NON DUBITO · Lecturas de cine · 1 / 3
Esta escuela se gobierna con dos palabras
En este ensayo
- I. Un método muy eficaz para el minuto siguiente
- II. El niño convertido en un expediente de faltas
- III. Rachin también vive dentro de la fórmula
- IV. El adulto herido y el niño muerto
- V. Mondain no es inocente de todo, pero lo acusan injustamente
- VI. El incendio sigue siendo obra de Mondain
- VII. Ni se salvan todos ni todo sigue igual
En 1949, Clément Mathieu llega a un edificio de piedra gris en la Francia rural. El letrero de la entrada dice «Fond de l’Étang»: el fondo del estanque. Rachin, el director, le explica que allí todo se rige por dos palabras:
Acción–reacción.
Alguien actúa y la escuela reacciona de inmediato. Si no aparece el culpable, se escoge a un niño al azar y se lo encierra; se suspenden las actividades y las visitas para todos hasta que alguien delate al responsable. La norma no se limita a establecer cómo castigar. También les dice a los adultos qué es un niño: un posible expediente a la espera de una respuesta administrativa.
I. Un método muy eficaz para el minuto siguiente
Los niños de Fond de l’Étang no son símbolos inofensivos. Rompen cristales, roban, fuman, extorsionan a los más pequeños, preparan trampas y se pelean. Maxence, encargado de la portería y de la enfermería, sufre una grave lesión en un ojo cuando Le Querrec le coloca una trampa en la puerta para vengarse de un castigo anterior. Una institución que tiene a su cargo a unos sesenta niños no puede fingir que el peligro no existe.
En cierto sentido, «acción–reacción» sí funciona. La sanción llega enseguida y todos la entienden; el castigo colectivo convierte además a los compañeros en otros tantos vigilantes. El silencio tiene un precio y delatar se vuelve una opción racional. Se puede restablecer el orden sin tomarse el trabajo de conocer a nadie.
Pero obedecer de inmediato todavía no es recibir una educación, y contener el desorden por un rato no equivale a reducir el daño. Una norma puede mantener bajo control el minuto siguiente a costa de hacer más hostil el mes que viene.
II. El niño convertido en un expediente de faltas
Con este método, la atención se activa cuando se infringe una norma. Un niño adquiere un perfil reconocible para la administración al romper un cristal, insultar a un adulto, robar un reloj o volver al cuarto de castigo. La institución registra las conductas ante las que debe reaccionar y llama a ese registro conocimiento de una persona.
El castigo colectivo lleva esta lógica hasta el final. Antes de que se haya establecido la culpabilidad, la pena ya se ha separado del acto y se reparte entre muchos cuerpos, a la espera de que alguien aporte información. El procedimiento no necesita descubrir la verdad antes de intervenir: utiliza el sufrimiento para crear las condiciones en las que alguien acabará dando un nombre.
Los niños también aprenden la lección correspondiente. Si la autoridad puede hacer daño antes de preguntar qué ha pasado, la respuesta inteligente no será la sinceridad, sino ocultarse mejor, responder a la fuerza con fuerza o procurar que la próxima falta resulte más difícil de descubrir.
III. Rachin también vive dentro de la fórmula
Rachin es cruel, pero la película no se limita a vestirlo de villano. Cuando mejora la disciplina, juega al fútbol con los niños y dobla aviones de papel a solas en su despacho. Quiere dejar atrás esa escuela apartada, ascender y recibir una condecoración. En su última discusión con Mathieu, admite que nunca quiso ser educador: alguien tiene que hacer de carcelero.
La frase define su puesto. Los niños son incidentes en potencia que debe mantener a raya para presentar un historial limpio ante sus superiores. Cuando la condesa quiere escuchar un coro, el coro resulta útil y él se atribuye su fundación; cuando amenaza su autoridad, puede prohibirlo de inmediato.
Sus ocasionales destellos de infancia no lo exculpan de su violencia. Muestran, en cambio, cómo una institución va estrechando el horizonte de una persona corriente. En su despacho, la pregunta prioritaria nunca es «¿En quién se está convirtiendo este niño?», sino «¿Qué consecuencia hay que imponer para que este lugar siga siendo gobernable y mi historial siga limpio?».
IV. El adulto herido y el niño muerto
Maxence no muere por la infección de su herida en el ojo. Mathieu dispone que Le Querrec lo cuide hasta que se recupere. Maxence vuelve después a la escuela, sale de excursión con los niños y termina denunciando a Rachin junto con varios compañeros.
