. Pero aceptar que «yo consiento» basta siempre abre una puerta por la que sociedades enteras han empujado a personas a ofrecerse por el bien común. El criterio no puede ser solo la pureza del motivo, el tamaño de la renuncia o la eficacia. Debe preguntar si el coste permanece en quien lo acepta o si el proyecto necesita que otra vida continúe ejecutándolo después.
Suzaku acepta dentro de opciones ya alteradas
El Réquiem exige que Suzaku mate a su amigo, abandone para siempre su identidad y viva como Zero. Él acepta conscientemente, pero lleva todavía el Geass que le ordena vivir. La orden no decide cada acto, aunque obliga a su cuerpo a buscar supervivencia ante la muerte y ya ha modificado el campo donde compara sacrificio y expiación. Su consentimiento es sincero sin ser completo. Lelouch puede ofrecerse a sí mismo; no puede convertir por ello la vida indefinida de Suzaku en mera manutención de su obra.
El mundo regalado por segunda vez
Nunnally comprende el plan al tocar la mano de Lelouch y grita: recibe una paz que tampoco pidió y debe gobernarla sin revelar la verdad. C.C. ofrece un contraste más abierto. Su relación con Lelouch empezó como contrato y uso mutuo, pero ella modificó su deseo y dejó de reducirlo a la función pactada. El final entrega mañana al mundo fijando el de varias personas. La muerte de Lelouch es instantánea; la máscara de Suzaku y el conocimiento de Nunnally son el coste permanente que el éxito político no cancela.