Pero en la historia de la escuela sí hay ya un niño muerto. Durante su convalecencia, Maxence recuerda a Mouton, el muchacho al que todos daban por perdido y que acabó arrojándose desde el tejado. La película no le reserva una historia de salvación. Deja únicamente un hecho: antes de que Mathieu formara su coro, aquella institución del castigo ya había perdido a alguien.
Es importante no confundir estas dos vidas. Inventar la muerte de Maxence convertiría también la alternativa de Mathieu en un fracaso. El contraste real es más incisivo: Le Querrec tiene ante sí a la persona concreta a la que ha herido, y todavía puede surgir una relación; de Mouton queda sobre todo, en la memoria institucional, «aquel niño al que no había manera de controlar».
V. Mondain no es inocente de todo, pero lo acusan injustamente
Mondain llega desde un reformatorio juvenil como sujeto de un experimento: comprobar si puede adaptarse a un ambiente supuestamente más permisivo. Es mayor que los otros, violento e intimidante. Ha robado un reloj a un miembro del personal, extorsiona a Pépinot, amenaza a los más pequeños y sabotea los intentos de incorporarlo al grupo. La película no oculta el peligro que representa.
Desaparecen más de doscientos mil francos de la escuela, al mismo tiempo que Mondain se fuga. Por tanto, sospechar de él no carece de fundamento. Pero una sospecha no es una prueba. Cuando la policía lo devuelve, Rachin lo golpea sin parar durante media hora. Mondain acaba abalanzándose sobre el director y agarrándolo por el cuello; Rachin toma esa respuesta por una confesión y ordena a la policía que se lo lleve.
El dinero aparece después junto a la armónica de Corbin. Corbin admite que lo ha cogido porque quiere comprarse un globo aerostático. Rachin sigue negándose a reconsiderar el caso de Mondain. Aunque esta vez sea inocente, sostiene, los de su clase no tienen remedio.
La categoría ya pesa más que lo sucedido. Una vez que alguien ha sido colocado en la casilla de los «incorregibles», una acusación falsa deja de verse como un error que hay que reparar. Pasa a ser un veredicto adelantado sobre aquello que la institución supone que esa persona hará tarde o temprano.
VI. El incendio sigue siendo obra de Mondain
Mondain regresa más adelante a la escuela. Ese día, Mathieu y Maxence han llevado a los niños al bosque, y él prende fuego al edificio vacío. No muere ningún niño porque, por casualidad, no hay nadie en los dormitorios. Eso no demuestra que Mondain solo pretendiera realizar una protesta inofensiva.
Reconocer la injusticia que ha sufrido no significa transferir a Rachin la autoría del incendio. Mondain es quien actúa, y el acto sigue siendo suyo. La acusación más precisa contra «acción–reacción» no consiste en afirmar que la institución fabrica mecánicamente cada delito posterior. Consiste en señalar que responde a un joven difícil con humillaciones, golpes y expulsión, y después utiliza la venganza que ella misma ha contribuido a propiciar como prueba de que su clasificación inicial siempre fue correcta.
VII. Ni se salvan todos ni todo sigue igual
La película no es el relato consolador en el que unas canciones salvan a todos, ni el relato pesimista en el que Mathieu no cambia nada. Mondain sigue fuera del círculo de reparación, y el coro se disuelve cuando despiden a Mathieu. Sin embargo, Maxence, Chabert y Langlois denuncian juntos los malos tratos de Rachin; se toma declaración a los niños y el director acaba destituido.
Destituir a un director no demuestra que Fond de l’Étang haya transformado su estructura. La película no cuenta lo suficiente sobre lo que ocurre después. Sí muestra que los efectos de una manera distinta de actuar van más allá de unas canciones bonitas: unos adultos que antes obedecían aprenden a distinguir entre mantener el orden y cuidar a los niños, y terminan hablando.
«Acción–reacción» solo reconoce un acto al que hay que responder. La educación empieza en otro lugar: quién lo ha cometido, a quién ha afectado, qué reparación sigue siendo posible y por qué el futuro de alguien no puede quedar escrito de antemano a partir de la peor conducta que ya conocemos de él.
Este ensayo se basa en Los chicos del coro (Les Choristes, 2004), dirigida por Christophe Barratier y escrita por Barratier y Philippe Lopes-Curval, adaptación de la película La Cage aux rossignols (1945).